Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 34 A la mierda el mundo
98%

CAPÍTULO 34 A la mierda el mundo

Alain

T ener a su familia entre el público es pura gasolina para Markel.

Se come a sus rivales en una progresión parecida a la que llevo yo y vamos tumbando participantes conforme pasan los días del evento.

Ya estamos entre los ocho mejores, ya tengo asegurada la clasificación para el Challenger Tour del año que viene, ya no me juego nada. Aun así, quiero seguir sumando puntos.

Cuatro enfrentamientos dobles a muerte súbita, el mejor de cada pareja pasa, el otro dice adiós a su participación en Durban.

Las cuatro eliminatorias obtienen un resultado muy apretado y pasamos a semifinales Koa Holloway, un hawaiano que lleva el surf en las venas, el mayor de los hermanos Oliveira, Markel y yo.

Hay un treinta y tres por ciento de posibilidades de que el cuadro nos empareje en semifinales a Markel y a mí y tengo claro que, si eso sucede, me voy a esforzar lo justo para que sea él quien se alce con la victoria.

Me encantaría que disputara su primera final.

Sin embargo, esto no sucede y va a tener que buscar un hueco por sí mismo. Me toca enfrentarme a Koa, un rival duro y muy regular que ya tiene asegurado su plaza en el campeonato del mundo y al que me enfrentaré la temporada que viene, mientras que Markel se verá las caras con el portugués.

Tiago Oliveira y Markel son los primeros en enfrentarse. Tras una primera mitad de manga bastante reñida, Markel está unas décimas por debajo del portugués. Ambos esperan la llegada de una buena serie con la mirada clavada en el horizonte, mientras el reloj avanza más rápido de lo que me gustaría.

Markel reacciona unas décimas de segundo antes de su oponente, como si la presintiera antes incluso de verla y se lanza hacia la ola.

Remada perfecta, entrada profunda, línea baja dentro de la pared, dos giros conectados sin perder velocidad, sección crítica resuelta con control total y salida larga hacia el canal.

Los jueces no tienen dudas: 8.45, y Markel se pone en cabeza.

—¡Bien! —grito desde la arena.

Tiago, que creía que ya tenía el pase garantizado, se pone nervioso. Intenta reaccionar, pero duda. Aunque coge una buena serie, entra tarde, se desestabiliza, cae y se le acaba el tiempo.

Markel se clasifica para la final y yo quiero estar con él. Quiero que nos enfrentemos y, gane quien gane, declararnos vencedores. Los dos. Porque una victoria suya me vale tanto como una mía.

No obstante, el hawaiano no me lo pone fácil y, aunque peleo hasta el último aliento, hasta el último segundo de los treinta minutos que dura la manga, no lo consigo. Koa para a la final con un resultado de 16.75, yo me quedo con 16.37. ¡Mierda! Ha estado cerca.

—Me hubiera encantado que tú también pasaras a la final —me confiesa Markel, ya por la noche, cuando nos encontramos a solas en nuestra habitación después de haber cenado con su familia, que ha celebrado su clasificación como si ya se hubiera alzado con el título.

—Sí, habría sido genial ver quién de los dos es el mejor en un encuentro importante de verdad —bromeo, en alusión a esos piques que tenemos casi desde antes de que nuestra relación se forjase como tal.

—Tú —me responde sin duda alguna.

—Ni de coña. A los hechos me remito, tú estás en la final y yo me he quedado a las puertas —le contradigo—.

Aunque hay otras muchas habilidades para las que no tengo rival, como hacer que pierdas la cabeza hasta que te olvides incluso de tu nombre —añado socarrón, aunque mi voz se vuelve más grave cuando recuerdo que eso es precisamente lo que acabo de hacer.

Nos encontramos los dos sobre una de las camas, mientras la otra sigue intacta, desnudos, después de hacer que Markel liberara tensiones previas a su primera final.

Dos veces. Su cabeza descansa sobre mi pecho, con uno de los brazos rodeándome el abdomen, y mis dedos se pierden entre la sedosidad de sus cabellos en unas caricias que no creo que tarden mucho en empujarlo hacia el sueño.

—¿Qué va a pasar el año que viene? —me pregunta y saca un tema inevitable al que ninguno de los dos nos queríamos enfrentar. Su brazo me aprieta con más fuerza, como si no quisiera dejarme ir.

Yo me pasaré la temporada recorriendo las mejores olas del mundo y él tiene la oportunidad de volver a participar en las Challenger Series para intentar clasificarse para el campeonato del mundo del año siguiente —siempre que su decisión sea convertir este deporte en su futuro.

—Nos ha costado mucho llegar hasta aquí y no pienso dejarte escapar —le aseguro—. Si tengo que renunciar al surf profesional para estar contigo, lo haré —añado con convicción, porque después de lo que hemos compartido, el surf sin Markel no tiene sentido.

—Jamás te pediría que renunciaras a eso. Es tu puto sueño —me rebate.

—No, tú eres mi puto sueño —le replico—. ¿Quién nos iba a decir que un corte con una botella nos iba a llevar a esto? —comento, en referencia a la herida que me hice en su playa y que propició nuestro encuentro.

—Adoro esa puta cicatriz —asevera, con la voz ronca, algo más despierto, mientras se desplaza por mi cuerpo en busca de esa minúscula marca y la lame, haciendo que mi vientre se contraiga y mi polla se tense.

—Eres un mal hablado —lo reprendo, aunque me ha contagiado eso de meter un taco cada tres palabras.

—Especialmente cuando me pongo cachondo —añade antes de engullirme hasta el fondo y hacer que me olvide de lo que sea que pensaba decirle a continuación.

Me deshago en su boca y él lo hace dentro de mí. Después, nos arrastramos con pereza hasta la ducha, en la que nos enjabonamos con mimo.

—¿Piensas seguir con esto o volverás a tu pueblo y a tus trabajos allá? —me intereso, mientras le aclaro, dejando que el agua resbale por su piel. Este es un punto que todavía no habíamos hablado con claridad.

—Me gusta esto y me gusta mucho más hacerlo contigo y no, imbécil, no me refiero solo al sexo, que también, sino al surf —me aclara cuando ve que tuerzo el gesto en una mueca burlona.

—Has nacido para esto, para la tabla, para el mar y para mí —expongo y la garganta se me seca, de nuevo hambriento. Un anhelo tan voraz que solo se puede saciar bebiendo de su boca.

—Pase lo que pase, siempre habrá olas esperando a que juntemos nuestras tablas —añade, antes de que el beso se vuelva tórrido y desesperado.

Agotados tras un día intenso que no podría haber acabado de mejor manera y sin terminar de secarnos del todo, caemos, de nuevo abrazados, sobre la otra cama, y nos quedamos dormidos antes, incluso, de estar completamente tumbados.

El ambiente está cargado con una mezcla electrizante de euforia, adrenalina, tensión y nervios.

Lo típico ante una final, una que siento casi como propia.

Koa es un hueso duro de roer, lo demostró ayer al tirarme de la competición, e intento ayudar a Markel en todo lo que puedo, intercambiando con él sus puntos fuertes y dónde puede obtener ventaja.

Justo cuando la megafonía lo presenta y se dispone a entrar al agua, me acerco a él, lo agarro por la nuca y pego mi frente a la suya.

—Enamora al mar de la misma forma en que me has enamorado a mí —le digo.

No le beso, no de forma física, al menos, pero ambos sentimos esa energía vibrando entre los dos, como si lo hubiéramos hecho.

Markel deja ir una exhalación larga, en la que deja ir parte de esos nervios que tiene anclados a la base del estómago.

Conozco esa sensación. Su aliento me transporta su sabor y espero que el mío haya hecho lo mismo y lo acompañe allí dentro.

Tal y como me sucedió ayer con Koa, la cosa está muy reñida. Markel ha pillado un par de olas buenas, aunque no lo suficiente, sigue estando unas décimas por debajo de la puntuación de su oponente. Sin embargo, todavía hay tiempo.

—Vamos, Markel —lo animo.

A mi lado tengo a mi tío y a su familia, a su madre y a su hermana, y a Nils, que es quien más entiende de esto y que ve lo mismo que yo casi al mismo tiempo. Ambos asentimos, derivando la mirada lo justo para no perdernos ni un segundo de la actuación de Markel.

La ola abre limpia. No es una pared salvaje, es una línea rápida, perfecta, casi educada, hasta que deja de ser amable. En ese instante, Markel acelera.

Traza un giro en la base de la ola, un bottom turn profundo, y de pronto, la tabla empieza a vibrar en la cara de la ola como si buscara salida. No sube la ola, la ataca hacia arriba.

El labio se curva justo como si lo hubiera esperado. Un impulso seco, violento. La tabla despega y Markel vuela por encima de las olas, de manera literal. Por un instante, deja de pertenecer al agua para formar parte del viento.

Gira. Una vuelta completa. 360 grados. Y desde la orilla parece que el aire se hubiera espesado para mostrarnos su ejecución perfecta a cámara lenta.

Después, la caída. Markel aterriza primero con el canto, comprimido, absorbido por la ola como si nunca se hubiera separado de ella. La espuma explota detrás, pero no consigue atraparlo. Sale de la sección y recupera velocidad.

Y luego llega la ovación, antes incluso de que los jueces muestren la nota.

Ha ganado. Markel Aguirre ha ganado.

En cuanto el cronómetro llega a cero y Markel se alza oficialmente como el vencedor del evento, antes de que llegue a la orilla, hago cuentas mentalmente.

Puede que nunca se me hayan dado bien los estudios, no como a mi hermana, pero he revisado tantas veces la clasificación general que me la he aprendido de memoria.

Tengo en cuenta los movimientos en el ranking tras esta última prueba y sumo los diez mil puntos en juego a la puntuación que tenía Markel previamente.

—Está dentro, ¿verdad? —le pregunto a mi tío, que hace lo mismo que acabo de hacer yo, pero con ayuda de su tablet .

—Sí, joder. ¡Estáis dentro!

El nombre de Markel Aguirre es el que ocupa la posición número diez del ranking, acaba de entrar en el Challenger Tour de la WSL. Competiremos juntos la temporada que viene.

Él se acerca a la orilla y, tanto yo como Sébastien, su familia y varios curiosos más vamos a su encuentro.

—¡Has ganado! —exclamo en cuanto pone un pie en la arena, como si no se hubiera dado cuenta. Él asiente mientras felicita a Koa por su actuación—. Y te has clasificado —añado, chillando para hacerme oír por encima del griterío que lo aclama.

Me abro hueco para ocupar el puesto que me corresponde, a su lado, y le agarro por las muñecas para que nadie se lo lleve lejos de mí.

—¿Qué? —inquiere, sorprendido, sin comprender a qué me refiero.

—Que estás en el top diez —le aclaro.

—¿En serio? —Sus ojos se iluminan al entender que el año que viene nuestros caminos irán de la mano.

Asiento y la sonrisa que se me dibuja en el rostro se extiende por todo mi cuerpo, atraviesa mis dedos y se mete bajo su piel.

—¿De verdad? —insiste, incrédulo y vuelvo a afirmar con más énfasis.

—¡Joder! —grita eufórico, escapa de mi agarre para sujetarme por las mejillas y estampa su boca contra la mía.

Antes de perderme en esos labios que me vuelven loco, hago acopio de la poca cordura que me queda y lo detengo.

—Markel, ¿estás seguro de esto? Nos está viendo todo el mundo —le recuerdo, porque parece haberse olvidado de ese pequeño detalle, de que tenemos público e incluso hay cámaras que están retransmitiendo el evento.

—A la mierda el mundo. Tú y yo somos nuestro propio universo —admite, por fin y esta vez soy yo quien asola su boca mientras todas las barreras caen una a una, se convierten en arena y son arrastradas por la espuma de las olas que mueren a nuestros pies.

—No, tú y yo somos el puto océano.

Fin