CAPÍTULO 33 Espero no haberme equivocado
Markel
T ras tres vuelos y dos escalas que nos han llevado más de veinticuatro horas, por fin llegamos a Durban, en Sudáfrica.
No tenemos jet lag porque el huso horario es bastante similar, tan solo con una hora de diferencia, pero la paliza que llevamos es importante.
Estoy agotado y solo quiero llegar a la habitación y dormir un rato.
Al parecer, Alain se encuentra en el mismo punto que yo.
—Vamos a descansar un poco, luego le echaremos un vistazo a este mar —informa a su tío cuando llegamos justo frente a nuestra puerta. Por fin tenemos una habitación doble solo para nosotros dos.
—Sí, ha sido un trayecto duro —afirma Sébastien y nos despedimos de él.
Entramos en la habitación y cerramos la puerta detrás de nosotros. Alain deja caer la bolsa de su equipaje al suelo, con un ruido sordo. Espero que no lleve nada frágil dentro. Yo soy algo más cuidadoso y me agacho para hacer lo mismo con el mío.
—Estoy muerto —admito en voz alta.
Justo cuando me estoy incorporando, el cuerpo de Alain me arrolla con el ímpetu de una ola que no has visto venir y me empuja contra la pared. Tengo el tiempo justo de reaccionar y subir los brazos para que no sea mi cara la que choque contra la superficie vertical.
Su torso se acopla de forma perfecta a mi espalda, sin dejar ni un milímetro de separación entre nuestros cuerpos y, mientras sus manos se cuelan por debajo de mi camiseta y me acarician el vientre y los pectorales, su boca ataca mi cuello.
—No sabes cuántas ganas tenía de esto, cuántas ganas tenía de ti —me susurra.
No sé qué me enciende más, si sus palabras, sus caricias, su lengua recorriendo mi piel o su dureza presionando contra mis glúteos. Sea lo que sea, en apenas unas décimas de segundo, me tiene en el mismo estado de excitación que él y hace que me olvide del cansancio que arrastrábamos.
La tela de mi ropa está a punto de incendiarse con el fuego que prende mi piel, por lo que decido quitármela antes de que salte la alarma del detector de humo de la habitación.
Me deshago de la camiseta mientras Alain me arranca pantalones y calzoncillos y los deja caer por mis piernas hasta el suelo.
No sé en qué momento ha tenido tiempo él para hacer lo mismo, pero la siguiente vez que siento su cuerpo sobre el mío, solo percibo la textura de su piel.
Su saliva cubre mi cuerpo, su mano ha llegado hasta mi erección y me masturba al mismo ritmo con el que su polla se frota contra mi culo. Excitante, sí, sin embargo y a pesar de que nada se interpone entre nosotros, lo siento demasiado lejos.
—Fóllame, Alain —le ordeno.
—¿Qué te crees que estoy haciendo? —me rebate.
—No, así no. Ya sabes, te quiero dentro de mí —le aclaro.
—Por favor, Markel, no me hagas parar ahora —me suplica—. No sé dónde tengo los condones ni el lubricante. Tenemos diez días por delante para estar juntos, ya habrá tiempo para eso. Y para que tú estés dentro de mí —me dice. Su voz se vuelve más oscura, más turbia, más… anhelante.
Nunca lo hemos hecho así y la simple perspectiva de estar dentro de él me pone. Mucho.
—De acuerdo —accedo al fin, llegando a un punto de excitación incontrolable.
Los movimientos de Alain se vuelven más fuertes, más rudos.
Ambos estamos rozando nuestro límite. Él sabe perfectamente cuándo voy a correrme, no sé si por la cadencia desordenada de mis jadeos, que van tomando más volumen o porque, simplemente, lo intuye.
Me cubre la boca con la otra mano para ahogar mis gemidos cuando estallo entre sus dedos.
A partir de ahí, se produce una reacción en cadena.
Le muerdo, en pleno éxtasis, lo que provoca que él se derrame en la parte baja de mi espalda.
Ahoga su propio orgasmo clavando los dientes sobre mi hombro y eso, junto a la sensación de su semen caliente vertiéndose sobre mí, prolongan mi propio placer.
—Joder, eso ha sido… —comento con la voz entrecortada, mientras busco la palabra que describa lo que acabo de sentir.
—Intenso —termina por mí, con su cuerpo todavía abrazado al mío, sin atreverse a soltarme, como si quisiera sujetarme, como si necesitara apoyarse en mí para no caer, o ambas—. Y, ahora sí, vamos a probar esa cama.
Pese a que la habitación consta de dos camas individuales, ambos nos acostamos sobre la misma.
Ni siquiera nos molestamos en deshacerla para meternos dentro.
Son estrechas, de noventa centímetros como mucho, lo que nos obliga a permanecer muy juntos sobre el colchón, cosa que no podría importarnos menos.
Con su espalda pegada a mi torso, abrazado a su cuerpo, no tardo en dormirme.
Cuando despierto, horas después, me encuentro solo en la cama, boca arriba, con una sábana que me tapa parcialmente.
Busco a Alain con la mirada y, entonces, me llega su voz desde el baño.
No creo que le haya dado por hablar solo, así que supongo que estará al teléfono.
Utiliza su lengua natal por lo que deduzco que quien se encuentra al otro lado de la línea puede ser su tío.
—¿Con quién hablabas? —le pregunto cuando regresa al cuarto.
Está condenadamente guapo. Acaba de salir de la ducha, tiene un aspecto fresco y su torso desnudo está salpicado de alguna gota de agua que no se ha molestado en secar.
Solo lleva una toalla alrededor de la cintura, insuficiente para disimular una media erección que hace que me atragante con mi propia saliva.
—Con Sébastien —me confirma y antes de que pueda interesarme por el asunto que se traían entre manos, Alain me funde los plomos—. Mira lo que he encontrado —añade, con una sonrisa indolente, mostrándome un pequeño bote de lubricante y un par de preservativos—. Creo que teníamos algo pendiente…
Su respiración termina en un susurro, la mía muere en un jadeo ahogado cuando Alain deja caer la toalla al suelo y me muestra su imponente cuerpo desnudo. La erección que antes tenía a media asta, ahora se alza incitante, provocadora y ver su polla dura hace que la mía dé un tirón bajo la sábana.
—Soy todo tuyo —me dice, con una voz tan grave que parece que le nace de las entrañas y me lanzo de cabeza hacia una de las pocas primeras veces que todavía nos faltaba.
—Deberíamos darnos una ducha y bajar a comer algo —sugiere y su proposición me gusta algo menos que la que me ha hecho hace un rato—.
Y dar señales de vida ante mi tío que, a estas alturas, debe de estar preocupado.
—Su móvil y el mío han sonado en varias ocasiones mientras hacíamos el amor, por lo que suponemos que se trataba de él.
—Y lavar las sábanas —añado yo y ambos nos reímos.
Yo he acabado dentro de él y él lo ha hecho poco después contra el colchón. Llevamos desde entonces regalándonos caricias perezosas sobre una cama de sábanas revueltas que ninguno de los dos queremos abandonar.
Después de una ducha rápida en la que no nos permitimos entretenernos, quedamos en el comedor con Sébastien que, como hace siempre en los días previos a una competición, quiere recordarnos las características de las olas de este lugar y darnos los puntos clave para que las aprovechemos al máximo.
La mirada de su tío salta de uno al otro en cuanto nos ve aparecer y niega con la cabeza.
Yo noto que se me ruboriza hasta la raíz del pelo y me encojo.
Daría lo que fuera por desaparecer en este preciso instante.
Debemos de tener la palabra «sexo» escrita en la frente con letras de neón.
Alain, en cambio, se carcajea, de forma desenfadada.
Lo mataría y lo besaría al mismo tiempo.
—¿Habéis descansado, chicos? —nos pregunta.
—Sí, estas horas de cama me han venido bien, me encuentro mucho más relajado —responde Alain y me guiña un ojo. Yo solo carraspeo, incómodo.
Sébastien rueda los ojos y simula no haber captado el doble sentido de las palabras de su sobrino.
—Bueno, pongámonos a trabajar. Durban ofrece olas rápidas, potentes y muy maniobrables, con agua cálida y una gran variedad de picos. Alain, tú lo tienes casi hecho. No te hace falta arriesgar demasiado. Te vale con quedar entre los dieciséis primeros para clasificarte —expone.
»Tú, en cambio, Markel, no te juegas nada.
Tienes a varios patrocinadores comiendo de la mano.
Te has convertido en la sensación de la temporada y los contratos no te van a faltar para la siguiente si quieres seguir dedicándote a este deporte de forma profesional.
Cuando mi sobrino me pidió que te consiguiera una w ildcard no imaginé que la aprovecharías de esta manera.
Has dejado a todos con la boca abierta, limítate a seguir haciéndolo.
Y, sobre todo, chicos, no os olvidéis de disfrutar.
—Lo haremos —respondemos al unísono e intercambiamos una mirada cómplice que dice que pensamos cumplirlo, tanto dentro como fuera del agua.
Durante los tres siguientes días y hasta que da comienzo de forma oficial la competición, nos aprendemos el mar y memorizamos hasta el último milímetro de nuestras pieles, como si las estuviéramos tatuando bajo las yemas de los dedos.
El emparejamiento nos junta durante la primera jornada, en primera ronda, en la que se clasifican dos de los cuatro participantes y pasamos sin problemas.
Nos entendemos a la perfección en el mar, sin necesidad de intercambiar palabras.
A veces, no nos hace falta ni mirarnos, es como si estuviéramos dentro de la cabeza del otro, por lo que, aunque compitamos a nivel individual, formamos un equipo sólido contra el que nuestros otros dos rivales no tienen nada que hacer.
Alain obtiene esta vez la máxima puntuación.
En la segunda jornada, los otros cuarenta y ocho participantes se juegan el pase a la siguiente fase, por lo que nosotros contamos con un día libre.
—Venga, dormilón, arriba —me despierta Alain, demasiado pronto para mi gusto, después de una noche en la que no es que hayamos dormido demasiado.
Gruño y me hago el remolón, necesito unos minutos —o unas horas— más de sueño.
—Venga —insiste. Desliza la sábana por mis piernas, para dejarme el culo descubierto y me da un mordisco en la nalga.
Lo que le gusta a este hombre morderme no es normal, creo que en alguna vida anterior debió de ser vampiro o tiene algún familiar en Transilvania.
Contra todo pronóstico, ese simple gesto consigue que me empalme. No sé cómo después de la noche que hemos pasado todavía me sigue funcionando.
Alain me maneja como el muñeco de trapo en el que he quedado convertido después de la «paliza» de esta noche y me da la vuelta. Me cubro el rostro con el brazo, para protegerme de la luz que se me antoja excesiva
—¿Necesitas que te eche una mano con eso? —me pregunta al ver mi erección, apuntando directamente hacia él y antes de que me dé tiempo a contestarle, me engulle hasta la base.
—Joder… —jadeo mientras retuerzo las sábanas entre mis manos.
Me devora con maestría, con la habilidad de quien se conoce mi cuerpo casi mejor que yo y en apenas unos minutos, estoy estallando dentro de su boca, con su nombre atascado en la garganta, luchando con el oxígeno que, a duras penas me llega a los pulmones.
—Y, ahora, arriba. Mi tío nos está esperando —anuncia limpiándose las comisuras de los labios.
—¿Qué? —Casi pego un bote en la cama—. ¿Y por qué no me has avisado antes? —protesto.
—Porque te merecías un buen despertar —me guiña el ojo y se incorpora.
Tras una ducha rápida, lo sigo hacia una pequeña sala de reuniones dentro del mismo hotel en el que nos alojamos.
—Espero no haberme equivocado esta vez con mi regalo —me dice, mientras me hace un gesto para que pase en primer lugar.
Lo miro confundido hasta que doy un paso en el interior de la habitación y veo a mi familia. A toda mi puta familia, a excepción de Luken.
—A tu hermano le ha sido imposible venir —añade como si me hubiera leído el pensamiento—, pero me ha dicho que, si alguna vez nos pasamos por Gold Coast, que vayamos a visitarlo.
Su estancia de dos meses en Australia se ha prorrogado y no tenemos ni idea de cuándo volverá a casa. Creo que ni él mismo lo sabe.
No me da tiempo a reaccionar cuando un huracán rubio de ojos castaños llamado Nahia me abraza la cintura con tanto ímpetu que está a punto de derribarme.
—No está mal para ser surfista —me dice.
Enseguida se le unen mi madre y Nils y estoy tan emocionado de verlos, después de casi dos meses de competición que se me saltan las lágrimas.
—¿Cómo? ¿Qué hacéis aquí? —balbuceo todavía sin creerme que sean de carne y hueso.
—En octubre ya sabes que el trabajo baja mucho —me explica Nils—. Y tu «amigo» —pone un énfasis especial en esa palabra— nos ha echado una mano para que pudiéramos venir a verte.
Enseguida entiendo lo que eso significa.
—¿Les has pagado el viaje? —le pregunto a Alain.
—Es solo un préstamo. En cuanto recibas el adelanto de las primeras campañas publicitarias ya me lo devolverás, porque sabía que ellos no aceptarían que fuera yo quien pagara los billetes, y tú tampoco.
—Gracias —le digo.
—Merecías tener a tu público contigo y que ellos disfrutaran en directo de la magia de verte sobre una tabla.
Aunque el «te quiero» se me atasca en la garganta, se me escapa en la mirada que le dedico y que, después de que mis ojos hablen, se pasea por el resto de los presentes. Alain asiente, comprensivo, y sus labios articulan un «yo también» sin voz que se me cuela bajo la piel.