CAPÍTULO 32 Nuestros aliados
Alain
Ahora nos toca viajar a Marruecos, nuestra siguiente parada es Anchor Point, una derecha que rompe sobre un fondo de rocas y ofrece recorridos excepcionalmente largos que permite encadenar giros de alta velocidad. Una buena oportunidad para lucirse con diferentes maniobras.
De nuevo, el destino —o alguna fuerza superior que no quiere que estemos a solas— nos ubica en la misma habitación, pero con más personas.
Unido al hecho de que Markel no quiere todavía que nos dejemos ver como pareja delante de otros —cosa que me cuesta horrores mantener, pero que le dije que haría hasta que sea él quien dé ese paso—, nos limita bastante las ocasiones en las que podemos estar juntos.
¿Y qué pasa cuándo sientes que te prohíben algo? Que lo ansías más, que lo necesitas tanto como el oxígeno que respiras.
Así que nos hemos convertido en dos amantes clandestinos que se escapan de madrugada, de manera furtiva, y roban minutos a las horas de sueño para paliar mínimamente ese anhelo, ese aire que nos falta.
No somos los únicos que se escabullen a hurtadillas, hay otros muchos que lo hacen, especialmente conforme avanza la competición y cada vez quedan menos participantes en pie, pero en pocas ocasiones suele ser para verte a escondidas con alguien que duerme en tu misma habitación, a escasos metros de tu cama.
Lo más habitual es que intimen con participantes de la categoría femenina.
Para no levantar sospechas, soy yo el primero que sale de la habitación y, unos minutos después, Markel se me une donde siempre, frente al mar, aunque la ubicación sea diferente.
Siento su llegada antes, incluso, de que sus brazos me rodeen, como una alteración en la brisa que me rodea que, de repente, se vuelve más cálida.
—Lo siento —me susurra desde atrás, muy cerca del oído y un escalofrío me recorre la columna vertebral y no es de frío, precisamente—. Seguro que tú hubieras aprovechado mejor la oportunidad.
Esta mañana hemos vuelto a coincidir sobre las olas y, tal y como ya me pasó la última vez que lo hicimos, nos hemos olvidado de que estábamos en plena competición y de toda la gente que nos observaba desde la orilla.
Ha sido como si la primera ola hubiera arrasado con todos y nos hubiéramos quedado a solas el mar, él, yo y nuestras tablas.
No he reparado en el resultado hasta que el tiempo se ha acabado y nos dirigíamos, sonrientes, cómplices, hacia la orilla.
Aunque ha estado reñido, ha sido Markel quien se ha alzado con la victoria por unas pocas décimas y no podría sentirme más orgulloso, a pesar de que él ha sido incapaz de celebrar el pase a semifinales.
—No pretendía arrebatarte la oportunidad de conseguir más puntos —se ha disculpado nada más pisar la arena—. Al fin y al cabo, el futuro de tu carrera está en el aire y yo no me estoy jugando nada.
—Merece la pena perder a tu lado, Markel —le he contestado, guiñándole el ojo, a lo que él ha respondido con una sonrisa de las suyas.
Puede que tengamos que limitar nuestras muestras de afecto en público, sin embargo, pequeños gestos como estos, que solo nosotros dos entendemos, son suficientes para que mi corazón bombee con fuerza y me recuerde que todo esfuerzo obtiene su recompensa.
Por la tarde, Markel se jugaba el pase a la final y, aunque su actuación ha sido superior a la de esta mañana, su rival ha sido aún mejor y ha quedado eliminado. De ahí que me acabe de soltar ese comentario.
—Quién sabe. Has demostrado ser mejor que yo, aunque pienso tomarme la revancha. No me has quitado nada, te lo has ganado a pulso, como tu presencia aquí. Lástima no tener más tiempo.
Yo he caído varios puestos en el ranking, pero todavía sigo dentro de esa barrera que me garantiza una plaza en el campeonato del mundo la próxima temporada.
Solo tengo que no cagarla en la última prueba, levantar el resultado de Ericeira y estaré dentro.
Tal y como se mueve la clasificación, creo que con quedar entre los ochos primeros en Durban tengo el pase asegurado.
Markel, gracias al resultado de hoy, ha subido bastantes posiciones, aunque no las suficientes.
Todavía está bastante lejos de ese puesto número diez que marca la línea entre entrar o quedarse fuera.
No obstante, su progresión ascendente e inesperada hace que se nos quede la miel en los labios porque se va a quedar muy cerca.
Solo tengo una palabra para describir su paso por estos eventos: sublime.
Si tuviéramos algo más de margen, si todavía quedaran algunas pruebas más, se podrían descartar los peores resultados de Markel y entraría en ranking conmigo, lo que nos llevaría a competir juntos en la élite del surf. Mi puto sueño hecho realidad.
De todas formas, para ser un recién llegado, no está nada mal.
Nunca un invitado había aprovechado tan bien como él una wildcard .
La prensa especializada ya habla de él como la revelación de la temporada y me consta, por mi tío, que ya tiene varias marcas detrás que lo quieren convertir en la cara visible de sus productos.
Giro la cabeza, solo lo justo para que esos labios que me acariciaban el lóbulo de la oreja queden a milímetros de mi boca.
Su sabor me vibra por todo el cuerpo antes de que llegue a paladearlo.
Se unen de una forma suave, contenida, que no tarda en explotar, como si tras una dura jornada de interpretación, cortáramos la cuerda que sujeta el telón y este cayera de golpe.
La función termina y, entre bambalinas, podemos ser nosotros sin disfraces, sin medias tintas, sin atar en corto nuestras ganas.
El mar y la noche se convierten en nuestros aliados.
Nadie, en este mundillo, vería extraño que dos surfistas locos se bañaran desnudos en el océano Atlántico de madrugada.
La oscuridad nos brinda la intimidad necesaria para que las caricias que nos regalamos, a cierta distancia sean interpretadas como los juegos entre dos buenos amigos, unos que ya dejaron esa fase varias semanas atrás.
De manera inconsciente, buscamos un rincón dentro del agua en el que las rocas nos parapeten y nos convertimos en dos sombras más.
Dos sombras que se besan y se exploran sin límites hasta que se funden en una sola.
Su pelvis se acopla a la mía de tal forma que nuestras erecciones quedan muy juntas y se rozan de una manera deliciosa hasta que ambos, entre jadeos, nos derramamos en manos del otro.
¿Placentero? Por supuesto. ¿Suficiente? Nunca.
Regresamos a la orilla, todavía con el pecho agitado y el corazón rebotando contra las costillas. Me tumbo sobre una de las toallas que ha traído Markel, siendo previsor y, automáticamente, cierro los ojos.
—Anda, vístete, que te estás quedando dormido y vas a coger frío —me dice, protector.
No le hago caso, estoy muy a gusto y me da pereza moverme.
Resopla y me echa su camiseta por encima.
Markel no se tumba, se queda sentado, a mi lado, muy cerca, tanto que, sin esfuerzo, llega a acariciarme el rostro.
Justo lo que me faltaba para lanzarme a los brazos de Morfeo.
A pesar de que no lo veo, sé que me observa con ternura, lo siento en la calidez que me envuelve y que no se debe a la prenda de ropa que me cubre.
—Has estado genial —le felicito burlón y me empiezo a reír solo, como si me hubiera contado un chiste que solo entendiera yo.
Me imagino la expresión de su rostro ante mis palabras, descolocado, sin saber si me refiero al sexo, si le estoy poniendo nota a lo que acaba de pasar entre nosotros como los jueces en plena competición, o a otra cosa.
No es la primera vez que lo hago, que me quedo con él de esta forma—.
Esta mañana, sobre las olas —le aclaro—. Y…
Markel no me deja terminar y me golpea el hombro, lo que consigue que todavía siga unos segundos más despierto e intensifique mis carcajadas.
—Te quiero, gilipollas —me dice.
—Y yo a ti, imbécil —confieso y con la misma sonrisa que me produce mi declaración y la suya, me quedo dormido.
Un rato después, todavía sin acabar de despertarme, escucho la voz de Markel al teléfono.
Conversa en tono suave y por las palabras que voy captando, creo que lo hace con su hermano.
Hay mucho océano, agua, olas, surf, coral y fauna marina en lo que comentan.
Supongo que se estarán poniendo al día de sus respectivas vidas, tan lejos el uno del otro.
Me produce cierta envidia la relación que mantiene con él, a pesar de la distancia y lo diferentes que dice que son.
La que mantengo con mi hermana ni se le acerca y no es porque nos llevemos mal, al contrario, adoro a Chloe.
Sin embargo, cada vez que hablo con ella o las pocas ocasiones en las que nos vemos solo sirven para avivar el recuerdo de lo que nos falta.
Acabamos más tristes, más hundidos, sin saber cómo terminar la conversación para que el dolor no se nos escape.
Así que ambos hemos optado por la opción más sencilla, la huida, la evitación.
Nos refugiamos en lo que nos ayudó a sobrellevar el fallecimiento de nuestros padres y seguimos adelante con nuestras vidas.
—¡No me jodas! —exclama Markel sin darse cuenta y su voz, más alta que durante el resto de la conversación, me sobresalta. Debe de darse cuenta porque, sin siquiera mirarme, su mano me acaricia el pecho para calmarme—. Eso no me lo esperaba.
—Yo tampoco —dice su mellizo al otro lado de la línea y noto resignación en su tono.
—Bueno, Zipi, tengo que dejarte, está empezando a amanecer y tenemos que volver a la habitación en cuanto despierte al bello durmiente —se despide de Luken.
—Estoy deseando conocerlo —le dice este.
—Si alguna vez vuelves a casa, ya te lo presentaré.
Su forma de despertarme también es de cuento, se inclina sobre mí y desliza sus labios sobre los míos, despacio, de una forma muy suave que, sin embargo, no solo consigue arrancarme los jirones de sueño que tengo pegados a la piel, sino que despiertan en mí un hambre voraz que no solo se sacia con un beso.
—¿Echas de menos a tu mellizo? —le pregunto sin renunciar a su boca.
Él asiente y contrae el rostro de una forma casi imperceptible.
—Mucho. A él y a toda mi familia, aunque hable casi a diario con ellos. No estoy acostumbrado a pasar tanto tiempo fuera de casa —revela, aunque yo ya había llegado por mis propios medios a esa conclusión.
Por mucho que Markel se defina como hermético, que siempre esconde sus sentimientos, incluso para aquellos más cercanos, su familia lo conoce mucho mejor de lo que él cree.
Ha aprendido a leerlo, como estoy haciendo yo, tiene una relación muy estrecha, especial y diferente con cada miembro de ella y los necesita a su lado.
Y si está en mis manos, voy a hacer que así sea.