CAPÍTULO 31 En carne viva
Markel
A unque puede que no tenga muchos estudios, tengo un jodido máster en cagarla con Alain.
Llegué a la orilla totalmente sobrepasado por lo que acababa de suceder, con el susto todavía en el cuerpo y los recuerdos de la muerte de Richi atacando todo mi sistema nervioso.
Como sucedió entonces, no pensé en lo que hacía, solo actué, por instinto, para intentar volver a sacar a la superficie a mi rival, a ese que acababa de robarme la oportunidad de clasificarme para la siguiente ronda.
Sin embargo, en ese instante, eso era lo de menos.
Lo que estaba en juego era una vida, no diez mil puntos.
Tocar la arena fue peor. En cuanto puse un pie en la playa, me vi rodeado por un montón de rostros borrosos que me aclamaban como un jodido héroe y yo solo quería saber si mi compañero estaba bien —me pareció que solo estaba aturdido cuando lo subimos a la moto de rescate— y que me dejaran un poco de aire para respirar.
Entre todos esos brazos que me rodeaban, reconocí su tacto, reconocí mi hogar en esos dedos que se agarraban a mí y quise refugiarme en él, en sus brazos, en sus labios.
Sabía que su boca me iba a dar el oxígeno que en ese instante me faltaba.
Y cuando estaba a punto de hacerlo, fui consciente del lugar en el que estábamos, de la gente a nuestro alrededor, de las cámaras retransmitiendo el evento en directo, y me detuve en seco.
No, peor, me eché atrás, hui de él como si fuera un mechero encendido y yo estuviera empapado en gasolina.
Mi rechazo le dolió, ¿cómo no iba a hacerlo? Lo vi en sus ojos azules haciéndose añicos en cuanto me aparté de él. Lo vi cuando se quedó plantado en la playa, como si el suelo bajo sus pies se hubiera convertido en arenas movedizas que se lo iban tragando poco a poco.
Cuando reaccioné y quise remendar mi error, cuando conseguí escapar de todos aquellos que no hacían más que felicitarme por mi actuación y regresé a la playa, Alain ya no estaba.
Llevo buscándolo desde entonces, sin éxito, mientras intento esconderme del resto del mundo que parece que todavía no se ha cansado de agasajarme.
—No, todavía no ha vuelto —me dice uno de sus compañeros cuando me asomo por tercera vez a su habitación—. ¿Quieres que le digamos algo cuando lo veamos?
«Sí, que soy un imbécil y que lo siento mucho».
—Eh, no, no hace falta —le digo, en cambio.
Regreso a mi habitación derrotado y veo mi móvil cargando sobre la mesilla. Tal vez Alain lleve el suyo encima. Lo desconecto del cargador y lo enciendo. En cuanto coge señal, veo un montón de llamadas perdidas y mensajes de mi familia. Incluso tengo uno de Luken.
Sé que están pendientes del avance de la competición, que Nils tiene a casi todo el pueblo pendiente de mí, y habrán visto lo que ha pasado hoy.
Después de que cargara durante años con la muerte de Richi a mis espaldas, son conscientes de que lo que ha sucedido hoy me ha removido por dentro.
Sin embargo, no tengo ganas de hablar, al menos, no con ellos, aunque sé que tengo que hacerlo.
Abandono mi habitación y salgo al exterior mientras marco el número de mi madre. Fuera, ya ha anochecido y el viento me revuelve el pelo.
—Cariño, ¿estás bien? —se interesa en cuanto descuelga, apenas un par de tonos después.
—Sí, más o menos —contesto, escueto.
—¿Quieres hablar de ello? —me pregunta, al cabo de unos segundos de silencio durante los cuales seguro que ha estado analizando mi respuesta, mi tono de voz e, incluso, lo que no digo.
—No, ahora no.
—¿Y con Nils? —Mi madre sabe que, para ciertas cosas, para ciertos temas, prefiero abrirme ante mi padrastro. Hoy no es el caso, porque lo que me atormenta no es lo que ellos piensan.
—¿Está por ahí Nahia?
—¿Nahia? Sí, ahora te la paso —dice mi madre, sorprendida porque haya pedido hablar con mi hermana.
—Hola, Markel —me saluda la pequeña—. Te hemos visto por la tele. ¿Has pasado miedo? —me pregunta.
—Sí, un poco —confieso.
—¿Alain te dio un abrazo para que te sintieras mejor? —Solo la mención de su nombre me atraviesa como una puñalada en el centro del pecho.
—No —respondo en voz baja, avergonzado por mi estúpida reacción.
—¿Por qué? —se extraña.
—Porque he vuelto a meter la pata.
—Pues ve y abrázalo tú —sentencia, tajante, como si mis cagadas fueran tan fáciles de solucionar como un juego de niños. Tal vez así sea.
—Lo haré. Gracias, enana. —Cuelgo la llamada porque mis pasos me han llevado hasta una de las playas y allí, a pocos metros de distancia, distingo la silueta de Alain sentado sobre la arena.
Aprovecho que todavía tengo el móvil en la mano para escribir un mensaje. Busco el contacto de «Simplemente Alain» y tecleo:
Markel
Lo siento, ¿podemos hablar?
Su teléfono le vibra en el bolsillo y desvía momentáneamente la atención del mar para centrarla en la pantalla del celular. Lee, duda, vuelve a leer, escribe algo, se lo piensa mejor y su mirada regresa al océano.
No espero más y le hago caso a mi hermana. Recorro la distancia que me separa de él, me siento a su lado y lo abrazo, sin decir ni una sola palabra. Alain se tensa, aunque no me rechaza y yo no me aparto, no puedo. Es casa, joder.
Una de sus manos, poco a poco, sube por mi espalda y la acaricia, con cautela. El gesto solo hace que lo quiera aún más, si es que eso es posible. A pesar de que le he hecho daño, sabe que no estoy bien, que necesito apoyarme en él y no me lo niega.
No sé durante cuánto tiempo permanecemos así, aunque cuando estás en el único lugar en el que te sientes a salvo, siempre es insuficiente, cuando vuelvo a percibir que todos los músculos de Alain se contraen. Muy a pesar, me separo de él. Tenemos que hablar, tenemos que aclarar las cosas.
—¿Te avergüenzas de mí, Markel? —me pregunta, directo, y a pesar de que la única luz que nos ilumina es escasa, puedo ver su mirada rota—. O lo que es peor, ¿te avergüenzas de ti mismo, de lo que eres?
—No, no es eso, no me escondo de ti o de mí, me escondo del mundo. Siempre lo he hecho y no es por nada en especial, es porque siempre he sido así —le explico.
»Nunca se me han dado bien estas cosas —prosigo—, y no tiene nada que ver con ser gay o estar enamorado de ti.
—Sus ojos cambian, chispean ante mi confesión en voz alta—.
Siempre me ha costado dejar salir mis sentimientos.
Hasta tu llegada, hasta que me los arrancaste a base de besos y paciencia, eran algo que tenía encerrado dentro de mí.
Si estaba furioso, triste o desbordado, era algo que solo yo sabía, que me tragaba hasta hacerlo desaparecer.
Y lo mismo pasaba con las emociones buenas, también me las guardaba para mí mismo.
A la gente de mi alrededor, a mi familia, incluso, les ha costado leerme.
—En el mar no te cuesta —me corta.
—¿Qué?
—Todo eso que reprimes en tierra, en cuanto te subes encima de la tabla te sale a borbotones.
Sobre las olas eres emoción pura, sentimiento en carne viva y, sin darte cuenta, lo transmites a quienes saben mirarte.
Por eso me fijé en ti, no por tu técnica ni por tu precisión en cada maniobra.
Puede que no seas el mejor surfista, sin embargo, eres el que más me hace sentir.
Y eso me sucede desde la primera vez que te vi, antes de que me dejaras conocerte y de que cayera rendido a tus pies.
Trago saliva mientras proceso todo lo que acaba de decir. No sabía que me veía así, que me sentía así. Nuestras miradas se traban durante un instante en el que el aire a nuestro alrededor se vuelve más ligero.
—Siempre has respetado mis tiempos, mi aprendizaje a tu lado y has esperado a que estuviera preparado.
Solo te pido que lo hagas una vez más. Sé que esto te jode, que te encantaría que dejáramos de escondernos, pero todavía no puedo.
No es vergüenza, es… otra cosa —continúo y mientras hablo, intento ordenar mis pensamientos y convertirlos en palabras—.
Miedo a sentirme vulnerable, a que el resto del mundo sepa lo mucho que me importas y lo utilice para hacernos daño.
—Eso que tú consideras debilidad es precisamente nuestra fortaleza, aunque entiendo que tu ritmo sea diferente al mío y que todavía no hayas llegado a esa conclusión. No obstante, lo harás, me encargaré de hacerte cambiar de opinión.
—Entonces, ¿me perdonas?
—¿Por hacerme la cobra delante de todo el mundo? —me pregunta, socarrón, con esa sonrisa canalla que me vuelve loco y ya sé que lo ha hecho, aunque no lo diga en voz alta.
—No ibas a besarme —le rebato.
—Antes puede que no, pero ahora sí.
Se abalanza sobre mí y caemos sobre la arena, con sus labios sobre los míos y sus manos enredadas en mi pelo.
—Joder, te quiero —confieso sobre su boca y así empiezo a trabajar eso de intentar no guardarme todo lo que siento para mí mismo.
Pasamos la noche así, abrazados sobre la arena, sin dormir, sin hacer nada más, salvo besarnos de vez en cuando.
—Será mejor que nos levantemos —le digo cuando los primeros rayos de sol comienzan a clarear el cielo—. En unas horas te toca competir —le recuerdo.
Alain refunfuña, pero obedece. Acepta la mano que le tiendo y se incorpora. Se sacude la arena pegada a la ropa y se dirige hacia su habitación para darse una ducha y prepararse.
No lo vuelvo a ver hasta que comienza la lucha para el paso a semifinales.
Ocho surfistas que se baten en duelo por parejas.
El mejor pasa a la siguiente ronda, el otro queda eliminado.
A pesar de no haber dormido apenas, Alain se merienda a su rival y se clasifica, consolidándose como uno de los cuatro mejores surfistas del evento.
Por la tarde, se deciden los dos finalistas.
Alain participa en la segunda manga, la que dará fin a la jornada de hoy.
El mar está perfecto y sé que lo va a aprovechar.
Las series aparecen como líneas oscuras que avanzan hacia la playa, la pared se levanta casi de golpe y el labio cae con violencia, excavando tubos perfectos de agua azul verdosa.
Alain se gira en el último instante y se levanta en el punto exacto. La pared empieza a arquearse sobre él con una velocidad casi obscena, como si le estuviera haciendo una jodida reverencia al rey del surf.
Durante un instante veo el perfil de su espalda comprimirse, con las rodillas flexionadas y el brazo delantero rozando la cara de la ola. Después, el labio cae, Alain desaparece y el pecho se me contrae, con una mezcla de expectación y admiración que me hacen contener el aliento.
Desde aquí solo veo un cilindro perfecto que avanza hacia la orilla.
Una masa de agua verde, gruesa, hueca, rugiendo sobre sí misma.
Y, de pronto, aparece la punta blanca de la tabla y Alain sale disparado de la boca de la ola, se incorpora y deja que la espuma explote detrás de él.
Hace un gesto de victoria con el puño, sabe que lo tiene, sabe que lo ha conseguido y la playa entera lo aclama, yo incluido.
Los jueces muestran su veredicto, una puntuación que pasa del nueve y que le otorga más de un punto y medio de ventaja respecto a su rival. Y ya no hay tiempo para que el otro pueda remontar.
En cuanto Alain pone un pie en la arena, sus ojos me buscan entre el público que lo ovaciona.
Asiento y sonrío. Él me devuelve el gesto y, a pesar de que hay varias personas que nos separan, la emoción que en este momento siente él, viaja por la arena hasta donde me encuentro y se me mete bajo la piel.
Tenía razón aquel día —parece que fue hace siglos—, cuando me guardé su contacto en el móvil y bromeamos sobre con qué nombre hacerlo.
Quise picarle diciendo que era un príncipe destronado y me acaba de demostrar lo equivocado que estaba.
Estoy a punto de ir a su encuentro y plantarle una corona en la cabeza.