Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 30 Como un latigazo
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CAPÍTULO 30 Como un latigazo

Alain

M i tío lo sabe. No dice nada, pero sé que lo sabe.

Nunca desaparezco así, como si se tratara de una evacuación de emergencia, dejando mis cosas —y las de Markel— tiradas en el suelo de la habitación.

Tampoco me había tomado nunca unos días libres, aunque estuviera tan cerca de casa como ahora, para encerrarme en mi refugio y, mucho menos con otro hombre.

Le mandé un mensaje para avisarle, para que no se preocupara, para decirle que estaba bien.

Le dije que solo necesitaba un par de días y que recogiera mi equipaje y el de Markel.

Después de eso, no creo que fuera muy difícil atar cabos.

—Vas por el buen camino. No te desvíes ahora —me advierte cuando, a la mañana siguiente, respondo a su llamada.

—No te preocupes, estoy justo donde tengo que estar —le respondo, mientras mi mano vuela hacia la espalda de Markel, dormido boca abajo a mi lado, desnudo.

Él responde con un ronroneo, justo la señal que necesito para poner fin a la llamada con mi tío.

Mi boca se une a los dedos sobre su espalda y empiezo a besarlo, de forma suave, casi con ternura.

Sin embargo, su sabor debe de tener algún componente que me enciende, pues en cuanto mis papilas gustativas se ven inundadas de él, la intensidad de mis caricias aumenta, buscando algo más,

—¿No te cansas nunca? —protesta, todavía adormilado.

—¿De ti? Jamás —contesto, con rotundidad y le clavo los dientes en el glúteo mientras intento alcanzar su polla, colando la mano entre su cuerpo y el colchón, para comprobar si lo que estoy haciendo le provoca el mismo efecto que está causando en mí.

—Alain, estoy destrozado —se queja, justo cuando llego a mi objetivo y veo que hay una parte de su anatomía que no está de acuerdo con eso.

Aun así, me detengo. Le dejé claro desde un principio que iba a respetar sus tiempos, incluido los de descanso.

—¿Quién te ha dicho que pares? —me dice, esta vez algo más despierto—. Fóllame, gilipollas.

—No te haces a la idea de cómo me pones cuando estás en plan mandón —le confieso, la voz me sale más grave, más oscura, como si el deseo me raspara la garganta, justo antes de acatar su orden.

Después de dos días extraordinarios llenos de mar, sexo y mucho más, en los que no ha quedado ninguna superficie de mi casa que no tuviera nuestras huellas, toca volver a la realidad.

Hemos estado encerrados en una especie de bola de cristal, en la que en lugar de nieve cuando la agitas, había espuma de mar, pero toca salir de aquí y continuar con la competición.

Gracias a mi segundo puesto en Hossegor, he conseguido meterme entre los diez primeros del ranking. Solo tengo que mantener la posición, no cagarla en las tres pruebas que quedan, como hice en Ericeira, y el año que viene estaré de vuelta en el campeonato mundial.

Markel lo tiene mucho más complicado, sigue muy lejos de los puestos de clasificación y es prácticamente imposible que consiga alcanzar el top 10. Sin embargo, para un recién llegado, estar ahí es mérito suficiente para que los patrocinadores no se olviden de él y sigan apostando por su carrera.

Aunque todavía no lo he hablado con él, solo espero que, ahora le he ha picado el gusanillo de la competición, no se quede en una única temporada y, en uno o dos años más, poder estar juntos en la élite y convertir las dos cosas que más me importan en la vida en mi futuro: el surf y Markel.

Sébastien se ha encargado del material que, probablemente, ya esté en Peniche, por lo que Markel y yo solo nos tenemos que preocupar de llegar a Biarritz antes de que cierren la puerta de embarque. Lo hacemos por los pelos, por culpa de una ducha que nos ha entretenido más de la cuenta.

—Yo os mato —nos saluda mi tío cuyo enfado es patente en la expresión de su rostro, con el entrecejo arrugado.

—Ya estamos aquí, tío —le respondo yo, mucho más sonriente. con una cara de recién follado que ilumina el aeropuerto entero.

Llegamos a París hora y media después, donde tenemos que hacer una escala de casi dos horas, perfectas para una siesta ya que, pese a haber pasado muchas horas en la cama, dormir, lo que se dice dormir, no lo hemos hecho mucho.

Nos dejamos caer en sillas contiguas, en una postura cómoda, con las piernas separadas y nuestras rodillas rozándose, de forma natural.

Conforme el cansancio nos cubre como si de una manta se tratase, nuestras cabezas se inclinan hacia el otro, para buscar un punto de apoyo, con la confianza de quien ha compartido algo más que tiempo sobre el mar.

—Venga, chicos, arriba —nos despierta Sébastien, zarandeándonos para subir al siguiente avión, en el que continuamos durmiendo hasta llegar a Lisboa.

Cuando aterrizamos en nuestro destino, todavía con el sueño pegado a las pestañas, mi brazo se alza sin pedir permiso para rodear los hombros de Markel y, entonces, me acuerdo de que ya no estamos dentro de esa burbuja y el gesto se queda en una especie de amago extraño que intento disimular pasando la mano por mi cuero cabelludo.

Miro de reojo a mi tío, que camina justo a nuestro lado, para comprobar si se ha dado cuenta de la jugada y observo cómo desvía la mirada de forma rápida. Mierda, me ha pillado.

Resoplo de forma sonora, un gesto que se puede interpretar entre la frustración y el cansancio, y sigo avanzando.

Después de dos días durante los cuales la piel de Markel parecía una continuación de la mía, en la que la máxima ropa que hemos llevado ha sido un bañador cada vez que salíamos a surfear, se me va a hacer duro no poder tocarlo cuando me apetezca.

—No he podido conseguiros sitio en la misma habitación, estaba todo ya reservado desde hace tiempo y tan solo quedaban camas sueltas para completar habitaciones. Lo siento —nos informa Sébastien antes de hacernos entrega de nuestras respectivas llaves.

Quizá sea mejor así, no sé si podría resistirme a la tentación de «equivocarme» de cama y meterme en la suya y, como ha sucedido en mi casa, no iba a ser precisamente para dormir.

—No pasa nada —respondo, mientras me como a Markel con los ojos. Él me mantiene la mirada, solo unos segundos con el mismo hambre que debo de dejar entrever yo y, cuando se da cuenta del lugar en el que estamos, la aparta.

—¿Nos instalamos y probamos estas olas? —me propone y acepto sin necesidad de pensarlo.

Las olas de Peniche son potentes y huecas, rompen sobre un fondo de arena y genera tubos muy rápidos. Es uno de los mejores lugares de Europa para hacerlos.

El evento comienza y pasamos las primeras rondas con facilidad.

Yo ya me he clasificado para la ronda de ocho y ahora es el turno de Markel.

Solo tiene que quitarse a sus dos rivales de encima para seguir avanzando.

Nuevamente, los emparejamientos no han querido que nos volvamos a enfrentar sobre las olas.

Observo el transcurso de la manga a pie de playa. Ha cogido una primera ola decente, pero muy por debajo de sus habilidades reales. Creo que está nervioso.

—Céntrate, Markel —le digo desde donde estoy, aunque sé que no puede oírme.

Va segundo, aunque todavía hay tiempo para remontar, solo tiene que pillar una como él sabe y arrasaría.

Sus ojos están fijos en el horizonte. Sigo su mirada y capto lo que está viendo justo en el mismo momento en el que él lo hace. Ahí está, esa es la suya.

Un segundo es lo que le cuesta reaccionar y lanzarse a remar a por ella, un segundo en el que sus intenciones son claras para sus rivales y en el que, quien va en tercer lugar capta a la perfección lo que pretende hacer e intenta anticiparse, en una maniobra muy poco deportiva, para arrebatarle la ola.

La desesperación de su juego sucio no le sale como hubiera deseado.

Se precipita en sus decisiones, solo con el afán de robarle la prioridad a Markel, y se olvida de lo más importante: leer la ola.

El take off no es limpio y en un mar como este, eso es imperdonable, no admite dudas.

Antes de que sus pies se afiancen sobre la tabla, ya está cayendo.

La mala suerte hace que, mientras el mar se lo traga, su propia tabla le golpea la cabeza.

Desde aquí no sé si sigue consciente o no, pero, por experiencia propia, seguro que, como mínimo, está aturdido.

Markel se olvida de la competición, del crono que corre en su contra y el socorrista que ha sido estos últimos años, el experto en salvamento marítimo, toma el control.

Es el que más cerca se encuentra del incidente y, a pesar de que siempre tenemos alguien cerca vigilando, el que más rápido reacciona.

Se zambulle en su busca mientras todos, en la orilla, contenemos la respiración, con un nudo en el pecho, como si el simple hecho de tomar aire pudiera alterar el desenlace.

El mundo entero se paraliza, el mío, a mis pies, se derrumba, hasta que, entre las olas, emerge el cabello empapado de Markel, pegado a su rostro, con el otro surfista. Ahí todo vuelve a girar.

Markel estabiliza el cuerpo de su rival contra su propio pecho e intenta llegar a una zona más segura, a salvo de las olas que juegan con ellos como si fueran un simple barquito de papel.

El equipo de rescate llega a su encuentro solo unos pocos segundos después, aunque en situaciones como esa, con el peso de la otra persona a cuestas y el mar amenazando con tragarte una y otra vez, se vuelven interminables.

Por suerte, Markel, debido a su formación y a su inmejorable forma física, aguanta estoicamente.

Una primera moto se hace cargo del cuerpo semiinconsciente del otro participante y enseguida llega otra para ayudar a mi chico a llegar hasta la orilla.

El cronómetro llega a cero y suena la bocina que indica el final de la serie. Markel y el accidentado se quedan fuera. Sin embargo, eso no me podría importar menos.

Me uno al grupo que se ha acercado hasta donde muere el mar para recibirlos, para interesarse por el estado de un compañero.

La rivalidad y su juego sucio han pasado a un segundo plano porque todos los que estamos aquí, todos los que alguna vez nos hemos subido a una tabla, nos ponemos en su piel. Podríamos ser cualquiera.

El aire parece volver a fluir con normalidad cuando vemos que, al trasladarlo a la camilla, se mueve e, incluso, parece hablar con el equipo sanitario.

La preocupación da paso a una sensación de orgullo porque Markel puede que haya quedado eliminado de la competición, pero es un jodido héroe, es MI jodido héroe.

Me abro paso, a veces a empujones, hasta llegar a él, rodeado por un montón de gente que lo avasalla.

Sé que esto no le gusta, que odia ser el centro de atención, así que me dispongo a rescatarlo.

Cuando por fin llego hasta él, le coloco la mano en la parte baja de la espalda.

Puede que la mano se me resbale por encima de la camiseta, que me aferre a ella de una manera casi posesiva, que el lugar escogido pueda ser calificado de íntimo, pero solo pretendo llamar su atención y apartarlo del resto.

No obstante, en cuanto Markel nota el contacto, se aparta de mi mano como si quemara.

Por un segundo pienso que su reacción se debe al agobio que debe de sentir ahora, el instinto de huida que lo hace alejarse y que no me ha reconocido en esos dedos que lo sujetaban.

Sin embargo, sus ojos chocan contra los míos, con más fuerza que la cabeza de ese tipo contra su tabla, y, en lugar de aceptar mi contacto, de identificarlo como su lugar seguro, se aparta de mí como si fuera un incendio declarado.

Su rechazo me duele como un latigazo que me arranca la piel y me deja clavado en la arena, sin poder moverme, mientras a él lo arrastran lejos de mí.