CAPÍTULO 29 Bésame, gilipollas
Markel
C laro que nos damos prisa y no es solo porque esta vaya a ser la primera vez que nos acostamos juntos, sino porque llevamos demasiado tiempo sin poder estar a solas y no tener que estar más pendientes de si alguien nos pilla o no que de nosotros mismos.
Bueno, esa parte es solo mía, sé que a Alain le da igual que todo el mundo sepa que estamos juntos, es más, le encantaría proclamarlo a los cuatro vientos.
Yo, sin embargo, no estoy preparado para mostrarme vulnerable delante de todo el mundo, sigo dentro de mi caparazón, aunque, de vez en cuando, me asomo para ver lo que hay fuera.
No sé lo que me imaginaba cuando Alain me habló de su casa, pero no era esto. Es una vivienda de dos alturas, completamente reformada, con espacios abiertos, con una decoración minimalista que aún da mayor sensación de amplitud, en primera línea de playa, casi con salida directa al mar.
—¿Cómo puedes pasarte semanas o meses en la furgo teniendo una casa así?
—le pregunto, sorprendido, mientras echo un primer vistazo a la estancia principal, de suelo embaldosado, fácil de limpiar cuando uno viene de la playa, mojado, como todavía lo estamos nosotros, que aúna cocina y salón, con una enorme puerta de cristal que sale a una pequeña terraza y, al fondo, cómo no, el mar.
—Las vistas son más o menos las mismas y, a veces, la sensación de libertad es mayor —me dice y se encoge de hombros—. Luego si quieres te hago un tour guiado, ahora solo quiero que veas mi habitación.
Lo sigo por las escaleras hasta el piso superior.
El dormitorio también me deja sin aliento, es del mismo tamaño, puede que más grande, que mi apartamento al completo.
Una cama kingsize lo preside, aunque lo que más me llama la atención no es eso, ni tampoco el medio murete que lo separa de una bañera de hidromasaje, sino el ventanal que, como no, muestra unas espectaculares vistas del océano Atlántico, a pesar de que fuera ya es de noche.
—Es una pasada —le digo de forma apreciativa—. ¿Y te has pasado diez días compartiendo habitación con otros tres tíos teniendo esta mansión a tiro de piedra?
—Me gusta separar la competición de esto. Es el lugar al que acudo cuando necesito un poco de paz. Bueno, esta casa y la furgo , depende del momento —me explica—. Siento sonar un poco impaciente, Markel, pero no hemos venido aquí a disfrutar de las vistas, o, al menos, no de esas —me recuerda.
Da un par de pasos hacia mí, busca mi mano y tira de ella para reclamar mi atención. Aunque solo me toca en ese punto, siento el calor de su proximidad envolviendo todo mi cuerpo.
—¿Estás seguro de esto? ¿Sigues queriendo que nos acostemos, que esta sea tu primera vez, nuestra primera vez?
Asiento. Los nervios se mezclan con el deseo.
—De acuerdo. ¿Así que tu regalo de cumpleaños también va a ser para mí?
—Alain me sonríe, cautivador, se acerca un poco más e invita al aire que se interponía entre nosotros a marcharse—.
Ya lo sabes, solo hasta donde tú quieras —repite, una vez más, antes de que la mano que sostenía la mía pase a mi cintura, la otra se ancle entre los mechones de mi pelo, todavía mojado, y su boca atrape mis labios.
Nos besamos, enredados en una maraña de labios, lenguas y dientes, mientras caminamos a ciegas hasta que la cama se cruza en nuestro camino y caemos sobre el colchón.
—¿Cómo quieres que lo hagamos? ¿Quieres…? —Deja la pregunta en el aire y detiene sus besos para mirarme a los ojos.
—Quiero que me enseñes, que me guíes, como has hecho siempre. Quiero sentirte dentro de mí —confieso, con mis ojos bailando entre su mirada y sus labios.
Mis palabras consiguen que el azul de sus ojos se convierta en océano y, de pronto, me veo sumergido allí, a la espera de la mejor ola de mi vida.
Tras unos minutos en los que nos hemos deshecho de la poca ropa que todavía nos cubría y no hay un milímetro de mi cuerpo que no haya sido bañado por su saliva, cuando mi excitación se alza como una poderosa energía que inunda la habitación, Alain se separa de mi cuerpo y se pone en pie.
—¿Qué haces? —le pregunto, extrañado.
Mis ojos lo siguen mientras se dirige a la ventana y la abre. El ruido del mar se cuela como si las olas estuvieran rompiendo dentro de la misma habitación.
Regresa a mi lado y, antes de volver a tumbarse sobre la cama, estira una mano hacia la pared y pulsa un interruptor para ajustar la luz.
Una iluminación tenue, íntima, baña la habitación.
Me recuerda a la que tiene en su furgoneta y entiendo un poco mejor la similitud que ha trazado antes entre ambos alojamientos.
—Es para que te sientas seguro, para que te sientas como en casa —me explica y vuelve a acariciar mi torso.
—Tú eres casa para mí —confieso, porque en mi vida me he sentido tan seguro, tan yo mismo, como cuando estoy con él.
—Joder, Markel, ¿cómo no me voy a enamorar de ti si me sueltas cosas como esa? —me suelta y sus labios sustituyen a la mano que me acariciaba el pecho, que rebusca en el interior de la mesilla que hay junto a la cama.
Su lengua se desliza, trazando la línea vertical que separa mis abdominales y continúa más abajo. Mi cuerpo se arquea, de manera involuntaria, como si fueran las olas empujando su tabla hacia la zona crítica.
Me acaricia las ingles y me insta a que separe las piernas mientras su boca acoge mi polla. Sé que sus manos preparan algo, pero ahora mismo toda mi atención está centrada en su lengua deslizándose a lo largo de mi tronco.
De pronto, una de sus manos se cuela entre mis nalgas, busca mi ano y lo impregna de una sustancia fría y viscosa; lubricante. Tantea mi orificio, juega con él y lo va preparando sin que su boca descuide mi polla.
Mi cuerpo entero se contrae cuando el primer dedo cruza esa barrera, hasta ahora inexplorada.
—Tranquilo, relájate —me susurra y sus palabras se convierten en una caricia sobre mi piel húmeda, caliente.
Pronto, me voy acostumbrando a esa intromisión y una segunda falange se une a la anterior, que se alternan con su boca, que parece haberse olvidado de mi polla para atacar ese punto.
A punto estoy de ser yo quien lleve la mano a mi dureza y prestarle esa atención de la que se acaba de ver privada.
Sin embargo, estoy en un punto en el que el mínimo roce me haría estallar y no quiero eso. Todavía no.
No sé cuántos «joder» se cuelan entre mis gemidos y el nombre de Alain, aunque deben ser los suficientes para indicarle que ya estoy listo para dar ese paso.
Me coloca una almohada debajo del culo, para que quede algo más elevado y se acomoda entre mis piernas.
Se sienta sobre sus rodillas mientras despliega un preservativo sobre su erección, vierte un chorro de lubricante en su mano y lo extiende por su miembro con movimientos lentos, mientras no deja de observarme, abierto para él.
Su respiración está agitada por la expectación y el anhelo contenido. Es sexy, jodidamente sexy.
Alain dirige la polla hacia mi abertura y la restriega contra ella. El roce me está poniendo a mil y solo soy capaz de pensar que quiero más y quiero que sea con él. Solo con él. Empuja un poco y se abre paso en mi interior. Vuelvo a tensarme cuando atraviesa la primera barrera.
—Respira —me indica y entonces me doy cuenta de que había dejado de hacerlo. Alain no se mueve y yo tampoco me atrevo a hacerlo—. ¿Estás bien? —se interesa y, mientras con una mano controla la parte que está dentro de mí, con la otra empieza a acariciarme el vientre.
Asiento, le obedezco y vuelvo a respirar. Su mano, la que estaba sobre mi tripa, desciende más, rodea mi polla y empieza a masturbarme con la misma cadencia con la que se estaba tocando antes de intentar acceder a mi interior.
Mi cuerpo se olvida de todo lo que no sea el placer de sus caricias sobre esa zona tan sensible, mi pecho se agita, presa del placer, mis músculos se relajan y Alain avanza un poco más dentro de mí.
«Oh, joder», pienso, porque soy incapaz de hablar.
Es extraño y excitante al mismo tiempo, una sensación de invasión, un poco incómoda al principio, que es devastada por el deseo de que llegue más adentro.
—Más —le pido entre jadeos, necesito que se mueva, que empuje, que me parta en dos.
—¿Estás seguro? —se interesa, con cautela.
—¡Que sí, joder! —le grito y le busco, alzando mi cuerpo contra él.
Alain sonríe, de medio lado, ancla las manos en mis muslos y comienza a bombear en mi interior, despacio al principio, controlando en todo momento sus movimientos.
Mis gemidos se mezclan con sus gruñidos y se funden, juntos, del mismo modo en el que lo hacen nuestros cuerpos en este instante, en el que nos hemos convertido en una prolongación del otro.
Mis manos se aferran con tanta fuerza a las sábanas que tengo los nudillos blancos, mientras él sale y entra en mí y me lleva al límite.
De pronto, cuando menos me lo espero, siento que enlentece el ritmo y, de alguna manera, consigo alzar la cabeza para mirarlo extrañado. Alain debe de leer el interrogante en mi rostro.
—Estoy a punto de correrme —me explica.
—Maldita sea, hazlo —le insto, desesperado, quiero sentirlo vaciándose dentro de mí—. Y llévame contigo —añado en una especie de súplica agónica. Yo tampoco puedo más.
—Dame la mano —me ordena, y se la tiendo.
La lleva hasta mi polla, la rodea con la suya y empieza a acariciarme al mismo ritmo que marcan sus caderas embistiendo contra mí, cada vez más deprisa, cada vez con más fuerza.
Menos mal que es él quien me guía, porque ahora mismo soy incapaz de coordinar nada, ni siquiera los latidos de mi corazón, que no tengo ni puta idea de cómo sigue siendo capaz de funcionar.
La descarga llega casi sin avisar, aunque llevo ya un tiempo esperándola, necesitándola, como una ola que rompe de manera imprevista cuando estás en lo más alto y te arrastra con ella, con la única diferencia de que no me empuja hacia el fondo, sino que me eleva hasta el cielo.
Es mucho más potente, más intenso de lo que he sentido hasta ahora.
Las fuertes sacudidas que vacían a Alain, se extienden por mi cuerpo, me derramo sobre mi vientre y nos convertimos en el mismo terremoto haciendo temblar el mundo, hasta que, poco a poco, las réplicas van perdiendo intensidad.
—Me quedaría aquí dentro para siempre —confiesa.
—Por mí no hay problema.
—Feliz cumpleaños —añade, en un susurro y se inclina para atrapar mis labios. Aunque todavía no he conseguido calmar mi respiración, decido ahogarme un poco más en su boca,
A pesar de lo que acabo de decir, Alain se retira muy despacio de mi interior, se quita el condón, le ata un nudo y se vuelve a tumbar a mi lado, de costado, con la cabeza apoyada sobre su mano.
Los dedos de la otra extienden los restos de mi liberación por mi piel, se los lleva a la boca y los saborea como si fueran un manjar.
Si no estuviera tan hecho polvo, tan agotado, ese gesto me habría vuelto a excitar.
—Te vuelves muy mal hablado cuando estás cachondo —me susurra muy cerca del oído y se ríe. El gesto me hace cosquillas sobre la piel.
—Cállate y bésame, gilipollas.