Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 28 Jugar en casa
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CAPÍTULO 28 Jugar en casa

Alain

P ese a encontrarme a escasos minutos de mi casa, cuando estoy en competición me alojo con el resto de compañeros para una completa inmersión en el ambiente previo a una gran prueba.

Me gusta separar mi refugio de la competición, aparte de que me da la oportunidad de poder estudiar los puntos flacos y fuertes del resto de participantes y de empaparme del ambiente que se respira en la comunidad surfera.

Esta vez estamos hospedados en una Surf House , una especie de residencia de estudiantes para surfistas, en la que un gimnasio sustituye a la biblioteca y la decoración consiste en referencias al mar y al surf, que nos acercan aún más a la playa que tenemos a escasos minutos.

La habitación que me han asignado es para cuatro personas.

Una de las camas está reservada para Markel, si es que al final consigue venir, y las otras dos las ocuparán los hermanos Oliveira.

Sería genial que llegara hoy, ya que los portugueses no vendrán hasta dentro de un par de días, y así podríamos disfrutar de una noche juntos, a solas, sin necesidad de escondernos en un rincón.

No sé cuántas veces me he visto tentado de llamarlo para preguntarle si, al final, va a conseguir venir o no.

No quiero presionarlo, por eso ni siquiera le he escrito.

No quiero liarla otra vez, quiero que tome la decisión por sí mismo y la respetaré, sea cual sea, aunque me mataría que fuera quedarse en su pueblo.

Ya puse mi granito de arena, contándole a su padrastro lo de la wildcard para participar aquí.

—Markel ha dejado impresionado a jueces y patrocinadores. Quieren verlo una vez más, en Hossegor, antes de ofrecerle un contrato —le susurré a Nils mientras me felicitaba por mi quinto puesto en Galicia.

Sabía que su sentido del deber y esa deuda que se autoimpuso cuando Richi falleció, le iban a impedir decírselo y no me parecía justo que su propia familia no lo supiera. Lo que pase a partir de ahí, es solo cosa suya.

Los hermanos Oliveira tardan dos días más en llegar y, por fin, Markel lo hace al tercer día.

Reconozco que verlo me supone un subidón mucho mayor que una posible victoria aquí, en casa.

Mi corazón se para en seco, como si hasta un latido pudiera distraerme de la tarea de reconocerlo y, en cuanto lo hace, vuelve a latir con fuerza, como si hubiera montado una fiesta dentro de mi pecho.

Me encantaría recibirlo como se merece, o como me muero de ganas por hacer, estrellando mi boca contra la suya y besándolo hasta que nos falte el aire.

En cambio, lo que hago es darle un medio abrazo como si fuera cualquier otro viejo conocido.

Mis ojos caen sobre sus labios sin remedio, como una muestra de ese deseo contenido, y los obligo a ascender hasta su mirada castaña, oscurecida por sus pupilas dilatadas.

—¡Has venido, muchacho! ¡Eso es estupendo! —Mi tío se encarga de llenar con palabras esa tensión eléctrica que fluye entre los dos, anunciando la llegada de una tormenta inminente tras un verano de sequía.

—Te mostraré cuál es tu habitación —anuncio, mientras veo como los hermanos Oliveira acaban de salir del complejo con sus tablas.

Nos dirigimos con prisas hasta nuestro cuarto, como si alguien nos persiguiera, dejamos la bolsa de Markel sobre el suelo y apuntalo la puerta con su cuerpo, para evitar que alguien entre cuando, por fin, nos saludamos como merecemos.

—¿Qué tal ha ido? —le pregunto, aunque, que esté aquí ya me da una idea de la respuesta, mientras mis labios descienden sobre su garganta.

—Ha sido más sencillo de lo que esperaba. He tenido un poco de ayuda —jadea. Tira de mi pelo para que alce la cabeza, estampa sus labios sobre los míos y me silencia durante varios minutos.

—Será mejor que lo dejemos aquí —sugiero y empujo mis caderas contra él, solo para que mi erección se roce contra la suya.

Durante los días previos a la competición, le muestro los secretos de mi mar. Esta vez, juego en casa. Es mi público, mi gente, mis amigos.

Theo y Sophie, que hace ya varias semanas que regresaron del viaje del que me descolgué para vivir esta aventura que me ha llevado hasta Markel, forman parte de toda esa gente que se arremolina junto a las playas de Hossegor para disfrutar de la competición.

—Ey, tú eres el socorrista camarero —saluda Sophie a mi compañero en cuanto lo reconoce—. ¿También eres surfista? Menuda joyita.

—Sí, regresé sobre mis pasos para desenterrar este diamante de la arena —le sigo el juego a mi amiga, mientras paso un brazo por encima de los hombros de Markel y le revuelvo el pelo.

Una simple muestra de amistad, un gesto inocente que he hecho cientos de veces, que, sin embargo, va cargado de algo más, algo que suscita miradas sospechosas por parte de mis amigos.

No necesito decirles nada, no necesito poner en palabras lo que nos une a Markel y a mí más allá de este deporte, sé que lo han captado al vuelo.

Comienza el evento. Las primeras rondas son bastante sencillas y Markel y yo pasamos sin problema hasta que, por fin, el cuadro tiene a bien emparejarnos en la lucha para pasar a la ronda de ocho.

Lo malo es que uno de los dos se queda aquí, lo bueno es que por fin vamos a cumplir ese sueño de competir juntos, aunque me hubiera gustado que fuera unas rondas más adelante.

La sirena que marca el inicio de la manga, suena y ambos remamos en busca del lugar exacto. Entre brazada y brazada, intercambiamos una mirada cargada de intenciones, una sonrisa cómplice y comienza el juego.

Markel se hace con la prioridad y toma la primera ola.

En cuanto se pone en pie sobre la tabla, todo lo demás desaparece, solo existimos él, yo y el mar.

Me olvido de la competición, de que me estoy jugando el futuro de mi carrera, de los jueces que nos observan desde la orilla, de las puntuaciones en la pantalla, de la nota que necesito para pasar a la siguiente ronda y disfruto.

Disfruto como nunca, o como siempre que lo he tenido como compañero de olas.

Cuando la bocina que marca el final del tiempo suena, regreso a la realidad, como si fuera el despertador que me trae de vuelta de un buen sueño, y recuerdo el lugar y el momento exacto en el que nos encontramos.

Y, entonces, sí, giro la cabeza hacia el marcador y compruebo que es mi nombre el que aparece en primer lugar, aunque con una puntuación muy ajustada.

Por tres décimas, soy yo quien pasa a la siguiente ronda.

—Enhorabuena —me felicita Markel, con una sonrisa genuina dibujada en su rostro.

—Me había olvidado de que estábamos en plena competición —confieso.

—Yo también —me dice él.

Markel repite un noveno puesto, igual que en Pantín, y ratifica así su calidad como surfista, lo que hace que los mismos patrocinadores que tengo yo detrás, se interesen por él y, antes de que acabe el evento, ya tiene un contrato firmado.

Yo consigo meterme en la final que se celebra justo el día en el que Markel cumple veintitrés años. Me encantaría poder regalarle mi primera victoria de la temporada.

La cosa está bastante reñida y, aunque pongo todo de mi parte, no es suficiente y mi compañero se lleva la victoria con un mínimo margen.

A pesar de la derrota, mi participación me deja un buen sabor de boca, un segundo puesto que me otorga casi ocho mil puntos que me dan un buen empujón en el ranking.

Después de las celebraciones, la playa se vacía. La fiesta continúa en un escenario con música, DJ y muchas ganas de diversión. Markel y yo nos bajamos de esa celebración colectiva para regresar al mar, justo cuando la tarde empieza a caer.

La puesta del sol aquí es mágica, el astro desciende por el horizonte, como si no pudiese resistir el impulso de zambullirse en el mar, y tiñe el agua de reflejos dorados.

Remamos hacia la siguiente serie y, cuando sentimos el latido del mar vibrando bajo nuestra tabla, extendiéndose hacia nuestro pecho, como si formáramos parte del mismo corazón, nos ponemos en pie.

Con unos pocos metros de separación entre nosotros, nos metemos de lleno en esa ola y nos deslizamos por ella hasta que muere y nos salpica con su espuma de oro.

Tras el ajetreo de estos días, poder disfrutar de esta playa nosotros dos solos se convierte en un acto íntimo, casi como si estuviéramos haciendo el amor.

Cuando nos despedimos del sol, abandonamos el agua y, con las tablas bajo el brazo, nos dirigimos a los barracones habilitados como vestuarios y duchas para el evento. Primero aclaramos las tablas y las dejamos apoyadas en unos soportes para que se sequen al aire. Después, es nuestro turno.

Markel se deshace de la camiseta de lycra y, todavía con el bañador puesto, pulsa el botón que activa las duchas y se mete bajo el agua. Yo, sin pudor alguno, me desnudo por completo y le sigo.

Las duchas están vacías, como aquella vez, hace cinco años. Sin embargo, nosotros no somos los mismos y lo que ahora nos une, mucho menos.

Tras asegurarme de que estamos solos, doy un paso hacia él.

Está de cara a la pared, pero cuando siente mi presencia, antes de que llegue a tocarlo, gira la cabeza hacia mí.

Mi cuerpo desnudo atrae su mirada, como también pasó entonces, y traga saliva mientras sus ojos se convierten en el agua que resbala por mi piel y me acarician.

Quiere girarse hacia mí, pero no le dejo. Avanzo un poco más y lo abrazo desde atrás.

—Todo empezó en un lugar como este —le recuerdo, muy cerca de su oído.

Él asiente y se estremece, antes incluso, de que mi boca caiga sobre su cuello, como un ave rapaz que ha encontrado su presa. Mis manos delinean sus abdominales y se deslizan hacia abajo, para colarse bajo su bañador. Su vientre se contrae cuando rebasan la barrera que marca el elástico.

La reacción de su cuerpo y del mío a esa proximidad, a ese roce, es inmediata. Mi erección presiona contra sus nalgas y él empuja la pelvis contra mis manos para que acaricie su dureza.

No tiene que insistir mucho. Le bajo un poco más el bañador para facilitarme el acceso, solo lo justo para que mi polla pueda restregarse contra su trasero, y empiezo a masturbarlo.

No voy a aguantar mucho, la fricción contra su culo me está volviendo loco.

Por su respiración ahogada y los gemidos que arrastra el agua, sé que a él tampoco le falta mucho.

—Alain, creo que ya estoy listo —confiesa entre jadeos y no me está advirtiendo de que esté a punto de correrse. Sé con exactitud a qué se refiere. Llevo semanas deseando que llegara este momento, probablemente desde antes incluso de que mis labios volvieran a saborear los suyos.

Su declaración hace que me detenga en seco, mientras la voy procesando.

—¿Estás seguro? —insisto, antes de venirme arriba y vuelvo a acariciarlo, de una forma mucho más lenta. Si esta va a ser nuestra primera vez, no quiero que termine ahora, en mi mano.

—Sí, por favor —suplica.

—Vamos a mi casa —le ordeno y me separo de él tan deprisa que se queda unos segundos inmóvil, descolocado.

Para cuando Markel vuelve a reaccionar, ya me he vuelto a poner el bañador y he cogido nuestras camisetas del suelo.

—Le diré a mi tío que recoja las tablas y el resto de nuestras cosas. Oficialmente, la competición ya ha terminado. Podemos tomarnos unos días libres antes de la siguiente parada —le informo.

—¿Tu casa? —Markel se ha quedado en esa parte de la conversación.

—Sí, está aquí cerca, es un paseo de apenas un cuarto de hora, menos si nos damos prisa —le informo.