Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 27 Prométeme que te veré mañana #2
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CAPÍTULO 27 Prométeme que te veré mañana #2

Nos encontramos junto a la puerta principal de la casa de mi familia. Ya se ha despedido de ellos y ahora es mi turno. Me han concedido un poco de intimidad para que lo haga como se merece y no me reprima por tener público, aunque sea mi gente.

Mis manos se aferran al bajo de su camiseta, negándose a dejarlo ir, las suyas se anclan a mí cintura y me atraen hacia él, aniquilando la distancia que nos separa para besarnos con ganas, con esas que, en vez de reducirse, en vez de saciarse cada vez que nuestros labios se unen, parecen aumentar.

—Te lo prometo —jadeo sobre su boca, sin atreverme a especificar el tiempo en el que eso sucederá.

Alain se va y cuando cierro la puerta tras él, siento un picor inusual en mis ojos que me obligan a parpadear rápido para contener alguna lágrima traviesa que se quiere precipitar por mis mejillas.

—Bueno, tengo que ir a hablar con mi jefe para ver qué turnos tengo —anuncio después de una comida en la que apenas he probado bocado. Tengo un indigesto peso instalado en el fondo del estómago que no deja hueco para nada más.

Me acerco a la torre central de socorristas, donde mi jefe tiene un pequeño despacho, dando un paseo por la playa que no parece la misma con la ausencia de Alain. La puerta está abierta y él está hablando con un chaval, puede que uno o dos años más joven que yo y me quedo fuera esperando mi turno.

—Mañana te espero aquí a las diez. Y no te preocupes, los primeros días estarás siempre acompañado hasta que vayas aprendiendo cómo funciona esto —le despide—. ¡Hola, Markel! Ya has vuelto —me saluda en cuanto el otro chico se va.

—Hola, jefe. ¿Chico nuevo en la oficina? —le pregunto.

—Sí, hay que ser precavido. Nunca está de más tener un refuerzo para suplir alguna baja inesperada, alguien que se pone enfermo o cuando uno de tus chicos resulta ser un as del surf —me dice con una sonrisa cómplice que me descoloca más que sus palabras.

—¿Qué? —inquiero.

—Puede que no lo recuerdes, Markel, pero a este viejo carcamal siempre le ha gustado el surf, aunque mi espalda me impida ponerme de pie sobre una tabla.

Te vi, creo que todo el pueblo lo hizo. Nils se ocupó de que todos nos enteráramos de que volvías a competir.

Estaba emocionado. Y no me extraña, tenía motivos.

Puedes tener un futuro profesional dentro del surf, aunque trabajar aquí es incompatible con ello, y no quiero convertirme en un escollo en tu camino.

Sé que tu responsabilidad te va a impedir renunciar a esto, así que, muchacho, estás despedido —prosigue.

—¡¿Qué?! —Los ojos casi se me salen de las órbitas.

—Eres un socorrista increíble, pero no necesito más de tus servicios aquí.

Eres joven, chaval, si no persigues tus sueños ahora, ¿cuándo lo harás?

Cuando te aburras de cruzar el mundo sobre una tabla de surf, tendrás una torre esperándote.

Mientras tanto, vive tu vida. Además, ¿quién va a necesitar más tus conocimientos de primeros auxilios y de salvamento marítimo que un grupo de surfistas locos que no le temen a nada?

Sus palabras evocan el recuerdo de la caída de Alain en Ericeira y esa impotencia mezclada con el pánico brutal que experimenté durante los escasos segundos que le costó salir a la superficie.

—Gracias —le digo, emocionado.

No les he comentado nada a mi familia sobre la invitación de participar en Hossegor, porque me resultaba inviable poder acudir y, después de verlos tan emocionados por mi actuación en Valdoviño, no quería decepcionarlos.

Sin embargo, acabo de dar un paso de gigante que me acerca más a esa posibilidad.

En el Rompeolas no tengo contrato, tan solo echo una mano cuando tienen más jaleo, por lo que me resultaría más sencillo renunciar, aunque nunca me ha gustado dejar tirado a nadie.

A última hora de la tarde me dirijo hacia el bar.

A pesar de ser agosto, está tranquilo. Se nota que es un día entre semana, justo antes del puente.

Unos de los pocos clientes que hay son mi padrastro, que acaba de cerrar la escuela de surf y Roy, que todavía tiene el pelo mojado, como si acabara de salir del agua.

—Hola —los saludo y tomo asiento a su lado, mientras espero a que mi otro jefe acabe de atender a unos turistas.

—¿Te pongo algo? —me pregunta, una vez liberado.

—Un botellín de agua, por favor. Eh, me gustaría hablar contigo, Txema—le digo.

—Yo también quería hablar contigo, chico —me dice mientras deposita un vaso con hielos y un botellín de agua frente a mí—.

Estoy muy agradecido con la ayuda que me has prestado durante este tiempo, pero no puedes seguir trabajando aquí sin contrato.

El dueño me ha puesto las pilas. —Su mirada se desvía hacia Roy, sentado en un taburete a mi lado, que intenta disimular una sonrisa.

La misma que a mi padrastro se le escapa sin remedio.

«¿De qué cojones va esto?», me pregunto, alternando la mirada entre uno y otro.

Txema me señala un cartel colgado de la barra que había pasado por alto «Se busca camarero/a para fines de semana y festivos».

—Si he podido conseguirle trabajo a tu primo, también te lo puedo quitar a ti —me explica Roy, con soberbia—. Y ahora, si me disculpáis, tengo que irme —añade, echando un vistazo por encima de mi hombro.

—¿Qué significa todo esto? —Busco a Nils con la mirada, porque estoy más perdido que un pulpo en un garaje.

—Alain me contó lo de Hossegor y ambos sabíamos que jamás te elegirías por delante de los demás, así que hemos decidido echarte una mano. Aquí ya no tienes ataduras, así que, eres libre para escoger tu futuro —me aclara mi padrastro.

—Entonces, ¿puedo irme?

—¿Es lo que quieres? —me pregunta, a su vez, Nils.

Mi cabeza asiente sin un ápice de duda, responde antes de que mi voz pronuncia un «sí» rotundo.

—Pues adelante. Cumple tu sueño.