Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 27 Prométeme que te veré mañana
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CAPÍTULO 27 Prométeme que te veré mañana

Markel

N oveno. He quedado noveno y todavía no me lo creo.

Alain todavía aguanta, lo que le garantiza quedar entre los ocho primeros, un resultado bastante aceptable para quitarse la espinita que tenía clavada después de su caída en Ericeira.

Y lo mejor de todo no es eso, sino que Alain y yo volvemos a estar juntos.

O algo así, porque apenas podemos encontrar momentos a solas y, a pesar de que se supone que he salido del armario y mi círculo más estrecho conoce mi condición sexual, no soy de los que lo va mostrando delante de todo el mundo.

No es solo por el hecho de ser gay, siempre he sido reticente a las muestras de afecto en público.

Incluso, cuando era un niño, me costaba darle un beso a mi madre delante de otra gente.

Soy de los que siempre se ha tragado todo, fuera bueno o malo, hasta que ya no podía más.

Alain lo respeta, no le hace ni puta gracia, pero lo respeta, como ha hecho siempre con mis tiempos. Se le nota en la tensión de sus músculos cuando estamos cerca y reprime sus ganas de tocarme y en ese gesto inconsciente de morderse el labio inferior cada vez que sus ojos caen sobre mi boca.

De cara a la galería, somos solo dos compañeros que comparten el mismo entrenador, su tío, pero, en cuanto estamos fuera del agua, nuestros teléfonos arden con mensajes del otro, algunos inocentes, otros subiditos de tono que acaban por calentarnos tanto que no nos queda más remedio que recurrir a encuentros furtivos, de madrugada, ya sea en el jardín de la villa o en los baños de la planta baja.

—Oh, joder, no sabes cuántas ganas tenía de esto —me suelta, mientras me estrecha contra él y se apodera de mi boca.

Él lleva solo un bóxer de color oscuro mientras yo llevo una camiseta además de la ropa interior.

Apenas nos ha dado tiempo a cerrar la puerta tras nosotros y echar el pestillo del baño antes de empezar a devorarnos.

—Para ser francés, te estás volviendo muy mal hablado —bromeo, con una sonrisa, y respondo al beso con la misma intensidad que él.

—Eres una mala influencia —me responde—. Mira cómo me pongo solo con pensar en ti.

Sus manos se anclan en mi culo y me empuja contra él, solo para sentir su erección. Saber que está empalmado es suficiente estímulo para ponerme a su altura.

—Vale, puede que yo también sea una mala influencia para ti —añade al comprobar que yo tampoco me quedo corto.

Su mano se cuela sin pedir permiso bajo mi ropa interior, rodea mi polla con la mano y empieza a masturbarme, sin dejar de besarme, como si le fuera la vida en ello.

—Como sigas así, no voy a aguantar mucho —le advierto, con el pecho agitado, el pulso desbocado y a punto de explotar.

—Hazlo, Markel. No te contengas, córrete —me anima—, pero no hagas demasiado ruido, que nos pueden oír. —Mi estado, desesperado, al límite, parece divertirlo.

Le obedezco porque no me queda otra, porque ya no puedo más, porque llevo deseando esto desde antes de que se fuera de mi casa, de que lo echara por no haber hecho lo que tenía que hacer. Menos mal que acabo de ponerle remedio.

Estallo sobre su mano y reprimo el grito con su nombre que se me quiere escapar de la garganta, clavando los dientes en su hombro desnudo, en el bueno. El gruñido que exhala no es de dolor, precisamente.

Me fallan las piernas y caigo de rodillas, a sus pies.

Mis manos se enganchan en la cinturilla elástica de su ropa interior, tiro de ella hacia abajo y me trago su erección.

Sus manos se enredan en mi pelo y me guían, mientras sus caderas empujan contra mí.

También es rápido, con la urgencia de quien lleva necesitando esto mucho tiempo.

Cuando se descarga, su agarre pierde fuerza y se convierte en una caricia dulce sobre mi cabeza, una que me eriza hasta el último poro de mi piel.

—Has estado genial —me dice, todavía con la respiración irregular, mientras me tiende la mano para que me incorpore y por un momento, dudo de si se refiere a mis habilidades con la boca a otra cosa.

Alain debe de leer mi turbación porque me sonríe, con ese gesto travieso tan suyo.

—Sobre la tabla —me aclara—. Y ahora —añade tras una pequeña pausa antes de volver a besarme y degustar su propio sabor de mis labios.

—Será mejor que nos vayamos a dormir —le digo con pocas ganas, cuando, lo que realmente me apetece es repetir lo que acabamos de hacer, sin prisa, sin estar pendiente del resto de habitantes de la casa y, después, dormir, sí, pero en su misma cama—. Tienes que descansar para mañana.

—Creo que voy a descansar como un bebé, acabo de descargar mucha tensión. Aunque seguro que lo haría mejor contigo a mi lado —me susurra antes de un último beso, poniendo en voz alta ese deseo compartido por ambos.

Al final, Alain se queda a nada de meterse en las semifinales.

Un quinto puesto que le deja un buen sabor de boca y que le mete un buen empujón en la clasificación después del fiasco de Ericeira.

Solo tiene que mantenerse así en las siguientes pruebas que le quedan y la temporada que viene lo veremos de nuevo en el circuito del campeonato mundial.

—Chicos, ¿podemos hablar? —Sébastien se acerca hasta el lugar en el que nos encontramos nosotros, casi tumbados sobre unas sillas, bajo la carpa, como dos compañeros cualesquiera —dos que no se enrollaron ayer en un baño—, a la espera de que den comienzo las semifinales.

Asentimos y dejamos nuestro lugar privilegiado, en las primeras filas frente a la pantalla, en busca de una zona algo más apartada.

—Markel, has llamado la atención de los patrocinadores y has despertado la curiosidad de la prensa especializada —comienza a decirnos cuando considera que nadie nos presta atención ni puede escucharnos—.

Un surfista salido de la nada que, en su primera competición acaba en el top 10.

Eso no es algo que se vea todos los días.

—No ha salido de la nada, competía en las categorías inferiores —le contradice Alain—. Y jamás ha dejado el surf.

—Ya, pero, ¿cuántos años llevaba sin hacerlo? ¿Cuándo fue la última vez que su nombre apareció en un evento?

—Cuatro años —respondemos Alain y yo al unísono.

—Quieren comprobar si lo de Markel ha sido solo cuestión de suerte o es tan bueno como parece —le explica Sébastien a su sobrino, olvidando por un instante que yo sigo presente.

—Es mejor. —Alain me defiende con rabia como si lo que estuvieran cuestionando fuera su propio honor.

—Quieren que participe en Hossegor. Un resultado en la misma tónica que aquí te garantizaría un buen contrato —añade y esta vez sí, me habla directamente a mí.

—¡Eso es genial! —exclama Alain. Después, mira la expresión de mi rostro, que creo que ha debido de perder todo rastro de color y baja revoluciones—. ¿Tú qué dices, Markel? —No comete el mismo error, no tropieza dos veces con la misma piedra y, esta vez, pide mi opinión.

—Yo… eh… eso está muy bien, sería una pasada, pero tengo dos trabajos.

Ya me costó conseguir los días de permiso para venir aquí, conseguir otra semana más me resultaría imposible —le explico, siendo realista, aunque, por dentro, me burbujee la sangre por poder seguir adelante, por poder seguir compitiendo al lado de Alain.

—Sería una lástima. Bueno, piénsatelo, Markel. Aquí tienes tu wildcard para Hossegor. —Me entrega un sobre con mi nombre y nos vuelve a dejar a solas.

—Si no tuvieras que trabajar, ¿te gustaría participar? —me pregunta, por si delante de su tío me hubiera callado algo que no quisiera que escuchara.

Asiento.

—Sí, había olvidado lo que era esto. Todo lo que siento sobre la tabla, aquí se multiplica por mil: la adrenalina, los nervios, la emoción contenida, probarse a uno mismo que puedes llegar más lejos, más alto, que todavía no has alcanzado el límite…

Además, todavía no hemos tenido la oportunidad de ver quién de los dos es mejor de una manera objetiva —añado, solo para provocarlo, ya que no me cabe la menor duda de que Alain me da mil vueltas.

A pesar de competir en el mismo evento, todavía tenemos pendiente ese reto que se quedó colgado en unas duchas de la propia Hossegor, años atrás, pendiendo de un beso.

Salgo de Valdoviño a primera hora de la mañana, casi haciéndole una carrera al sol, para regresar al pueblo.

Alain se ha empeñado en acompañarme. La excusa que le ha puesto a su tío ha sido que iba a intentar presionar en mi entorno para conseguir el permiso necesario para seguir en la competición y parece que Sébastien la ha dado por buena.

Después de comer, se pasará a buscarlo para continuar su camino, mientras que el mío es bastante probable que acabe aquí.

En cuanto atravesamos las puertas de la casa de mi familia, se me echan encima y me reciben como si fuera un héroe.

—Me ha encantado volver a verte ahí arriba —me dice Nils y me palmea la espalda con afecto.

—Has estado genial, hijo. —Mi madre no puede contener las lágrimas mientras me abraza.

—Ha sido divertido para tratarse de surf —aporta mi hermana pequeña encogiéndose de hombros.

—Bueno, no ha sido para tanto —replico, abrumado por sus felicitaciones.

El único que falta es mi primo, que debe de estar trabajando.

—Tú tampoco has estado mal —bromea Nils dirigiéndose a Alain con una sonrisa, mientras se dan un apretón de manos que acaba en abrazo—. Siempre es un placer verte sobre la tabla —lo alaba con sinceridad.

—Gracias —responde, comedido, y le susurra algo al oído que no soy capaz de escuchar.

—¿A que sigues siendo el novio de mi hermano? —le pregunta Nahia.

—Sí, creo que sí. —Me giro hacia él justo en el preciso instante en el que sus ojos azules me buscan.

—¿Ves? ¿Y a que no es gilipollas?

—Puede que un poco, a veces —ríe Alain y, aunque puede que no se me note, siento un calor ascendiendo por mis mejillas.

Tomamos un aperitivo que se me queda corto antes de que Alain tenga que marcharse tras la llamada de Sébastien que le indica que ya lo está esperando.

—Prométeme que te veré mañana o pasado o cuando sea, pero que esto no va a acabar —me pide.