Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 26 Lo más parecido a retroceder en el tiempo
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CAPÍTULO 26 Lo más parecido a retroceder en el tiempo

Alain

N o me han venido mal estos días fuera de la competición de Ericeira y de las condiciones exigentes que requiere estar ahí arriba para recuperarme del golpe que sufrió mi hombro derecho.

Muchas sesiones de fisio, entrenamientos y ejercicios enfocados específicamente a esa zona han conseguido que, a punto de enfrentarme a la siguiente prueba, el hombro ya casi no me duela. Casi.

Ya no hay opción para un nuevo error, si no obtengo un buen resultado aquí, en la playa de Pantín, que pertenece al municipio de Valdoviño, en Galicia, ya me puedo despedir de la temporada y puede que, incluso, de mi carrera.

Bueno, siempre podré dedicarme a dar clases de surf, como el padrastro de Markel.

Sonrío al acordarme de aquel día. Lo pasamos bien, aunque luego lo nuestro acabara como acabó.

La competición, propiamente dicha, comienza mañana. Hoy es una jornada previa en la que doce surfistas invitados se disputan en cuatro mangas, de tres participantes cada una, las cuatro plazas reservadas para las wildcards. Bueno, doce no, solo once, porque uno no va a venir.

Podía haberme quedado en la villa en la que me alojo como han hecho algunos, sin embargo, me encuentro, junto con otros compañeros, en unas carpas habilitadas para el evento en una explanada que hay junto a la playa, siguiendo los enfrentamientos de hoy en tiempo real a través de unas pantallas, a la sombra.

De aquí van a salir cuatro de nuestros rivales, cuatro surfistas desconocidos que, en un momento dado, pueden ponernos entre la espada y la pared. Nunca hay que subestimar a un novato.

Intento concentrarme en las imágenes que se reproducen en la pantalla sin éxito.

Mis ojos se desvían de esa que pende de una estructura metálica a otra mucho más pequeña, la de mi móvil.

No puedo sacarme de la cabeza que Markel tendría que estar aquí, que tendríamos que estar bien, que nuestro final no debía ser el que fue.

Hago scroll por el historial de mensajes que tengo con él.

La verdad es que no fueron muchos y casi los he memorizado, mientras me planteo hacer una parada técnica en su pueblo.

solo para verlo, aunque sea de lejos, antes de llegar a Hossegor, mi siguiente destino sea cual sea el resultado de la competición. Soy masoca, pero lo echo de menos.

—¿Markel Aguirre ha vuelto? —Escucho la voz de uno de mis compañeros, también francés, que se dirige a quien tiene al lado—. Pensé que lo había dejado, competimos juntos cuando éramos solo unos niños

—¿Qué has dicho? —me intereso, como si mi obsesión por Markel me hubiera llevado a tener alucinaciones auditivas, y me cuelo en su conversación sin pedir permiso.

Mi compañero me señala la pantalla gigante que tenemos frente a nosotros en la que aparecen los nombres de los tres surfistas que están a punto de competir. El que aparece en último lugar es «Markel Aguirre». Los otros dos nombres parecen borrosos.

Por si eso no fuera suficiente, la cámara los sigue mientras acceden al agua. Reconocería en cualquier lugar esa espalda, esa musculatura marcada por la camiseta de licra y ese pelo moreno y rebelde en el que he enterrado los dedos en más de una ocasión.

Mi corazón empieza a bombear de forma descontrolada. Me retumba en los oídos de tal forma que todo lo que sucede a mi alrededor suena amortiguado, como si acabara de sumergirme bajo el agua, con él, y todo lo demás permaneciera en la superficie.

Ha venido. Markel ha venido.

—Era muy bueno —me informa como si no lo conociera. «El mejor» añado mentalmente—. Me enfrenté a él hace años, en Hossegor, me tiró en cuartos, aunque luego él cayó en las semifinales. Después, desapareció del mapa, como otros muchos.

Me acuerdo perfectamente de ese día. Me invitaron a participar en aquel evento, ya que se celebraba en casa, y acabé haciéndome con la victoria de la prueba.

No obstante, el premio no fue lo que sucedió sobre las olas, aunque sí bajo el agua.

El agua de unas duchas. Unas duchas en las que nos dimos nuestro primer beso, en las que se prendió una chispa que se convirtió en fuego.

Un fuego que ha acabado calcinándome y reduciéndome a cenizas.

Algo se me revuelve dentro, una energía que hasta ahora fluía de forma caótica y me soltaba pequeñas descargas dolorosas, se reordena y recoloca todo en su lugar.

Que Markel esté aquí, que haya venido a pesar de cómo terminamos, tiene que querer decir algo.

Algo bueno. Lo que hemos sido durante unas pocas semanas, no podía quedar en nada.

Me marcho de allí sin decir nada, sin dar ninguna explicación, y avanzo a paso apresurado hacia la orilla porque necesito verlo más de cerca y sin una pantalla de por medio.

—Tu amigo acaba de llegar —anuncia mi tío, como si no lo supiera, como si mi corazón no pareciera un caballo desbocado.

En cuanto me ha visto en la orilla, se ha acercado para hablar conmigo—.

Creía que todo el esfuerzo que me costó conseguir su invitación con tan poco margen de tiempo iba a ser en vano y nos iba a dejar plantados.

—Yo también —lo secundo. Y así iba a ser. No sé qué es lo que lo ha hecho cambiar de opinión.

—Veremos de lo que es capaz.

—Te va a sorprender —le digo, con la seguridad de quien cada vez que lo ve sobre la tabla acaba con la boca abierta.

—Bueno, me vuelvo a la zona de los jueces —se despide, y me deja a solas con el duelo entre Markel y el mar, porque sus otros dos compañeros no tienen nada que hacer.

Antes de que transcurra la mitad del tiempo de la manga, ya tiene asegurado el pase y, aun así, va a por otra ola que incrementa todavía más la diferencia que les saca.

Sale del agua con una sonrisa y la mirada clavada en el monitor que indica que ha sacado más de dos puntos a sus contrincantes. Su piel brilla y no es por efecto del sol sobre las gotas de agua que salpican su piel. El motivo es otro, bien distinto, aunque creo que soy el único capaz de apreciarlo.

Sus ojos recorren al público que se ha concentrado a su alrededor y lo aclaman y, de pronto, me ve.

Su expresión cambia en cuanto su mirada castaña me acaricia y el viento parece cambiar de dirección.

Se arremolina a nuestro alrededor, como si estuviera formando una especie de tornado invisible, uno que solo nos afecta a nosotros dos y que nos atrae hacia el ojo del huracán como si no hubiera nadie más en esta playa.

Avanzamos, cada vez más despacio, hasta que nos detenemos a menos de un metro de distancia, como si un muro invisible de ese grosor nos separara, uno que no sé si vamos a ser capaces de derribar.

El aire se me atora en el pecho y se escapa en forma de un suspiro.

—Has venido… —le digo, como si todavía no acabara de creerme que está aquí, frente a mí, como si estuviera sufriendo una especie de insolación que me hace tener alucinaciones o como si me hallara dentro de un sueño del que no quiero despertar.

—Era lo más parecido a retroceder en el tiempo que podía hacer —expone, se encoge de hombros y me regala una sonrisa cauta, una que dice que quiere volver atrás y escoger otro camino diferente al que tomamos, uno que puede que nos acerque—.

Lo siento, Alain. No debí dejar que te marcharas —prosigue y me mira con esa intensidad suya, tan característica.

Sus palabras alzan un martillo que cae con fuerza sobre esa barrera y rompe una primera capa que nos permite acercarnos un poco más—. Yo…

Lo que sea que pretendiera decir, se queda en el aire y vuela arrastrado por el viento, cuando mi tío nos interrumpe.

—¡Has estado sublime, chaval! —exclama Sébastien, entusiasmado—. Alain, ¿de dónde has sacado esta joyita?

—De un pueblo de la costa vasca —le digo y sonrío a Markel, la primera vez que lo hago con ganas desde que abandoné ese mismo pueblo al que acabo de hacer referencia—.

¿Dónde vas a alojarte? —le pregunto, cuando lo que realmente quiero decirle es que necesito unos minutos a solas para que termine de decirme lo que no le han dejado. De repente, todo el mundo me sobra.

—Eh… —titubea—. Lo cierto es que no he mirado nada. No tenía la esperanza de pasar de aquí, así que, supongo que dormiré en el coche.

—A estas alturas, va a ser complicado encontrar algo —comenta mi tío en voz alta.

«Te puedo hacer un hueco en mi cama», pienso, aunque lo que digo no tiene nada que ver:

—En nuestra villa hay un sofá que parece bastante cómodo. Podría quedarse allí —sugiero, con el único propósito de tenerlo cerca durante más tiempo.

—Bien, me parece buena idea. Acompaña a tu amigo y ayúdalo a instalarse —me ordena mi tío, dándome así justo lo que necesito.

A estas horas de la tarde, la mayoría de los que se alojan aquí todavía no han regresado, probablemente no lo hagan hasta que se publiquen los emparejamientos del día siguiente y eso no sucederá hasta dentro de una o dos horas, así que la casa está bastante tranquila.

A mí, en este momento, no me importa lo más mínimo a quién tengo que enfrentarme mañana.

—¿Damos un paseo por el jardín? —le propongo después de enseñarle las zonas comunes y de que deje su equipaje, una pequeña bolsa de deporte, junto a la que va a ser su improvisada cama durante los próximos días.

Rodeamos el edificio en busca de la zona más apartada, donde nadie nos pueda molestar.

—¿Cómo te has apañado con el trabajo? —le pregunto, caminando con las manos en los bolsillos para sujetar mis ganas de tocarlo, mientras rodeamos el edificio.

—He hablado con mis jefes y he conseguido unos días libres. A pesar de que me debían unas horas, me voy a pasar el resto del verano doblando turnos —bromea y se sienta en el suelo, apoyando la espalda en la pared posterior de la villa—. Necesito hablar contigo.

Asiento y me dejo caer a su lado. Aunque no llegamos a tocarnos, el calor que irradia su cuerpo me envuelve de una forma agradable, como una manta en una noche fría de invierno.

—Tenías razón, Alain. En todo —comienza, sin rodeos—.

Sí que quería esto, aunque no lo supiera.

Me quedé anclado en el pasado, con la culpa de la muerte de Richi sobre mis hombros y me olvidé de que yo tenía sueños y alguno de ellos se podían cumplir a tu lado.

Cuando te vi en Ericeira, quise estar en tu lugar, en tu piel, y sentir lo mismo que tú. Compartir esa emoción…

—No te lo recomiendo, ya viste que no me fue bien —le rebato.

—También quise compartir tu dolor. ¿Qué tal el hombro? —se interesa.

—¿Cómo sabes…? —dejo la pregunta en el aire.

Markel me conoce demasiado bien, soy un libro abierto para él y no me extraña que se hubiera percatado de que, tras la caída, acabé con el brazo resentido—.

Mañana lo sabré. Estos días he estado entrenando a medio gas, mucho fisio, pero he sido prudente a la hora de subirme sobre la tabla.

—También tenías razón en lo otro —continúa tras unos segundos sin decir nada, suficientes para que pierda el hilo de lo que estábamos hablando antes de la reagudización de mi lesión—.

En lo de que estoy enamorado de ti —me aclara.

Baja el tono de voz, como si estuviera revelando un secreto, y deja de contemplar el paisaje para girar el rostro y mirarme a mí—.

Y como esas otras tantas cosas nuevas, como todas esas primeras veces, me daba miedo la intensidad de lo que sentía.

Aunque, he descubierto que estar sin ti me hace sentir todavía más, y duele. Joder si duele.

Dejo de respirar y el corazón se me para.

Y, después de unas décimas de segundo, todo vuelve a ser como debería, todo lo que se quebró cuando me marché de su casa, cuando aquel día se quedó callado, se reconstruye y las grietas y cicatrices empiezan a borrarse.

Y sí, es como decía él, como retroceder en el tiempo y tomar el desvío correcto.

Lo primero que se unen son nuestros dedos, que se buscan sobre la superficie de la hierba. Un roce de reconocimiento. En cuanto siento su tacto bajo mis yemas, sé que, por fin, estoy en casa.

Después, el agarre coge fuerza y lo uso para tirar de él hacia mí.

Su aliento, anhelante, golpea mi boca antes de que nuestros labios se unan, con el hambre que llevamos acumulando durante más de un mes.

Quiero atraerlo todavía más a mí, quiero que no haya ni un centímetro de distancia que nos separe.

Nuestras piernas se enredan para poder estar más cerca, más juntos.

Estoy a punto de tumbarlo sobre el suelo, de colar mis manos bajo la tela de su ropa y acariciar su piel hasta que se me desgasten los dedos, y olvidarme de todo lo que no seamos nosotros. Sin embargo, el móvil me vibra en el bolsillo y me deja, de nuevo, con las ganas. Es mi tío.

—Alain, ya están los emparejamientos. Te los mando al móvil —me dice. Le he cogido sin querer cuando, en realidad, lo que quería hacer era rechazar la llamada.

—Ok, vale, gracias —le digo escueto y le cuelgo—. Mierda. Lo siento —me disculpo ante Markel, que se ríe ante mi reacción y mi respiración agitada—. ¿Quieres que los veamos juntos?

—Vale.

Le enseño las imágenes que me ha mandado mi tío y analizamos las mangas que nos han tocado. Seguimos igual de juntos, hombro con hombro, con las cabezas inclinadas hacia la pantalla.

—Te han tocado unos rivales asequibles. Creo que tienes posibilidades de pasar de ronda —le digo.

—No sé, estoy un poco desentrenado. Hasta hoy llevaba casi un mes sin coger la tabla —confiesa.

Hago cálculos y me da como resultado el día en el que me marché de su casa.

—¿Un mes? ¿Desde…? —le digo y busco su confirmación. Él asiente y me lanzo de nuevo a por su boca con tanta fuerza que, esta vez sí, caemos sobre el suelo—. Markel, te quiero, joder —le suelto entre furioso y desesperado, porque llevo mucho tiempo aguantándome esto.

—Yo también te quiero —gruñe sobre mi boca sin que dejemos de besarnos.

Escuchar esas dos palabras salir de sus labios hace que el pecho se me contraiga un poco más.