Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 25 Sí, quiero
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CAPÍTULO 25 Sí, quiero

Markel

E l jueves me acerco a Bilbao a buscar a mi primo Saúl.

Le ayudo a instalarse en mi casa, en el sofá cama que encargué para Zipi, y lo llevo hasta su nuevo puesto de trabajo, en donde empezará a currar el lunes.

Mi amigo Roy ha movido unos hilos, ha tirado de esos miles de contactos que tiene y le ha conseguido un puesto de trabajo en la recepción del centro deportivo del pueblo, en el que Alain metió muchas más horas que yo.

Todo este ajetreo me mantiene ocupado y me viene de perlas para distraerme del maldito peso de la culpa que anida en el fondo de mi estómago y que hace que, incluso, me cueste respirar.

No he olvidado a Alain, creo que no lo haré jamás, y he intentado ponerle remedio a mi error varias veces.

Muchas, en realidad. He perdido la cuenta de cuántos mensajes le he escrito para luego borrarlos antes de enviar o de las veces que he tenido su número en pantalla y no me he atrevido a darle al botón de llamar.

Estoy arrepentido y quiero disculparme, necesito hacerlo.

No obstante, un mensaje de texto o una llamada no me parece que sea lo más correcto en este caso.

Tendría que hacerlo cara a cara y él y yo ya estamos muy lejos, demasiado, y no me refiero a los kilómetros que me separan de Hossegor o Portugal o donde quiera que esté ahora, sino a una distancia que no es física.

La sensación de que haga lo que haga ahora no va a servir para nada, porque ya es demasiado tarde, crece como una bola de paja en el desierto, en ese vacío que ha dejado su marcha.

He perdido mi oportunidad de redimirme. Lo hice en cuanto lo dejé marcharse de mi casa sin perseguirlo.

Ojalá existiera una máquina del tiempo para volver atrás y hacer las cosas bien.

Desde que se fue, mis días libres se me hacen eternos, incluso, en alguna ocasión, me he ofrecido para hacer algún turno extra o echar una mano en el Rompeolas cuando no me toca.

Mi círculo más estrecho, el que está formado por mi familia y por Roy, saben que me pasa algo, aunque no hacen preguntas.

Lo achacan a que mi estado de ánimo, más oscuro y huraño de lo normal, se debe únicamente a la marcha de Alain, la única persona que me ha robado el corazón.

No sospechan que la cagué, con todas las letras y en mayúsculas, y tampoco me apetece decírselo.

Ya me juzgo yo lo suficiente como para que lo hagan ellos también.

No me apetece coger la tabla, aunque Nils me lo ha sugerido en varias ocasiones, así que cambio mis prioridades y me dedico a ejercer de buen hermano mayor.

Le dedico a Nahia el tiempo que le debo y me la llevo al skatepark a surfear sobre ruedas.

Aunque compartimos varios momentos juntos sobre la pista, ella prefiere la zona lisa para dar vueltas, giros y patinar hacia atrás, mientras que yo, con mi skate, disfruto más de los obstáculos, las rampas y me atrevo con algún que otro salto.

—Markel, ¿dónde está tu novio? —me pregunta cuando nos tomamos un pequeño descanso para beber un poco de agua fría. Aunque hemos esperado a las últimas horas de la tarde, el calor aprieta.

—Se ha ido. Y ya no es mi novio —le confieso.

Sin tener ni idea de por qué, escojo a mi hermana, una niña de siete años, para desahogarme. Puede que sea precisamente por eso, porque ella, en su inocencia infantil, no es capaz de darse cuenta de hasta qué punto la he cagado.

—¿Por qué no? —me pregunta.

—Porque tu hermano es gilipollas —se me escapa.

Nahia inclina la cabeza y me mira, como si, de repente, me hubiera convertido en un bicho verde con cuernos.

—¿Tú? —pregunta y asiento para confirmárselo. Sonrío, tal vez pensaba que me refería a mi mellizo—. Pues deja de serlo —añade, como si fuera obvio.

—Ya es tarde —le comento.

—Si tú lo dices. —Ella se encoge de hombros, me da por imposible y se aleja patinando.

Poco después, regresamos a casa. Ella se va a la feria con mi madre y Nils, y yo me voy directo al bar. Mañana empiezan las fiestas grandes del pueblo y en el ambiente ya se respira esa emoción contenida y las ganas de fiesta, así que, de manera no oficial, las adelantan un día.

Tengo a mi primo al otro lado de la barra, que ya va por el segundo cubata. Todavía no ha tenido tiempo de hacer amigos aquí en el pueblo, así que se conforma conmigo, cuando su carácter siempre lo ha acercado más a mi hermano, mientras busca entre la clientela del bar alguien a quien dar caza.

Una de esas personas que llenan el bar hasta la bandera es Roy.

Todavía no he tenido la oportunidad de agradecerle lo que ha hecho por Saúl, no hemos coincidido estos últimos días en los que he estado demasiado disperso, así que decido ponerle remedio ahora que parece que todo el mundo está servido.

—¡Roy! —lo llamo, aunque parece que entre el barullo del gentío y la música no me oye.

De pronto lo veo discutir con otro tipo al que no había visto en mi vida. A pesar de que no son unas fiestas famosas a nivel mundial, al estar en este enclave privilegiado de la costa vasca, siempre atraen a bastantes turistas.

Hay algo en la tensión que carga en sus hombros que me da mala espina.

Su postura parece la de un hombre que está a punto de transformarse en monstruo.

Jamás lo había visto perder los papeles así.

Roy es una persona seria, con un carácter muy especial, pero no es de los que montan espectáculos en mitad de un bar atestado de gente.

Se encara con el otro tío, llega un punto en el que pienso que lo va a golpear, aprieta los puños con rabia y, en lugar de hacerlo, se marcha. No sé qué es peor.

Mi intuición me dice que no es bueno que se vaya solo en ese estado.

—Saúl, por favor, vigílalo —le pido a mi primo, una vez que regreso a su lado, y señalo a Roy con el dedo—. Aquí hay demasiado trabajo y no puedo abandonar mi puesto.

—¿Quién es? —me pregunta él, mirando al tipo que le indico.

—Tu jefe.

Saúl desaparece detrás de Roy. Permanezco preocupado por mi amigo durante buena parte de la noche, pero, al menos, sé que no está solo.

En un momento en el que la cosa está tranquila y antes de que llegue la siguiente ola de clientes, les escribo un mensaje a ambos. Me responden casi a la vez con un escueto «Todo ok» que se lleva esa intranquilidad que pululaba a mí alrededor.

A pesar de que no he conseguido saltar esa barrera que me impide ponerme en contacto con Alain, no le pierdo la pista y sigo su participación en Ericeira muy de cerca.

Ayer no pude verlo en directo ya que me tocaba turno en la playa, aunque Nils me mandó un mensaje diciéndome que se había comido a sus rivales.

Lo primero que hice en cuanto llegué a casa fue buscar en diferido las mangas de ese día.

Mi padrastro tenía razón, su primera ola fue espectacular y me dejó con la boca abierta, además de abrirme un poquito más el pecho, esa herida fresca que, de nuevo, volvió a sangrar.

Hoy la cosa cambia y puedo verlo en directo, ya que coincide con mi día de fiesta.

Lo malo es que Nils también libra, su ayudante se ha quedado a cargo de la escuela de surf, y había escogido el día de hoy para invitarlos a comer a casa y hacer la inauguración oficial de mi apartamento con ellos, con lo que mi «cita íntima» con Alain y el surf se convierte en un evento familiar.

—¡Míralo, ahí está! —exclama Nils en cuanto lo ve aparecer en pantalla. Él verbaliza su entusiasmo, a mí me da un vuelco el corazón.

—¿Quién es ese? —pregunta Saúl, descolocado.

—El novio de Markel —contesta Nahia, con naturalidad.

Yo, ni lo confirmo ni desmiento. No respondo. Tampoco me fijo en la reacción de mi primo que, probablemente, acaba de descubrir que soy gay. Mis ojos han atravesado la pantalla y están al otro lado, en Portugal, con él.

La cámara alterna entre los cuatro participantes que se preparan para entrar en el agua y el estado del mar. No me gusta, no es bueno, no sé por qué no han suspendido ya la jornada de hoy, es imposible coger unas buenas olas con el océano tan revuelto.

—Va a estar complicado —apunta Nils, quien ha interpretado en el oleaje lo mismo que yo.

Asiento, aunque si alguien puede hacer algo con este caos, es Alain.

Producción hace un primer plano de su rostro, mientras el comentarista resume su trayectoria, la lesión y su vuelta a la competición sin que yo sea capaz de prestar atención a sus palabras.

Son ruido de fondo. Me quedo anclado a cada ángulo de su rostro, a sus ojos azules fijos en el mar, como si fueran una prolongación del mismo, aunque más serenos, más concentrados, totalmente ajenos a que todos estamos pendientes de él.

Sus hombros muestran la tensión de alguien que está a punto de librar una batalla, con la respiración contenida, controlada.

Al verlo, siento una vibración bajo mi piel, un cosquilleo que me nace en el estómago, el despertar de unas sensaciones que tenía adormecidas.

Sé exactamente lo que pasa por su mente, lo que está sintiendo y, joder, siento envidia de lo que está experimentando en estos momentos: la adrenalina activando todo tu ser, los nervios atados en corto, recordándote que estás vivo, la sensación de poder, de control sobre tu propio cuerpo, la conjunción con el agua y el viento.

¡Mierda! Sí, quiero. Claro que quiero estar allí, sobre la tabla. Con él. Alain supo leer en mí un deseo que ni siquiera yo sabía que tenía.

Con esa certeza golpeándome contra las costillas, empieza la serie.

Alain consigue una buena ola, todavía no sé cómo, aunque necesita otra si quiere pasar a la siguiente ronda. Le hacen falta al menos 6.15 puntos para clasificarse, una puntuación ridícula tratándose de él, pero no con este mar.

Lo intenta con la siguiente, no porque sea buena, sino porque se le acaba el tiempo. Antes incluso del take off [ 2] , ya sé que se ha equivocado. Él también.

La tabla sale disparada y la ola lo engulle.

Contengo el aliento mientras mis ojos permanecen fijos en la pantalla y hasta que no lo veo emerger de nuevo, no vuelvo a respirar.

Sin embargo, no lo hago con normalidad. Una tensión se apodera de todos mis músculos, una preocupación amarga que, por algún motivo, no acaba de irse aunque lo veo salir por su propio pie.

En mi casa reina el silencio, con mis ojos clavados en la pantalla y los de toda mi familia puestos en mí hasta que Nils se atreve a romperlo.

—Está bien, Markel. Está bien —me anima y me aprieta el brazo. Asiento de manera automática.

La cámara sigue a Alain hasta la orilla.

Un hombre se acerca a él y se interesa por su estado.

Supongo que será su entrenador. Alain asiente mientras se limpia los restos de agua del rostro con la mano izquierda.

La mano izquierda. Procura no mover el brazo derecho, lo que activa todas mis alarmas, mientras una rigidez se instala en la parte alta de su espalda.

Después de que sea eliminado, bajo el volumen de la televisión y empezamos a comer.

La competición ha perdido todo el interés.

Bueno, mejor dicho, ellos comen mientras yo mareo la comida dentro del plato.

Tengo un nudo cerrándome el estómago, una preocupación que me revuelve las tripas y que no sé cómo calmar.

Cuando terminamos, Nahia y mi primo se entretienen con la consola mientras Nils y mi madre me ayudan a recoger.

—Markel, ¿qué es esto? —me pregunta mi padrastro, con un sobre y unos papeles en la mano. Se trata de una pregunta retórica, como lo fue la mía semanas atrás, ya que el logo de la WSL está bien visible.

No le contesto, me quedo embobado contemplando el sobre mientras un sudor frío me recorre la espalda. Nils, más metido en ese mundillo que mi madre, suma dos más dos.

—Habéis discutido. No estás así por su marcha —sentencia.

Me rompo. Me rompo porque llevo más de quince días tragándome esto solo y ya no puedo más.

—Sabía que no podía ir con él, lo sabía. Y, aun así, no le importó lo que yo pensara —suelto, sin saber si alguno de los dos me sigue.

—Cariño, ¿por qué no puedes? —me pregunta mi madre, recortando la distancia que nos separa y tomando mis manos entre las suyas. Me mira con ternura y una compresión infinita.

No contesto, no puedo, porque tengo mil motivos y ninguno parece tener suficiente peso en este momento.

—Desde que murió Richi has sido una sombra de lo que eras, una copia perfecta, pero no eras tú.

Solo has vuelto a ser mi Markel, mi niño, cuando ese rubio se cruzó en tu vida —continúa mi madre al ver que soy incapaz de decir nada—.

Richi está muerto, hijo. Se ahogó y no fue culpa tuya.

Ya no puedes salvarlo, no puedes salvar a todo el mundo.

Sin embargo, sí que puedes salvaros a vosotros.

Si de verdad ese chico te importa, si sientes algo por él, no dejes que tu relación con Alain también se ahogue.

—Ya es tarde para eso, mamá. La cagué. Me callé cuando él dijo que me quería y dejé que se fuera.

Si alguno de los dos se sorprende al descubrir que nuestra relación estaba ya en ese punto, no lo parece.

—¿Seguro que es tarde? —interviene Nils, agitando el sobre en la mano.