Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 24 La certeza de mi error
71%

CAPÍTULO 24 La certeza de mi error

Alain

C uando llego hasta la furgo , me subo al asiento del conductor y arranco. Ya no tiene sentido que siga aquí.

Paso por alto las dos copas de vino que he bebido y conduzco las dos horas que me separan de Hossegor. La música a tope no ahoga el recuerdo de Markel mirándome como si no supiera de qué le hablaba, como si en vez de un regalo, hubiera cometido un crimen.

No me siento borracho, me siento herido, engañado, traicionado, siento que me he entregado al cien por cien, que me he abierto en canal y no he obtenido lo mismo.

Pero la culpa es mía, solo mía, por venirme arriba, por pensar que Markel y yo remábamos en la misma dirección y nos enfrentábamos a las mismas olas.

Tengo que mantener la mente fría y considerar lo que hemos vivido como lo que realmente ha sido: una bonita aventura, una que me ha dejado el corazón hecho trizas. Si es que siempre he pecado de ser demasiado intenso.

Llego a casa al amanecer, dejo la tabla y la maleta en la entrada, sin molestarme en deshacerla, y llamo a mi tío.

—Ya estoy aquí —le digo en cuanto responde al otro lado. Por su voz, parece que lo acabo de despertar.

—¿Ya? Pensaba que ibas a estirar tus tres días al máximo —inquiere, sorprendido.

—Te dije que podías confiar en mí —le suelto, más seco de lo normal.

—Perfecto, me alegro de que, a pesar de tu aventura, hayas vuelto centrado. Prepara el equipaje que mañana temprano volamos a Lisboa.

Una vez en Ericeira, nos alojamos en una villa alquilada exclusivamente para el evento que da cobijo a casi veinte de los participantes, muy cerca de las playas en las que va a tener lugar la competición.

Hemos llegado tarde y, mientras mi tío se hospeda, junto con otros entrenadores, en un hotel cercano, a mí me toca compartir habitación con otros nueve surfistas, aunque casi lo prefiero.

Tanto ajetreo ahoga mis pensamientos y me mantiene distraído.

Son casi todos viejos conocidos y, como siempre sucede en estas ocasiones —con contadas excepciones—, a pesar de la rivalidad, hay un ambiente de camaradería que me viene muy bien.

Todos participamos en la misma rutina, sesiones cortas en las que nuestro foco se divide entre nuestra propia actividad y lo que hace el contrario, entrenamientos en seco, estudio del mar, preparación mental y, en nuestro tiempo libre, encuentros en el jardín que compartimos todos los residentes de la villa.

Las olas de Ericeira tienen fama de ser de las mejores de Europa, aunque yo prefiero mi Hossegor y puede que también, las de un pequeño pueblo de la costa vasca —aunque ahí no termino de ser objetivo del todo—.

Son potentes y rápidas, con paredes largas y secciones huecas, con predominio de derechas que permiten encadenar varios giros.

Muchas rompen sobre arrecifes y fondos rocosos, lo que añade un punto de peligrosidad que requiere de un control extra sobre nuestro cuerpo y la tabla.

Sébastien está bastante satisfecho con mi rendimiento, sin embargo, a mí no me sucede lo mismo.

Aunque me defiendo bastante bien sobre la tabla, tengo la cabeza en otra parte.

No acabo de estar centrado y no es por la lesión en el hombro ni por la presión de regresar a la competición.

Tampoco es esa sensación de vacío que me llevó hasta Markel, el problema es el contrario.

Sí que siento, demasiado, y duele y, por mucho que debiera de tener la cabeza en la siguiente ola, no consigo sacarme de ella la idea de que jamás volveré a compartir una con Markel.

No hemos vuelto a tener contacto. Él no me ha llamado ni me ha escrito, a pesar de que mantenía la esperanza de que, después de nuestra discusión, recapacitara sobre lo que pasó.

Y yo no voy a disculparme cuando considero que no hice nada mal.

¿Le podría haber preguntado a ver si le apetecía competir?

Puede, pero, entonces, ¿dónde quedaría la sorpresa?

Es como si antes de una pedida de mano le preguntaras a la otra parte si le parece bien que te declares.

Y, por fin, llega el gran día, la prueba de fuego, y me juego mucho más que los puntos que se reparten, la comprobación de si sigo con el nivel suficiente para competir en este deporte o si me tengo que plantear dedicarme a otra cosa.

Eso se traduce en una sensación de inseguridad, de poca confianza en mí mismo a la que no puedo dejarle ganar terreno porque, si lo hago, estoy jodido.

La mayoría de los participantes, amanecemos un rato antes que el sol.

El ambiente está cargado de una especie de electricidad poderosa que no se ve, pero se siente.

Tensión, adrenalina, murmullos en voz baja, rituales de concentración para calmar nervios…

Cada uno tiene sus propias armas para enfrentarse a esto.

La mía, desde siempre, es escuchar en bucle «Surfin’ U.S.A» de los Beach Boys, una canción cargada de buenas vibras, que me recuerda que el motivo real para estar aquí no es ganar, sino disfrutar del camino —aunque no le voy a hacer ascos si, alguna vez, consigo llevarme el título de campeón del mundo—.

Vivir esa conexión única entre cuerpo, mente y mar, de convertirme en parte de la naturaleza y descifrar los secretos del viento, las mareas y la energía del océano.

En resumen, de experimentar todo lo que llevo viviendo durante las últimas semanas con Markel, quien me ha recordado cuál es la verdadera esencia de esto, que parecía que se me había quedado olvidada en el mismo asfalto en el que quedó tendida mi moto.

Hoy, mi amuleto, mi canción, no suena igual. Hay un vacío entre las notas, uno que tiene nombre propio.

Traer a la mente su recuerdo y nuestro final, hace que el estómago se me contraiga y me entren ganas de vomitar y, esta vez, poco tienen que ver con los nervios.

«Maldita sea, Alain, céntrate», me reprendo.

La organización del evento estudia las condiciones del mar y da el visto bueno a que comience la competición. Empieza la fiesta.

El cuadro de emparejamientos me indica que participo en la segunda manga. Bien, es mi momento favorito, siempre he preferido surfear a primera hora de la mañana.

La bocina suena y da comienzo nuestro turno.

Durante los dos primeros minutos, los cuatro nos limitamos a observar las olas, a estudiar la velocidad con la que llegan, a predecir el momento en el que una serie llega con la suficiente fuerza como para lucirse.

Poco a poco, el resto de mis compañeros y rivales empieza a jugársela. Yo no, yo espero un poco más.

De pronto, siento un pálpito, una especie de golpe seco en el pecho y miro al horizonte.

Esa es la mía. Remo y me pongo en posición, aunque no soy el único.

Sin embargo, en cuanto noto el empuje, me pongo en pie y gano la prioridad.

La ola abre una pared larga hacia la derecha, desciendo hasta llegar a la parte baja de esta y realizo un giro pronunciado para volver a subir hacia la parte crítica de la ola.

Después, encadeno un par de giros potentes para terminar con una reentrada limpia que levanta una cortina de agua sobre el labio.

No necesito ver la puntuación para saber que ha sido alta.

Tras una ola así, tan solo me queda ir a asegurar.

Consigo hacerme con tres olas más, ejecución fácil, maniobras precisas y correctas que me sitúan a la cabeza de mi grupo.

Paso el primer corte sin problema, con comodidad, 14,80 puntos.

El número de participantes se reduce a la mitad.

Ya solo quedamos cuarenta y ocho en pie.

En la segunda ronda, no tengo tanta suerte.

El viento ha cambiado, la cadencia entre series es sucia y, conforme avanza el día, todavía empeora más y somos el grupo que cierra la mañana.

No hay manera de pillar una ola decente.

Esto parece una batalla campal por lograr la prioridad, cuando hay alguna que puede salvar nuestra actuación.

El reloj se convierte en un enemigo más.

He conseguido una ola que me ha dado seis puntos, todavía no sé cómo, pero el resto no llegan ni a cuatro.

Voy tercero y apenas quedan cinco minutos para que termine la manga. Tengo que arriesgarme o estoy fuera.

Desde que la veo, sé que la ola no es buena, la pared no termina de abrirse, está marcada por el viento, con pequeños bultos que deforman la línea de la rompiente.

En otras circunstancias, la habría dejado pasar, pero no sé si voy a tener otra oportunidad, el reloj que indica el tiempo restante parece haberse acelerado.

Comienzo a remar y me coloco en posición.

La ola me levanta por la cola de la tabla.

Medio segundo de duda antes de ponerme de pie y, cuando lo hago, la pendiente ya es demasiado vertical.

Enseguida sé que me he equivocado, pero ya no hay vuelta atrás.

La certeza de mi error me golpea antes de que lo haga la ola.

La tabla se precipita por la pared de la ola antes de que mis pies encuentren la posición.

Sale despedida hacia delante mientras mi cuerpo queda suspendido un instante antes de caer de espaldas, inclinado hacia la derecha, contra la superficie.

El agua parece volverse cemento y el impacto es seco, arrancándome el aire de los pulmones.

Una explosión de espuma me arrastra varios metros bajo el agua antes de soltarme.

Cuando consigo emerger a la superficie, desubicado, con los sentidos embotados y tosiendo el agua que he tragado, ya no hay tiempo para nada más. Se acabó.

Después de comer, la organización reevalúa las condiciones del mar y decide suspender el evento hasta el día siguiente, aunque para mí, ya ha terminado.

Puesto trigésimo tercero. 700 miserables puntos.

Mi regreso a la competición después de la lesión, resulta amargo. Saber que toda la culpa no es mía, que con el mar en otras condiciones más favorables posiblemente hubiera podido lograrlo, no me ayuda en absoluto.

Nadie me juzga, nadie me critica, ni siquiera Sébastien, que está más preocupado por las consecuencias de mi caída que por otra cosa.

Todos ven aceptable un resultado de ese calibre para alguien que lleva casi ocho meses apartado de la competición.

Sin embargo, yo no soy cualquiera. Durante los últimos años me he acostumbrado a estar entre los veinticinco mejores surfistas del mundo y la puntuación obtenida escuece.

Este resultado nefasto me obliga a replantearme el resto de la temporada y buscar otro evento para poder descartar esta puntuación ya que solo cuentan las cinco mejores.

A estas alturas del año, no me quedan muchas opciones, solo quedan cinco competiciones oficiales por delante y ya no puedo permitirme ningún otro tropiezo.