CAPÍTULO 23 El caparazón de la tortuga
Markel
N o impido que Alain se vaya, ni siquiera le digo nada. La ira hierve dentro de mis venas como el mar caótico y revuelto en un día de tormenta, una furiosa, implacable, casi una tempestad, una que me arranca la piel, me deja en carne viva y hace que la sal escueza.
No sé de dónde se ha sacado semejante gilipollez, ni mucho menos lo que vino después.
Esa mierda de excusa, basada en mentiras, que se ha buscado para tomarse la licencia de elegir por mí, de tomar decisiones que nos incumben a los dos solo por puro egoísmo.
¿Dónde quedó aquello de «hasta dónde tú quieras»?
¿En qué parte de esa frase se incluye que se gaste más de doscientos euros para que pueda participar en un evento sin preguntar si quiero hacerlo?
Sabe perfectamente que dejé el surf profesional cuando murió Richi, que mi mundo ya no es ese.
¿Que me hubiera gustado competir con él?
Sí, me flipa este deporte desde que lo conocí, a los nueve años, y soy un fiel seguidor de todas las competiciones.
Surfear con Alain, codo con codo, ha sido una pasada, esa complicidad sobre las olas, esa conexión única que se extiende más allá del agua.
Sin embargo, no necesito ningún juez para que nos ponga nota.
¿Que me dijo que estaba enamorado de mí?
Joder, me hubiera acordado de algo así. Cosas como esa no se pueden pasar por alto, mucho menos cuando llevas deseando oírlo desde el primer beso. Con eso no se juega, es un golpe bajo.
Miro de reojo el sobre de su regalo, con recelo, como si fuera un paquete bomba que pudiera explotar en cualquier momento, cuando, en realidad, ya lo ha hecho y me ha pillado de lleno.
De pronto, el vacío que ha dejado su marcha, como si a mi casa le hubieran arrancado una parte importante de ella, se vuelve insoportable, se enreda alrededor de mi cuello y me aprieta hasta dejarme sin aire.
Experimento la misma sensación de ahogo que me aterroriza en las pesadillas, solo que ahora estoy despierto.
Pesadillas que, por otro lado, no he vuelto a tener desde aquella última vez, en este mismo lugar, cuando estrenamos el colchón, cuando me dio un ataque de pánico en su presencia y me calmó.
Cojo el resto del vino, casi más de la mitad de la botella, y salgo a la terraza. Necesito que me dé el aire. Me dejo caer sobre una de las sillas y apoyo los pies sobre la barandilla, mientras doy un trago largo directamente de la botella.
Mis ojos se pierden más allá del horizonte, en el cielo y en el reflejo de la luna sobre el mar. Normalmente, su sonido y este paisaje hacen que me sienta mejor.
Hoy no funciona, hoy no me calma, porque él es mar, yo soy mar y juntos somos agua.
Conforme el vino cambia de recipiente y pasa de la botella de vidrio a mi cuerpo, la rabia se diluye, del mismo modo en el que lo hace la espuma del mar que se entierra en la arena, y un recuerdo vago, de hace tan solo unos pocos días, pugna por abrirse paso en mi mente, más nublada de lo normal, y da paso a otro sentimiento diferente, aunque igual de fuerte: la tristeza.
Unas manos en mi espalda, unas caricias, nada sexual, solo la intención de reparar algo que está roto y, aunque entonces lo consiguió, ahora el mundo entero se derrumba sobre mí y me declaro zona catastrófica.
Una confesión con la voz adormecida, una declaración de amor y un «yo también» que se me escapó como un suspiro sin que fuera consciente de ello.
Mierda.
No, no fue un sueño fruto del agotamiento físico y mental de un día duro. Fue real.
Y yo acabo de joderlo todo.
El sobre con la licencia de la WSL y la invitación para competir en Pantin parece reírse de mí desde donde está, sobre la mesa del salón, junto a dos boles de yogur griego a medio comer, con los frutos rojos tiñendo la superficie láctea como una herida abierta que no deja de sangrar.
La misma herida que me está matando por dentro.
Como si la silla sobre la que tengo apoyado el culo me hubiera dado una descarga, me levanto, cojo el manojo de llaves y salgo por la puerta a la carrera.
Bajo de tres en tres los escalones hasta la planta baja y corro por las calles de un pueblo que duerme en dirección al parking . Tengo que disculparme.
El mazazo que recibo es brutal cuando llego y no hay ni rastro de su Renault Traffic. Doy vueltas sobre mí mismo, analizando cada uno de los vehículos que hay estacionados, pero no hay duda. La plaza que, durante estas semanas ocupaba Alain, la mejor de todas, la más pegada al paseo, está vacía.
Podría coger el teléfono, ese que me arde en el bolsillo y hablar con él.
Disculparme. No obstante, ahora que se ha ido, vuelvo a ser un cobarde, una tortuga que, tras asomar la cabeza y ver lo que hay a su alrededor, a pesar de que le gusta lo que ve, se acojona y vuelve a esconderse dentro de su caparazón.
Sin embargo, en lugar de llamarlo, voy directo a la playa y me siento en la arena, muy cerca de la orilla, para intentar digerir todo lo que ha pasado.
Se ha ido. Alain se ha ido.