Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 22 El regalo
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CAPÍTULO 22 El regalo

Alain

—S í, ya lo tengo. Muchas gracias —le digo a la persona que está al otro lado del teléfono—. Que sí, joder, mañana me tienes en casa —me despido, de mal humor, enfadado porque el reloj parece que avance a doble velocidad.

El final de la cuenta atrás se cierne sobre nosotros como una gigantesca ola que nos arrastra hasta el fondo y nos impide respirar.

Inspiro hondo y suelto el aire, despacio, antes de dejar los papeles que acabo de imprimir dentro de la furgoneta y cambiarlos por el bañador, la camiseta de licra y la tabla de surf.

He quedado con Markel en nuestra playa y el estómago se me vuelve del revés cuando pienso que esta vez puede que sea la última que lo hagamos juntos.

El plan para hoy es sencillo: pillar unas olas hasta que el cuerpo diga «basta», comer algo para recuperar fuerzas, descansar en las horas que más fuerte está el sol, las preferidas por los bañistas y, si nos da tiempo, volver al mar antes de que caiga la noche.

Para finalizar, tengo pensado algo especial: una cena romántica que no quiero considerarla de despedida, porque me niego a que esto sea un adiós y mañana, con suerte, todavía podremos disfrutar de unas horas más juntos.

Quiero que sea algo íntimo, un entorno en el que los dos nos sintamos cómodos y, aunque Markel por fin parece que empieza a asomarse con timidez fuera del armario, prefiero que sea en su casa y convertirme por una noche en su chef particular.

Quiero que conozca que, aparte del surf, también se me dan bien otras cosas.

Mi idea es que, después del postre, no salgamos de su cama hasta que tenga que marcharme.

—Hola, chicos, ¿qué tal? Está bueno el mar hoy, eh —nos saluda el padrastro de Markel, cuando nos encaminamos hacia las duchas después de una sesión de surf intensa que hace que todavía me tiemblen las piernas.

Nils está aclarando con agua una tabla. A su lado, una mujer madura, bastante mayor que él, y una niña de unos siete u ocho años aguardan a que termine. Deben de ser su madre y su hermana.

Pese a que están al tanto de lo nuestro y ellos actúan con naturalidad, Markel se tensa a mi lado, noto la rigidez que sube por su columna vertebral y se instala en sus hombros. Me encantaría masajear esa zona para que se relajara, pero sé que, hacerlo delante de su familia solo lo empeoraría.

La niña salta a los brazos de su hermano con un grito agudo que amenaza la integridad de mis tímpanos, sin importarle que esté empapado y lleno de arena y sal, y ese gesto natural consigue que Markel se serene y sonría.

—Alain, estas son mi madre, Mara, y Nahia, mi hermana. A Nils ya lo conoces. Mamá, este es Alain, mi… amigo —duda antes de presentarme ante su familia y su titubeo me arranca una sonrisa.

Parece que, a pesar de lo que hemos hablado, mostrarnos en público o delante de su familia, todavía le cuesta.

—Encantado —digo con educación y les tiendo la mano.

—Igualmente —me responde su madre, con un brillo de ilusión que me llega hasta el alma.

—Tú eres surfista, ¿verdad? Uno de los buenos —me dice la pequeña, como si su padre y su hermano no lo fueran—.

A mí no me gusta el surf, prefiero patinar, pero Markel nunca quiere acompañarme, prefiere el agua.

Puaj, te llenas de arena y sal y luego te pica todo —continúa con desparpajo, y no puedo evitar reírme ante su reacción tan sincera y espontánea.

—Bueno, vamos a darnos una ducha y nos vamos a comer, que llegamos tarde. —Markel pone fin a la conversación.

—Sí, nosotros también. Pasadlo bien, chicos —se despide su familia.

—Mamá, ¿ese es el novio de Markel? —escuchamos cómo le pregunta la niña a su madre, cuando no nos hemos alejado más que un par de pasos de ellos.

La mujer se ríe antes de responderle y yo no puedo evitar hacer lo mismo ante la reacción de Markel que, gracias al tono dorado de su piel, consigue disimular bastante bien el rubor que enciende sus mejillas.

—Sí, cariño, creo que sí.

—Me gusta. Aunque sea surfista —añade, con rotundidad, como si de su visto bueno dependiera que su hermano y yo podamos estar juntos.

Paso el brazo por encima de los hombros de Markel, lo atraigo hacia mí y, con la otra mano, le revuelvo el pelo, todavía mojado.

Comemos en uno de los bares del paseo y nos tumbamos un rato en un par de sillas reclinables a la sombra de mi furgoneta.

Después, por la tarde, aún nos da tiempo a pillar unas olas, aunque dejamos pasar una serie tras otra y nos limitamos a balancearnos tumbados sobre la tabla, cerca, muy juntos, mientras son otros los que las surfean, viendo la puesta del sol desde este privilegiado escenario.

Pasadas las nueve, recogemos las tablas y nos encaminamos hacia su piso, en la ladera de la montaña.

Poco tiene que ver su estado con la primera vez que estuvimos aquí.

Ahora sí que parece un verdadero hogar y se respira la esencia de Markel y su pasión por el mar en cada rincón.

Incluso ha tuneado una vieja tabla de surf y la ha convertido en una estantería sobre la que descansan varios libros.

A pesar de que, al salir de la playa, nos hemos dado un agua para desprendernos de la arena, nos volvemos a duchar en su casa, sin prisa, juntos, sin necesidad de hacerlo con el bañador todavía puesto y sin ojos ajenos a los nuestros que puedan observarnos.

Empezamos enjabonándonos el uno al otro para, poco después, pasar del gel y seguir acariciándonos a placer, con nuestros labios unidos, como si fueran una extensión del otro.

El vaho que empaña el espejo del baño no es solo fruto del agua caliente.

Se nos ha ido de las manos… o de las bocas. Hoy ha sido Markel el que me ha regalado una de las mejores mamadas que me han hecho nunca y no por la técnica —aunque he de reconocer que es un alumno muy aventajado—, sino por el autor.

Cuando nuestros estómagos se ponen de acuerdo para rugir y recordarnos que hace demasiado tiempo que no comemos nada, cerramos el grifo, salimos de la ducha y nos vestimos.

Ambos con pantalones cortos, de tela ligera, y camiseta de manga corta.

Tengo parte de mi ropa aquí, ya que necesitaba poner una lavadora y se ofreció a que usara la suya, en lugar de recurrir a un servicio de lavandería externo.

Si a eso le sumamos el número de noches que hemos pasado juntos, podría decirse que casi me he mudado temporalmente a su casa.

Más tarde de lo que había planeado en un inicio, me pongo con la cena, con un menú sano y rico en proteínas: ensalada de rúcula con nueces y queso feta y salmón al horno con verduras asadas. Markel quiere ayudarme, pero lo único que le dejo hacer es servir un par de copas de vino.

Durante el tiempo en el que el salmón tiene que estar en el horno, me acorrala contra la encimera y me da a probar el vino de sus propios labios.

Ni que decir tiene que sabe muchísimo mejor.

Sus besos están teñidos de esa desesperación de quien teme que sean los últimos.

Sus manos se cuelan por debajo de mi camiseta y buscan mis dorsales, las mías estrujan sus nalgas contra mí para pegarnos más, como si quisiéramos expulsar el aire que se interpone entre nosotros y ese tiempo, intangible pero dolorosamente presente, que amenaza con separarnos.

Mi cuerpo reacciona sin remedio al contacto.

Puede que, escondido dentro de mi boca, enredado alrededor de mi lengua haya un botón que me enciende, una especie de sensor extremadamente sensible que se activa en cuanto su aroma o el calor que emana de su piel entra en mi campo de acción.

Sí, me he empalmado y la proximidad de su cuerpo al mío, la deliciosa presión que incide directamente sobre mi erección me revela que estamos en el mismo punto.

Justo antes de que perdamos la poca cordura que nos queda, mandemos todo a la mierda y pasemos directos al postre, la alarma del horno pita y nos hace bajar del cielo y regresar a su cocina.

—¿Cenamos? —le pregunto y doy un último mordisco a su labio, provocador. La voz me sale tan ronca que apenas me reconozco.

La respuesta de Markel es un gruñido bajo, grave, de frustración, antes de dar un paso atrás.

—Tenemos que coger fuerzas para lo que nos espera después —añado y le guiño un ojo, seductor. Sus ojos brillan, sus pupilas se dilatan y su mirada se oscurece.

Puede que sea esta noche la que me regale esa otra primera vez que tenemos pendiente.

Estos últimos días he ido tanteando el terreno y creo que ya está preparado.

Solo pensar en la posibilidad de estar dentro de él hace que me excite todavía más.

Me obligo a pensar en otra cosa para bajar la tensión que se me acumula en la entrepierna.

Cuando sirvo el postre, yogur griego con frutos rojos, ya no puedo aguantar más y le desvelo el verdadero motivo de esta cena.

—Sé que tu cumpleaños es a finales de agosto, pero quería hacerte un regalo y no puedo esperar hasta entonces. Primero, porque no voy a estar y segundo porque… —Le tiendo un sobre cerrado, del tamaño de medio folio. Lo va a entender mucho mejor así que con mil explicaciones—. Ábrelo —añado.

Contemplo cada uno de sus movimientos, expectante ante su reacción, con un nudo de nervios hormigueándome en el estómago, como si en lugar de ser el artífice del obsequio, fuera yo quien lo recibiera.

—¿Qué es esto? —pregunta, mientras lee los papeles que hay dentro y arruga el entrecejo, como si no diera crédito a lo que están viendo sus ojos.

—Es una licencia de la WSL y una wildcard , una invitación para participar en la competición de Pantin.

Me hubiera gustado que fuera para Ericeira, aunque, con la prueba tan cerca, era más complicado —le explico, con orgullo.

Estoy muy agradecido a mi tío y a los patrocinadores, que lo han hecho posible en un tiempo récord.

Voy a estar en deuda con él por el resto de mi vida.

Bueno, puede que ya lo esté, ya que fue él quien se hizo cargo de mi hermana y de mí cuando mis padres fallecieron.

—Sí, ya lo veo. Pero, ¿a qué viene esto? —espeta con algo parecido a la rabia.

No era esta la reacción que me había imaginado. En mi cabeza había un abrazo emotivo, tal vez tratándose de Markel, una media sonrisa contenida, pero no esto. Algo se rompe dentro de mí, un latigazo que me atraviesa el pecho.

—Pensé que sería una buena alternativa para no tener que renunciar todavía a nosotros —expongo con prudencia.

Jamás lo había visto tan enfadado. Rectifico, nunca lo había visto enfadado y estoy impactado por su inesperada respuesta.

—Pues pensaste mal. ¿Quién te crees que eres para tomar decisiones por mí? —me echa en cara, elevando el tono de voz mientras se pone en pie.

Sin embargo, no voy a dejarme amedrentar y me pongo a su altura. He hecho lo que él me pidió, he intentado cumplir ese secreto que no se atrevía a confesar y no pienso tolerar su rechazo. Yo también me levanto de la silla.

—¡Tú! Tú me lo dijiste. ¡Me dijiste que te hubiera gustado tener la oportunidad de competir a mi lado! ¡Solo intentaba convertir tu puto sueño en realidad! —escupo, furioso.

—¿Yo? ¿Cuándo? —me pregunta, confundido, como si no se acordara, como si esa escena estuviera solo en mi mente.

—¡Justo antes de que te confesara que estoy enamorado de ti! Cuando tú también lo admitiste —añado esto último en un susurro mientras otro latigazo me azota y me rompe un poco más.

Markel me mira con una expresión indescifrable, una que ya no sé leer, como si hubiera olvidado lo poco que sabía de él. Permanece en silencio, uno pesado, que duele y yo, a pesar de ser unos pocos centímetros más alto que él, voy empequeñeciendo.

Le concedo unos eternos segundos de tiempo más porque me niego a que esto acabe aquí. No obstante, nada cambia.

—Tengo que irme. —Las palabras salen raspándome la garganta. Cojo mis cosas y me marcho, sin mirar atrás.

Sí, hoy hemos tenido otra primera vez y no era la que yo me esperaba: nuestra primera discusión y la primera ruptura.