CAPÍTULO 21 Luken, soy gay
Markel
E l sonido de la alarma de mi móvil me taladra el cerebro. Ayer, en cuanto me di cuenta de que no tenía batería, lo puse a cargar en el bar.
—¡Oh, mierda! —maldigo mientras lo busco para apagarla y me quedo tendido bocarriba, con el antebrazo sobre mis ojos para cubrirlos de la luz que penetra a través de las ventanillas de la furgo .
—¿Hoy también tienes que ir a trabajar? —me pregunta Alain, somnoliento, girándose hasta quedar tendido bocabajo, con el brazo bajo la almohada, todavía con los ojos cerrados.
—No, después de lo de ayer, mi jefe ha movido turnos para poder darme fiesta, pero se me olvidó apagar la alarma. Lo siento.
—¿Y mañana y pasado? ¿También tienes fiesta? —se interesa, algo más despierto.
—Sí. Tres días seguidos sin tener que currar. Estoy que no me lo creo. —No disponía de tres días seguidos sin obligaciones en pleno verano desde que tengo uso de razón. Si no era el surf, tenía que echar una mano a Nils en la escuela y, después, ya empecé a trabajar.
—Genial, vamos a poder pasar juntos todo este tiempo —comenta Alain con alivio—. ¿Te apetece que cojamos la furgo y nos vayamos a algún lado? A algún sitio donde nadie te conozca…
—No, me apetece quedarme en la cama y no moverme de aquí en las próximas setenta y dos horas —le contradigo.
—Ese también es un buen plan —apunta, ladino, y su voz se oscurece mientras se gira hacia mí y empieza a besarme.
—Alain, me duelen hasta las pestañas, no puedo ni moverme —protesto porque, a pesar de que me encantan las caricias de sus labios, no me siento con fuerzas de responder del mismo modo.
—¿Y quién ha dicho que tengas que hacerlo? Tú solo disfruta —replica, y empieza a reptar por mi cuerpo, hacia abajo, degustando cada centímetro de mi piel.
En cuanto desciende por debajo de mi ombligo, mi polla da un tirón seco y se endurece.
—Por aquí abajo hay una parte que no sabe lo cansado que estás —comenta, y la rodea con la mano.
—Esa va por libre. —Me río, aunque mis carcajadas mutan a un jadeo cuando su saliva me recorre la punta—. ¡Oh, joder!
Alain acaba de rodillas a mis pies, saboreándome con una lentitud desesperante, como si no tuviera ninguna prisa y a mí su parsimonia me está matando.
Me arqueo, me retuerzo contra él en busca de un mayor roce, una mayor fricción.
Mientras una de sus manos sigue aferrada a la base de mi tronco e incrementa la velocidad de sus movimientos, la otra se cuela entre mis nalgas y tantea mi orificio.
Es una sensación extraña y placentera al mismo tiempo, que me está volviendo loco, y despierta las ganas de sentirlo dentro.
Sin embargo, me gustaría estar en plenas facultades físicas y mentales para esa otra primera vez.
—Alain —gimo, cuando estoy a punto, y apoyo la mano sobre su cabeza.
Me aferro a su pelo rubio, corto, pero que durante las semanas que lleva aquí le ha crecido lo suficiente como para que pueda hacerlo, para que acelere o frene o simplemente para tener un punto de apoyo seguro, ahora que parece que todo empieza a dar vueltas a mi alrededor.
Estallo, con tanta fuerza que hasta creo que la furgoneta entera se ha movido, como si se hubiera gestado un terremoto con el epicentro bajo las ruedas.
Alain se bebe hasta la última gota de mí, después, alza la cabeza, se limpia las comisuras con el dorso de la mano, se relame y me sonríe, satisfecho.
—Yo también quiero probar tu sabor —le digo, todavía medio ahogado en el placer, a pesar de que la poca energía que había conseguido recuperar durante estas escasas horas de sueño se me escapa en oleadas hacia su boca.
—Puede que más tarde. Ahora, de momento, tendrás que conformarte con probar el tuyo —me dice.
Sube hasta mi rostro, en donde estampa sus labios contra los míos, con la misma fuerza con la que rompe una ola contra las rocas, hambriento. Saboreo los restos de mi propia liberación pendidos de su boca como si fueran un manjar. Todo sabe mucho mejor si se mezcla con su saliva.
—Aprovecha que te he dejado relajado para dormir un poco más —se burla, mientras se incorpora, con cuidado de no golpearse con el techo de la furgoneta—.
Voy a comprar algo para comer. Te avisaré cuando la tenga preparada —se despide cuando ya he vuelto a cerrar los ojos y me falta poco para quedarme dormido de nuevo.
En lo que me parece apenas un parpadeo, Alain ha ido al pueblo, a una tienda que, en temporada alta, abre incluso los festivos, ha vuelto y ha preparado un plato que huele de maravilla. No sé si lo que me despierta es su voz o el aroma de lo que ha cocinado.
Después de comer, hablamos de todo y nada en especial, en una sobremesa que se podría alargar durante días sin que se nos hiciera pesada.
Me doy cuenta de que, a pesar de la fama de reservado que arrastro desde niño, él ya sabe cosas sobre mi pasado, sobre mi familia, incluso conoce a mi padrastro, y yo apenas sé nada de él, salvo esa «crisis» que le trajo hasta aquí, así que me dispongo a ponerle remedio.
—¿Qué me dices de tu familia? —le pregunto y, automáticamente, la sonrisa que lucía se convierte en una línea tensa y sé que acabo de meter la pata, aunque ya es demasiado tarde para tragarme mis palabras.
—Mis padres murieron poco antes de que cumpliera los dieciocho —me cuenta, y mi mano deja el botellín de cerveza con el que regamos nuestra conversación para buscar la suya y apretarla en un toque reconfortante.
—Lo siento, yo… —titubeo, cohibido. Él niega con la cabeza, restándole importancia.
—Tranquilo, eso pasó hace muchos años. La muerte de unos padres, de cualquier ser querido en general, nunca deja de doler, pero aprendes a vivir con ello.
Es cuestión de buscar tus propias armas para sobrellevarlo.
—Automáticamente me acuerdo de Leo, de mi tía y de Saúl, que estará a punto de llegar al pueblo en busca de esas armas de las que habla Alain—.
Mi hermana se volcó en los libros y yo, en el surf.
Un año después de eso, conseguí clasificarme por primera vez para el circuito del campeonato de la WSL y Chloe es una estudiante brillante a punto de graduarse en Ciencias Biomédicas por la Universidad de La Sorbona de París.
—Mis padres lo saben —le suelto un rato después, tras llegar a la conclusión de que ni él ni yo hemos sido buenos estudiantes, justo antes de abrirme otro botellín de cerveza.
—¿El qué? —inquiere Alain, que se ha perdido el enorme salto de un tema a otro que ha dado mi cerebro.
—Que soy gay. Y que estamos juntos —le aclaro.
—¿Y? ¿Cómo se lo han tomado? —se interesa y da un sorbo a su cerveza. Creo que me lleva varios tragos de ventaja.
—Bien, supongo —le digo y me encojo de hombros.
Mi reacción hace que él estalle en carcajadas.
—Entonces, ¿ya te puedo besar sin necesidad de escondernos? —me pregunta y, antes de obtener respuesta, se acerca tanto a mi boca que su aliento, mezclado con el sabor amargo de la cerveza, se me mete dentro.
—Antes me gustaría contárselo a mi hermano mellizo —le digo, poco convencido, y muerto de deseo, de ese que parecía anestesiado hasta que Alain apareció de nuevo en mi vida y que pretende recuperar el tiempo perdido.
—Toma, hazlo —me incita y me tiende mi teléfono móvil.
—¿Qué? ¿Ahora? —le digo, descolocado.
—¿Y por qué no?
«Porque está en la otra punta del mundo y, con la diferencia horaria, allí es de madrugada» es lo que tendría que haberle dicho. En cambio, me encuentro esperando a que Luken conteste al otro lado de la línea.
—¿Sí? —responde la voz somnolienta de mi otra mitad.
—Luken, soy gay —le suelto, de forma directa, impulsado por el alcohol que, al mismo tiempo, me suelta la lengua y me nubla mi capacidad de raciocinio.
—¿Qué mierdas estás diciendo, Markel? —protesta mi hermano.
—Que soy gay —le repito.
—¿En serio? ¿Y me tienes que llamar a las dos de la mañana para decírmelo? ¿No podías esperar a que amaneciera o mandarme un mensaje? No creo que sea algo de lo que te acabes de dar cuenta o que vayas a dejar de ser dentro de unas horas —me abronca.
—Lo siento, ha sido una especie de impulso —me disculpo y le lanzo una mirada incendiaria a Alain, que se desternilla de la risa y a punto está de caerse de la silla que ocupa.
—¿Estás con alguien? —me pregunta Luken y sé que se refiere a esas carcajadas que ha oído de fondo, sin embargo, puestos a confesar, me lanzo de cabeza a la piscina.
—Estoy saliendo con Alain Bidarte —le revelo.
—Espera, ¿Alain Bidarte, el surfista? —Luken no es un enfermo del surf como podemos serlo Nils o yo, no obstante, durante años de tragarse todas las competiciones, conoce los nombres más importantes del circuito y el de Alain es uno de ellos.
—Sí, el mismo.
—Hola, Luken. —La voz de Alain se cuela para saludarlo y le empujo la cabeza para apartarlo del teléfono.
—Joder, Markel. ¿Estáis borrachos?
—No, bueno, puede. Pero solo un poco.
—Eres increíble, Zape. Ahora me empiezan a encajar muchas piezas —comenta y su tono parece que va perdiendo parte del enfado—. Y, ¿no podías habérmelo dicho antes? Llevo años perdiendo el tiempo intentando liarte con mis amigas.
—Lo siento, todavía no estaba preparado —me excuso y la seriedad gana terreno a la euforia provocada por el alcohol.
—Bueno, no pasa nada, me alegro de que te hayas atrevido por fin a dar ese paso, aunque sea jodiéndome el sueño. ¿Eres feliz?
Miro de reojo a Alain que también me observa, expectante.
—Sí, creo que ahora sí —le contesto.
—Adiós, Luken. —Alain me arranca el móvil de la mano y cuelga antes de que mi mellizo pueda añadir algo más—. Ahora sí, ¿no? —me pregunta y asiento, justo antes de que su boca arrase con la mía, me corte la respiración y se lleve toda mi cordura.
A media tarde decidimos dejar aparcadas las cervezas y nos acercamos a la playa. Sin tablas, sin bañador rojo. Solo un par de toallas para tumbarnos al sol.
El día de hoy no tiene nada que ver con el caos de ayer: temperaturas altas, sin apenas aire y aguas tranquilas que hacen que el mar Cantábrico, siempre mucho más salvaje, parezca una balsa de agua. Aunque no es lo normal, todos los años, el verano nos regala dos o tres días como este.
La tarde empieza a caer y el sol va perdiendo algo de fuerza, lo que hace que las temperaturas bajen un par de grados y resulten muy agradables.
La gente que atestaba la playa empieza a marcharse, mientras nosotros seguimos aquí, tendidos bocarriba, después de habernos dado un baño para refrescarnos, muy cerca el uno del otro, aunque sin tocarnos.
—Dentro de dos días me marcho a Portugal —me suelta Alain y juro que, en cuanto lo hace, se me para el pulso—.
Ayer me llamó mi entrenador y me puso contra las cuerdas.
Quería que volviera ya, pero he conseguido arrancarle un par de días más.
Si quiero tener alguna posibilidad real en Ericeira, tengo que familiarizarme con el terreno.
—Mierda —exclamo. Una única palabra que recoge bastante bien cómo me siento ahora mismo.
—Sí, mierda —me secunda—. Aunque eso no significa que lo nuestro tenga que acabar aquí —continúa él, ya que a mí no se me ocurre nada más que decir—.
Entre una y otra competición, puede que consiga sacar unos días para pasarme por aquí y, una vez que acabe la temporada de verano, podrías acompañarme en las pruebas restantes.
Seguro que me das suerte —parlotea de forma acelerada, como si, aparte de a mí, también tuviera que convencerse a sí mismo.
Me cuesta seguirle el ritmo, me he quedado anclado en ese «dentro de dos días me voy» y mi cabeza es incapaz de pensar en otra cosa.
—El resto del año también trabajo —le suelto sin pensar, como si no fuera obvio que mis curros de verano no son suficientes para pagarme el piso, poniéndole más pegas a una situación complicada de por sí.
—Bueno, buscaremos la manera. No quiero que esto sea el final, Markel.
«Yo tampoco», pienso sin poder decirlo en voz alta por culpa del nudo que tengo atorado en el pecho que me dificulta, incluso, la tarea de respirar.
El aire a nuestro alrededor cambia. Se vuelve más denso, más oscuro, como si estuviera anunciando una tormenta, a pesar de que el cielo sobre nuestras cabezas sigue igual de azul.
Permanecemos callados uno, dos, tres, puede que diez minutos, como si el silencio pudiera paralizar el mundo y así pudiéramos evitar que el tiempo siguiera avanzando.
Sabía que este momento era inevitable, que su estancia aquí era temporal —incluso he de estar agradecido de que se haya extendido por casi un mes—, sin embargo, eso no significa que no duela, que no sienta que, cuando se marche, se llevará una parte de mí, esa parte que debió de quedarse enganchada a su boca ya hace cinco años.
Mis dedos se mueven por inercia sobre la arena hacia su mano. La acarician, con suavidad, un simple roce que va cogiendo fuerza hasta que se entrelazan como si formaran un nudo inquebrantable que pudiera mantenernos atados a este instante.
—Voy a echarte de menos, Alain —confieso, con la voz rota.
—Sí, yo también. Ha sido genial este reencuentro.