Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 20 Tres días más
62%

CAPÍTULO 20 Tres días más

Alain

A penas una hora después de que nos hayamos despedido me llega un mensaje de Markel:

Markel

El mar está pasado.

Hoy no merece la pena entrar.

Me fío totalmente de su criterio, no hay nadie que conozca mejor esas olas, así que ni siquiera me molesto en sacar la tabla. Paso la mañana entrenando en seco, con especial atención a fortalecer los hombros y a trabajar el equilibrio.

A la hora de comer, confiando en que mi horario coincida con el suyo, le escribo.

Alain

¿Cómo va?

Sostengo el teléfono durante unos minutos en la mano, esperando una respuesta que no llega.

Al final, doy por hecho que estará ocupado y vuelvo a mis cosas.

Me tomo la tarde con tranquilidad, un poco de lectura a la sombra de la furgo , con el teléfono cerca por si acaso.

A media tarde decido estirar las piernas y no se me ocurre un lugar mejor que la playa.

No he hecho más que pisar el paseo marítimo que tengo que atravesar para llegar a la arena cuando el móvil empieza a sonar.

Miro la pantalla y resoplo con hastío cuando veo el nombre de la persona que se encuentra al otro lado: Sébastien, mi entrenador, mánager y mi tío.

No es la primera vez que me llama, aunque sí es la primera que contesto porque, por mucho que me fastidie, sé que no me queda otra.

—¡Alain, ¿dónde demonios te has metido?!

—me grita en cuanto descuelgo, sin darme tiempo siquiera a saludarle—.

Llevo semanas intentando contactar contigo, Me pediste unos días de vacaciones y hace ya un mes que parece que te ha tragado la tierra.

Ericeira está a la vuelta de la esquina y no tengo ni puta idea de en qué estado te encuentras.

Lo último que sé de ti es que todavía tenías el hombro tocado.

No sé si estás listo para volver a la competición, no sé a qué nivel te encuentras y los patrocinadores me están apretando las tuercas. Ya sabes cómo va esto, hijo.

Sé que tiene toda la razón del mundo de la misma forma en que sé lo que me va a decir a continuación. Sin embargo, no estoy preparado para escucharlo.

—Te quiero mañana aquí o te busco un sustituto. Que seas de mi misma sangre no te garantiza el puesto, Alain. Hay decenas de surfistas muy buenos deseando ocupar tu lugar. —Ante esas palabras, mi mente evoca sin remedio a Markel, es un auténtico campeón desaprovechado.

—Dame tres días, antes tengo que acabar algo aquí. Solo setenta y dos horas más y seré todo tuyo.

—No sé si estás en disposición de pedir muchos favores, Alain. Tu carrera y la mía están en juego, penden de un hilo rasgado y no sé si has reforzado esos nudos o se va a romper en cuanto te subas a la tabla.

—Lo sé, tío, pero confía en mí, solo una última vez. Te prometo que me lo estoy currando, que no he descuidado mi preparación. Estoy más en forma que nunca. También he estudiado a mis rivales. No te defraudaré. En tres días me tienes allí.

—Tres días, Alain, tres días y ni una puta hora más.

Cuelgo, con un sabor amargo en la boca y me guardo el teléfono en el bolsillo. Sin darme cuenta, he seguido andando y he llegado a la playa. Hay bastante movimiento y no del bueno. Ha pasado algo. Algo grave.

Desde donde estoy, alcanzo a ver una ambulancia, un coche de policía y mucha gente, varios con el bañador rojo.

No obstante, ninguno de ellos es Markel, lo que hace que un sudor frío me resbale por la columna vertebral.

Vuelvo a coger el móvil, con manos temblorosas y busco nuestro chat, arriba del todo de la lista, con el mensaje de esta mañana todavía sin ver y tecleo con angustia.

Alain

¿Estás bien?

No tengo paciencia para esperar su respuesta, así que nada más enviarlo, le doy al botón de llamada.

—El teléfono marcado está apagado o fuera de cobertura —me responde una voz robótica al otro lado.

—¡Mierda! —grito en voz alta, sin preocuparme por las cabezas que se giran a mirarme.

Miro a mi alrededor, dando una vuelta de trescientos sesenta grados sobre mí mismo, sin saber muy bien qué hacer. La preocupación se me enreda en los pies, como una mala hierba que no deja de crecer. Tengo un mal presentimiento y no sé cómo arrancármelo.

Me acerco a una de sus compañeras y le pregunto por él.

—Perdona, ¿Markel Aguirre?

La chica mira a su alrededor, como si estuviera buscándolo.

«No, no está aquí», quiero decirle.

—Eh… no lo sé —duda—. Hace un rato que no lo veo, puede que haya acabado su turno.

Su titubeo me pone los pelos como escarpias y consulto el reloj para certificar lo que ya sé, aún queda casi una hora para que eso suceda.

—Gracias —me despido, consciente de que no voy a sacar nada en claro de esa chica y vuelvo a probar suerte con el móvil. Maldigo de nuevo a la mujer de la locución que me salta.

Me planteo pasarme por la escuela de surf de su padrastro, por si sabe algo de él, pero, en cuanto me acerco, veo que ya está cerrada y no hay nadie por los alrededores.

Desesperado —y asustado, para qué negarlo— me dispongo a ir al único sitio en el que creo que no tardará en estar, el Rompeolas.

Se supone que su turno en el bar empieza a las nueve.

Doy un rodeo antes porque me puedo quedar sin dedos y sin manos como me pase casi dos horas sentado en una silla del bar hasta que entre a trabajar. Vuelvo a pasar por la playa, mucho más tranquila ahora, aunque sigue sin haber rastro de él.

El Rompeolas está hasta la bandera. Hay algún tipo de fiesta con DJ y medio pueblo —y puede que parte de los de alrededor— está concentrado aquí.

Con un golpe de suerte, consigo abrirme hueco hasta la barra y, por fin, lo veo. Está en la otra punta, pero está, y con eso me basta para que el aire vuelva a entrar con normalidad en mis pulmones. Sin embargo, en cuanto veo cómo se mueve, sé que le pasa algo.

Markel no tarda en detectar mi presencia y me saluda con un gesto de la mano y una sonrisa cansada. Intenta acercarse en varias ocasiones hasta donde estoy yo, pero lo máximo que conseguimos es intercambiar un «Hola», antes de que otro cliente lo reclame.

Pido una cerveza que no me sirve él, no obstante, me hace compañía mientras hago tiempo para que esté más libre, cosa que no tiene pinta de pasar hasta dentro de bastante rato.

—El tipo de la playa —oigo una voz a mi lado, cuando mis ojos se han ido otra vez a perseguir a Markel por el resto del bar.

Me giro hacia su dueño y me topo con unos ojos verdes que me estudian con detenimiento, como si quisiera leerme.

—Hombre, el nadador trajeado —le respondo al reconocerlo, aunque hoy no lleva traje, sino unos pantalones vaqueros y una camiseta negra que le sientan realmente bien, aunque no despierta para nada mi interés.

—Me llamo Roy —se presenta.

—Alain. —Le tiendo una mano que estrecha con fuerza mientras me evalúa, en silencio, como un juez a punto de dar su veredicto cuando todavía no sé qué delito se me imputa.

—Soy amigo de Markel —me aclara, aunque es una conclusión a la que ya había llegado yo solo.

—Yo también —le digo, a su vez.

Su mirada me vuelve a escrutar y siento como si estuviera a punto de hacerme un examen para el que no he estudiado.

—No le hagas daño —sentencia antes de dejar un billete sobre la barra para pagar su botellín de agua y levantarse de la silla que ocupaba—. No se lo merece.

—Lo sé —le respondo en voz baja y me dejo caer sobre el mismo taburete que ha dejado libre, derrotado, porque me temo que justo eso es, precisamente, lo que estoy a punto de hacerle. De hacernos.

Pido una segunda cerveza para pasar ese mal trago y esta vez sí es Markel el que me atiende.

Cuando la deja sobre la barra, junto a mí, aprovecho para rozarle los dedos de manera sutil con una caricia casual.

Una simple coincidencia a los ojos de los demás y una declaración de intenciones a los nuestros.

El cansancio en los suyos me golpea y me incita a alargar unas décimas más nuestro contacto.

—¿Estás bien? —me intereso.

—Sí, deseando que acabe el turno para irme a la cama —suelta con anhelo—. Ha sido un día duro —añade y me fijo en sus hombros, que soportan una tensión que está mañana no estaba allí.

—Te he llamado… Varias veces. Estaba preocupado por ti —admito.

—Ah, ¿sí? —Saca el móvil del bolsillo para comprobar que está apagado—. Oh, mierda, se me ha debido de quedar sin batería. Oh, joder, lo siento.

—No pasa nada. —«Ahora que te tengo delante, no pasa nada», pienso, con alivio.

Al cabo de un rato, decido irme porque no he cenado, voy ya por la tercera cerveza y como tenga que esperar a que cierre el bar a este ritmo, voy a acabar a cuatro patas. Le hago un gesto a Markel para que me traiga la cuenta.

—Cuando acabes, ven a la furgo —le propongo tras pagar mis cervezas con una amplia propina.

—Creo que todavía me queda un buen rato aquí —comenta con fastidio mientras echa un vistazo al bar atestado de gente—. Para cuando salga, estarás dormido.

—No importa, despiértame —insisto y abandono el bar.

Abro los ojos justo antes de que Markel golpee la puerta de la furgo , como si un sexto sentido lo hubiera detectado, y salto del colchón para abrirle. Consulto el reloj, son más de las cinco de la mañana.

—Hola —lo saludo y le doy acceso a mi humilde y pequeño cubículo—. ¿Cómo estás? Llevo todo el día deseando verte — confieso y las palabras salen más oscuras, densas, cargadas de todo lo que no digo, pero que Markel entiende sin problema.

—Yo también —apunta él—. Estoy tan cansado que creo que soy incapaz de dar un paso más —añade.

No exagera, se sube a la furgoneta y arrastra los pies hasta dejarse caer sobre el colchón, bocabajo, con un brazo doblado bajo la cabeza. Le quito las deportivas y me tumbo junto a él, de lado, con el codo doblado y la cabeza apoyada en la mano para observarlo.

—Ha sido un día de locos —me relata con el rostro girado hacia mí—. Hemos tenido que realizar un rescate en el mar, me he comido la bronca de mi jefe por saltarme el protocolo y parece que todos los habitantes de este pueblo se han puesto de acuerdo para venir al Rompeolas.

—¿Qué ha pasado? —me intereso, mientras mi otra mano va por libre y se enreda entre esos mechones alborotados de pelo negro. Aunque Markel no se da cuenta, ronronea ante mi caricia.

—Una mujer se estaba ahogando junto a las rocas, las mismas en las que él perdió la vida. No podía esperar a mi compañero y he tenido que ir yo solo, con la moto —me explica. Tiene los ojos cerrados y empieza a arrastrar las palabras, como si cada vez le costara más hablar.

—¿Y tú estás bien? —le pregunto. Puede que remover el pasado le haya afectado.

—Sí, solo es agotamiento —dice y deja escapar un suspiro—. ¿Sabes, Alain? Hoy he salvado a «Richi» añade en alusión a la conversación que tuvimos hace unas noches, y una sonrisa cansada se le dibuja en los labios. Automáticamente, yo lo imito.

—Eres muy grande, Markel —lo felicito, lleno de orgullo—. Déjame darte un masaje, te aliviará parte de esa tensión que tienes acumulada y te ayudará a dormir mejor.

Le ayudo a deshacerse de la camiseta, junto sus piernas entre las mías y, de rodillas, empiezo a trabajar su espalda.

—¿Qué tal tu día? —me pregunta, intercalando algún que otro gemido, provocado por esa fina línea que separa el dolor del placer cada vez que mis manos intentan deshacer un nudo de los músculos contracturados de su espalda.

—Bien, ya sabes. Con la competición tan cerca le he metido caña al físico, aunque me ha faltado catar el agua.

En cuanto pronuncio esa frase, recuerdo las palabras de mi entrenador y un nudo se me instala en la boca del estómago, una mezcla de nervios y pocas ganas de renunciar a esto.

—Me hubiera gustado competir a tu lado —se le escapa cuando ya está prácticamente dormido.

—Sí, hubiera estado muy bien —comento, con aire soñador. Me inclino más hacia él, beso su hombro y me acerco a su oído—. Markel, estoy enamorado de ti —le confieso cuando creo que el abrazo de Morfeo le impide escucharme.

—Creo que yo también —me suelta en un susurro apenas audible, tan bajo que dudo de que haya sido real y no una traición de mi subconsciente.

El siguiente sonido que sale de él es un ronquido suave.

Dejo de masajear su espalda, lo tapo con una sábana y salgo un momento al exterior.

Necesito un poco de aire fresco. Aunque he tenido varias relaciones, creo que es la primera vez que me declaro de este modo y su respuesta, ser correspondido, hace que el corazón me golpee con fuerza contra las costillas.

Un bombeo que se vuelve doloroso cuando me doy cuenta de que esto está a punto de acabarse.

El sol ya ha barrido el azul oscuro de la noche y baña con su luz dorada todo lo que me rodea. Sin pensar muy bien en lo que estoy haciendo, sin tener en cuenta que apenas son las siete de la mañana de un domingo, cojo el móvil y busco el contacto de Sébastien.

—Tío, tengo que pedirte un favor.

—No, Alain, no voy a darte más tiempo.

—No, no es eso. Escúchame —le pido.

Cuando le explico lo que necesito, regreso junto a Markel. Sigue dormido, en la misma postura en la que lo he dejado. Me acurruco a su lado y lo abrazo. No tardo ni dos minutos en quedarme dormido y sueño con ese escenario idílico en el que él y yo no tenemos que separarnos.