Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 19 Las mismas putas rocas
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CAPÍTULO 19 Las mismas putas rocas

Markel

A unque apenas duerma ya en casa de mi madre y pernocte a caballo entre mi apartamento y la furgoneta de Alain, procuro pasarme por aquí cada mañana para desayunar con mi familia antes de empezar el día.

Para cuando llego hoy, Nils ya se ha ido y mi hermana pequeña todavía está en la cama, por lo que nos encontramos mi madre y yo a solas.

—Hola, cariño, ¿qué tal estás? —me saluda en cuanto cruzo la puerta. Está sentada a la mesa, con una taza de café y un libro abierto junto a ella, supongo que disfrutando de uno de los pocos momentos de paz que le concede Nahia.

—Bien, ¿y tú? —Cojo una taza de café y me siento a su lado.

—Muy bien. El otro día llamó tu tía —me cuenta. No hace falta que especifique nada más, la única tía que tengo es la hermana de mi padre que, a pesar de estar separados, mantiene una relación cordial con nosotros.

—¿Qué tal le va?

Mi madre se encoge de hombros.

—Bueno, hace lo que puede. Intenta seguir adelante, a pesar del dolor.

—Ya, tiene que ser muy duro —le secundo. Mi primo pequeño falleció justo después de navidades, tras perder la batalla contra el cáncer.

—Quería pedirme un favor. Después de lo de Leo, Saúl está descontrolado —me cuenta—.

Ha dejado la universidad, se ha juntado con malas compañías y tiene miedo de que acabe como su hermano por culpa de un cúmulo de malas decisiones.

Está desesperada y ha pensado que, quizá, un cambio de aires le siente bien.

Me ha pedido si puede enviarlo a pasar aquí el verano y empezar de cero y le he dicho que por supuesto.

¿Crees que tu amigo Roy podrá conseguirle algún trabajo?

—Hablaré con él.

La familia de Roy se encuentra entre las de mayor poder adquisitivo del país.

Está al frente de una famosa cadena hotelera internacional.

Aquí en el pueblo, es dueña del hotel, del centro deportivo —que se construyó a raíz de que él tuviera el accidente—, del Rompeolas y de algún que otro negocio más.

Su padre apenas pisa el pueblo, por lo que la gestión de esas propiedades recae en mi amigo.

—Muchas gracias, cariño —me dice y me da un pequeño toque de agradecimiento—. Por cierto, ¿qué tal te va en tu casa? ¿Qué se siente al vivir solo? —pregunta, con una sonrisa cálida.

—Es… raro, pero estoy contento —le explico sin entrar en más detalles, sin aclarar qué o, mejor dicho, quién, hace que califique mis primeros días de independencia como geniales—.

Además, como ves, no acabo de desengancharme de vosotros —bromeo, para intentar rebajar el ambiente, un tanto pesado, después de traer a nuestras mentes el recuerdo de la muerte de Leo.

—Espero que eso no lo hagas nunca, Markel. Siempre podrás contar con nosotros, siempre nos tendrás de tu lado. Y hablando de eso —Su mano busca mi antebrazo y me aprieta, para dar más peso a sus palabras—, Nils os vio —confiesa y me quedo helado—. En la playa, el otro día… —añade.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral. Quiero retirar la mano, huir de ahí, esconderme bajo la mesa. Nunca me he sentido tan expuesto como en este momento.

No hace falta que diga nada más. Sé exactamente a qué se refiere y no es a surfear con Alain, sino a lo que hacemos después, una vez fuera del agua, a esa manera nuestra de quemar la adrenalina que nos sobra chocando contra los labios del otro.

Mi madre sigue hablando porque yo no sé qué decir.

—Sé que siempre has sido el más introvertido de los dos y que estas cosas te cuestan, hijo, pero quería decirte que no nos importa, que el hecho de saber que eres gay no cambia nada, sigues siendo el mismo Markel de siempre.

»Solo quería recordarte que estamos aquí.

La homosexualidad está más normalizada que hace años, sin embargo, aún quedan imbéciles por el mundo y no quiero que eso te afecte, que afecte a los sentimientos que puedas tener hacia ese chico.

Los prejuicios de la gente pueden hacer el amor más duro, más complicado, sé muy bien de lo que hablo —apunta, en referencia a los diecisiete años que le saca a mi padrastro—, pero no quiero que te des por vencido ni que otras personas que no seáis vosotros dos tenga capacidad de decisión sobre vuestra pareja.

»No sabemos si vais en serio o no, solo sabemos que estar con él te hace bien.

Puede que tú no te hayas dado cuenta, pero desde que se cruzó en tu camino, estás más feliz.

A pesar de lo reservado que eres, Nils y yo lo hemos notado —me guiña el ojo, sin perder la sonrisa que me envuelve como un manto en una fría noche de invierno y, poco a poco, me relajo y suelto el aire que ni siquiera era consciente de estar conteniendo.

—Gracias —es lo único que acierto a decir, emocionado por su comprensión y apoyo.

—Tu hermano estará contento de tener menos competencia —me toma el pelo.

—No le digas nada a Luken, quiero hacerlo yo.

—Claro, cariño.

Terminamos de desayunar en silencio, con la sensación de que algo acaba de cambiar entre mi madre y yo, de que esta conversación, de alguna manera, nos ha unido más de lo que ya estábamos y, justo cuando mi hermana Nahia se despierta, he de marcharme a trabajar.

Como la mayoría de los sábados, me toca doblete, como socorrista y en el bar.

Desde primera hora de la mañana, nos vemos obligados a izar la bandera roja. El mar está agitado, con un fuerte oleaje desordenado que hace imposible incluso surfear.

Me encuentro en la torre principal, la más grande, la que está junto a la caseta de primeros auxilios, con la mirada haciendo un barrido general por toda la playa, mientras mi compañero se pasea por la orilla, con el silbato en la boca, advirtiendo a los inconscientes que pretenden adentrarse en el mar.

De pronto, el sonido de alguien estableciendo comunicación por radio hace que me ponga en alerta y enciende todas mis alarmas.

—«Torre 2» a «Torre 1». Necesitamos moto en acantilado, sector norte. Mujer atrapada en roca, acceso imposible desde tierra. Entrad ya.

—Aquí «Torre 1». Soy Markel, vamos para allá —respondo y busco a mi compañero con la mirada, sin localizarlo—. Josu, ¿has oído el aviso? Te necesito en la base —le digo por radio mientras cojo el chaleco y corro hacia la moto.

—Joder, Markel, estoy lejos, voy para allí, espérame —me responde.

—No puedo, entro solo. Pide refuerzos —informo y suelto el cabo que mantiene amarrado el vehículo en la orilla.

Enciendo el motor y acelero a fondo, cortando el agua. Conozco el mar, conozco estas olas, también cuando están cabreadas, como hoy. No obstante, la velocidad hace que sea mucho más complicado manejarlas. La moto salta y mi cuerpo absorbe cada impacto al aterrizar de nuevo sobre el agua.

Conforme voy acercándome al lugar indicado, la veo. Una mujer se agarra como puede al saliente de una roca mientras el mar la zarandea y la cubre por completo con cada estallido de espuma. Temo que, tras la siguiente ola, no vuelva a verla y desaparezca para siempre.

«Son las mismas putas rocas en las que Richi perdió la vida».

El pensamiento se dibuja en mi cabeza y lo expulso de inmediato.

Nada puede distraerme ahora. Disminuyo la velocidad y leo la cadencia caótica entre series, intento definir un patrón y anticiparme a la siguiente.

Tengo que calcular el momento exacto para aproximarme a la mujer.

Soy capaz de distinguir su rostro con los ojos abiertos, presa del pánico y de la desesperación de quien sabe que su tiempo se agota.

Me acerco todo lo que puedo a la roca, intentando que el empuje del agua no haga que la moto se golpee contra ella.

Libero una mano del manillar y la tiendo hacia ella.

La mujer hace lo mismo, pero no llega. Me inclino un poco más, tenso los músculos de mis piernas para mantener la estabilidad y cambio el agarre sobre el manillar para darme unos centímetros más de holgura.

La otra mano, la que la mantiene sujeta a la roca, se resbala y se suelta.

Durante unas décimas de segundo, permanece suspendida en el agua sobre una frágil línea que separa la vida de la muerte, el éxito del fracaso, hasta que consigo atraparla.

Justo en el instante en el que mi mano se aferra a la suya, la siguiente ola estalla a nuestro alrededor, zarandea la moto y nos baña de espuma.

Con la piel mojada, el agarre no es firme, pero ahora que la tengo, no puedo perderla.

Tiro de ella con todas mis fuerzas y la subo de cualquier manera a la moto.

El peso cambia de golpe, el vehículo se descompensa, es golpeado por otra ola y a punto estamos de perder el equilibrio.

Sin embargo, fuerzo todos los músculos de mi cuerpo y consigo estabilizarnos.

Poco a poco, salimos de la zona de peligro hacia mar abierto, el oleaje continúa jugando con nosotros, pero, al menos, no amenaza con hacernos chocar contra las rocas.

Una vez fuera de esa zona crítica, recoloco a la mujer en una posición más cómoda y segura, a mi espalda. Se aferra a mí con uñas y dientes y el pánico, todavía muy presente en ella, hace que su cuerpo tiemble de manera descontrolada.

Poco después, una segunda moto con otros dos compañeros, entre los que se encuentra Josu, se acerca hasta nosotros para ofrecernos soporte.

Levanto el pulgar para indicarles que está todo controlado y me escoltan hacia la orilla, donde nos espera ya una ambulancia, más compañeros y una unidad de policía local.

Los sanitarios ayudan a la mujer a descender de la moto, cuyo cuerpo sigue agarrotado a mi espalda, mientras mis compañeros me echan una mano a mí.

Gracias a la adrenalina del momento, todavía no soy capaz de percibir las consecuencias del esfuerzo físico extremo al que he sometido a mi cuerpo, aunque no me cabe ninguna duda de que, en cuanto baje revoluciones, me va a pasar factura.

La mujer, que a duras penas se mantiene en pie, consigue zafarse de las personas que la atienden y se abalanza sobre mí. Me abraza y rompe a llorar de puro alivio.

—Gracias, gracias —repite sin cesar, con acento extranjero. Tal vez sea holandesa o belga.

—Ya está, ya pasó, todo está bien —intento consolarla mientras tanto el equipo médico como mis propios compañeros permanecen cerca, por si alguno de los dos necesitáramos su ayuda.

«¿Y a cuántos otros «Richis» has salvado?». Las palabras de Alain de hace unas noches me visitan en este instante mientras la sostengo y sonrío, no sé si porque es la respuesta natural de mi cuerpo cada vez que pienso en él o porque esta mujer que tengo entre mis brazos puede contarlo.

Unos minutos después, los sanitarios se la llevan para atenderla con más calma y mis compañeros me felicitan con golpes en la espalda.

Quien no parece tan contento ni tan orgulloso de mí es mi jefe, quien deja a un compañero encargado de mi puesto y me lleva hasta un pequeño despacho que tenemos junto a la base.

Antes de ponerme a rellenar el papeleo, me echa un rapapolvo paternalista por haberme saltado los protocolos y haberme arriesgado a acudir solo al rescate.

Sé que me la he jugado, que podía haber salido mal, pero mi único objetivo era darle algo más de tiempo a esa mujer hasta que llegaran mis compañeros y lo he conseguido.

Su bronca me ha importado lo mismo que me importó la que me cayó después de lanzarme al mar detrás de Richi: nada. Por fortuna, esta vez, el resultado ha sido completamente diferente.

—Hoy le has salvado la vida a esa mujer —me dice, cuando me da permiso para abandonar su despacho—. Buen trabajo, Markel. Aunque, para la próxima, procura seguir las reglas — admite a regañadientes y asiento, aunque ambos sabemos que, en una situación similar, volvería a actuar de la misma forma.

Salgo de allí arrastrando los pies, agotado física y mentalmente. Estoy tan cansado que no caigo en la cuenta de que no he hablado con Alain desde esta mañana, ni siquiera le he mandado un triste mensaje, exceptuando ese a primera hora en el que le advertía del estado del mar.

Y todavía me queda el turno en el Rompeolas.