Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 18 Volar sobre las olas
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CAPÍTULO 18 Volar sobre las olas

Alain

H oy, domingo por la tarde, consigo quitarme la espinita que tengo clavada desde ayer por no haber podido coincidir con Markel, por haberme tenido que conformar con una conversación a destiempo a través de mensajes de texto.

Después de haber compartido una noche memorable, pesadilla incluida, ese escaso contacto que mantuvimos ayer se me queda corto.

Sin embargo, he tenido tiempo de sobra para pensar en lo que sucedió en esas horas que compartimos juntos.

Siento que ese momento de confesiones tan íntimo nos ha unido mucho más de lo que lo hizo mezclar nuestros cuerpos desnudos, entre besos y caricias.

Markel es una persona que se desvive por los demás, pero que, cuando se refiere a sí mismo, es muy reservado y le cuesta abrirse.

Que me haya elegido a mí para eso me produce un pellizquito en el pecho de lo más agradable.

Aunque hoy también le toca trabajar, su jornada no tiene nada que ver con la paliza que se pegó ayer. Solo le toca currar en la playa y su turno acaba antes, por lo que hemos quedado en nuestro lugar de siempre para coger unas olas.

Ayer fue un día raro en ese aspecto. Me he acostumbrado tanto a su compañía, a pesar de que hay días que ni siquiera se pone de pie en la tabla, que me resultó extraño entrar al mar sin él y no se debía al pánico a no sentir nada, como me pasaba hace unas semanas.

Creo que ese punto, de alguna manera, ya se ha resuelto, que él me ha curado gracias a esa conjunción tan brutal que tiene con el océano, como si cada vez que se sube a una tabla, su sangre se volviera agua salada y se diluyera hasta ser uno con el mar.

Su motivación poco o nada tiene que ver con quedar en los primeros puestos en una competición de alto nivel, va más allá, una emoción primitiva que te corre por las venas, una sensación de pura libertad en medio del control.

Gracias a él, he recordado el verdadero motivo por el que amo este deporte.

¿Quién quiere tocar el cielo pudiendo volar sobre las olas?

Era, más bien, la sensación de estar invadiendo un territorio sagrado, de ser un intruso en las aguas del Cantábrico.

Al fin y al cabo, esta es su playa, porque puede que haya cientos o miles de surfistas que visiten estas costas al cabo de un año, pero no hay duda de que estas olas le pertenecen a él.

Esta mañana ya he tenido mi sesión diaria, no obstante, no me importa repetir, y mucho menos, con su compañía.

Por si eso fuera poco, el estado del oleaje acompaña.

El viento sopla de tierra hacia el mar, lo que llamamos offshore , que frena la caída de la ola, retrasa el momento en el que rompe y limpia la pared de agua, lo que se traduce en mejores olas.

Llego al punto de reunión antes de tiempo, ansioso, con los nervios hormigueándome en la piel.

Con la tabla bajo el brazo, estudio la cadencia entre olas mientras espero a que Markel se una a mí.

Parezco un cachorro al que su dueño ha dejado solo durante horas y lo recibe con entusiasmo.

Solo me falta menear el rabo en cuanto lo veo aparecer en mi campo visual, aunque, para ser sincero, he de confesar que esa parte de mi anatomía no permanece indiferente ante su llegada.

El atardecer está a punto de caer y apenas queda gente en la playa, a excepción de algún que otro corredor y un par de personas que pasean a sus mascotas.

Los escasos surfistas que hay dentro del agua han terminado ya su sesión y nos ceden el testigo.

El sol roza el horizonte y las líneas llegan ordenadas desde mar abierto.

Cada serie levanta paredes limpias de alrededor de dos metros, que se tiñen de oro durante unos segundos antes de romper, y yo soy el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra al poder disfrutar de esto.

Miro a Markel y le guiño el ojo con una sonrisa cómplice. El mar es solo nuestro, se presenta ante nosotros en su mejor momento, como si fuera el invitado de lujo a una fiesta de gala —cuando en realidad es el anfitrión—, y vamos a aprovecharlo.

Echamos a correr casi al mismo tiempo, como si alguien hubiera dado el pistoletazo de salida.

Cuando el agua me llega a medio muslo, coloco la tabla, me tumbo sobre ella y empiezo a remar.

A mi lado, muy cerca, tanto que si estiro el brazo puedo tocarlo, pero sin llegar a molestarme, se encuentra Markel.

Entre brazada y brazada, compartimos una mirada que dice más que mil palabras y una sonrisa de emoción contenida.

Esquivamos unas cuantas olas hasta llegar al lugar perfecto y nos ponemos de pie. No nos disputamos las olas, las compartimos. Algunas llevan su nombre, otras el mío e, incluso, hay varias que llevan el de los dos, que cabalgamos dejando un espacio entre ambos.

No hay necesidad de hablar. Aquí dentro, entre Markel y yo, nunca la ha habido.

Nos entendemos a la perfección desde el primer momento.

Basta con una mirada, con un gesto de la cabeza.

A veces, ni eso. Somos capaces de predecir cuál va a ser nuestro próximo movimiento, como si nuestras conexiones neuronales se extendieran por el agua y llegaran hasta el otro, como si estuviéramos unidos por un cordón.

Nuestra sintonía rebasa cualquier posible explicación.

Uno sube mientras el otro baja, separados por apenas unos metros, trazando líneas gemelas sobre paredes de agua que parecen haber sido creadas para nosotros. No hay envidia ni celos porque alguno haya conseguido realizar un truco que el otro perseguía, solo existe un orgullo mutuo.

Aplaudo cuando encadena varias maniobras con giros potentes que levantan una cortina de agua pulverizada, él celebra mi aéreo de ciento ochenta grados y ambos nos partimos de risa cuando no conseguimos pillar a tiempo una ola y esta nos lanza al agua, como si ella también quisiera divertirse con nosotros.

Seguimos así durante un buen rato. Poco importa que nuestros músculos protesten, solo ponemos punto y final a una jornada épica cuando la visibilidad empieza a reducirse.

Mientras remamos de regreso a la orilla, nuestras tablas se acercan y chocan de una forma suave, como una extensión de nosotros mismos.

Son ellas las primeras que manifiestan esa necesidad de tocarnos que nos arde bajo la piel, que se mezcla con la adrenalina que todavía inunda nuestro torrente sanguíneo y la multiplica por mil.

—¡Ha sido una pasada! —exclamo, eufórico, cuando ponemos un pie sobre la arena y me masajeo el hombro, que no duele, pero noto algo cargado.

—Sí, hacemos un gran equipo —apunta Markel y nos damos el típico abrazo de camaradas que han compartido un momento único con una mano, mientras la otra sujeta la tabla.

He tenido cientos o miles de estos, pero con Markel se siente diferente. Todo se siente diferente, más intenso, más profundo, como una ola que rompe directamente sobre mi pecho.

—Y una mejor pareja —añado, con picardía, mientras mis ojos se lo comen.

Y el mundo se detiene. El mar se paraliza mientras el rostro de Markel se acerca al mío, con gotas de agua prendidas a sus pestañas, la boca entreabierta y la respiración agitada.

Lo hace despacio, a cámara lenta, me deja ver sus intenciones, como esa ola que se forma lejos y se aproxima mientras crece.

La misma tensión y el mismo anhelo que siento entonces, se me instaura en el pecho mientras su aliento, dulce y salado, cálido y refrescante, me golpea el rostro.

Esta vez no me subo a la ola, simplemente dejo que arrase conmigo, que me hunda para luego volver a impulsarme hacia fuera, tan fuerte, tan alto que, por un instante, dejo de percibir el tacto de la arena bajo mis pies. Solo soy capaz de sentir su boca.

Las tablas caen al suelo, enganchadas todavía a nuestro pie y son acunadas por el mar.

Sus dedos se aprietan contra mi cintura, mis manos se enredan entre sus cabellos mojados, mientras nuestras lenguas se funden juntas como la espuma de mar.

De fondo, el sonido de las olas, alguna que otra gaviota y nuestros corazones latiendo a un ritmo desbocado.

Cuando Markel se da cuenta del lugar en el que estamos, de que cualquiera puede vernos, se separa de mí, nervioso, y mira a su alrededor para comprobar cuánta gente ha podido ser testigo de su acto impulsivo. Yo lo imito.

Al parecer, nuestra muestra de afecto ha pasado desapercibida.

Apenas queda gente en la playa, menos aún que cuando nos hemos adentrado en el agua, y nadie parece prestarnos atención.

Conforme con eso, vuelve a unir sus labios a los míos.

Nuestro beso pasa de ser algo explosivo a un roce lánguido, casi perezoso.

—Deberíamos irnos —comenta y se separa de mí.

Sin embargo, ambos sabemos que no es el final, sino solo una pausa, una promesa silenciosa de que lo mejor está por llegar.

—¿A tu casa o a la mía?

A las dos.

A partir de ese día iniciamos una especie de rutina —y bendita rutina— que no solo incluye el surf.

El martes por fin le traen los muebles, coincidiendo con sus dos días libres, por lo que pasamos buena parte de ese tiempo en su apartamento, con la puerta de la terraza abierta para escuchar, de fondo, el sonido del mar que rompe bajo nosotros y que, a pesar de estar entre estas cuatro paredes, hace que nos sintamos al aire libre.

Puede que el surf se nos dé bien, pero está claro que el bricolaje no es lo nuestro. Nos sobran piezas, los ángulos rectos tardan varios intentos en formar noventa grados… Aun así, resulta ameno y divertido.

No faltan las bromas, las pullas entre nosotros, los piques por demostrar quién es más torpe de los dos y, para qué negarlo, entre clavo y clavo se nos escapa algún que otro beso o una caricia que hace que la temperatura suba y que, durante unos minutos nos olvidemos de que estamos montando una estantería para construir algo más grande, algo que no se ve a simple vista.

Tanto trabajo, tanto esfuerzo se merece una recompensa que, en nuestro caso, viene en forma de pasar la noche juntos. Por fin hay una cama bajo su colchón y tenemos que estrenarla y qué mejor manera de hacerlo que con nuestros cuerpos enredados, desnudos y satisfechos.

A esa noche le siguen otras, muchas en su recién amueblado piso, otras, directamente en mi furgo , donde compensamos la falta de espacio con estar muy juntos y coger las primeras olas después del amanecer.

Tenemos que compatibilizar nuestra relación —ahora sí que me atrevo a llamarlo así, aunque tenga que decirlo en voz baja para que nadie más nos oiga— con sus dos trabajos y el resto de mi puesta a punto en el gimnasio.

Todavía no hemos llegado a dar ese otro paso, a esa primera vez que nos falta, aunque cada vez siento que está más cerca. Solo espero que sea antes de que tenga que marcharme.

Nuestra complicidad bajo las sábanas cada vez es mayor y va llegando al mismo nivel que la que tenemos sobre las olas.

He memorizado su piel de tal forma que sé qué puntos tengo que tocar, y de qué manera, para hacer que el pulso se le dispare y su respiración se agite antes de estallar por los aires, casi con la misma precisión con la que él conoce su mar.

Él, por su parte, tímido cuando empezamos, como si estuviera pidiendo permiso para hacer lo que más deseaba, muchas veces toma la iniciativa y prende la mecha incendiaria que culmina con mi voz ronca gritando su nombre.

Todo es perfecto, salvo el hecho de que el calendario sigue avanzando. Junio agota sus últimos días y cuando pasemos a la siguiente hoja, tendré que irme.