Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 17 Mi puto ídolo
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CAPÍTULO 17 Mi puto ídolo

Markel

E l sonido de la ducha y una canción en francés, amortiguada por el ruido del agua, me despierta antes de que lo haga la alarma del móvil.

Una sonrisa se me dibuja en el rostro al reconocer la voz de Alain en esas estrofas que no conozco.

Me pellizco, a escondidas, porque todavía no me creo que esto sea real.

Siento que esta noche ha supuesto un antes y un después en nuestra relación.

No somos solo dos tíos que comparten su pasión por el surf y que se atraen de una manera devastadora.

Tampoco somos solo dos amigos. Somos algo más, mucho más.

Le podría poner un nombre, pero siento que las palabras se me quedan cortas para expresarlo.

Ayer tuve una de mis crisis, una de esas pesadillas tan fuertes que hasta me olvidé de respirar. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, no tuve que afrontarla solo y Alain me enseñó cómo volver a hacerlo, con sus manos apoyadas en mi pecho y acompañándome en mi ansiedad.

Supe que le debía una explicación y decidí abrirme a él.

Me costó hacerlo, no estoy acostumbrado a bajar todas las defensas y dejar que alguien se cuele dentro.

Me dolió arrancarme cada capa de piel y mostrarme completamente desnudo —y no en sentido literal, eso ya había sucedido horas antes— y vulnerable.

No obstante, el resultado fue liberador, como si me hubiera desprendido de gran parte de una carga que no me correspondía llevar sobre mis hombros.

Después de la conversación que tuvimos, he dormido como un bebé.

La curiosidad por volver a verlo desnudo me puede y voy directo hacia allí, renunciando a los últimos minutos envuelto en unas sábanas que huelen a él, a nosotros. La puerta del baño está abierta y me asomo con sigilo, como un vecino cotilla.

Está de espaldas, como aquella primera vez en Hossegor. La mampara de cristal transparente me regala una estupenda panorámica de su culo que no le resulta indiferente a mi cuerpo. Debo de hacer algún ruido que me delata, porque no tarda en girarse.

Está empalmado y era lo único que me hacía falta para que mi polla se tense y se alce en una erección completa.

Mis ojos van a parar, sin disimulo, a esa parte de su anatomía.

En cuanto Alain ve mi reacción, una sonrisa pícara se apodera de su rostro y lleva su mano justo a ese punto que tiene eclipsada toda mi atención.

—El roce contra tu culo me estaba poniendo malo —se justifica mientras empieza a acariciarse de forma perezosa, sin cohibirse por tener público o, tal vez, de forma provocadora por eso mismo.

Mi excitación debe de tener un interruptor que se activa solo con la voz de Alain. Bueno, puede que lo que acaba de decir también tenga algo que ver. O su mano dándose placer.

—¿Vienes? —me invita.

—Llegaré tarde a trabajar —me opongo, poco convencido, con unas ganas atroces de imitar lo que está haciendo.

—Al contrario, después de lo de ayer, necesitas una ducha y si lo hacemos juntos, ahorraremos tiempo. Y agua.

—No sabía que eras ecologista —le rebato, aunque ya he empezado a quitarme la poca ropa que llevo.

Alain deja de tocarse para darme la bienvenida bajo el grifo de agua caliente. Sus manos cambian a mi cintura, las mías lo imitan y nos acercamos tanto el uno al otro que al agua le cuesta colarse entre nosotros.

Nuestros labios se juntan sin pedir permiso y no es lo único de nuestro cuerpo que se roza.

—Creo que ambos necesitamos una pequeña ayuda con esto —me dice mientras empuja sus caderas contra las mías. Su voz se ha vuelto más oscura y a mí, de repente, se me ha secado la garganta.

Ambos actuamos de la misma forma, como si nos estuviéramos viendo reflejados en un espejo.

Nuestra mano derecha se cierra alrededor de nuestro propio tronco y empieza a moverse en busca de algo de alivio para esa tensión acumulada.

Tan cerca, tan juntos que dedos y pollas se mezclan hasta el punto de no saber quién está dando placer a quién.

Sincronizados, aceleramos el ritmo al mismo tiempo que nuestras respiraciones se agitan y el pequeño cubículo de la ducha se inunda con nuestros gemidos.

Poso mi frente contra la suya porque, conforme voy acercándome al borde del precipicio, siento que todo a mi alrededor empieza a dar vueltas y necesito un punto de apoyo para estabilizarme.

Quién mejor que él para sostenerme, tal y como hizo anoche.

Nos corremos a la vez, como si fuéramos dos partes de un todo que, después de mucho tiempo separadas, vuelven a unirse. Su semen y el mío, mezclados, se escurren entre nuestros dedos. El agua que sigue cayendo sobre nosotros, aunque hace ya unos minutos que no la notaba, se encarga de limpiarnos.

—Joder —exclamo, con la voz entrecortada, como un buen resumen de todas las sensaciones abrumadoras que me embargan, con las piernas temblando.

—Sí, joder —corrobora Alain, con una sonrisa de las suyas, de esas que me desnudan hasta el alma.

La molesta alarma del móvil me recuerda que tengo que salir de esta burbuja de agua y deseo y regresar al mundo real.

—Oh, mierda —añado al darme cuenta, tras mirar el reloj, de que es la segunda, la que suena diez minutos después de que lo haga la primera, que ni siquiera he escuchado—.

Voy a llegar tarde. ¿Qué vas a hacer hoy?

—me intereso mientras salgo de forma atropellada de la ducha y empiezo a secarme con una toalla.

—Lo de siempre, un poco de olas y gimnasio. Bueno, puede que adopte esa costumbre tan típicamente española de la siesta. He dormido poco —añade y me guiña el ojo.

Diez minutos después, los dos nos encontramos vestidos con la ropa de ayer frente a la puerta de mi apartamento.

Justo antes de abrirla, busco sus labios ya que no sé cuándo voy a volver a probarlos.

Alargamos el beso todo lo que podemos antes de regresar a ese mundo que compartimos con otras personas.

Una vez en la calle, caminamos juntos unos metros, hasta que nuestros caminos se separan. Yo tengo que pasar antes por la casa de mis padres para cambiarme de ropa y él se dirige hacia el parking en el que se encuentra su furgoneta.

—Hablamos —me despido, porque ese «hablamos» suena mucho mejor que un adiós, suena casi a promesa.

Mis ojos se quedan enganchados a los suyos, con la misma intensidad con la que antes lo estaban nuestras bocas, pero sin que nadie que nos vea sepa lo que pasa entre nosotros.

—Qué, ¿ya has estrenado tu piso? —me pregunta Nils en cuanto abro la puerta de su casa.

Aunque sé que no va con segundas, que no hay ninguna mala intención en sus palabras, recordar «el estreno» eriza hasta el último poro de mi piel.

—Sí, aproveché la tarde libre para organizar los armarios de la cocina. Se me hizo tarde y me dio pereza volver. —Le suelto la excusa que he pensado después de que Alain haya desaparecido de mi vista. Me estoy volviendo todo un experto en pequeñas mentiras.

—¿Y qué tal es eso de dormir en tu propia casa?

—Bien, aunque estaría mucho mejor si debajo del colchón hubiera una cama —bromeo y ambos nos reímos, lo que consigue que me relaje.

—Supongo que, a partir de ahora, me quedaré más en el piso —les informo para que no se preocupen si alguna otra noche, como ha sucedido hoy, no regreso a dormir a casa.

—Otro pájaro que echa a volar del nido —se lamenta mi madre—. Al menos, tú te quedas en el pueblo.

—Cuando Luken acabe su aventura australiana volverá a casa —le digo para consolarla.

—No lo tengo tan claro. Por cierto, ¿has hablado con él?

—Solo algún que otro mensaje. Es difícil cuadrar horarios —confieso y anoto mentalmente la tarea de pegarle un toque a mi mellizo—. Bueno, todavía te queda Nahia. A la peque aún le quedan muchos años antes de que le empiecen a crecer las alas.

—Eso espero —suspira mi madre mientras da vueltas a la cucharilla dentro de su taza de café.

—Tengo que irme —me despido, y acabo de desayunar con prisas para no llegar tarde a mi puesto de trabajo.

Antes de preparar todo e izar la bandera, echo un primer vistazo a la playa y a las condiciones del mar.

Aunque el coordinador nos ha indicado que empezamos el día con una bandera amarilla, prefiero comprobarlo por mí mismo.

Mis ojos se van hacia un grupo de surfistas, concretamente se detienen en uno que acaba de entrar en el mar.

No necesito nada más para reconocerlo que el redoble que ha hecho mi corazón en cuanto lo ha visto.

Caigo en la cuenta de que es la primera vez que surfea sin mí desde que iniciamos su «terapia» y cojo el móvil con la intención de escribirle un mensaje, aunque sé que no lo leerá hasta dentro de varias horas.

En cuanto desbloqueo la pantalla, veo que alguien se me ha adelantado:

Simplemente Alain:

Que tengas un buen día.

La hora de envío es tan solo un par de minutos después de habernos despedido.

Se me dibuja una sonrisa al comprobar que, efectivamente, guardó su contacto en mi agenda así: «Simplemente Alain». Joder, simplemente. No se hace una idea de lo que ha supuesto su llegada a mi vida, le ha dado tres vueltas y la ha puesto a girar en el sentido correcto.

Markel

Tú también

Le respondo, antes de dejar el teléfono dentro de la riñonera, en la que tengo también las llaves de casa, en una esquina de la torre y regresar a mi trabajo.

Sin descuidar la atención en el resto de la gente que puebla hoy la playa, mis ojos lo siguen de vez en cuando.

Desde la visión precaria que me ofrece mi posición, a unos doscientos metros de él, no detecto ninguna carencia en el manejo de la tabla, aunque las olas son suaves y no le están permitiendo lucirse.

No obstante, sigue siendo tan perfecto como siempre.

Markel:

¿Qué tal ha ido? ¿Te ha tratado bien el océano hoy?

Vuelvo a escribirle cuando termina un día tranquilo en la playa, justo antes de ir a casa de mis padres para darme una ducha, cambiarme de ropa y ponerme el uniforme del Rompeolas. Con suerte, puede que me dé tiempo a cenar algo.

Simplemente Alain

No ha estado mal, aunque prefiero tener tus ojos observándome, a ver si así consigues aprender algo.

Me lo imagino diciéndome eso mismo, con chulería, y se me escapa una carcajada.

Markel

¿Dónde andas?

Me intereso, con la intención de dar un pequeño rodeo, solo por verlo durante unos pocos minutos. Sin embargo, la jugada no me sale bien.

Simplemente Alain

Dándole duro en el gym. ¿Vas para el bar?

Markel

Sí

Simplemente Alain

Que te sea leve

Markel

👍

Sus palabras de ánimo me dan suerte y, pocos minutos después de las dos de la madrugada, con el bar casi vacío, el jefe me manda para casa.

Tengo un último mensaje suyo, de hace unos cuarenta minutos, lo que vuelve a quitarme la idea de pasar por el parking donde está estacionado.

Simplemente Alain

Me he dado una buena paliza en el gym.

Estoy muerto. Me voy a dormir ya.

Hasta mañana, Markel, nos vemos.

En vez de cruzar por el paseo para llegar a casa, doy un rodeo por la arena y aprovecho para llamar a mi hermano. Si no me fallan las cuentas, allí serán las diez de la mañana.

—¿Qué hay, Zape? —me responde su voz alegre al otro lado—. ¿Qué hora es allí?

—Las dos de la mañana, acabo de salir del bar —le aclaro—. ¿Cómo te va por tierras australianas?

—El océano aquí es una puta pasada. Y las olas te encantarían, hermanito —me dice y yo me muero un poquito de envidia—. Y tú, ¿qué tal por allá?

—Ya sabes, como siempre —contesto, esquivo, aunque estas últimas semanas no tienen nada de ese «como siempre»—. Oye, por cierto, Luken, ¿alguna vez piensas en lo que pasó? Con Richi, me refiero —le pregunto, siguiendo el consejo de Alain.

—¿Todavía estás con eso?

—Ya ves —me encojo de hombros, aunque no pueda verme.

—Mira, Markel, Richi era un gilipollas con un ego muy grande y pocas neuronas y, aunque saliera mal, aquel día fuiste un auténtico héroe. Siempre te he admirado, hermanito, pero después de eso, te convertiste en mi puto ídolo.

No estoy acostumbrado a que me digan cosas así, mucho menos si provienen de él, un líder nato que adoptó el papel de hermano mayor, a pesar de que solo me saca tres minutos, y a quien llevo admirando desde que tengo uso de razón.

Abrumado, cambio de tema mientras intento asimilar las palabras de mi mellizo y recurro a su fama de ligón, aunque Luken es mucho más que eso.

—Bueno, y con las chicas, ¿qué tal? ¿Te deja tu beca tiempo para sembrar el caos en el otro lado del mundo? —bromeo, con el pecho todavía encogido por su confesión de antes.

—Eh, sí, bien, ya me conoces —me suelta, aunque la respuesta no le sale natural, como si tuviera dudas o como si estuviera reservando para sí mismo parte de la información—. ¿Y tú? ¿Has aprovechado que tu mellizo se ha marchado a más de diecisiete mil kilómetros para coger el testigo?

Las imágenes de Alain y yo, enredados sobre las sábanas revueltas de mi colchón, con nuestros cuerpos semidesnudos, explorándonos a placer, acuden a mi mente y tardo unos segundos de más en responder.

—No, qué va, ya me conoces —le devuelvo, usando la misma expresión que ha utilizado él, mientras un calor asciende desde la parte baja de mi estómago.

«Tal vez va siendo hora de que me conozcas mejor, Zipi», pienso.