CAPÍTULO 16 Esas otras primeras veces
Alain
M i compañero de cama se revuelve intranquilo.
Cuando se levanta, de forma brusca, y el colchón se queda frío a mi lado termino de ubicarme y recuerdo que estoy en casa de Markel, después de haber pasado una tarde memorable juntos.
Sin embargo, algo no va bien y espero que no sea por algo de lo que hice ayer.
Markel camina a paso apresurado, como si huyera de algo o de alguien hasta llegar al pequeño balcón de su apartamento. Se asoma y se agarra con tanta fuerza a la barandilla que, por un momento, se me cruza por la cabeza que pueda saltar.
Su pecho se eleva, agitado, intentando atrapar el aire del exterior con bocanadas desesperadas, como si le costara respirar.
—Markel, ¿te encuentras bien? ¿Necesitas que te lleve al hospital? —le pregunto, más acojonado de lo que he estado en mucho tiempo, y me acerco a él por la espalda, con cautela, sin atreverme a tocarlo, pero deseando con todas mis fuerzas hacerlo.
Mi voz parece llamar de algún modo su atención y gira la cabeza hacia mí, como si acabara de despertar de un mal sueño, de uno del que no consigue desprenderse del todo.
Ahora que está de frente y veo su expresión asustada, me doy cuenta de que lo más probable es que esté sufriendo un ataque de pánico, aunque no soy un experto en la materia.
—Alain… —Mi nombre escapa de sus labios en un jadeo ahogado, de una forma que nada tiene que ver con los sonidos que le robaba hace unas horas en su colchón.
Lo rodeo desde atrás y apoyo su espalda contra mi pecho.
Quiero ser el pilar que lo sostenga ahora que parece frágil y a punto de caer.
Su piel está bañada en un sudor frío, su corazón late desbocado y sigue sin poder llenar los pulmones de oxígeno, como si tuviera una barrera infranqueable que se lo impidiera.
—Respira conmigo —susurro cerca de su oído y, con las manos sobre su pecho, lo invito a acompañar mis propios movimientos—. Coge aire, despacio. Muy bien, así. Ahora, suéltalo —lo guío, una y otra vez.
Poco a poco, parece que su pulso se va calmando y consigue volver a respirar sin dificultad. Aun así, no lo suelto. Sigo abrazado a su espalda, con la barbilla apoyada en su hombro.
—¿Estás mejor? —me intereso al cabo de unos minutos en los que el sonido que domina la madrugada ya no es su respiración errática, sino el suave oleaje del mar. Él asiente—. Me has dado un susto de muerte —confieso, casi rozando con los labios la piel de su cuello.
—Lo siento —se disculpa—. Ha sido solo una pesadilla, una tan real que a veces olvido que no soy yo quien se ahoga.
Sus palabras, pronunciadas sin que apenas se dé cuenta, como si se le hubieran escapado sin querer, disparan todas mis alarmas.
—¿Quieres hablar de ello? — indago, con prudencia, muy consciente de que me estoy adentrando en terreno pantanoso.
—Puede que en otro momento —Como ya me temía, Markel esquiva la pregunta, se zafa de mis brazos y vuelve al interior de la casa—. Necesito un poco de agua.
Le concedo un poco de espacio y lo sigo dentro. Abre un armario, saca un vaso, lo llena de agua del grifo y se lo bebe casi de un trago.
—¿Quieres algo? ¿Tienes hambre? Ayer al final nos quedamos dormidos sin cenar. Creo que algo tengo por la nevera —suelta de manera atropellada, intentando aparentar normalidad cuando a todas luces se ve que sigue alterado, y empieza a trastear en la cocina.
—Lo cierto es que tengo un poco de hambre —admito cuando me rugen las tripas, como si hubieran escuchado las palabras de Markel, y me dispongo a echarle una mano.
Aunque la preocupación sigue corriendo por mis venas, dejo pasar lo sucedido.
Está claro que lo que sea que lo ha atormentado en sueños es un episodio de su vida que tiene cerrado bajo llave.
Tal vez, con el tiempo, cuando tenga la suficiente confianza en mí, me haga entrega del objeto que abre ese candado.
Entre los dos, preparamos un par de sándwiches.
Aunque sigue existiendo parte de esa complicidad que hemos compartido sobre la cama, lo acontecido hace unos minutos lo enturbia, como una molesta presencia de la que daría lo que fuera por desprenderme.
Cogemos un par de latas de refresco y, con el bocadillo en un plato, nos quedamos mirando el colchón que hay sobre el suelo.
No hay ningún otro sitio en el que podamos sentarnos.
—Las sillas también llegarán la semana que viene. O eso espero —justifica de nuevo la ausencia de mobiliario.
—¿Vamos fuera? —le propongo, y señalo la pequeña mesa que hay en la terraza, con las únicas dos sillas que tiene en casa.
—Sí, pero será mejor que nos vistamos antes —apunta él con acierto, ya que él sigue sin camiseta y yo solo con la ropa interior.
Comemos en silencio, ambos con la mirada perdida en el mar, que parece tenernos hipnotizados.
Y así continuamos unos minutos después de que hayamos acabado nuestro improvisado tentempié de madrugada, en una postura algo más cómoda, él repantingado sobre su silla y yo con mis pies en alto, apoyados en la barandilla del balcón.
—Gracias por lo de antes —dice él, rompiéndolo al cabo de un rato.
—No hay de qué. También puedo ser esas otras primeras veces para ti, Markel —apunto, y le doy a entender que no solo soy quien le está ayudando a descubrir su sexualidad y a disfrutar de ella. Puede confiar en mí y contar conmigo para esas partes no tan bonitas.
Pienso que la cosa va a quedar ahí hasta que, al cabo de tres o cuatro minutos, Markel vuelve a hablar.
—Él fue la razón de que abandonara el surf de competición —me suelta. Una frase, en principio, sin mucho sentido para mí, sobre la que mi cabeza va fabricando varias teorías. Al menos, es un comienzo.
Bajo los pies de la barandilla y me giro hacia él, en una postura que dice a todas luces que tiene mi completa atención, para animarle a que siga hablando.
Me cuenta la historia de un tal Richi, un chaval que solía pasar las vacaciones en su pueblo, y su trágico final. Un adolescente que se creyó invencible, le perdió el respeto al mar y acabó ahogándose en sus propias palabras.
Conforme avanza su relato, su voz se oscurece, tiembla un poco y se rompe.
—Me lancé tras él. Yo conocía cada rincón de esa playa. Conocía ese mar, su furia y sus corrientes traicioneras mejor que la palma de mi mano, pero no pude hacer nada, salvo arrastrar su cuerpo hasta la orilla. No pudimos reanimarlo, no sabíamos cómo hacerlo —prosigue.
—No fue culpa tuya, hiciste todo lo que pudiste —intento animarlo y, aunque suene a la típica frase que se dice en estos casos, sé que, esta vez, es cierta. No necesito conocer mucho más a Markel para saber que es de los que se deja la piel en todo lo que hace.
—Ese es el puto problema. Que no pude hacer nada más porque no tenía ni idea de cómo hacerlo —me rebate, con cierto punto de rabia.
—Por eso te hiciste socorrista. —No es una pregunta, sino una afirmación, la conclusión firme a la que he llegado tras atar cabos.
Markel asiente. Dejó aparcada su carrera en el surf para poder salvar a otras personas.
—Lo más gracioso es que ni siquiera me caía bien. Sin embargo, cuatro años después, su muerte todavía me pesa y me atormenta en sueños —añade con una sonrisa apesadumbrada.
Quiero abrazarlo. Joder, necesito hacerlo, pero en lugar de eso, busco su mano y la estrecho entre las mías. Quiero que sepa que estoy aquí, y que no lo voy a dejar caer. Nunca.
—¿Has hablado de esto con alguien? ¿De lo que sientes? ¿De tus pesadillas? —me intereso.
—Estuve un par de años con una psicóloga a la que todavía visito de vez en cuando y mis padres algo saben —me contesta y lo hace de forma tan esquiva que no sé hasta qué punto tendrán conocimiento de su situación.
Creo, sin miedo a equivocarme, que con ellos no se ha abierto tanto como acaba de hacer conmigo.
—¿Y con los que estuvieron allí contigo? ¿Con tus colegas? —Niega con la cabeza—. Tal vez deberías hacerlo.
Nos quedamos de nuevo en silencio, nuestros ojos regresan al Cantábrico que se extiende bajo nosotros y dejamos que su arrullo nos calme. O puede que no sea el mar quien lo haga, sino nuestras manos que siguen unidas como si fuera algo completamente natural.
—Fuiste muy valiente, Markel —le suelto al cabo de unos minutos en los que puede que él estuviera perdido en sus pensamientos.
Yo, en cambio, he estado analizando nuestra conversación.
Me interroga con la mirada como si no comprendiera por dónde voy—.
Renunciaste a tu sueño para ayudar a los demás.
Puede que a Richi no lo salvaras, pero, dime, ¿a cuántos «Richis» has salvado después?
—Nunca lo había visto desde ese punto de vista —me dice y percibo cierto alivio en su voz, como si se hubiera quitado un gran peso de encima—. Es tarde y mañana me espera un día duro. Será mejor que vuelva a la cama —anuncia—. Tengo doblete en la playa y en el bar —me explica.
Una punzada me atraviesa el pecho al darme cuenta de que apenas voy a poder estar con él, lo que me hace ser consciente de hasta qué punto Markel se me ha metido bajo la piel. Por suerte, todavía quedan varias horas para eso.
—Vamos. —Me levanto de la silla y lo arrastro de vuelta al interior del apartamento.
Me dejo caer sobre el colchón, con las sábanas más revueltas de lo que recordaba y lo invito a que se una a mí. Me da igual que la ropa de cama esté hecha un asco porque somos nosotros. Son las huellas de lo que está empezando a surgir entre ambos.
Markel se tiende junto a mí, se gira, de lado y me da la espalda.
Como si entre sus dorsales hubiera un imán, mi cuerpo se ve atraído hacia él.
La fuerza de la gravedad se vuelve ridícula en comparación con el magnetismo que ejerce sobre mí.
Sus formas se acoplan de manera tan perfecta a las mías que hasta dudo de que no hayan sido diseñadas para encajar así, como las piezas troqueladas de un puzle.
Mi brazo lo rodea y lo atrae todavía más hacia mí, como si pretendiera fundirme con él. Su aroma a sal, a mar, me acaricia el interior de las fosas nasales y me empuja hacia el sueño. Por la forma en la que suena su voz cuando vuelve a hablar, sé que también me va a acompañar.
—Alain, ¿qué somos? —me pregunta mientras sus dedos se entrelazan de nuevo con los míos.
—Lo que tú quieras que seamos.