CAPÍTULO 15 Solo hasta donde tú quieras #2
Joder, no me creo que lo tenga sobre mi cama, bueno, sobre mi colchón, desnudo. Tampoco me creo lo que está a punto de pasar, lo que le estoy haciendo.
Cada sonido que escapa de su garganta es música para mis oídos y tiene conexión directa con mi polla que, a pesar de haberse descargado hace tan solo unos minutos, vuelve a despertarse.
—Markel, voy a correrme —anuncia Alain y esa es justo la frase que necesito para que mi verga de un tirón y la erección sea completa.
Acelero mis movimientos, como si fuera el esprint final de una carrera, ansioso por cruzar la meta, expectante ante el inminente final.
La mano de Alain vuelve a unirse a la mía, entrelaza los dedos con los míos, en una de las caricias más íntimas y sensuales que he experimentado en mi vida, y apenas unos segundos después, su semen se escurre entre nuestros dedos.
Me dejo caer a su lado, con nuestras manos todavía rodeando su miembro y las miradas engarzadas.
Una película de sudor cubre el espectacular cuerpo de Alain y se me contrae el pecho ante la idea de que, al menos por esta tarde, él es mío.
Y yo soy suyo. Su tórax sigue agitado, mientras intenta recuperar el ritmo normal de su respiración.
Sus ojos caen con lascivia sobre mi cuerpo y van a parar a mi polla, que se asoma dura y caliente por el borde de la ropa interior. Alain se muerde el labio inferior y me sonríe con picardía.
—¿Te excita darme placer, Markel? —me pregunta con la voz ronca, raspándome las entrañas.
A la vista está que no hace falta que le responda a eso.
Lleva nuestras manos, todavía unidas, a sus labios y lame los restos del líquido viscoso que las manchan. Alain sabe exactamente qué teclas tiene que tocar para ponerme a mil.
—A mí también —añade y se abalanza sobre mi cuerpo como un depredador al acecho.
Besa mi boca, pero no se detiene ahí, continúa su viaje por mi cuerpo en sentido descendente y saborea hasta el último rincón de mi anatomía. Con cada centímetro que su lengua recorre, mi temperatura aumenta un grado y cuando alcanza la línea bajo mi ombligo, estoy a punto de convertirme en fuego.
Me baja un poco más los calzoncillos y exhala su aliento cálido sobre mi polla. Esa caricia sin contacto consigue que se me contraigan hasta los dedos de los pies.
—Solo hasta donde tú quieras —repite, una vez más, con sus ojos azules estudiando mi rostro, y juro que como no haga lo que creo que está a punto de hacer, me voy a morir aquí mismo.
Y si lo hace, también, pero de una forma bien distinta.
No digo nada, no puedo. Sin embargo, de alguna forma, consigo que mi cerebro dé la orden a mi mano para que se mueva hasta su cabeza, deslizo los dedos por su pelo corto, le araño el cuero cabelludo y lo empujo contra mí.
Alain no cede de manera inmediata a mis deseos.
Se toma su tiempo, para mi completa desesperación.
Me mira una vez más, juguetón, antes de lamer muy despacio, toda la longitud de mi tronco.
Después, lleva sus labios hasta el glande, traza círculos sobre la punta, y poco a poco, se la introduce en la boca y me engulle lentamente.
—Oh, dios —mascullo y sin ser dueño de mi cuerpo, mis caderas se elevan contra él y salen al encuentro de su boca para introducirme todavía más hondo.
Él me acoge con facilidad. El calor de su boca húmeda me recibe y estoy a punto de derretirme dentro de ella.
Aunque me gustaría estirar este momento en el tiempo, me resulta imposible.
Cada roce de sus labios contra mi piel sensible me empuja hacia el borde del abismo y, a pesar de que trato de agarrarme a él con uñas y dientes, sé que estoy a punto de caer.
Cuando tengo la certeza de que la siguiente pasada va a hacer que me precipite al vacío, intento apartarlo de mí, ya que no soy capaz de advertirle de otra forma que estoy a punto.
Alain me obedece y retrocede. Su boca me libera, aunque su mano la sustituye, sin dejar de estimularme, mientras me dice:
—No pasa nada, Markel. No te contengas, córrete, déjate ir. Estoy deseando probar tu sabor.
Vuelve a tragarme entero. Esa última fricción es lo que me faltaba para derrumbar todas mis barreras.
Estallo dentro de su boca como un puto volcán y la lava brota en fuertes oleadas que, como buen surfista, Alain no tiene ningún problema en manejar.
Mi cuerpo entero tiembla, de la cabeza a los pies, en el mejor orgasmo que he tenido hasta la fecha.
Alain se separa de mí, se limpia la comisura de la boca con el dorso de la mano, con esa sonrisa pícara esculpida en su rostro que siempre me desarma, y asciende hasta volver a caer sobre el colchón, a mi lado.
Todavía me estoy recuperando, la habitación me da vueltas y el placer rebota contra cada célula de mi cuerpo cuando me abraza y me pregunta:
—¿Estás bien? —Asiento y busca mis labios—. Quiero que pruebes a qué sabes dentro de mi boca, la buena mezcla que hacemos los dos juntos —anuncia y atrapa mis labios de manera posesiva, urgente.
La mezcla de su saliva, la mía y los restos de mi semen resulta curiosa, para nada desagradable, combina el sabor salado con un toque dulce y, de alguna forma, resulta adictiva, porque no puedo dejar de besarlo.
El sopor se cuela entre nosotros como un invitado más en este colchón y los besos se vuelven cada vez más lentos y perezosos. A una mañana en el mar se le suman toda una tarde de sensaciones abrumadoras que no nos dejan indiferente a ninguno de los dos.
Fuera, ya es de noche, no sé en qué momento el sol se ha ocultado ni cuánto tiempo llevamos ya sobre este colchón y no me podría importar menos. No tengo prisa, me encuentro justo en el lugar y con la persona con la que quiero estar.
—Justo acababa de poner sábanas limpias —comento y me entra la risa floja, la misma que tienes en una borrachera, con la única diferencia que lo que me embriaga no es un licor, sino su sabor.
—Pues me parece que vas a tener que cambiarlas y poner una lavadora. Y nosotros, además, vamos a tener que estrenar esa ducha —apunta Alain. Sin embargo, en lugar de levantarse e ir hacia el baño, recupera sus calzoncillos, apoya su frente contra la mía y cierra los ojos.
—Sí, tal vez más tarde —murmuro con una sonrisa lánguida justo antes de quedarme dormido.