Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 15 Solo hasta donde tú quieras
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CAPÍTULO 15 Solo hasta donde tú quieras

Markel

—¿T e masturbaste pensando en mí? —me pregunta, directo, apuntalándome con la mirada. Todavía no he acabado de digerir su última confesión cuando me suelta semejante bomba.

​ Escupo el vino que tenía en la boca y que todavía no me había dado tiempo a tragar mientras noto un calor que enciende mis mejillas. Sumado al que arrastro desde ayer —o desde hace cinco años— y al que me provoca tenerlo cerca, me siento como una olla a punto de alcanzar el nivel de ebullición.

En cambio, él parece tranquilo, impasible, ajeno al terremoto que me sacude la médula espinal. Su postura es relajada, reclinado hacia atrás en la silla, con la copa en la mano, que mueve de vez en cuando para hacer girar la bebida de su interior.

—Yo sí —prosigue, con la naturalidad de quien habla del tiempo, sin darme tiempo a contestar, aunque creo que no le hace falta escuchar una respuesta afirmativa por mi parte para saber que lo hice—.

Dos veces. Ayer, en cuanto te marchaste, con las sábanas todavía oliendo a ti y esta mañana, en cuanto me he despertado.

—Su voz se vuelve oscura, una caricia grave que me vibra bajo la piel.

Es como echar gasolina al fuego.

Ardo. Se me seca la garganta, me burbujea la piel, mi polla da un respingo dentro de mis pantalones y se me funden las pocas neuronas que todavía me funcionaban.

—¿Vamos a mi casa? —le propongo, directo, sin rodeos.

Ahora mismo tengo toda la sangre concentrada en otro punto de mi anatomía, uno que queda por debajo de la cintura, por lo que no pienso bien lo que digo.

Son mis ganas las que toman la palabra en mi lugar.

Llevo demasiadas horas aguantándomelas, con lo que más anhelo al alcance de la mano, pero con una barrera de cristal grueso que me impide llegar hasta ello.

y estoy a punto de romperla. Tarde o temprano, esto tenía que estallar por algún lado.

Alain, sorprendido por mi sugerencia, abre los ojos de manera desorbitada, el azul adquiere el tono del océano profundo, deja la copa sobre la mesa y se inclina hacia delante para prestarme mayor atención.

Enseguida se repone de mi reacción tan impulsiva, tan impropia de mí, y su rostro adopta una expresión pícara.

—¿No vivías con tus padres? —me rebate, socarrón, como si mi cerebro hecho papilla hubiera pasado por alto ese pequeño detalle.

—No, bueno sí, pero no me refiero a esa casa, sino a la mía.

Tengo un pequeño apartamento, todavía a medio amueblar, y aunque no está tan bien situado como el parking en el que tienes aparcada la furgo , también se ve el mar.

Además, los techos son bastante altos —le explico, de manera atropellada, en referencia a las ventajas y los contras que tiene su vivienda sobre ruedas.

La anticipación de lo que está a punto de pasar hace que se me agite el pecho.

—¿Y la ducha? —se interesa mientras se muerde el labio inferior de forma sugerente.

Sin darme cuenta, yo también me he acercado a él, como si estuviéramos a punto de confesarnos un secreto.

—El baño ya está terminado, con ducha privada para uno solo, si necesitas desahogarte.

—O para dos, muy apretados —añade él.

El bombardeo de imágenes que me producen sus palabras es inmediato. Me revuelvo incómodo sobre la silla. Mi erección amenaza con reventarme el pantalón. Creo que jamás había estado tan excitado como en este momento.

—¿Nos vamos? —insisto, con la voz estrangulada.

—Ya estamos tardando —me secunda Alain, saca un par de billetes de cincuenta euros del bolsillo y los deja tirados sobre la mesa, sin esperar a que Karmele nos traiga la cuenta. Seguro que a la buena mujer le alegramos el día con semejante propina.

Caminamos a paso apresurado y recorremos los quince minutos a pie que hay desde el paseo marítimo hasta mi casa, por una cuesta que sube a la ladera de la montaña en la que el edificio está construido, en algo menos de doce.

Durante todo el trayecto, trato de ignorar el picor de mis dedos que me empuja a tocarlo, a salir en busca de su mano y enredar mis dedos con los suyos.

No esperamos al ascensor. Subimos de dos en dos los escalones que llevan hasta el cuarto y último piso, donde está ubicado mi apartamento.

—Esta es mi casa —le digo cuando, por fin, consigo meter la llave en la cerradura y le doy acceso a mi humilde morada.

Cuarenta y cinco metros escasos, repartidos entre una estancia principal, que reúne la cocina, el comedor y el salón; una habitación, separada del resto por una enorme puerta corredera, un baño y la joya de la corona: un pequeño balcón con unas espectaculares vistas del mar Cantábrico.

—El resto de los muebles llegarán la semana que viene —le explico y me disculpo por el estado en el que está la casa, con varias cajas, todavía sin abrir, esparcidas por el suelo.

Aunque la cocina y el baño ya están montados, todavía no tengo ni el sofá ni la estructura de la cama, por lo que mi colchón está en el suelo, en mitad del salón, frente a una televisión plana. Por lo menos, tiene sábanas.

—No está mal —dice Alain, dando un vistazo rápido a la casa antes de que sus ojos se detengan sobre mí—. Nada mal.

El mundo se detiene, solo un segundo. Después, todo salta por los aires.

Una explosión a la altura del Big Bang que, en lugar de expandir el universo, hace que nuestros mundos colisionen.

No sabría decir quién de los dos da el primer paso, es un salto al vacío, con los ojos cerrados, en el que no importa si no hay una red bajo nuestros pies.

Nuestras bocas se unen casi con desesperación.

—Joder, qué ganas tenía de esto —gimo contra sus labios, muerto de deseo.

Su saliva, mezclada con la mía, con algún matiz del vino que hemos compartido se convierte al instante en mi sabor favorito.

—La comida estaba deliciosa, sin embargo, lo mejor de todo está siendo el postre —añade Alain, con las manos enredadas en mi pelo.

Las mías recorren su espalda en sentido descendente, con menos timidez que ayer y, cuando llegan hasta el bajo de su camiseta, se cuelan por debajo y vuelven a ascender.

Aprieto con fuerza, como si quisiera que mis dedos se fundieran con su piel y empiezan a calmar esa necesidad, casi dolorosa, que tenía de sentirlo.

Empujo su cuerpo contra mí, mientras mi boca memoriza cada rincón de la suya.

—¿Quieres tomar algo? —acierto a preguntar, ya que de repente he recordado que tengo que ejercer como anfitrión.

—No, con tu boca tengo suficiente —musita, ronco—. De momento. ¿Quieres que sigamos en el punto en el que lo dejamos ayer? —me pregunta, ladino, y señala con un leve cabeceo el colchón tirado sobre el suelo.

Mi respuesta consiste en agarrar su mano y tirar de él en esa dirección. Nos dejamos caer sobre el colchón, nos descalzamos sin usar las manos y buscamos una posición cómoda sobre la superficie horizontal.

—Solo hasta donde tú quieras, Markel —me recuerda.

Asiento, agradecido de que respete mis tiempos y busco el bajo de su camiseta para tirar de ella y quitársela. Él hace lo mismo con la mía y ambas prendas vuelan y caen de cualquier manera sobre el suelo. Quiero sentir su piel contra la mía.

Nuestras extremidades se enredan para intentar eliminar el poco espacio que nos separa.

Gimo ante el primer roce de mi erección contra la suya y busco más fricción, con una necesidad tangible que se vuelve dolorosa.

El calor que emana de su cuerpo es brutal, la temperatura asciende y me encuentro a un paso de la fusión nuclear.

—¿Puedo? —me pregunta Alain, mientras introduce una mano entre nuestros cuerpos y busca el cierre de mi pantalón.

—Oh, joder, sí, por favor —suplico y me dejo caer de espaldas sobre el colchón.

Siseo de placer, o de ansia pura, cuando sus dedos me rozan por encima de la tela, mientras me desabrocha los vaqueros. Me los baja un poco, tan solo unos centímetros, para después, abrirse paso bajo el elástico de mi ropa interior y rodearme la polla con los dedos.

—Estás tan duro como una maldita piedra —comenta de manera apreciativa y usa esa primera gota que lagrimea de mi glande para extenderla por todo el tronco.

Contengo la respiración para no correrme en este preciso instante, aunque sé que, por mucho empeño que ponga, no voy a aguantar mucho más.

Alain está tumbado de lado, pegado a mí, y recorre mi envergadura despacio, arriba y abajo, sin apartar sus ojos de los míos. Me contempla con tanta intensidad que llego a dudar cuál de las dos cosas me excitan más, si su mirada o su contacto. Ya no puedo más.

Lo detengo justo cuando está a punto de traspasar mi límite. Sin embargo, en lugar de hacerlo, su boca busca mi cuello, acelera el movimiento de su mano y me muerde justo en el instante en el que estallo y me derramo con fuerza sobre su mano, mi vientre y parte de las sábanas.

Avergonzado, pero con todo mi cuerpo todavía palpitante, abro la boca para disculparme por semejante desastre. No obstante, antes de que pueda articular una sola palabra, me silencia con sus labios.

—Eres jodidamente sexy cuando te corres, Markel Aguirre —me susurra, con sus dedos todavía recorriendo mi polla, de una manera mucho más lenta y suave, sin terminar de separarse de mi boca—. Mira cómo me tienes —añade y toma mi mano para llevarla hacia su abultada entrepierna.

—Gracias por regalarme otra primera vez —le digo, ronco.

—Y las que nos quedan todavía —añade él, y vamos a por la siguiente.

Se deshace de sus pantalones y sus calzoncillos y vuelve a buscar mi mano para llevarla hasta su erección para que sea yo quien le masturbe esta vez.

Me guía en los primeros movimientos, con sus dedos sobre los míos y los míos sobre su polla.

Me muestra la cadencia que le gusta, que necesita, y cuando ve que adopto el ritmo, me deja a mí solo.

Mis movimientos son mucho más torpes e inseguros que los suyos, aunque no parece que a Alain le disguste. No me hace falta preguntarle qué tal lo estoy haciendo para obtener su respuesta.

—Oh, Markel, sí —jadea, con los ojos cerrados y los puños estrujando las sábanas.