CAPÍTULO 14 Como a una estrella de Hollywood
Alain
D espués de una exhibición de unos cuarenta minutos en los que he podido coger un par de series buenas que me han permitido lucirme delante de los críos, salgo del agua acompañado por mis dos compañeros de tabla, que no han podido resistirse a unirse a mí.
Markel es una máquina que, además, parece haber curado esa parte de mí que estaba rota y me ayuda a ser mejor surfista y a su padrastro no se le da nada mal eso de cabalgar sobre las olas.
Aunque no compartan genes, acabo de descubrir de dónde le viene a Markel su amor por el mar.
Tras coger la última serie y pisar la arena, con la adrenalina del momento todavía corriendo salvaje por mis venas, me muero por buscar a Markel, estampar mi boca contra la suya y comérmelo como hicimos anoche en mi furgo .
Sin embargo, lo que me tengo que tragar son mis ganas, ya que hay demasiado público.
Se nos ha ido un poco la hora y a los seis niños que forman el grupo, se les han unido sus padres, que ya han venido a recogerlos, y algún que otro curioso, por lo que unas quince o veinte personas nos observan.
Los críos nos reciben entre aplausos y vítores y, emocionados, me piden fotos y autógrafos, a pesar de que la mayoría de ellos no tenían ni idea de quién era yo hace unas pocas horas.
Por unos minutos, retrocedo en el tiempo a una época en la que todo era más fácil y no tenía dudas de que era esto lo que quería.
Una época que, por suerte, está cerca de regresar.
Es como si, en lugar de hacer una pequeña exhibición en una playa de la costa vasca, acabara de ganar una prueba del circuito mundial de la WSL.
Siento un pellizquito en el pecho, uno muy agradable, que pensaba que jamás volvería a sentir.
Son las mariposas del estómago que la gente dice notar cuando se enamora.
Y yo lo estoy, del mar, de las olas y puede que un poquito también de él, de quien me está ayudando a superar este bache. Solo que lo había olvidado.
Choco la mano con Nils y, después, con su hijastro.
En el instante en que mi mano toca la de Markel, el tiempo se ralentiza, se detiene unos segundos y nuestras miradas se quedan engarzadas.
Me cuesta media vida romper el contacto y tengo que poner todo de mi parte para no destrozar el armario en el que se esconde su verdadero yo y sacarlo de allí, no a patadas, sino a besos.
—Muchas gracias por vuestra ayuda, chicos. Me habéis salvado la mañana —nos dice Nils una vez que nos quedamos los tres a solas—. Marchaos, ya me ocupo de recoger todo esto —nos despacha mientras empieza a limpiar las tablas que hemos usado.
—¿No quieres que te echemos una mano con eso? —insiste Markel mientras rocía con una manguera la suya.
—No, no hace falta. Bastante habéis hecho ya por mí. Disfruta del resto de tu día libre, Markel. Muchas gracias, Alain. Ha sido un placer conocerte —me dice y me estrecha la mano con afecto.
—El placer ha sido mío —le contesto, aunque los ojos me traicionan y se van hacia la persona que tiene al lado.
Dejamos a Nils allí para dirigirnos a las duchas al aire libre que hay junto a la escuela de surf.
Casi al mismo tiempo, nos quitamos el traje de neopreno, pulsamos el botón y, solo con el bañador, nos metemos debajo del grifo para eliminar los restos de sal y arena adheridos a nuestra piel.
Me concentro en mantener la mirada al frente y no desviarla hacia el cuerpo tonificado, de piel tostada, que tengo al lado, que me llama a gritos, tal y como lleva haciendo toda la mañana.
Él, por su parte, hace lo mismo, como si no se atreviera a que nuestras miradas volvieran a cruzarse, por lo que pueda pasar si lo hacen.
—Ha sido divertido —comento para intentar romper esa tensión que nos lleva a ambos a otras duchas, atrás en el tiempo y cometo el terrible error de girarme hacia él.
Las imágenes de nuestros brazos y piernas enredados, la respiración agitada y nuestras bocas devorándose hambrientas, me llegan en ráfagas que amenazan con derrumbar mi contención.
Mi pecho se acelera y tengo que emplearme a fondo para no sucumbir a la tentación de tocarlo—.
Si fracaso en mi regreso al circuito profesional, igual me planteo dar clases —añado en clave de humor mientras aclaro el traje bajo el agua.
—Eso lo dices porque te han tratado como a una estrella de Hollywood —me pincha, con una sonrisa que, en mi estado, tan receptivo a cualquier mínimo gesto que me regale, hace que se me erice hasta el último poro de la piel.
—Hombre, tampoco te pases. Soy mucho más que un actorucho de segunda —le sigo la gracia y ambos nos reímos.
El ambiente pasa de estar cargado de una potente atracción sexual al buen rollo de dos buenos amigos para regresar, poco después, al punto inicial cuando nuestras miradas vuelven a colisionar.
Me encantan estas fluctuaciones entre nosotros.
La de Markel resbala por mi cuerpo como una caricia.
El agua de la ducha es incapaz de enfriar la piel allá donde se posa.
Se detiene justo en ese punto en el que quería que sus ojos no incidieran.
Sí, estoy empalmado, llevo casi en este estado desde que lo he visto hoy por primera vez —o puede que desde ayer a la noche—, aunque gracias al neopreno que me mantenía oprimida la zona, he podido disimularlo bastante bien y solo parecía que estaba bien dotado.
Ahora, la tela del bañador, pese a ser también ajustado, no puede ocultarlo.
Tardo de no darle importancia, como si fuera una mera reacción fisiológica, y le sonrío, ladino, con una expresión que cabalga entre la chulería y la provocación.
—¿Te apetece que comamos juntos? —le propongo y obligo a que su atención regrese a mi rostro, antes de que sus ojos terminen de incendiarme y me pase por el forro todo ese asunto de la discreción—. Aunque no conozco muchos restaurantes por la zona.
Él consulta el reloj que lleva en la muñeca y tuerce el gesto. Sí, es un poco tarde.
—Hay uno en el paseo marítimo en el que se come de vicio y la cocina no cierra. Además, no es muy caro —me sugiere.
—Perfecto. ¿Cuánto tardas en ir a casa y cambiarte de ropa?
—Unos veinte minutos.
—Ok, voy a la furgo a vestirme y nos vemos aquí.
—Vale, pero no te pongas la camisa de ayer, por favor —bromea.
—No te prometo nada —le contesto, aunque si va a causarle el mismo efecto que anoche, es posible que no vuelva a vestir otra cosa.
Nos volvemos a juntar un par de minutos antes de lo estipulado, como si tuviéramos prisa por volvernos a ver, cosa que, por mi parte, es cierta.
El reencuentro es… raro. Como si, una vez que nos hemos alejado del mar, nos convirtiéramos de nuevo en desconocidos, como si lo vivido durante las últimas horas hubiera sido un agradable sueño del que acabáramos de despertar, sin terminar de creernos que fue real.
Recorremos una buena parte del paseo en silencio, con las manos en los bolsillos y mirándonos de reojo cada pocos segundos.
Cuando ya no puedo soportar más esta estúpida distancia que parece habernos separado, decido preguntarle por Nils, con la certeza de que la conversación nos llevará al mar, al surf, relajará el ambiente y nos volverá a acercar.
—¿Hace mucho que tu madre y Nils están juntos? —me intereso. No sé cuántos años tendrá la madre de Markel, pero él me ha parecido un hombre muy joven.
—Se conocieron cuando yo tenía nueve años, en unas vacaciones.
Mi madre me apuntó a unas clases de surf, yo me enamoré del deporte y ella de mi instructor —comenta con una sonrisa nostálgica y, sin darnos cuenta, nuestros pies se acercan unos centímetros—.
¿Tú cuándo empezaste en el surf? —me pregunta a su vez.
—No lo sé con exactitud. Era muy pequeño.
Puede que tuviera unos seis o siete años.
Tal vez, incluso, menos. En Hossegor, el surf no es solo deporte, es cultura.
Allí los chavales aprenden antes a coger una tabla que a montar en bici —le explico y nuestras trayectorias se salen de la línea recta y se inclinan unos pocos grados hacia el otro, con lo que nuestros brazos casi se rozan.
—Al final me has hecho caso y no te has puesto esa camisa tan horrible —apunta tras una pausa en la que la ausencia de palabras ya no resulta pesada.
Me he decantado por unos pantalones cargo cortos, de color claro, y una camiseta negra de Rip Curl, que según mi amiga Sophie me favorece.
No, la elección no ha sido casual, quería estar guapo para él, aunque Markel me lleva mucha ventaja.
Lleva unos vaqueros azules y una camiseta blanca de manga corta, que hace destacar aún más su piel dorada.
—He preferido no torturarte —le digo mientras le doy un buen repaso—. En el fondo, soy un buen tío —admito y le sonrío.
—No me cabe la menor duda —se le escapa en apenas un susurro.
Ese breve intercambio de frases hace que todo vuelva a su sitio. Nuestra postura se ha relajado y volvemos a dejar de ser extraños. Incluso, la energía que revolotea siempre a nuestro alrededor deja de ser caótica, se reorganiza y empieza a fluir en la dirección correcta.
Un par de minutos después, llegamos hasta la puerta del restaurante.
La mayoría de las mesas están terminando de comer y hay varias ya vacías que todavía no han tenido tiempo de recoger.
Una mujer mayor, de unos sesenta años, se acerca a nosotros en cuanto nos ve y saluda a mi acompañante con familiaridad.
—Hola, Markel, cariño. ¿Cómo estás? Hacía mucho que no te pasabas a hacerme una visita.
—Hola, Karmele.
—¿Cómo está tu madre? ¿Y Nils?
—Bien, bastante liados. Ya sabes, como cada verano.
—Ay, sí, esto es una locura. ¡Qué me vas a decir a mí!
Todo lleno de turistas… con lo tranquilos que vivimos el resto del año.
¿Venís a comer? —Por primera vez, la señora desvía la mirada hacía mí y me estudia.
Arruga el entrecejo al no resultarle conocido y creo que me mete en el mismo saco en el que ha incluido a todos esos turistas molestos.
—Este es Alain, un viejo amigo, un compañero de surf —me presenta Markel.
La mujer parece quedarse conforme con ese dato, decide darme un voto de confianza y suaviza el gesto.
—Ahora mismo os preparo una mesa. ¿Qué tal le va a tu hermano? ¿Piensa volver al pueblo en algún momento?
—No sabría decirte, ahora mismo está en Australia.
—Ay, es verdad, algo me dijo el otro día tu madre. Por cierto, ¡qué grande está ya Nahia! Es toda una señorita.
El repaso que la buena mujer da a toda la familia de Markel, de la que apenas sé nada aparte de las pinceladas de la historia entre Nils y su madre que me acaba de dar, certifica el hecho de que todo el mundo aquí lo conoce y entiendo un poquito más que todavía no esté preparado para revelar ciertos aspectos sobre sí mismo.
Aprovecho la comida para ponerle remedio y averiguar más cosas sobre él.
—Así que tienes un hermano —le suelto, como quien no quiere la cosa mientras pruebo el primer bocado de mi plato.
—En realidad, tengo dos. Luken, mi mellizo y Nahia, mi hermana pequeña, de siete años, hija de Nils y de mi madre —me explica.
—¿También hacen surf?
—Mi mellizo prefiere estar bajo el agua en lugar de sobre las olas.
Ha estudiado biología marina y ahora mismo está con una beca estudiando la biodiversidad de la Gran Barrera de Coral, aunque sabe defenderse sobre las olas.
A la peque le tiran más los patines, aunque Nils y yo le hemos intentado meter el surf en el cuerpo.
—Yo también tengo una hermana pequeña, Chloe. Más o menos de tu edad y le gustaban más los surfistas que el surf. Te conocí gracias a ella, cuando no eras más que un crío de catorce años. Quedaste subcampeón.
Le revelo cómo fue aquella primera impresión que me llevé de él y la admiración que despertó en mí un simple chaval.
—No creí que alguien como tú podría llegar a fijarse en mí —comenta Markel, sorprendido por mi confesión.
—Pues lo hice. Lo sigo haciendo —añado y ambos sabemos que ya no me refiero solo al deporte.