CAPÍTULO 13 Odio tu camisa #2
Llegamos a la escuela de surf casi una hora antes de que lo hagan los alumnos para dejar todo preparado para este broche final a sus cinco días de clase.
Cuando recuerdo que yo empecé a amar este deporte así, en las primeras vacaciones que pasamos solos con mi madre cuando se divorció, se me dibuja una sonrisa en el rostro.
—Te veo contento hoy, hijo —apunta Nils mientras aplicamos parafina a las tablas que vamos a usar y comprobamos el perfecto estado de los leash [ 1] .
—Tengo una sorpresa para ti —le suelto y pensar en él hace que todavía se me amplíe más la sonrisa.
—¿Una sorpresa? ¿Para mí? —inquiere y puedo ver la intriga bailando en sus ojos azules, los mismos que ha heredado mi hermana.
Asiento y como si lo hubiéramos planeado, Alain aprovecha ese preciso momento para hacer acto de presencia, embutido en un traje de neopreno que moldea cada uno de sus músculos, con su tabla bajo el brazo.
—¿Ese de ahí no es Alain Bidarte? —pregunta, entre el desconcierto y la emoción.
—Sí —le confirmo.
—¿Lo conoces? —Nils me mira como si no se creyera lo que sucede, más o menos como me sentía yo ayer.
—Sí, está pasando unos días en el pueblo antes de regresar a la competición y hemos coincidido varias veces en el mar —le explico, aunque oculto una parte de nuestra historia, una que, por el momento, es solo nuestra.
—Hola —nos saluda Alain en cuanto llega hasta nosotros y se rasca la cabeza.
Sus ojos se detienen un instante de más en mí antes de saltar a mi padrastro. Tiempo más que suficiente para que un calor se instaure en mi vientre. Sé que, si mi piel no tuviera ese tono dorado por el sol, no podría disimular el leve rubor de mis mejillas ante su escrutinio.
—Hola, Alain. Este es Nils, es un gran admirador tuyo —carraspeo y hago las presentaciones—. Él fue quien me metió el surf en las venas —añado.
Mi padrastro le tiende la mano. Alain deja su tabla apoyada en el suelo, tira de la extremidad de Nils y lo atrae hacia él para envolverlo en un abrazo, como si se conocieran de toda la vida. Conmigo se muestra mucho más cauto y, aunque agradezco su discreción, siento cierta envidia.
—¿Qué tal va esa lesión? —se interesa Nils. Sus palabras dejan claro que lleva siguiéndole la pista durante mucho tiempo, del mismo modo que he hecho yo.
Intercambiamos unas cuantas frases sobre la carrera de Alain, mi pasado en la competición y la escuela de surf de Nils hasta que llegan los niños.
Tras recordarles unas instrucciones básicas en la arena, nos adentramos en el mar.
El grupo lo conforman seis niños, así que cada uno nos ocupamos de un par de ellos.
Alain escoge a los dos que lo han reconocido, una niña de unos diez años y un chaval de unos ocho, que han debido de tragar una gran cantidad de agua, ya que se han quedado boquiabiertos al ver quién iba a ser su instructor de lujo.
Cada vez que el camino de Alain y el mío se cruzan o nuestras tablas se acercan, intercambiamos miradas cómplices y sonrisas ladeadas que traen el recuerdo de la noche de ayer.
También se nos escapa algún que otro roce que promete que no fue solo cosa de un calentón puntual, que, en cuanto tengamos la oportunidad y nos quedemos a solas, vamos a repetirlo.
Un choque de manos en el que los dedos quieren entrelazarse, un toque en el hombro o la cadera, o unos dedos que se deslizan de forma sutil por la parte baja de mi espalda, que tratamos de camuflar dentro de una actitud cercana y profesional, pero que hacen que la temperatura del mar Cantábrico ascienda un par de grados a nuestro alrededor.
—Alain, ¿podrías hacernos una demostración de lo que es capaz de hacer un auténtico surfista de la WSL? —le propone Nils cuando estamos a punto de concluir la jornada de hoy.
—Nils —lo reprendo. Después de la especie de «crisis existencial» que atraviesa Alain, no quiero que se sienta forzado.
—No pasa nada, Markel. Me encantaría hacerlo —me corta él—.
Primera prueba de fuego antes de volver a la competición.
No seáis muy duros conmigo, chicos, que todavía no estoy en plan forma —bromea y se gana las carcajadas de todos los niños.
Aunque sé que sus palabras ocultan cierta parte de verdad, esos nervios que se le enredan entre las piernas cada vez que se enfrenta al mar,
Nils y yo sonreímos con admiración y, en mi caso, con unas gotitas de algo más. Alain me guiña el ojo y comienza a remar, en busca de una buena serie, mientras el resto regresamos a la orilla.
—Joder, es puro espectáculo —lo alaba mi padrastro, a mi lado—. Y parece un gran tipo.
Nos hemos quedado tan embobados viéndolo que ni siquiera hemos soltado nuestras tablas. Un paso más atrás, los seis niños que componen el grupo, dan saltos y gritan ante cada quiebro de Alain sobre las olas.
—Lo es —se me escapa. El anhelo que trasluce mi voz hace que la cabeza de Nils se gire hacia mí y que, por un segundo, deje de mirar a Alain para estudiar mi gesto.
—Parece que os lleváis bastante bien —apunta sin dejar de mirarme y empiezo a ponerme nervioso, como si pudiera leer más allá y descubrir el secreto que oculto.
—Sí, estos días hemos acumulado bastantes horas sobre las olas. Casi podría decirse que nos hemos hecho amigos —le explico.
Nils alza una ceja, con dudas y no me extraña.
No soy demasiado sociable y me cuesta hacer amigos, casi todos los que he tenido, a excepción de Roy y Alain, han sido por extensión de los que hacía mi mellizo.
Sin embargo, con el surfista esa relación, la de amistad, ha surgido como si fuera lo más natural del mundo.
No me ha costado nada hacerlo e, incluso, me he atrevido a dar un pasito más.
Aunque esto último me lo voy a guardar para mí.
Probablemente, mi padrastro solo quiera averiguar cómo he llegado a ser amigo de uno de los mejores surfistas de Europa, no obstante, me siento como si estuviera en pleno interrogatorio después de haber cometido un crimen y solo se me ocurre una forma de escapar de él.
—¿Vamos? —le propongo y con una inclinación de mi cabeza, señalo al punto en el que Alain acaba de dejar la estela de una ola.
Mi padrastro ni siquiera lo piensa antes de lanzarse a la carrera de vuelta al mar. Yo, suspiro aliviado y, por supuesto, lo sigo de cerca.