Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 13 Odio tu camisa
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CAPÍTULO 13 Odio tu camisa

Markel

N o sé cómo he podido sobrevivir todo este tiempo sin su boca. La realidad no le hace justicia al recuerdo que tenía de sus labios, es infinitamente mejor.

«¿Por qué me besaste?» El alcohol me ha dado la valentía para formular la pregunta que llevaba enquistada dentro de mí desde que sucedió y que ha vuelto a la palestra tras el reencuentro con Alain.

No he bebido tanto como para estar borracho, solo lo justo para sincerarme.

Por suerte, soy plenamente consciente de todo lo que se desencadena con mi interrogante porque por nada del mundo me querría ver privado de esto.

Tengo todos mis sentidos, incluso alguno nuevo que he inventado para la ocasión, puestos en él.

Todavía no me creo todo lo que ha pasado a continuación. Lo que está pasando, porque todavía no ha acabado y ojalá tarde mucho en hacerlo. Me pellizcaría para comprobar que no se trata de un sueño si no fuera porque tengo las manos ocupadas sobre su cuerpo.

Después de que leyera mi temor a que alguien nos viera, me ha invitado a pasar al interior de su furgo , donde ya tenía la cama montada.

No queda mucho más espacio, así que nos tenemos que sentar sobre el colchón.

A pesar de ser un lugar tan pequeño y recogido, la iluminación indirecta y tenue le da un aspecto acogedor y agradable.

—Me gustas, Markel —repite, por si se me ha olvidado, justo antes de volver a besarme.

Aquí dentro estamos a salvo de ojos indiscretos, un pedazo de un universo alternativo en el que puedo ser yo mismo sin temor, sin que nadie más me juzgue, ni siquiera yo mismo, así que dejamos la contención fuera.

Y parece que también mi timidez. Con sus manos enredadas en mi pelo y las mías ancladas a su cintura, sin dejar de comernos la boca, no tardamos en pasar a una posición horizontal.

La puerta lateral sigue abierta y, menos mal, porque la temperatura aquí dentro ha subido a mayor velocidad que la del horno más potente.

Si no fuera por la brisa que se cuela de vez en cuando, entraríamos en combustión espontánea.

Mi excitación incide justo sobre la suya y la fricción, incluso a través de la ropa que nos cubre, me está llevando al límite.

Es la primera vez que estoy así con alguien y, al igual que me pasó aquel día en las duchas con él, no sé muy bien cómo actuar, aunque con Alain todo resulta fácil.

En ningún momento me hace sentir incómodo o torpe.

Está siendo un buen maestro y yo no tengo más que imitar lo que hace él y dar rienda suelta a esos instintos primitivos, arraigados en lo más profundo de mi ser que, hasta ahora, nunca habían salido a la superficie.

—Solo déjate llevar y, si en algún momento, quieres parar, dímelo —me recuerda mientras pasa una pierna por encima de mi cadera, lo que aumenta el roce entre nuestras erecciones, y me arranca un jadeo que muere en un baile lento con su lengua.

—Odio tu camisa —confieso mientras mi boca cae sobre su cuello y una de mis manos se cuela bajo la horrible tela para acariciar sus abdominales duros, definidos y tentadores.

—Pues quítamela —me provoca, ronco, y se separa de mí para tumbarse bocarriba, a la espera de que haga, precisamente, lo que me ha sugerido.

Antes de que se aleje demasiado, me inclino sobre él y, al mismo tiempo que desabrocho, uno a uno, los botones de su camisa, pruebo el sabor de la piel que hay debajo.

Su pecho se agita de forma errática bajo mis labios y casi puedo percibir el sonido de los latidos de su corazón desbocado.

O puede que sea el mío. La mano se me adelanta mientras me entretengo con sus pectorales.

Trazo círculos con la lengua alrededor de su pezón y, de vez en cuando, lo atrapo entre mis dientes.

No debo de hacerlo tan mal cuando de la boca de Alain escapa un siseo de placer que me pone aún más duro.

La espantosa camisa ya está desabrochada por completo, sin embargo, mi mano parece que no quiere detenerse ahí y se acerca peligrosamente a la cinturilla de sus bermudas. Veo con claridad el bulto que se eleva en su entrepierna, incitante, y mi propia polla se tensa todavía más.

«¿Seré capaz de cruzar esa línea?», me pregunto, debatiéndome entre el deseo y la inexperiencia, aunque no me da tiempo a conocer la respuesta, pues en cuanto me acerco a esa zona, Alain busca con desesperación mi boca, de la que ya hace unos segundos que le he privado, y nos hace girar, de forma brusca, para quedar sobre mí.

No calculamos bien las distancias y nos golpeamos contra la pared de la furgoneta.

O el techo. A ambos se nos escapa la risa.

—¿Estás bien? —le pregunto sin poder dejar de reírme.

—Sí, ¿y tú? —se interesa a su vez, a horcajadas sobre mis caderas, pero con las manos apoyadas a ambos lados de mi cabeza, para no volver a comerse el techo de la furgoneta.

En esa postura, su miembro sigue empujando contra mí y tengo que contenerme contra ese impulso, que no sé de dónde sale, de alzar las caderas y buscar más contacto.

—También. ¿No te resulta claustrofóbico pasar tanto tiempo aquí dentro?

Entiendo que, para unos pocos días o para moverte por carretera de un lugar a otro, venga bien, pero, ¿piensas seguir durmiendo en la furgo hasta que te vayas a competir a Portugal?

Es un pueblo pequeño, pero tenemos hoteles —le informo.

—No está tan mal cuando te acostumbras a las dimensiones y no se te va la olla hasta el punto de no recordar dónde estás, solo con quién, y te comes la pared —expone y rueda hasta dejarse caer a mi lado.

—Ambos volvemos a reír, aunque a mí se me ha contraído el pecho por lo que acaba de decir—.

Además, ¿dónde voy a encontrar otro alojamiento con semejantes vistas al mar por este precio?

—En eso tienes razón —admito porque, ahora que nuestras respiraciones empiezan a calmarse, por la puerta se cuela también el murmullo del mar y su olor a salitre.

—Hay veces que echo de menos una ducha privada y no tener que recurrir a las del gimnasio o a las de la playa, especialmente cuando necesito desahogarme, ya sabes —comenta socarrón con un movimiento de pelvis que atrae mis ojos a ese punto y me vuelve a secar la garganta—, pero, por lo demás, no está tan mal.

En ese momento, me llega la notificación de un mensaje. Cojo el móvil, no para leerlo, sino para ponerlo en silencio y, entonces, veo la hora, que la que me ha escrito es mi madre y recuerdo la excusa que les he puesto para marcharme después de cenar.

Mamá

Cariño, ¿ha habido algún problema?

¿Te han liado en el bar y te toca trabajar?

Sé que no tengo quince años y que no tengo que dar explicaciones de lo que hago con mi vida.

No obstante, entiendo que la mujer esté preocupada, especialmente si he salido para un momento y ya han pasado casi cuatro horas —aunque hayan transcurrido en un parpadeo—, así que decido contestarle y poner fin a la velada de hoy.

Markel:

Ya está todo arreglado.

Enseguida vuelvo.

—Es tarde, tengo que irme —anuncio mientras me guardo el móvil en el bolsillo y me incorporo, con cuidado de no golpearme con el techo.

—¿Va todo bien? —se interesa, con cierta inquietud por ese cambio tan brusco de registro.

—Sí, mi madre está intranquila porque le he dicho que no iba a tardar y se nos ha ido el tiempo de las manos.

—Mira su reloj de pulsera y asiente. No parece que mi respuesta le moleste, salvo porque los dos nos hemos quedado con las ganas de continuar con lo que estábamos haciendo—.

¿Nos vemos mañana en la escuela de surf?

—¡Qué remedio! —protesta de forma exagerada, aunque tiene una sonrisa divertida—. Allí estaré.

—Gracias. Por todo —añado, después de una pequeña pausa, y me paso la mano por la cabeza para peinarme el pelo que seguro que tengo alborotado.

Alain me observa. Sigue tumbado, boca arriba, con una mano bajo la cabeza y la otra descansando sobre su bajo vientre, con la camisa abierta en dos.

—Cierra la puerta al salir. En cuanto te vayas, pienso masturbarme pensando en ti —me amenaza o me provoca, no lo tengo muy claro, con una sonrisa traviesa.

Automáticamente, me lo imagino sobre ese mismo colchón, acariciándose, dejando resbalar la mano que ahora tiene sobre el vientre por debajo del pantalón hasta rodear esa polla que he sentido contra la mía y que todavía sigue a media asta.

Trago saliva de forma sonora y noto como mi erección vuelve a presionar de forma casi dolorosa contra la cremallera de mis pantalones.

Si no fuera porque acabo de decirle a mi madre que voy de camino a casa, me quedaría aquí para observar cómo convierte mi fantasía en realidad o, tal vez, participando en ella.

—Puede que yo también lo haga —le suelto en una especie de gruñido y me doy la vuelta. Escucho una carcajada ronca cuando tiro de la manilla para cerrar la puerta lateral de su furgoneta.

Me despierto de buen humor, relajado y pletórico, a pesar de que he tenido que madrugar y no he dormido mucho. El resto de mi familia ya hace rato que se ha puesto en marcha y me uno a ellos para desayunar.

—Buenos días, cariño. ¿Todo bien en el bar? Ayer llegaste tarde —se preocupa mi madre.

—Sí, me quedé a echar una mano —le miento, y van dos en poco tiempo. En realidad, no tengo que pasarme por allí hasta mañana por la noche—. Esta tarde me pasaré por el piso, quiero empezar a organizar mis cosas.

—¿Cuándo te traen el resto de los muebles?

—Con suerte, la semana que viene —contesto muy poco convencido, llevan ya varios días dándome largas con la fecha.

—Markel, ¿nos vamos? —me pregunta Nils mientras recoge su desayuno.

—Sí, un segundo. —Apuro el contenido de mi taza de café de un trago, me pongo en pie y me despido con un beso de mi madre y de Nahia.