CAPÍTULO 12 ¿Por qué me besaste?
Alain
—Q ué, ¿estudiando al enemigo?
La voz de Markel a mi espalda me sobresalta hasta tal punto que casi se me cae la tablet que tengo entre las manos, en la que visualizo vídeos de otros surfistas.
De todas las personas que me podría haber encontrado aquí, es la última que esperaba que lo hiciera, a pesar de que casi no conozco a nadie más en este pueblo.
—Sí, tengo que saber a quién voy a enfrentarme. ¿Qué haces aquí, Markel?
—No tenía tu móvil y no sabía cómo avisarte de que tengo que cancelar nuestra cita de mañana.
Nuestra… quedada —se corrige, con un carraspeo.
Si no fuera por lo que acaba de decir, su agitación ante la palabra «cita» me resultaría graciosa, como si tuviera alguna otra implicación más allá del encuentro de dos colegas.
—¿Y eso? —indago, con un nudo que empieza a apretarse en mi estómago, mientras repaso mentalmente lo sucedido durante el día de hoy, por si he metido la pata en algún momento y he hecho algo que le haya llevado a replantearse nuestros planes juntos para mañana.
Quizá, ese momento intenso que hemos vivido esta mañana en el agua lo ha asustado.
—Tengo que ayudar a mi padrastro en la escuela de surf, le ha fallado su ayudante. Será solo por la mañana, por la tarde seré todo tuyo. Eh... quiero decir, que por la tarde podemos quedar. Para coger unas olas. O ir al gym . Si te apetece.
—Te he entendido, Markel. —Me muerdo la sonrisa al verlo tan atacado por la desafortunada elección de palabras. «¿Por qué te pongo tan nervioso, Markel?»—. ¿Me dejas tu móvil?
—¿Eh? —Lo vuelvo a pillar descolocado y esta vez se me escapa una carcajada.
—Para que te añada mi contacto.
—Ah, sí, claro. Toma.
—¿«Alain, el rey del surf» te va bien? —bromeo para distender el ambiente, mientras añado mi número de teléfono y me hago una llamada perdida para tenerlo fichado yo también.
—¿Qué tal, «Alain, el príncipe destronado»?
—me sigue la gracia, parece que, después de la tensión inicial, empieza a recordar que está conmigo, con su compañero de tabla, y empieza a sentirse menos incómodo, casi como si estuviéramos en el agua.
Hasta su postura, todavía de pie junto a la silla que ocupo yo, es más relajada.
—Bueno, bueno, lo dejaré en simplemente «Alain». Ya lo tienes. —Y efectivamente, eso es lo que pongo, «Simplemente, Alain».
—Bueno, pues nada… —comienza Markel cuando le devuelvo el teléfono y sé que está a punto de marcharse, como si ya hubiera cumplido su cometido de informarme de que mañana no iba a estar en el lugar en el que habíamos quedado.
No quiero que se vaya. Me gusta su compañía, más de lo que soy capaz de reconocer en voz alta, tanto dentro como fuera del agua.
—Ya que estás aquí, ¿quieres tomar algo? Tengo unas cervezas en la nevera de la furgo —lo interrumpo, para intentar alargar más su inesperada —pero deseada— visita.
—Vale —acepta y juro que, tras escuchar esa palabra de cuatro letras, el aire entra con más facilidad en mis pulmones.
—Siéntate ahí, voy a por las cervezas y a por otra silla.
Cuando vuelvo, lo veo mirando con interés el mismo vídeo que he dejado a medias con su llegada. Doy un sorbo a mi cerveza, le tiendo el otro botellín y coloco la silla junto a la suya, muy cerca, casi rozándonos, para que ambos podamos ver la tablet .
—¿Qué me dices de Tiago? —le pregunto y señalo a la pantalla.
—Es muy sólido en heats cortos, aunque tiende a ser predecible. Cuando las condiciones se salen de su patrón habitual, suele desestabilizarse —me suelta. Ha clavado la opinión que tenía yo de ese deportista.
Entre trago y trago, analizamos al resto de los participantes inscritos en la prueba de Ericeira.
Markel tiene buen ojo. Su talento no se limita solo a su técnica sobre las olas, también tiene una capacidad innata para leer a sus rivales.
Está muy desaprovechado. No solo sirve para surfear, también sería un excelente entrenador.
—Oye, ¿por qué no te vienes mañana conmigo a la escuela de surf? —me propone al cabo de un rato, cuando el alcohol empieza a adormecer su timidez, le suelta la lengua y nos convierte en dos buenos amigos.
—¿Yo? —inquiero con estupor.
—A los niños, y a los no tan niños, les haría ilusión que alguien de la talla de Alain Bidarte, «El rey del surf», les diera clase —apunta, con retintín, y nos saca una sonrisa a ambos.
—De competir en la élite del surf a instructor de niños… —protesto, en clave de humor, aunque esa perspectiva me deja un regusto amargo que me obliga a dar un sorbo a lo que me queda de cerveza para pasar ese mal trago.
—Solo es un paso atrás para coger impulso y llegar todavía más alto, Alain —me consuela. Ha debido de notar algo en mí y sabe que esa idea me ha afectado.
—¿Tú crees? —Yo no lo tengo tan seguro, todas las dudas que tengo desde que me volví a subir a una tabla tras el accidente, regresan ahora con mucha más fuerza, pese a que estos últimos días, las sensaciones que he tenido han sido buenas, en gran parte, gracias a Markel.
—Te he observado durante estos días y no tienes nada que envidiar a ninguno de esos.
Eres perfectamente capaz de merendártelos —me dice, señalando la tablet que hemos dejado apartada sobre una mesa y me guiña un ojo.
Un gesto simple, sencillo que, viniendo de él, hace que se me contraiga el vientre—.
Venga, anímate. Sería un buen fin de fiesta para el campamento de esos chavales.
A mí, de crío, me hubiera entusiasmado que alguien como tú viniera a darme clases.
Además, mi padrastro es un gran fan tuyo, estoy seguro de que le encantaría conocerte.
—Está bien, lo pensaré —admito. Eso supondría añadir más minutos a mi tiempo con Markel.
Tras esas dos primeras cervezas, le siguen otras dos.
Estas las bebemos en silencio, uno cómodo, con el mar de fondo, como si estuviéramos compartiendo algo importante sin necesidad de utilizar palabras.
No solo nos sentimos conectados dentro del agua, parece que ese vínculo que se estableció entre nosotros en esas primeras olas, se extiende más allá del océano.
—Alain, ¿puedo hacerte una pregunta? —dice al cabo de un rato. Después le pega un trago largo a su cerveza, como si necesitara infundirse valor para lo que sea que tiene que decirme, lo que activa mis alarmas y paso de un estado de calma a la tensión más absoluta.
—Sí, claro —le doy pie a que continúe, con cierto temor, ya que su tono se ha vuelto demasiado serio.
—Llevo con esta duda años… —Hace una pausa, demasiado larga para mi gusto. Vuelve a dar otro sorbo y yo le imito—. ¿Por qué me besaste aquel día?
Inspiro hondo. Creo que ha llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa y de expresar en palabras todo lo que me he callado durante este tiempo.
Espero que la energía que vibraba esta mañana entre nosotros, en ese juego en el agua que casi se nos va de las manos y que ha estado a punto de llevarme a cometer una estupidez, no proviniera solo de mí.
Lo miro, la luz de las farolas y de la bombilla que tengo colgada de la ventana de la furgo incide sobre sus ojos oscuros de tal forma que los hace brillar, expectante ante mi respuesta.
Carraspeo antes de arrancarme la piel y dejarme, de nuevo, expuesto ante Markel. En dos semanas ha conseguido que me abra con él mucho más de lo que lo he hecho en años con mis mejores amigos.
—Porque me gustas, Markel —escojo a propósito el tiempo verbal, en presente, porque la cosa no ha cambiado.
Al contrario, durante estos días en los que hemos compartido olas, ha aumentado y sé que no es solo una pura atracción física.
O puede que sí, pero si no hago esto nunca saldré de dudas—.
Me gustas desde la primera vez que te vi sobre una tabla —continúo—, desde que eras solo un niño y yo también, mucho antes de ese encuentro en Hossegor.
Aquel día, en las duchas, estábamos solos, como ahora, y me mirabas con una mezcla de deseo y admiración que me calentó mucho más que el agua de la ducha.
No podía dejar de pensar en el sabor que tendría tu boca, si sería dulce o salado como el agua del mar.
Igual que hago ahora, cada vez que te acercas el botellín a los labios…
—Dejo mi deseo suspendido en el aire y espero su reacción.
Mi declaración hace que contenga la respiración, un solo segundo, antes de volverse más pesada, y su mirada, fija en mí, se oscurece, igual que lo ha hecho mi voz. Se humedece los labios, como si pretendiera comprobar su propio sabor, y sus ojos aterrizan sobre mi boca.
Como si fuéramos dos imanes con cargas opuestas, nuestros rostros se acercan hasta que su aliento me golpea, anhelante, y se mezcla con el mío.
Mis labios caen sobre los suyos, despacio, de una forma suave, con cautela.
Un simple roce para ver su respuesta, para comprobar si está en el mismo punto que yo o me acabo de cargar la relación de amistad que hemos forjado estos días sobre las olas.
Un gemido se filtra a través de sus labios, ligeramente entreabiertos, y me empuja a intensificar el contacto.
Mi boca se desliza sobre la suya, hambrienta, voraz, y enseguida nuestras lenguas se unen al baile.
Con su mano en mi nuca y la mía enredada entre los mechones negros de sus cabellos, para mantenernos todavía más pegados, nos degustamos, casi con ansiedad, como si fuéramos un postre prohibido que llevamos demasiado tiempo deseando.
Su sabor es refrescante y eléctrico, una especie de energía potente que me recorre de la cabeza a los pies, activa cada célula que me compone y me deja con ganas de más. Tiene un toque amargo, del último trago de cerveza, y, de fondo, como si estuviera grabado en su ADN, el sabor del mar.
Me inclino más sobre él, arriesgándome a que el peso de ambos, a que el ímpetu de nuestras ganas, sea demasiado para la pobre silla.
Sus labios, su lengua, su sabor me están volviendo loco, pero quiero más.
Necesito más. Mi boca resbala hacia su cuello y le muerdo la garganta.
Su jadeo, ronco, me vibra bajo los labios y está a punto de hacer que me corra aquí mismo.
De repente, Markel me empuja del pecho para apartarme de él, al mismo tiempo que sus dedos se cierran sobre la tela de mi camisa, como si no quisiera que lo hiciera.
—¿Estás bien, Markel? —le pregunto y retrocedo solo unos centímetros, los necesarios para poder observar su rostro.
Su pecho está tan agitado como el mío y sus ojos siguen enturbiados por el deseo.
Asiente y mira a su alrededor, como un cervatillo asustado que acabara de detectar a una manada de lobos que lo tienen como plato principal en su menú.
Me conozco esa mirada, no es la primera vez que me enfrento a ella.
Es el temor a que alguien vea lo que estás haciendo, de que alguien descubra lo que eres y no me cuesta atar cabos.
—¿Nadie sabe que eres gay? —le pregunto, sin rodeos.
—Ni siquiera lo sabía yo hasta que me besaste aquel día —confiesa, con una sonrisa nerviosa y un leve encogimiento de hombros.
Su confesión me genera ternura y cierta sensación de orgullo por ser el «culpable» de su despertar.
—Y, ¿lo sigues siendo? —le pregunto, aunque la evidencia es clara, mientras vuelvo a atrapar su boca, de una forma pausada, pero posesiva.
—Sí, creo que sí. —Juntamos nuestras frentes y nos reímos, tan cerca uno del otro que me trago sus carcajadas.
—Me alegro. —Volvemos a besarnos, esta vez es Markel quien lleva la iniciativa. Sin embargo, enseguida se detiene y mira a su alrededor, como si quisiera comprobar que, efectivamente, estamos solos—. ¿Te preocupa que alguien nos vea?
—Este pueblo es demasiado pequeño y todo el mundo me conoce —expone y, en ningún momento me siento ofendido. Sé que no es por mí, sino por él.
—¿Quieres que paremos? —le propongo, con una presión estrangulándome el pecho. Niega enérgicamente y se muerde el labio para no mordérmelo a mí—. ¿Vamos a la furgo ? Ahí dentro no nos verá nadie —sugiero mientras me incorporo de la silla.
Markel me imita y también se pone en pie, pero no avanza, se queda paralizado, mirándome.
—Alain, yo nunca… nunca he estado con nadie, aparte de ese día contigo —reconoce con una mezcla de timidez y vergüenza.
—¿Ni una mamada? —Niega—. ¿Ni un beso?
—No, nada.
—¿Y quieres? ¿Quieres hacerlo? ¿Quieres estar conmigo? —insisto y me meto las manos en los bolsillos, aparentando una actitud desenfadada, cuando, en realidad, la respuesta a esa pregunta me tiene en vilo.
—Sí, pero… —titubea con dudas en las que se mezcla el deseo y temor a lo desconocido.
—Tranquilo —lo interrumpo mientras me inflo como un pavo real.
Markel es terreno inexplorado y yo me muero por ser todas sus primeras veces—.
Iremos despacio, a tu ritmo. No tengo prisa, si he esperado cinco años para volver a besarte, puedo esperar un poco más para dar otro paso —añado y le guiño el ojo, con una media sonrisa.