Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 11 Un juego de niños #2
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CAPÍTULO 11 Un juego de niños #2

La sonrisa que vestía hace unos minutos ha desaparecido, al igual que todo rastro de color de su cara. Lo veo tan vulnerable en este momento que me parece adorable y, si no necesitara las dos manos para retirar la sutura, buscaría la suya para no dejarlo caer.

—No, puede que, como mucho, una leve molestia.

Mientras dura el proceso de la cura, Alain no despega la vista del techo del puesto de socorro, que debe de ser lo más interesante que ha visto en años. Todo su cuerpo está en tensión y juraría que ni siquiera respira.

—Ya está, Alain —le informo y le aplico un apósito en spray resistente al agua, porque sé que no va a tardar mucho en volver a mojarse la herida—. No ha sido para tanto, ¿no?

—¿Puedo quedarme aquí un par de minutos? Creo que estoy un poco mareado.

Alain suelta el aire de manera sonora y afloja su cuerpo. Me fijo en su rostro, sigue pálido. Esta vez soy yo el que responde con una sonrisa.

—Sí, claro, todo el tiempo que necesites —le digo mientras recojo todo el material—. Mañana tengo el día libre… —suelto en voz alta. Mi plan inicial era proponerle que hiciéramos algo juntos, pero ya no estamos dentro del agua y mi timidez vuelve con fuerza.

—Oh, qué bien. Por primera vez, no necesitaremos madrugar más que el sol para pillar unas olas.

Y después, podríamos entrenar juntos en el gimnasio.

—Por suerte, Alain me roba las palabras—.

Bueno, si no tienes otros planes, claro está.

No me disgusta la soledad, pero se me hace un poco pesado pasar tantas horas sin hablar con nadie.

¿A quién pretendo engañar? Ya casi me he hecho amigo de la mujer que se ocupa de la limpieza del polideportivo y de tus compañeros del turno de día del Rompeolas —me confiesa, entre risas.

—No, no tengo nada mejor que hacer —le confirmo y pospongo para otro día mi visita al Ikea de Barakaldo para comprar algún mueble para mi nueva casa. Como le he dicho esta mañana a Nils, no tengo ninguna prisa por independizarme.

—Perfecto entonces. ¿Nos vemos a las diez donde siempre? —me pregunta mientras se abrocha la camisa y se incorpora de la camilla.

—¿Estás bien? —Dejo lo que estoy haciendo y me acerco a él con presteza, en previsión de que vuelva a marearse.

—Sí, tranquilo. Ya se me ha pasado. Tienes buenas manos, Markel. —De nuevo, el tono socarrón ha vuelto a su voz—. Hasta mañana.

Cuando está a punto de salir del puesto de socorro, se cruza con Roy que, como otros días, se acerca a saludarme antes de su cita diaria con el mar.

—Tú eres el tipo de la playa, ¿no? —le pregunta mi amigo.

—Ajá, y tú el nadador trajeado —le replica Alain sin interrumpir su marcha.

Roy se ríe. Arrancarle una carcajada a mi amigo es algo muy complicado y a Alain le ha bastado intercambiar un par de frases para hacerlo.

Roy observa cómo se aleja el francés y después me mira a mí.

—Es un compañero con el que suelo surfear, un amigo —le explico a pesar de que no me lo ha preguntado. Entre nosotros las cosas siempre han funcionado así. No me pregunta ni intenta sacarme nada, por eso me resulta más fácil abrirme. A él, creo que le pasa lo mismo.

—Parece un buen tipo —expone, sin más—. ¿Puedes cuidar a mi chica?

—Claro.

—¿Qué tal le va a tu hermano por Australia? —se interesa, mientras se quita el pantalón de deporte y la prótesis.

—Bien, adaptándose.

—Y tú te mueres de envidia por no poder probar las olas de esas playas.

—No lo sabes tú bien —afirmo y, por un instante, uno solo, me imagino en esas aguas no con Luken, sino con Alain.

—Bueno, voy a nadar un poco —me dice Roy y se dirige hasta la orilla, a saltos sobre la pasarela de madera. Ese «poco» al que hace referencia serán como mínimo, dos o tres horas.

Dos quemaduras, tres cortes y una fractura después, que ha requerido que solicitara una ambulancia para trasladar al afectado al hospital, termina mi jornada laboral. Recojo mis cosas y me marcho a casa.

Durante la cena, Nils recibe una llamada de teléfono que le hace torcer el gesto y se levanta de la mesa. Cuando regresa, fija sus ojos en mí y, antes de que abra la boca, sé que no me va a gustar lo que tiene que decirme.

—¿Pasa algo, cariño? —le pregunta mi madre, también preocupada.

—No, bueno, sí —titubea—. Markel, ya sé que mañana tenías el día libre, pero me acaba de llamar Asier, que está en urgencias con su padre.

—¿Es grave? —lo interrumpe mamá.

Asier trabaja en la escuela de surf con mi padrastro, por lo que no me cuesta nada deducir qué es lo que me va a preguntar.

—Todavía no lo saben, le tienen que hacer pruebas. Si fuera cualquier otro día, no te lo pediría, pero justo mañana acaban los chavales de uno de los campamentos y yo solo no puedo con todos.

—Sí, no pasa nada, te echaré una mano —lo corto. Sé lo mucho que le cuesta pedirme ayuda, aunque él siempre está dispuesto a arrimar el hombro.

—Muchas gracias, hijo. Me fastidia mucho joderte el día de fiesta, sin embargo, no tengo otra opción. Sería solo hasta la hora de comer, por la tarde puedo apañármelas solo.

—Lo sé.

«Tengo que avisar a Alain», pienso, pero no tengo su teléfono. No quiero que piense que lo he dejado plantado, que le he fallado.

—Tengo que salir —anuncio cuando termino la cena y ayudo a recoger la mesa.

—¿Tienes que ir al bar? —me pregunta mi madre y, sin saberlo, me acaba de proporcionar una excusa creíble para justificar mi salida.

—Eh, sí —les miento, puede que por primera vez, sin contar las ocasiones en las que me preguntan qué tal estoy y les contesto con un escueto «bien» para no preocuparlos.