Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 11 Un juego de niños
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CAPÍTULO 11 Un juego de niños

Markel

S igo sin comprender para qué demonios cree Alain que me necesita, no hago nada más que disfrutar de su compañía y del espectáculo que supone verlo cabalgar sobre las olas.

Durante los dos primeros días lo acompaño y nos turnamos las series.

El tercer día, dejo que sea él quien coja las mejores y hoy, cuarto día consecutivo en el que nos encontramos sobre las tablas, todavía no me he puesto de pie sobre la mía.

Me limito a observarlo, esquivando las olas.

No veo nada de esas carencias que me comentó y que creí percibir en un principio.

Es, simplemente, perfecto, una especie de dios al que el océano parece venerar casi con la misma intensidad con la que lo hago yo, y no solo en el terreno profesional.

—¿Hoy no te animas? —me pregunta, mientras rema sobre su tabla hasta acercarse al punto en el que me encuentro.

—No, tengo el cuádriceps cargado —le miento, porque decirle que prefiero mirarlo a él que coger unas olas me dejaría demasiado expuesto.

—¿Estás bien? —La preocupación cruza su rostro, salpicado de gotas de agua que resbalan por sus pestañas, y tiñe sus ojos. Todavía tiene el pecho agitado por el esfuerzo que le ha supuesto esa última ola.

—Sí, tranquilo, no es grave, pero prefiero tomármelo con calma, que luego tengo que currar y estos días me estás metiendo demasiada caña.

—Mi voz baja una octava mientras pronuncio ese comentario, con una elección de palabras que podría tener un doble sentido, uno que hace que, por un instante, el continuo oleaje se paralice durante los escasos segundos en que nos mantenemos la mirada.

—Bueno, ¿qué tal vas con ese vacío que sentías? —le pregunto—. Supongo que después de la caída de antes, al menos se te habrá llenado de agua. —Le tomo el pelo, en referencia a una ola que no ha conseguido coger bien y que lo ha volteado.

Dentro del agua, me transformo y me vuelvo más sociable hasta el punto de llegar a bromear.

Y hacerlo con Alain me resulta muy fácil, casi más que con cualquier otra persona.

Quizá sea porque, aunque él tenga sus dudas, forma parte del mar, como yo.

Es por eso por lo que Nils, mi padrastro, aprovecha que aquí dentro bajo la guardia y se interesa por mis problemas y cómo estoy realmente.

Aquí no le doy largas ni le cuento una verdad a medias.

Tampoco le contesto con un simple monosílabo.

Aquí me abro como el océano infinito y dejo que conozcan al Markel que guardo dentro, a ese que pocas personas pueden alardear de conocer.

Si mi psicóloga supiera surfear, haría tiempo ya que no necesitaría sus sesiones.

Alain se acerca todavía más a mí y, con un movimiento brusco que no me espero, gira mi tabla de tal manera que caigo al agua y, esta vez, soy yo el que traga agua.

—¡Serás capullo! —lo insulto entre risas y lo salpico, como si fuera un juego entre dos niños pequeños.

Se abalanza hacia mí y sus brazos rodean mi cuerpo y tratan de volver a hundirme.

Me defiendo del mismo modo, envolviéndolo con mis piernas para desestabilizarlo y empujo sus hombros con las manos.

Ninguno nos preocupamos por las tablas, ya que siguen unidas a nosotros por el invento y no se van a ir lejos.

Seguimos así durante unos segundos, puede que más de un minuto, entre carcajadas, hasta que nos damos cuenta de que estamos abrazados. Muy juntos. Demasiado.

La respiración se me atasca en el pecho y lo que me ahoga en este momento no es el agua que he tragado, sino volverme plenamente consciente del calor que irradia su cuerpo, a pesar de que los dos estamos empapados, en mitad del mar Cantábrico.

Dejamos de forcejear, pero no nos separamos. No del todo. Sus manos siguen sobre mis hombros y las mías se cierran alrededor de sus bíceps.

—Sí, creo que ya he encontrado algo con lo que llenar ese agujero negro que me consumía. O a alguien. —Esa última acotación la dice en un volumen tan bajo que dudo de si realmente lo he escuchado o han sido mis ganas de oírla las que la han añadido.

Quiero volver a besarlo, joder, pero, no me atrevo.

A pesar de que creo que las señales son claras, aunque nunca antes me he visto en una situación parecida, no soy capaz de cruzar esa línea.

En estos días que llevamos compartiendo olas, siento que Alain puede convertirse en un buen amigo y no quiero mandarlo todo al traste porque mi yo de hace cinco años quiera revivir el sabor de su boca.

—Bueno, se hace tarde —le digo. Rompo el contacto y, de paso, me cargo también esa burbuja en la que nos habíamos encerrado, una en la que la electricidad parecía saltar de uno a otro, nos envolvía y nos atraía sin remedio.

Sin embargo, mis palabras la hacen estallar y esa energía se escapa hacia el cielo—.

Pásate luego por el puesto para que te eche un vistazo y vea cómo va tu herida.

Puede que ya se puedan quitar los puntos —añado al recordar que tengo todavía una excusa para verlo fuera del agua—. Hasta luego, Alain.

Tiro del cordón que me une a la tabla para recuperarla, me subo a ella y nado de regreso a la orilla sin girarme ni una sola vez. Sé que Alain no se mueve de donde está sin necesidad de mirarlo, porque ese hilo invisible que nos unía se afloja y se pierde en el agua.

Cuando llego junto a la estructura que conforma la escuela de surf que regenta Nils, él ya está preparando el material para los alumnos de hoy.

—¿Cómo está el mar? —se interesa cuando ve que me aproximó con la tabla bajo el brazo.

—Está bien para surfear, tú solo lo disfrutarías a tope, pero ten cuidado con los novatos, hay algo de corriente —le advierto.

—Ok, lo tendré en cuenta. Gracias. ¿Cómo va todo? Con la puesta a punto para la temporada alta no he podido acompañarte estos días —se disculpa.

Aunque nuestro pueblo mantiene un ambiente surfero durante todo el año, es en verano, con la llegada de turistas que no solo buscan nuestras olas, cuando más jaleo hay, por lo que, cada año por estas fechas, el trabajo absorbe por completo a Nils.

—No te preocupes, lo entiendo —le resto importancia con un gesto de la mano cuando una parte de mí, una pequeña y egoísta, se alegra de que haya estado tan ocupado para no poder surfear conmigo.

Sin darme cuenta, giro la cabeza hacia el mar, hacia el punto en el que Alain ha vuelto a ponerse de pie sobre la tabla y pilla una buena ola.

A estas horas de la mañana, se le han unido otros surfistas no tan madrugadores como nosotros y no puedo evitar sentir cierta envidia, a pesar de que acabo de salir del agua.

Nils sigue la dirección de mis ojos y asiente.

—Ese tipo es bueno, ¿eh? —comenta, de manera casual. No creo que, desde aquí, alcance a reconocerlo porque, por supuesto, mi padrastro sabe quién es Alain Bidarte.

—Mucho.

—¿Y cómo va el piso? ¿Necesitas ayuda? —pregunta y cambia de tema, mientras yo sigo sin poder despegar mis ojos del mar.

—No, tranqui. Mientras no me echéis de vuestra casa, no tengo prisa por irme. Voy, poco a poco, haciendo lo que puedo. El otro día me llevé algunas cajas que me preparó mamá. Quizá pronto empiece a quedarme allí alguna noche para avanzar un poco más.

—Vale. Si necesitas algo, avísame.

—Lo haré. Me voy a trabajar, Nils. Que te vaya bien el día.

—Igualmente. Nos vemos por la tarde.

Guardo la tabla dentro de la escuela, me pongo el uniforme de trabajo, cojo la bolsa con mis cosas que he dejado aquí dentro y me dirijo hacia mi puesto, dando sorbos a un termo de café que me he preparado esta mañana antes de salir.

Hoy me toca turno en el puesto de socorro, por eso le he recordado a Alain que se pasara por aquí a que le revisara la herida que se hizo hace solo dos semanas.

¿Cómo pueden haber pasado tantas cosas en tan poco tiempo?

Tarda casi dos horas en presentarse. Va vestido con unas bermudas oscuras y una horrible camisa hawaiana, con los dos botones superiores desabrochados. Se detiene, de pie, frente a mí, con las manos en los bolsillos, sin decir nada.

—Pasa —le digo y señalo el interior de la caseta con una inclinación de la cabeza.

Alain sonríe, nada más. Una media sonrisa traviesa que genera un pequeño terremoto bajo mis pies y que hace que me ponga todavía más nervioso ante el inminente contacto con su abdomen.

Después de lo que ha sucedido esta mañana, no sé si voy a ser capaz de poner mis manos sobre su piel sin fundirme en el intento.

—Túmbate en la camilla —le ordeno y le doy la espalda para preparar el material que voy a necesitar.

Cuando me dispongo a empezar la cura, veo que sigue sentado, sobre la camilla, mirándome, con la misma expresión divertida.

—Suéltate la camisa y túmbate —insisto—. Bonita camisa, por cierto —añado con ironía.

Esta vez, Alain obedece y empieza a desabrochar, uno a uno, los botones de esa horripilante prenda.

Sus ojos siguen fijos en mí mientras lo hace y, cada vez que sus dedos liberan un botón del ojal, mi garganta se cierra un poco más.

Intento tragar saliva, pero esta parece haberse vuelto arena dentro de mi boca.

La prenda se abre en dos, dejando a la vista sus abdominales, más definidos que hace dos semanas. Se nota que se está dando caña en el gimnasio.

Intento disimular el leve tirón que da mi polla, que se aprieta más contra la tela del bañador rojo, y el temblor de mis manos cuando me coloco los guantes de nitrilo y las aproximo a la herida.

—Esto tiene buena pinta —le digo—. Yo creo que ya puedes ir a que te quiten los puntos.

—¿No puedes hacerlo tú? —me pregunta.

—No debería. No está entre mis competencias.

—Pero, ¿sabes hacerlo? —insiste.

—Sí, es algo bastante sencillo.

—Pues adelante, me fío de ti.

—Está bien —claudico y cojo una pinza y una hoja de bisturí del material de curas.

—¿Me va a doler? —me pregunta Alain y me detiene un segundo antes de que empiece,