CAPÍTULO 10 Convertirse en agua
Alain
A penas consigo dormir. Doy más vueltas que una lavadora en un programa de centrifugado e, incluso, hay un momento en el que me siento dentro de ella, con el estómago revuelto y a punto de vomitar. Cuando ya no aguanto más, me levanto.
Todavía es noche cerrada y el parking , el paseo y la playa están completamente desiertos.
El resto del pueblo duerme. Todos menos yo.
Se respira una calma que estoy lejos de sentir, así que dejo la furgo e intento contagiarme de ella.
Inspiro hondo e inhalo el aire frío que me trae el Cantábrico.
El efecto es casi inmediato, pero no suficiente.
Descalzo, me dirijo hasta el punto en el que la arena pasa de estar fría a mojada.
Camino por la orilla, casi a oscuras, solo iluminado por la escasa luz de las farolas que se reflejan en el agua y, cuando el cielo comienza a clarear, regreso a mi casa sobre ruedas, me visto con el neopreno, cojo la tabla y regreso a la playa a esperar a mi maestro.
O terapeuta. Puede que un poco de ambas.
Tal como le prometí a Markel, he sido más puntual que el sol. Me encuentro esperándolo justo donde las lenguas del mar llegan con timidez hasta acariciarme los pies desde varios minutos antes de que el astro rey termine de asomarse. Él no tarda mucho más en llegar.
Lo siento acercarse a mí sin necesidad de girarme. Una energía que toma fuerza poco a poco conforme recorta la distancia que nos separa y me empuja a lanzarme de cabeza al mar. No sé si es consciente del aura que lo rodea siempre que está cerca del agua.
—Buenos días, Alain. ¿Has dormido bien? —me pregunta cuando se detiene junto a mí, con la tabla bajo el brazo.
—Sí —miento—. ¿Y tú?
—También —contesta de manera casi automática.
El silencio nos envuelve, solo roto por el graznido de alguna gaviota madrugadora, mientras nos mantenemos la mirada unos segundos, para leer en los ojos del otro la verdad que no nos hemos dicho con palabras.
Los nervios vuelven, se me enredan en el estómago y se hacen una bola que se convierte en miedo.
Estoy acojonado ante la idea de que todo lo que le solté ayer a Markel sea solo una teoría loca y sin fundamento para tratar de explicar algo que no tiene sentido.
El último clavo ardiendo al que te aferras cuando te diagnostican una enfermedad terminal y no te sientes capaz de afrontar la realidad.
¿Y si surfear con Markel tampoco me ayuda?
¿Y si lo que sentí en esas dos ocasiones fue solo una casualidad?
¿Y si la relación entre el surf y yo ha muerto para siempre?
—¿Preparado? —me pregunta Markel como si fuera consciente de las dudas que pueblan mi cabeza en este momento.
Asiento, no muy convencido, y salva la distancia que lo separa del agua. Se tumba sobre la tabla y empieza a remar en busca de la primera ola. Lo sigo, con una ebullición de dudas, temores e inseguridades que hacen incluso que me tiemblen las manos.
Cuando se acerca una serie con las características idóneas para surfearla, Markel gira la cabeza y me busca. Hago un gesto para que sea él quien la coja. En mi estado actual, no sé si voy a ser capaz de ponerme de pie sobre la tabla.
Sin embargo, en cuanto él se levanta, en cuanto sus caderas y sus piernas giran para posicionarse en la parte más potente de la ola, todo lo demás desaparece.
La incertidumbre, el vacío y todo lo que me estrujaba el pecho se esfuman cuando la mano de Markel corta el agua en un quiebro para ascender hacia la cresta, tomar velocidad en el descenso y huir de la sección que empieza a romper, como quien esquiva un colapso inevitable, para volver a trazar la pared unos metros más adelante y continuar el recorrido de la ola.
Mi mente se queda en blanco, como si la espuma de la ola que empieza a romper se me hubiera metido dentro, y se llena de un único pensamiento que no percibo en la cabeza, sino que me late con fuerza contra las costillas y arrasa con todo: la siguiente es mía.
En cuanto la veo acercarse, me posiciono.
El agua empuja la cola de la tabla, apoyo manos y pies y me levanto en un solo movimiento.
Ajusto la posición y el peso para fundirme con el movimiento de la ola y comienza el espectáculo.
No surfeo, vuelo sobre el agua. No pienso en lo que tiene que hacer mi cuerpo para dominarla, solo siento su energía y me dejo llevar sin perder el control hasta que la ola muere y yo me siento resucitar.
—¿Cómo ha ido? —se interesa Markel con una expresión entre expectante y preocupada, aproximando su tabla a la mía.
—De puta madre —le suelto y un taco tan típicamente español con mi acento francés le arranca una carcajada, un sonido que me salpica como las gotas de agua salada.
—¿Continuamos? —me anima mi compañero y, esta vez, sí, el entusiasmo con el que respondo es real, genuino.
Tras poco más de dos horas de sesión, en las que el mar ha sido benevolente y nos ha regalado unas cuantas buenas olas, nos retiramos hacia la orilla, agotados pero satisfechos.
—¿Ha funcionado? —me pregunta, de pie, mientras caminamos sobre la arena y dejamos atrás el mar.
Mi respuesta no llega en forma de palabras.
Sostengo la tabla con un brazo, le paso el otro por encima de los hombros y lo atraigo hacia mí, sin pensar en lo que estoy haciendo.
Es un acto reflejo de agradecimiento. Mi impulso también lo pilla por sorpresa, porque se tensa ante los primeros instantes del contacto para, después, responder de forma tímida a mi improvisada muestra de afecto colocando su mano libre en mi espalda.
Nos mantenemos la mirada durante un par de segundos en los que ambos somos conscientes de la respiración del otro, que parece haberse vuelto más pesada.
Últimamente, nuestros ojos muestran una tendencia, cada vez más recurrente, a engancharse en los del otro.
Mentiría si dijera que esto sucede más veces de las que me gustaría.
—Intuyo que eso es un sí. —La voz le sale ronca y sé que no es por culpa de haber estado estas dos últimas horas en el agua o por el esfuerzo.
—Gracias, tío, me has salvado la vida —le digo y, ante mis palabras, contiene el aire durante un instante en el que parece que la rigidez vuelve a su cuerpo antes de separarse de mí.
Sin embargo, continúo hablando como si no hubiera percibido esa leve alteración—.
Espero poder ser capaz de hacerlo también cuando tú no estés.
—¿Qué ha sido diferente? ¿Qué has sentido hoy que no sentías otras veces? —indaga y asume ese rol de terapeuta que le he colgado.
—Todo —contesto tras pensarlo durante un momento—. No sé, cuando te he visto surfear, mi cerebro ha cortocircuitado, he dejado de pensar y solo quería volar más alto y más deprisa que tú sobre la ola…
Arruga el entrecejo, pensativo, y sus rasgos se suavizan cuando vuelve a hablar.
—Será tu orgullo de campeón, que se quedó con las ganas de que nos enfrentáramos en el circuito y quieres demostrar que puedes quedar por encima de mí, —Se me cruzan los cables ante la mala elección de palabras escogidas y, después de eso, me cuesta seguir el ritmo de la conversación—, que eres mejor que yo.
—Creo que lo que acaba de decir intenta ser una broma.
Markel está más comunicativo que de costumbre. Puede que sea por el subidón de adrenalina que todavía inunda nuestro torrente sanguíneo, o quizá porque el mar ejerce ese efecto en él.
—No sé si alguna vez he sido mejor que tú, Markel.
Ahora, desde luego no lo soy. No obstante, creo que tú estás por encima de eso, no buscas competir ni agradar, tu única pretensión es vivir el mar y empiezo a pensar que eso es lo que necesito, que por eso me siento así contigo, porque no se trata de ser el mejor, sino de convertirme en agua.
Ante esa conclusión a la que parece que he llegado por mí mismo, algo hace clic en mi cerebro. No, no solo en mi cerebro, es como si mi cuerpo entero, como si todo mi ser se hubiera reprogramado.
—Me voy a la ducha. Tengo que trabajar —anuncia Markel y me doy cuenta de que me he quedado parado, con los pies clavados en la arena, perdido en mis pensamientos.
—Oh, sí, perdona. ¿Nos vemos mañana?
Él asiente.
—A la misma hora —se despide y continúa andando.
—¡Markel! —lo llamo cuando ya se ha alejado unos cuantos metros porque no quiero renunciar a su compañía hasta mañana. Mientras se detiene y me mira improviso cualquier excusa para retenerlo unos segundos más—. ¿Hay algún sitio en donde pueda entrenar también físico? —le pregunto.
—Sí, hay un gimnasio en el centro deportivo del pueblo. Suelen tener bonos de temporada. Pregunta —me explica, se gira y prosigue su camino.
«En el centro deportivo. Como si yo conociera algo de este pueblo además de su playa, sus olas y, por desgracia, el centro de salud», pienso.
Le pediría que me enseñara dónde está, incluso que me acompañara a entrenar, sin embargo, sé que no puede.
Bueno, tampoco es un mal plan para pasar las horas.
Todavía falta más de un mes para la primera prueba de fuego y mi intención es quedarme un tiempo por aquí, no está de más conocer el entorno.
Después de una ducha en la que no consigo deshacerme de toda la sal que impregna mi piel, como si fuera una capa más de ella, me ocupo de la tabla. La trato con cariño, con respeto, casi con devoción, antes de guardarla en su funda.
Me visto con unos vaqueros de cintura caída, una camiseta, mis Vans, echo en una pequeña mochila la ropa de deporte y me dispongo a hacer turismo para encontrar el maldito centro deportivo del pueblo.
A pesar de que la otra vez que estuve aquí con mis amigos visitamos algún que otro bar, no me quedé con las calles por lo que siento como si lo hiciera por primera vez.
Mientras, aprovecho para llamarles. No he hablado con ellos desde que se me cruzó el cable y decidí volver, salvo un mensaje que les envié para decirles que había llegado bien a mi destino, tan corto que parecía que me cobraran por palabra.
—¡Hombre, el desaparecido! —me saluda Theo al otro lado de la línea.
—¡Hola, Alain! ¿Cómo estás? —escucho la voz de Sophie, que se cuela en la conversación.
—Bien, ¿y vosotros? —No quiero entrar en detalles, fui bastante reservado con el motivo de mi marcha, ni siquiera les hablé de cuál iba a ser mi destino.
No estoy preparado para reconocer en voz alta mis problemas.
Al menos, no con ellos. Por contra, lo he hecho con alguien a quien apenas conozco, pero con quien siento que me une algo mucho más fuerte que la relación que tengo con mis amigos.
—¿Dónde andas? ¿Te has recluido en un monasterio perdido en la montaña? —me interroga mi amigo—. Al menos sabemos que es un sitio con cobertura.
—No seas imbécil, Alain no podría vivir lejos del mar —lo corta Sophie con la verdad más absoluta sobre mí.
La escucho con más claridad, por lo que intuyo que Theo ha debido de darle al botón de manos libres.
«No, no podría».
—¿Has encontrado ya el santo grial? —Theo prosigue con sus bromas, aunque no podría haber dado más en el clavo.
—Algo así —musito en voz baja y mi mente regresa a esta mañana, a la playa y a Markel—. ¿Sabéis algo de las chicas?
—No demasiado. Están muy entretenidas con el catalán —apunta Sophie.
—Al menos sabemos que siguen vivas —añade mi amigo y sus carcajadas me llegan desde el otro lado de la línea. Parece que se lo está pasando muy bien con esta conversación
—Tal vez les escriba luego. ¿Por dónde andáis? —me intereso, para saber cómo va la ruta que, en un principio, planeamos juntos.
—Ya estamos en Portugal. Mañana saldremos hacia Ericeira, aunque, aprovecharemos que nos hemos desecho del obseso del surf, para el que no existen más que playas, para desviarnos hacia Lisboa para conocer la ciudad.
«Ericeira». Ese va a ser precisamente mi primer destino para la vuelta a la competición después del accidente y de esta «crisis» que confío estar empezando a superar.
Todavía falta un mes para ello, sin embargo, en cuanto escucho el nombre de ese lugar, se me contrae el estómago y me empiezan a sudar las manos.
—Bueno, tengo que dejaros. Hablamos —me despido cuando llego hasta un cartel en un cruce que me indica en qué dirección se encuentra el ayuntamiento, el colegio y el polideportivo.
Después de eso, no tardo en encontrarlo. Me sorprendo en cuanto cruzo la puerta. Es relativamente nuevo, bastante grande y está muy bien dotado, casi diría que demasiado para un pueblo de unos dos mil habitantes. Se nota que alguien se ha dejado pasta aquí.
Contrato un bono de diez días, aunque, probablemente, me hagan falta más y, después de que me enseñen los vestuarios, la piscina cubierta, la exterior y el gimnasio, me pongo las pilas con el entrenamiento. Estoy bastante oxidado y tengo que ponerle remedio cuanto antes.
Por la tarde, un poco de lectura relajante a pie de playa y un largo paseo en el que me tengo que morder las ganas de pasar, como quien no quiere la cosa, por la torre del socorrista en donde sé que Markel estará trabajando.
Creo que soy capaz de aguantar hasta mañana por la mañana para volver a verlo.