Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 9 Necesito tu ayuda
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CAPÍTULO 9 Necesito tu ayuda

Markel

—¿Q uién era ese? —me interroga Itsaso, mi compañera, en cuanto Alain desaparece de nuestra vista.

Dudo antes de responder, quizá durante más tiempo del que debiera, pero es que la conversación con él me ha fundido un poco los plomos.

—Un tipo con el que suelo surfear —contesto, por fin, tras escoger las palabras que más se adecúan a la relación que nos une.

—Joder, pues está bueno.

«Ya», pienso, mientras un calor amargo me brota en el bajo vientre, una sensación que podría describirse como unos celos tontos e irracionales, aunque, por supuesto, no digo nada.

—Voy a dar una vuelta por la playa para ver cómo está la situación. Si necesitas algo, llámame al walkie —le digo.

Necesito unos minutos —o unas horas— a solas, para pensar en lo que ha sucedido y montarme mil teorías sobre lo que sea que vaya a contarme Alain, mientras vigilo a la gente que disfruta de un día de playa.

La maldita frase de: «Aún me acuerdo de nuestro beso», rebota dentro de mi cabeza y desmonta cualquier idea lógica que consigo formar.

No tengo ni idea de qué puede ser lo que me tiene que contar o pedir Alain y mentiría si dijera que no tengo un nudo de nervios en el estómago que me lo vuelven del revés, tanto que, en mi pausa para la comida, apenas soy capaz de probar bocado.

Ha sido un turno tranquilo, tan solo un par de incidentes leves en los que ha sido necesaria nuestra intervención, cosa que cualquier otro día me habría encantado.

Una buena jornada es aquella en la que nadie me necesita.

Sin embargo, justo hoy, me hubiera venido bien un poco más de caña para que el tiempo pasara más deprisa y dejara de comerme la cabeza.

Juro que ha habido momentos en los que he dudado si el reloj iba hacia delante o hacia atrás.

A las siete de la tarde, mi compañera se despide de mí y, una hora más tarde, aviso por megafonía de que la playa se queda desatendida.

Cualquier cosa que pase a partir de este momento, es responsabilidad de los usuarios.

Retiro la bandera de la torre y cuando la estoy doblando para guardarla con el resto de mis cosas dentro de la caseta, veo la silueta de Alain acercarse a mí y el corazón me da una voltereta en el pecho antes de seguir latiendo.

Va vestido con unos pantalones vaqueros cortos, algo caídos de cintura y una camiseta de una conocida marca de ropa surfera, supongo que cortesía de alguno de sus patrocinadores.

Camina con las manos en los bolsillos, de manera casual, como si solo pasara por aquí en lugar de venir directo hacia mí.

—Hola —saluda cuando llega a mi altura, sin molestarse en sacar las manos de los bolsillos.

—¿De qué quieres hablar? —le suelto, de una forma un tanto brusca, pero es que los nervios que llevo gestando desde esta mañana no ayudan.

Alza una ceja, probablemente sorprendido porque haya sido tan directo y tan… borde. Contiene el aire, durante un segundo demasiado largo, mientras me observa, como si evaluara si le merece la pena perder el tiempo hablando conmigo, y lo suelta despacio.

—¿Podemos sentarnos? —Saca una mano del pantalón y señala el escalón de la caseta del socorrista.

Asiento y soy el primero en hacerlo. Él lo hace a mi lado y, aunque no llega a tocarme, soy capaz de sentir en el muslo el calor que irradia su piel, uno que percibo, al mismo tiempo, como agradable y desestabilizante.

—Esto que estoy a punto de contarte no se lo he dicho a nadie, así que me gustaría, por favor, que quedara entre nosotros —me pide.

—Sin problema. Adelante —ratifico y le doy pie para que comience. Me sorprende que me escoja para revelarme un secreto, cuando, hasta hace poco tenía a sus amigos aquí para hacerlo y, al mismo tiempo, estoy intrigado. Muy intrigado.

Alain se toma su tiempo. Entrelaza las manos y juega con los dedos. Me alegra saber que no soy el único que está nervioso. No soy de los que hablan mucho, sin embargo, se me da bien escuchar, tanto las palabras como los silencios.

—Necesito tu ayuda, Markel —suelta, sin rodeos, y el nudo que he sentido todo el día alrededor del estómago se me sube a la garganta.

—¿La mía? ¿Para qué? —pregunto, con la voz estrangulada.

—Como ya sabes, hace unos meses tuve un accidente de moto.

No fue nada grave, por suerte, todo quedó en un susto, uno gordo que hizo que me replanteara muchas cosas.

—Cabeceo comprensivo. Entiendo muy bien a qué se refiere, algo parecido me pasó a mí tras la muerte de Richi—.

No solo me lesioné el hombro, creo que algo más dentro de mí se rompió.

Su confesión me deja sin palabras y eso que antes tampoco tenía mucho que decir, por lo que continúa hablando.

—La recuperación ha sido dura. —Aparta la vista para tomar distancia y la clava en el mar, como si en lugar de hablar conmigo, pensara en voz alta—.

Soñaba día tras día con volver a subirme a una tabla y, cuando por fin los médicos me dieron permiso para hacerlo, descubrí que, lo que hasta la víspera del accidente me daba la vida, ya no me llenaba.

Y no entiendo el porqué. Yo antes disfrutaba con esto, vivía para esto y quiero regresar a esa sensación —confiesa y el dolor que se esconde tras sus palabras me encoge el pecho—.

Me siento como una especie de autómata que hace los giros y movimientos estipulados sobre la tabla, de una forma mecánica, con una técnica cuidada, pero nada más, por dentro soy un saco vacío. Y ambos sabemos que el surf no es esto.

—No, no lo es —le confirmo—. Aunque no sé qué pinto yo en esto…

—añado. Entiendo su pena, a mí me mataría estar en su lugar.

El surf siempre ha sido mi válvula de escape, lo que me mantiene vivo, el mar es el lugar al que acudo cuando todo lo demás me ahoga, y no poder disfrutar de las sensaciones que me regala sería horrible.

Sin embargo, no sé qué quiere de mí. No sé en qué puedo ayudarlo.

—Las únicas dos veces que he vuelto a sentir «algo» sobre las olas ha sido cuando he surfeado contigo —dice y gira la cabeza hacia mí, para dar más énfasis a sus palabras.

Su declaración me corta la respiración. O puede que sean sus ojos azules, que arrastran el agua del océano hasta sus iris y hace que me sumerja en ellos como si fueran la mejor ola.

Un calor, que poco tiene que ver con el sol, que a esta hora empieza a perder fuerza, se me instala en el pecho.

Joder, yo también lo he sentido. En las dos ocasiones en las que hemos estado tabla con tabla en el mar, había una conexión entre nosotros, fluía una especie de química especial que no había experimentado jamás.

Aunque, en mi caso, creía que se debía a quién es él y lo que ha significado en mi vida.

Nunca me imaginé que él podía verse en una situación similar a la mía.

—Necesito que me eches una mano para encontrar eso que me falta, eso que he perdido por el camino —prosigue, ignorando la tormenta que se acaba de desencadenar en mi interior—.

Quiero que me ayudes con ese agujero negro que se expande dentro de mí, quiero que me enseñes a llenarlo de lo que sea que tienes tú y que se me contagia cada vez que surfeamos juntos.

Quiero volver a luchar para estar entre los mejores.

Esa es mi vida, Markel, no sé hacer otra cosa y siento que, esta vez, no puedo hacerlo solo.

Se me echa el tiempo encima. Empiezo las series clasificatorias en un mes y no estoy listo, ni física ni mentalmente.

—¿Yo? —inquiero, desconcertado. Entre todas las locas teorías con las que me he comido la cabeza durante todo el día, no se encontraba esta—. ¿Cómo puedo ayudarte? Hace años que me descolgué de la competición.

—Ya, y no entiendo la razón, porque eres bueno, Markel. Eres mucho mejor que la mayoría de los que están allí arriba, muy superior a mí. No obstante, no voy a insistir. El otro día ya me dejaste claro que es un tema delicado y seguro que tienes tus buenos motivos para haber actuado así.

«Richi saltando al vacío. Richi ahogándose en el mar. Yo y la impotencia de no ser suficiente para salvarlo». Las imágenes borran de un plumazo el calor agradable que sentía antes y lo sustituyen por la sensación gélida de la muerte de una persona cercana entre tus brazos.

Agito la cabeza para desterrar ese amargo recuerdo y regreso al momento actual, a Alain y su propuesta, que todavía no tengo muy claro en qué consiste.

—¿Y cómo pretendes que haga eso? —indago para que me aclare cuál quiere que sea mi función en todo esto.

—Quiero que surfees conmigo.

Una simple propuesta de compartir el deporte que ambos amamos.

Sin embargo, la intensidad con la que lo dice me provoca un cosquilleo en la base de la nuca que se extiende a lo largo de mi columna vertebral.

Si me hubiera sugerido repetir el beso que me dio en las duchas o, incluso, haberlo llevado a cabo en este mismo instante, creo que no me habría afectado tanto.

—¿Solo eso? —digo, en cambio, como si ese no fuera mi puto sueño desde que vi a Alain subido a una tabla por primera vez.

—Sí, creo que con eso será suficiente. Yo me ocuparé de analizar las diferencias entre hacerlo contigo a hacerlo con cualquier otro y espero sacar algo en claro que me ayude —expone, aunque no sé si está muy convencido de esa segunda parte.

Mi mente, por su parte, se ha quedado anclada en ese «hacerlo contigo» y se lo ha llevado a otro terreno. Carraspeo para volver a centrarme y lo pienso durante unos segundos. No necesito demasiados para aceptar su proposición.

—De acuerdo, pero no dispongo de mucho tiempo libre —le aclaro.

—Y, aun así, surfeas casi a diario… —me rebate.

Asiento, es prácticamente mi única afición y la que se lleva todo ese poco tiempo libre que acabo de mencionar.

—Sí, pero entre mi trabajo aquí como socorrista y echar una mano de vez en cuando en el Rompeolas, mis horarios son un poco complicados —explico.

—No hay problema. Puedo adaptarme a ellos. No tengo nada mejor que hacer. ¿Podemos empezar mañana? —pregunta, ansioso, y mira al cielo. Creo que, incluso, se ha planteado comenzar hoy mismo, pero no está vestido para la ocasión y, además, no tardará mucho en anochecer.

—Ok. Nos vemos a primera hora.

—Perfecto. Seré tan puntual como el sol. —Me guiña un ojo y se levanta. Antes de marcharse, añade, con sus ojos clavados en mí—: Gracias, Markel. No sabes lo que significa esto para mí.

Su sinceridad me abruma. Hago un «aéreo» sobre el pico de la ola, con un aterrizaje nefasto. Pierdo la tabla y la capacidad de hablar y me precipito de lleno dentro de su mirada, una mezcla peligrosa de espuma blanca y mar azul.

Me da un toque amistoso en el hombro, un roce entre colegas, que chisporrotea sobre mi piel como si me acabaran de prender fuego, uno que, a pesar de que quema, no duele.

—Hasta mañana, Markel —se despide y se aleja de mí.

No le contesto. Llevo la mano contraria al punto en el que todavía siento muy presente su contacto, como así pudiera retener esa sensación y evitar que las llamas se apaguen.