Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 8 En busca de mi talismán
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CAPÍTULO 8 En busca de mi talismán

Alain

P ese a que quise marcharme nada más tomar la decisión, mis amigos no me dejaron. Se empeñaron en hacerme una pequeña fiesta de despedida como si no nos fuéramos a ver en años, cuando lo más probable es que en dos semanas, cuatro a lo sumo, nos volvamos a juntar de nuevo.

Consigo escaparme a media tarde, después de varios abrazos demasiado intensos y efusivos por culpa del alcohol que yo no he probado.

—Espero que encuentres lo que buscas y que pongas en orden eso que tienes dentro de tu cabecita —me dice Sophie al oído, con una nueva copa en la mano, en un abrazo que convertimos en baile al que se une su novio y mi mejor amigo, Theo.

Con un nudo de emoción que sé que se me va a aflojar en cuanto ponga unos pocos kilómetros entre ellos y yo, me subo a la furgoneta y arranco para deshacer el camino que hemos recorrido durante los últimos días.

Más directo, con las pausas imprescindibles para tomarme algún que otro café y dormir un par de horas y evitar así quedarme frito al volante.

Mi destino aparece ante mis ojos justo cuando empieza a amanecer.

Voy directo al mismo aparcamiento en que dejé la furgo en mi anterior visita, ocupo prácticamente el mismo lugar que entonces, y me enfundo el traje de neopreno con prisas, como si me hubieran privado de surfear y del mar durante meses, cuando no hace ni veinticuatro horas que lo visité por última vez.

Cojo la tabla y voy directo hacia la playa.

Antes de llegar a la orilla, me detengo.

Bajo las luces del amanecer, se recorta la silueta de otro surfista, como bien indica la tabla que hay a su lado, y no me hace falta ver más que su pelo moreno, desordenado por la brisa, para saber de quién se trata.

He vuelto con la intención de encontrármelo, lo que no imaginaba era que iba a ser tan pronto. ¿Será cuestión del destino?

—¿No entras hoy? —le pregunto, directo, sin ni siquiera saludarlo.

Markel parece sorprendido por verme de nuevo a su lado, en su playa, y me pregunta por ello, en la conversación más larga que hemos mantenido hasta ahora. También se interesa por mis amigos. O por mi compañía.

—¿Estás aquí solo?

—Sí, ellos han seguido la ruta que teníamos planificada. Sin embargo, me he dado cuenta de que allí no iba a encontrar lo que busco —le digo, con una sinceridad brutal que lo vuelve a dejar sin palabras. Por si eso fuera poco, mis ojos se quedan atrapados en él, incapaces de soltarlo.

Markel se pone en pie, coge su tabla y corre hacia el océano.

Cómo no, yo le sigo. Soy unos pocos centímetros más alto que él, por lo que mis zancadas son más amplias y lo alcanzo justo cuando echa su tabla al agua y se lanza sobre ella.

O puede que sean mis ganas de volver a sentir el mar de la forma única que lo he sentido con él.

Remamos hacia la mejor zona y esperamos a que llegue una buena serie.

Un solo cruce de miradas es suficiente para dar comienzo a nuestra danza sobre las olas.

Dejo que la primera se la lleve él y que se luzca.

Sé que después vendrá mi turno y no pienso quedarme atrás.

Es un duelo digno de las competiciones de más alto nivel en el que se mezclan la rivalidad, el respeto y la admiración, que nos salpican como las gotas saladas del mar, y cuyo único premio es el mejor que puede haber: disfrutar.

Es, simplemente, increíble. Justo lo que necesito, lo que buscaba, el motivo por el que acabo de recorrer más de setecientos kilómetros, y parece que, de alguna forma, solo lo encuentro en estas aguas, con Markel, lo que me hace plantearme demasiadas preguntas para las que no tengo respuesta.

Un buen rato después, que se me ha pasado tan rápido como si solo hubieran sido unos minutos, aunque sé que, en realidad, ha pasado bastante más tiempo, por la posición del sol en el cielo, dejamos que el mar nos lleve a la orilla, con brazadas perezosas, como si ninguno de los dos quisiera poner fin a esto.

Salimos del agua, clavamos las tablas y nos dejamos caer sobre la arena, tan cerca uno del otro que, con solo movernos unos pocos milímetros, podríamos tocarnos.

Nos tumbamos bocarriba, con la respiración agitada, los músculos ardiendo por el esfuerzo al que los hemos sometido y una sonrisa de satisfacción cincelada en el rostro. Ha sido una pasada.

Una vez que los niveles de adrenalina comienzan a bajar, mi maldito hombro protesta y me lo masajeo por encima del neopreno. Markel, a mi lado, vestido con un bañador y una camiseta de licra que se le pega al torso como una segunda piel, gira la cabeza en mi dirección cuando aprecia el gesto.

—¿Estás bien? —se interesa.

Yo también me muevo para mirarlo. Mis ojos bailan entre los suyos y sus labios.

La distancia entre nosotros es tan corta que el aire exhalado, todavía de forma errática, rebota en el rostro del otro.

Aparto la vista antes de que me deje llevar por ese impulso que me empuja a besarlo, como ya hice cinco años atrás, y la fijo en el cielo azul completamente despejado.

—Sí —respondo escueto, cruzo los brazos por debajo de la cabeza y fijo la mirada en el cielo.

Aunque no lo veo, siento sus ojos clavados en mí durante unos segundos hasta que entiende que no voy a añadir nada más e imita mi postura.

Así, tumbados en la arena, uno al lado del otro, sin tocarnos, pero plenamente conscientes del espacio que ocupa el otro, permanecemos en silencio, en uno cómodo que no nos hace falta romper con palabras, como si fuéramos dos buenos amigos, mientras nuestras constantes regresan a la normalidad.

—Eres mucho mejor de lo que recordaba, Markel. Puede que te hayas alejado de la competición, pero tu nivel es increíble —se me escapa, y enseguida me arrepiento de haber abierto la boca, ya que quien también se va es él.

Estaba tan a gusto con él, que había olvidado que ese parece ser un terreno prohibido.

—Tengo que irme —anuncia y se pone en pie.

Al hacerlo, el ambiente cambia, como si el aire entre nosotros fuera diferente, más frío.

De una complicidad innata hemos pasado a una atmósfera tensa, tirante.

Dejo que se vaya, consciente de que acabo de meter la pata hasta el fondo y de que cada paso que quiera dar ahora para volver a acercarme a él solo nos separaría más.

Vuelvo a cerrar los ojos mientras intento tragarme la decepción que siento ahora mismo y, sin que me dé cuenta, el agotamiento de la noche al volante cae sobre mí y me quedo dormido sobre la arena.

—¡Eh, tú! ¿Te encuentras bien? —Me despierta un tipo a mi lado con una prótesis en una de sus piernas.

Se agacha a mi lado para coger un traje arrugado y manchado de arena, que ni siquiera había visto hasta ahora, y empieza a vestirse, sin molestarse siquiera en secar su piel mojada. Es un tipo alto, atractivo, moreno y de ojos verdes, pero que, ni de lejos, me llama tanto la atención como Markel.

—Sí, me he quedado dormido —le digo y me froto los ojos.

—Ok. —El desconocido coge la americana, se la echa al hombro y me deja solo de nuevo.

Cuando consigo deshacerme de la somnolencia que tengo todavía adherida al cuerpo, recojo la tabla y me dirijo hacia las duchas que hay a la entrada de la playa para desprenderme de los restos de sal y arena.

Aprovecho también para limpiar la tabla y, después de secarla y tratarla con más mimo que a muchos de mis amantes, la guardo dentro de la furgo .

Mi estómago ruge y me doy cuenta de que apenas me quedan provisiones, así que, aprovecho que hace un día cálido de finales de primavera y doy un paseo por el pueblo para abastecer la despensa y comer algo.

Acabo a media tarde, sentado en una de las mesas del bar en el que sé que a veces trabaja Markel. No obstante, no hay ni rastro de él.

Tal vez sea mejor así, no sabría cómo arreglar lo que quiera que sea que he estropeado esta mañana entre nosotros. Que mi pregunta le haya hecho alzar un muro entre ambos me recuerda que ese es un tema delicado que es mejor no volver a tocar, especialmente si pretendo que me ayude con mi problema.

Me acuesto pronto porque necesito dormir en condiciones, aunque me cuesta conciliar el sueño. No hago más que repetirme, una y otra vez, lo sucedido esta mañana, el subidón de volver a surfear con Markel y mi cagada de después.

Con las primeras luces del alba regreso a la playa.

Esta vez no tengo tanta suerte como ayer.

Hay varios surfistas, pero ninguno es él y eso, automáticamente, dinamita mis ganas de coger unas olas.

Creo que me da miedo no volver a sentirme vivo dentro del mar si no cuento con su compañía.

Me quedo un rato observándolos y, cuando me aburro, paseo por la playa.

Mis pies me llevan sin que sea consciente de ello —o puede que sí— hasta el puesto del socorrista.

—Ya han pasado diez días desde que me hice el corte, ¿me puedes echar un vistazo a la herida para ver cómo va?

Mis palabras van dirigidas expresamente a Markel, aunque este se encuentra junto a una compañera. Ambos tienen la atención fija en cada cosa que sucede a su alrededor, con especial interés en los bañistas, aunque mi interrupción consigue que desvíen la vista hacia mí durante un breve instante.

—Eso tendrían que hacerlo en el centro de salud —me dice y le respondo con una media sonrisa. Markel resopla y termina cediendo—. Anda, acompáñame dentro —me ordena.

Le toca el hombro a la chica para indicarle que ya se ocupa él, su compañera asiente y lo sigo al interior de la caseta.

Ni siquiera me he fijado en ella, sé que lleva un pantalón corto rojo y una camiseta blanca porque es el mismo uniforme que lleva él, pero no soy capaz de recordar el color de su pelo o cualquier otro rasgo distintivo.

—Túmbate en la camilla y levántate la camiseta.

Le obedezco con un hormigueo que me sube por la columna vertebral y no sé si se debe a encontrarme con él en un espacio tan reducido, a solas, o a la remota posibilidad de que vuelva a marearme debido a mi fobia a la sangre.

Mientras me acuesto sobre la camilla, Markel prepara el material y se coloca unos guantes. Despega el apósito que cubre la herida de mi abdomen con mucho cuidado, y soy incapaz de apartar los ojos de esos dedos que me rozan la piel.

—Umm —refunfuña contrariado, como si lo que ve no fuera lo que esperaba encontrarse, y todo mi cuerpo se vuelve rígido ante la posibilidad de que se me haya infectado—.

Está bastante bien para haberte pasado por el forro mi consejo de no mojarte la herida, aunque yo esperaría unos días más antes de quitar los puntos. Todavía están bastante frescos.

Me río ante la bronca que me ha echado y parte de la tensión que arrastraba se aligera con mis carcajadas.

Él termina de hacer la cura y me vuelve a colocar un apósito.

—Ok, entonces pasado mañana me volveré a pasar por aquí —anuncio y me incorporo de un salto.

—¿Vas a quedarte unos días? —me pregunta y traga saliva.

Su voz sale estrangulada y no sé cómo interpretar ese gesto.

No sé si le agrada la idea o, por el contrario, supone un fastidio para él.

Miro dentro de sus ojos y no encuentro ni una pista que me ayude a decantar la balanza hacia una opción u otra, aunque pienso averiguarlo.

—Depende de ti —le suelto con una sonrisa canalla que lo deja todavía más descolocado.

—¿De mí? —repite, confuso.

—¿Podemos hablar? Con calma, en privado —le pido porque ya no puedo ocultar más el motivo por el que he regresado. Mi diversión parece haberse esfumado, mientras miro a mi alrededor. Su compañera está ahí fuera y, aunque lo más probable es que no pueda oírme, no me siento cómodo.

Si voy a abrirme ante él, de una forma en la que no lo he hecho nunca, quiero hacerlo a solas.

—Pásate hacia las ocho por aquí. Hoy me toca cerrar el puesto a mí y a esas horas, esto está muy tranquilo —me dice y asiento, antes de darme la vuelta y marcharme.