CAPÍTULO 7 De vuelta en casa
Markel
D espués de ese primer domingo, el resto de nuestra semana en Vigo es bastante menos accidentado. Incluso, Nils, Luken y yo hacemos una pequeña escapada a la playa de Patos para coger unas olas mientras mi madre y mi hermana aprovechan para pasar tiempo juntas.
En cuanto me subo a la tabla, Alain vuelve a mi cabeza. Su recuerdo es un invitado no deseado que me atraviesa y hace que, incluso, me tambalee sobre la tabla. Una pequeña pérdida de equilibrio que consigo que pase desapercibida.
La complicidad que comparto con los miembros de mi familia es otra, muy diferente, pero aquí está, una vez más y tira de nosotros hacia el océano, como hizo aquella primera vez, cuando solo teníamos nueve años en unas vacaciones que, sin que lo supiéramos entonces, marcaron nuestro futuro. El de los tres.
Desde que tengo uso de razón, Luken ha sido el más deportista de los dos, cualquier actividad física que practicase siempre se le daba mejor que a mí. Sin embargo, el surf siempre ha sido mío. El amor que siente mi hermano por el mar es de otro tipo, aunque sabe defenderse sobre una tabla.
—Joder, me encantaría surfear en Gold Coast —se me escapa en voz alta.
Luken, emocionado, nos vuelve a hablar de su viaje a Queensland, en Australia, para estudiar la Gran Barrera de Coral.
Se marcha durante dos meses gracias a una beca muy exclusiva para graduados en Ciencias del Mar, Oceanografía y Biología Marina.
Él será uno de los doce afortunados y no puedo estar más orgulloso de él. Y con un poco de envidia también.
—¿Por qué no te escapas un par de semanas y vienes a visitar a tu hermano? —me sugiere, y si no fuera porque tengo un contrato ya firmado para este verano y que ando pelado de pasta con lo del piso, me iba con él, pero no dos semanas, sino todo el verano.
—Imposible, tengo que trabajar —niego con la boca pequeña.
—Bueno, chicos, se nos hace tarde y hemos quedado para comer —nos apremia Nils y empieza a remar hacia la orilla. Aunque no dice nada, no me cabe la menor duda de que a él también le gustaría acompañarlo—. Y cuando estés allá, acuérdate de llamar a tu madre de vez en cuando.
—Eso está hecho —le asegura.
Abandonamos la playa, devolvemos las tablas que hemos alquilado y regresamos al apartamento para darnos una ducha y quitarnos la arena y la sal impregnada en nuestra piel antes de ir al restaurante.
Mañana se gradúa mi hermano y hay que celebrarlo por todo lo alto. Por eso hemos escogido una famosa marisquería de la ciudad y los cinco vamos vestidos para la ocasión.
Mientras la camarera nos guía hasta la mesa que tenemos reservada, saludo con un gesto de la cabeza a mi amigo Roy, cuyo padre ha escogido el mismo restaurante que nosotros para comer con sus hijos.
Su hermana, Gadea, como mejor estudiante de la promoción, será la encargada de dar el discurso de graduación.
—Enhorabuena, Gadea —la felicito cuando paso por su lado.
—Gracias, Markel —responde con educación.
Luken y ella ni siquiera se miran. A pesar de que nos conocemos desde que éramos niños, nunca se han soportado, cosa que no acabo de entender. Pensaba que estudiar juntos les habría ayudado a limar asperezas. Por lo visto, no ha sido así.
El patriarca de los Valcárcel nos contempla por encima del hombro, como ha hecho siempre, como si no fuéramos dignos de dirigirnos a él y a su familia perfecta.
Por suerte, esas cosas no nos afectan, ya que sabemos que todo es pura fachada.
Roy y su padre nunca se han soportado y, después del accidente, mucho menos.
El discurso de Gadea es emotivo y divertido al mismo tiempo y se gana una ovación y los aplausos de todos sus compañeros y de gran parte del público. Luken se suma a ellos casi con desgana.
Después de unas cuantas fotos, mi hermano se acerca a nosotros para recibir nuestras felicitaciones.
—¡Qué guapo estás, cariño! —le dice mi madre, a pesar de que mi hermano se ve un poco ridículo con el birrete. Está emocionada y camufla las lágrimas que no ha podido contener tras unas gafas de sol.
Nahia se abraza a sus piernas y yo le palmeo la espalda.
Aquí nos volvemos a separar. Luken se va a celebrar su recién adquirido título con sus compañeros de promoción y nosotros, a primera hora de la mañana, regresamos a casa.
Tengo que trabajar por la noche en el bar, no he podido estirar más mis vacaciones.
Además, en cuanto mi hermano se despierte de su borrachera, tendrá que preparar la maleta para iniciar su viaje.
Esta vez sí que conduzco. Me pongo al volante en primer lugar para poder descansar antes de entrar a trabajar.
Es una estupidez, lo sé, pero el pie se me va al acelerador y lo piso más fuerte de lo que debería, superando en varias ocasiones el límite de velocidad, con la falsa esperanza de volver a encontrar algo que, a todas luces, ya no me espera en casa.
Paramos a mitad de camino para comer y estirar un poco las piernas. Durante el resto del camino, Nils y mi madre se turnan para conducir, mientras yo juego con mi hermana a contar coches de colores.
Cuando aparcamos frente a la puerta de casa, todavía tengo tiempo suficiente para darme una ducha y descansar un rato antes de empezar mi turno. Sin darme cuenta, me duermo y, si no fuera por mi madre, no habría llegado a trabajar.
—¿Qué tal han ido las vacaciones, Markel? —me pregunta mi jefe y pasa por alto los diez minutos que he llegado tarde.
—Bien —respondo justo antes de ponerme a servir bebidas a su lado.
—¿Y tu hermano? ¿Tan golfo como siempre? —Sonríe antes de que pueda contestarle.
Junio ha entrado con fuerza y el local está hasta arriba.
Parece que la gente tiene ganas de verano y esto está hasta la bandera.
Casi ni en las fiestas patronales está tan lleno.
No tenemos ni un minuto de respiro y para cuando echamos el cierre, después de recoger y limpiar, está a punto de amanecer.
A pesar del cansancio que arrastro, no voy directo a casa, ni a la de mis padres ni a la mía, antes tengo que hacer una parada técnica.
Hay un lugar que he extrañado como nunca durante esta semana.
Aunque he visitado otras, necesito ir a mi playa y pisar su arena. Y, cómo no, cabalgar sus olas.
Uso la misma excusa de la otra vez, la de sacar la basura, para dar un rodeo y pasarme por el parking .
Doy un repaso a todos los coches, caravanas y furgonetas que hay, en busca de una Renault Traffic de color granate.
Como ya imaginaba, ninguna coincide con ese modelo y ese color, lo que no evita un pequeño pellizco de decepción que me retuerce el pecho.
Una de sus amigas, en esas confesiones de borrachera una semana atrás, cuando intentaba ligar conmigo y la rechacé, me dijo que estaban aquí aparcados y me explicó en cual se alojaban, la misma que compartían con un amigo que ya debería de estar dormido —que supuse que se trataba de Alain, ya que era el único del grupo que faltaba—, y me invitó a pasarme por allí si cambiaba de opinión.
Abro la caseta de la escuela de surf, me cambio de ropa en el interior y pillo mi tabla.
Como una especie de ritual, me dirijo, despacio, hacia el mar.
A pocos metros de la orilla, donde la arena todavía está húmeda y compacta debido a la última pleamar, deposito la tabla con cuidado, como si fuera un objeto frágil, y me siento.
—¿Te importa que deje mis cosas aquí? —La voz de Roy me sorprende mientras espero a que el sol, a mi espalda, dé color al cielo.
—Claro que no —le respondo y giro la cabeza para mirarlo.
Parece que viene directo desde Galicia, sin pasar por casa, ya que todavía va vestido con uno de esos trajes que solo lleva en presencia de su padre. Por su expresión seria y la mandíbula apretada, sé que su reunión familiar no ha ido bien. Vamos, nada nuevo.
Cualquiera en mi lugar lo interrogaría sobre ello, sin embargo, sé que no es eso lo que necesita, de ahí que nos llevemos tan bien.
Tira al suelo, sin miramientos, las prendas de ese traje caro que ni los sueldos de mis dos trabajos alcanzarían a pagar, y se desnuda hasta quedarse en ropa interior.
Ni siquiera lleva bañador. Se deshace también de la prótesis de su pierna izquierda, tan bien lograda que, hasta que no lo ves sin pantalón, no te das cuenta de que le falta una extremidad, y, con un equilibrio envidiable, se dirige hacia la orilla.
En cuanto se sumerge, se fusiona con el mar.
La popular expresión «como pez en el agua» debió de ser inventada solo para él.
No me extraña que, entre los habitantes del pueblo, se haya ganado el mote de «Tritón».
Permanezco unos minutos más, en la misma posición, lo único que se mueve son mis ojos, que siguen a Roy, supongo que por defecto profesional.
Estoy acostumbrado a vigilar a cualquier bañista, incluso cuando no trabajo, aunque él no lo necesita.
No conozco a una persona que tenga menos posibilidades de tener que ser rescatado, al menos, no en esto.
Su destreza para nadar es infinitamente superior a cualquier otra persona que haya conocido jamás.
De pronto, soy consciente de que no estoy solo en la playa, y no me refiero ni a Roy ni a los pocos madrugadores —o trasnochadores— que pasean a sus perros o que aprovechan para correr por la arena.
Hay alguien más y el cosquilleo que siento sobre mi columna vertebral, justo donde deben estar sus ojos, hace que sepa de quién se trata antes, incluso, de verlo.
—¿No entras hoy? —Recibo el leve acento afrancesado de Alain como una caricia que se extiende sobre toda mi piel.
Él señala con un gesto de la cabeza mi tabla, mientras espera mi respuesta.
Yo, en cambio, enmudezco por tenerlo frente a mí.
Por un instante, creo que empiezo a delirar por la falta de sueño y lo contemplo de arriba abajo, para asegurarme de que sea real.
Con la tabla bajo el brazo, lleva el neopreno con la cremallera a medio subir y esa sonrisa insolente suya, que me deja casi sin palabras.
—¿Qué haces aquí? Pensaba que te habías ido —le suelto y sí, suena tan borde como parece.
—Y así era. Había seguido el viaje con mis amigos, pero, cuando estábamos a punto de llegar a Portugal, me he dado la vuelta —me explica y me da más detalles de los que le he pedido.
—¿Estás aquí solo? —le pregunto mientras escruto con la mirada la playa en busca del resto de su cuadrilla.
—Sí, ellos han seguido la ruta que teníamos planificada. Sin embargo, me he dado cuenta de que allí no iba a encontrar lo que busco —sentencia con la mirada clavada en mí y juraría que su voz se ha vuelto más ronca, más grave. No sé por qué, pero me da la impresión de que se refiere a mí.
El color de sus ojos, que parecen haberse bebido el océano al completo, me calienta tanto por dentro que me creo capaz de combustionar aquí mismo.
Así que, sin mediar palabra y como si me hubiera dado una descarga, me pongo en pie, cojo mi tabla y corro hacia el mar que me recibe como siempre, con un abrazo.