Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 6 Un maldito espejismo
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CAPÍTULO 6 Un maldito espejismo

Alain

N o volví a ver a Markel durante el resto del día y no fue porque mis ojos no lo buscaron.

Recorrí con la mirada cada rincón de la playa y cada esquina del pueblo sin encontrarlo.

Efectivamente, no mintió cuando me dijo que tenía el día libre.

Me acerqué un par de veces al puesto de socorrista para comprobarlo y allí no había ni rastro de él, tan solo un par de chicas de sonrisa amable.

Podría haber aprovechado para que me curaran el corte, pero no quería las manos de una desconocida sobre mi abdomen, quería las suyas.

Al final, opté por ir a una farmacia y comprarme gasas, apósitos y un antiséptico para hacerme las curas.

O para que me las hicieran mis amigos porque no sé si soy capaz de tocarme la herida sin volver a marearme.

Lo que sí tengo claro es que, ahora que parece que empiezo a recuperar la emoción y el disfrute de este deporte —o eso creo—, no pienso renunciar a las olas durante los próximos diez días, por mucho que confíe en las recomendaciones de Markel y de los médicos.

De momento, no parece tener mala pinta, o eso me han dicho.

Nos quedamos una noche más en el pueblo y, a la mañana siguiente, temprano, casi al amanecer, continuamos el viaje. No he podido despedirme de él y puede que, hasta dentro de otros cinco años, no volvamos a coincidir.

Nuestra siguiente parada es Oyambre, en Cantabria.

Justo enfrente de la playa, tras cruzar una carretera, hay un camping bastante económico, así que optamos por alojarnos allí y contar con unas pocas comodidades más, como, por ejemplo, unas duchas amplias de las que disfrutamos como si fuera la primera vez que lo hacemos en años.

Después de instalarnos, vamos directos a la playa con nuestras tablas bajo el brazo.

El mar hoy no acompaña, el viento es muy suave y el agua parece un remanso de paz, con olas bajas que no invitan a realizar una exhibición de pie sobre las tablas, así que nos conformamos con tumbarnos sobre ellas y disfrutar de la agradable temperatura mientras charlamos.

Tampoco está mal una jornada de estas de vez en cuando.

No somos los únicos que nos encontramos en esta situación, por lo que el bar no tarda en convertirse en nuestro lugar de encuentro.

Las horas pasan casi a la misma velocidad que las cervezas y, para cuando nos queremos dar cuenta, ya ha anochecido y los que a mediodía eran unos desconocidos, se han convertido en amigos.

Camille y Arianne tontean con Oriol, un catalán con rastas que llegó a la costa cántabra desde un pueblo de Lleida.

Se enamoró de la playa, del surf y decidió quedarse aquí.

Pronto, las risas y las bromas suben de tono y la distancia entre los tres se dinamita y se convierten en una maraña de manos y lenguas.

Por fin parece que han encontrado a alguien para participar en sus juegos.

La noche les debe de haber ido muy bien porque, aparte de no dormir en la furgo conmigo, al día siguiente, cuando nos disponemos a seguir con nuestra ruta, deciden quedarse unos días más aquí, apearse del viaje y unirse a nosotros más adelante.

En nuestra siguiente parada, en Asturias, tenemos algo más de suerte.

O, al menos, eso es lo que pienso en un principio.

El océano vuelve a cobrar vida y nos regala unas olas magníficas.

Me enfrento a ellas ansioso por volver a experimentar las mismas sensaciones que viví con Markel para descubrir que todo fue un puto espejismo.

Vuelvo a estar vacío. El recuerdo de lo diferente que fue aquel día con Markel hace que mi mente se quede anclada en ese instante y que, además de no sentir nada, me vuelva torpe sobre la tabla.

Me caigo un par de veces en unas maniobras básicas, algo vergonzoso para alguien que hace unos meses competía en lo más arriba de este deporte.

Algo parecido me pasa en la costa gallega, aunque, por lo menos, consigo mantener el equilibrio.

No hay chispa, no hay esa energía poderosa que me corría por las venas.

No, solo hay una técnica fría, mecánica y perfecta que no me llena.

Me sigue faltando algo y me planteo que, tal vez, lo que sentí no se debía al mar ni a mí, sino a la compañía, que fue su fuerza la que me arrastró, me metió dentro de su burbuja y me hizo sentir como él.

Decido darme una última oportunidad antes de tirarlo todo por la borda, de renunciar al surf y decir adiós a todo lo que ha formado parte de mi vida desde que tengo uso de razón.

No quiero pensar en mi futuro sin este deporte, no sé hacer otra cosa que no sea surcar las olas del mar sobre una tabla.

Nos encontramos en la última parada antes de cruzar la frontera de Portugal, en la playa de Patos, cerca de Vigo, estacionados en un aparcamiento muy próximo.

Theo y Sophie hace ya un rato que se han acostado, pero yo soy incapaz de dormir todavía.

Sigo recostado en una tumbona, con un botellín de cerveza a medio beber que ya se ha quedado caliente.

Tengo entre mis manos el calendario de las próximas pruebas puntuables para regresar a la élite durante la próxima temporada y estoy a punto de partirlo en mil pedazos y aprovechar el accidente que tuve para dar carpetazo a mi carrera.

Siempre puedo poner de excusa la lesión de mi hombro.

Después de no sé cuántos minutos en los que miro la hoja sin acabar de verla, me retiro al interior de la furgo con el papel arrugado entre las manos.

A pesar de que quiero mucho a mis amigas, ahora mismo me viene muy bien que se hayan quedado atrás para estar a solas con mis pensamientos e intentar ordenar el caos que tengo por cabeza.

Soy el último en acostarme y también el primero en levantarme y no es que haya dormido mucho, que digamos.

Cojo la tabla con un suspiro, sin pizca de la emoción que me embargaba antes y, confiando en que se obre el milagro, me dirijo hacia el mar.

Ni siquiera llego a mojarme las rodillas, en cuanto entro en el agua, me fijo en un grupo de tres surfistas que ya disfrutan del Atlántico y cuando uno de ellos me recuerda demasiado a Markel, sé que he tocado fondo.

Solo el recuerdo de lo que viví aquel día con él sobre las olas hace que me hormiguee la piel, esa que lleva ya una semana dormida, anestesiada. ¿Y si resulta que él es la respuesta a mi problema? ¿Mi talismán? ¿El tablón salvavidas para evitar que me ahogue en la inmensidad del océano?

Para cuando mis amigos se levantan, ya tengo una decisión tomada. Una sin pies ni cabeza, pero una decisión, al fin y al cabo.

—Me voy —les digo cuando todavía tienen legañas en los ojos.

—¿A la playa? —Me miran confusos sin saber muy bien a qué me refiero.

—No, vengo de allí. —Esta vez se miran entre ellos y mantienen una de esas conversaciones mudas que solo las parejas con mucha complicidad son capaces de tener—. Este viaje no está saliendo como había planteado.

—¿No te lo estás pasando bien? —me interroga Sophie.

—No, no es eso. Os propuse este viaje porque, después del accidente algo se estropeó dentro de mi cabeza —confieso, abriéndome más de lo que lo he hecho jamás—, y necesitaba encontrarme conmigo mismo. Pero no lo consigo y creo que tengo que seguir adelante yo solo.

—¿Y a dónde vas a ir, tío? —me pregunta Theo.

—No lo sé, o tal vez sí. Lo único que tengo claro es que necesito un tiempo a solas. Seguid adelante con lo que teníamos planeado y disfrutad del resto del viaje. Siento que solo voy a ser un lastre. Nos veremos dentro de unos días.

—¿Y cuándo piensas marcharte?

—Ahora —sentencio, porque puede que, si espero un poco más, me arrepienta de lo que estoy a punto de hacer.