Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 5 Reunión familiar
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CAPÍTULO 5 Reunión familiar

Markel

E n cuanto lo veo a lo lejos, lo reconozco.

Lo he observado cientos de veces. Reconocería esa forma de cabalgar las olas en cualquier lugar, me sorprende que no lo hiciera ayer cuando lo vi con sus amigos.

Supongo que fue porque jamás hubiera esperado encontrármelo en mis playas.

Sin embargo, parece que todavía arrastra los efectos de la lesión que lo apartó del mar y que le impiden estar al cien por cien. Es él, pero le falta algo.

Con la tabla bajo el brazo, me acerco a la orilla titubeante, casi hasta me tiemblan las piernas.

«Markel, ¿de verdad quieres surfear con él?

», me pregunto y la respuesta llega de manera automática: «Por supuesto que sí, lo deseas desde la primera vez que lo viste sobre una tabla».

Me trago los recuerdos del beso que trastocó mi mundo y de lo que he hecho hace tan solo unas horas en la intimidad de mi habitación pensando en él.

Intento separar lo personal de lo profesional, de ese niño que está a punto de compartir olas con su ídolo y avanzo un paso más.

En cuanto el agua fría del Cantábrico moja mis pies, me transformo, como si fuera un portal a otro mundo, a otro yo.

La espuma arrastra todas mis dudas y las entierra bajo la arena.

Es mi playa, mi mar, que me recibe como un amante insaciable al que hubiera castigado durante mucho tiempo con mi ausencia cuando, en realidad, hicimos el amor ayer mismo.

Remo hacia el lugar en el que se encuentra Alain, donde el oleaje alcanza mayor altura y se arquea de forma perfecta.

Algo pasa en cuanto alineo mi tabla a la suya.

Es como si hubiéramos nacido para surfear juntos.

Ni con mi mellizo me he sentido tan conectado, aunque, para ser sincero, aparte de compartir útero, somos bastante diferentes.

Alain y yo nos entendemos sin necesidad de palabras, sin gestos, como si él estuviera metido dentro de mi cabeza y yo en la suya, y supiéramos con exactitud cuál va a ser el siguiente movimiento del otro. Sin siquiera ensayar, hacemos una puta exhibición de surf sincronizado.

Un rato después, cuando se masajea el hombro con un gesto de dolor, me acuerdo de que estaba lesionado. Se me había olvidado por completo en cuanto lo he provocado y se ha vuelto a subir a la tabla como si hubiera nacido para esto.

Me gustaría que nos tomáramos un descanso, aquí, sobre el mar, sobre nuestras tablas y preguntarle si está bien, pero, en lugar de proponérselo, asiento con la cabeza y dejo que se marche mientras voy a buscar la siguiente serie.

Necesito quedarme a solas con el mar para procesar lo que acaba de pasar.

Surfear con Alain no es bueno para mi salud mental.

Es mucho peor, incluso, que el beso que me rompió todos los esquemas, aunque no quita que, mientras compartíamos olas, esa necesidad, ese anhelo de volver a sentir sus labios sobre los míos, más salados si cabe que aquella vez, siguiera latente, pulsando tan fuerte como si fuera un latido más de mi corazón.

Sé que Alain sigue en la playa, que me mira, y la certeza de tener sus ojos clavados en mí hace que me hormiguee la piel y me impulsa más alto y más fuerte en las siguientes olas. No es que sienta la necesidad de impresionarlo, solo es que sus ojos me hacen volar.

Cuando la posición del sol me indica que ya llevo un buen rato aquí y que va siendo hora de que me retire para comenzar con mis obligaciones del día, nado de regreso a la orilla.

Alain todavía no se ha aburrido de observarme.

Paso por su lado y lucho con todas mis fuerzas contra el deseo de dejarme caer sobre la arena junto a él.

Mis ojos, como esa primera vez que lo vi desnudo, se pierden sobre su piel bronceada, y me deleito con cada uno de los músculos que deja a la vista el traje de neopreno abierto hasta la cintura.

Como también sucedió entonces, soy incapaz de apartar la mirada, se me seca la boca y me vuelvo a poner en evidencia.

Trago saliva, carraspeo y mis manos se cierran con más fuerza alrededor de mi tabla para disimular un leve temblor.

—No es bueno que te mojes la herida —le suelto.

Es lo primero que se me ocurre para justificar mi escrutinio.

No soy bueno improvisando y mucho menos con las relaciones sociales, nunca lo he sido, esa parte se la llevó mi hermano de calle y, ahora que ya no estoy en el agua, el tipo tímido y reservado que suelo ser ha vuelto con más fuerza.

Le informo de que tengo el día libre cuando, en realidad, me he cogido unas pequeñas vacaciones antes de que empiece el trabajo duro de verdad, y me dirijo a limpiar y guardar mi tabla antes de volver a casa.

Creo que sus ojos también me siguen durante el resto del camino, ya que siento un calor en la espalda que no se debe al sol.

—Esta mañana te has marchado muy temprano —apunta Nils cuando entro en el salón de casa—. Hoy no he podido acompañarte a la playa.

Aunque me encanta surfear con él, me alegro de que no haya podido hacerlo. Sé que, con su presencia, no hubiera sido lo mismo. Quiero mucho a mi padrastro, pero cuando me lo imagino con nosotros, en ese escenario, lo veo como un intruso en un baile de dos.

—Sí, no podía dormir —me justifico, y mi madre me mira con preocupación.

—¿Estás bien, cariño? —Asiento, aunque evito mirarla directamente a los ojos, por si pudiera usar esa magia de madre y descubrir lo que oculto.

—¿Cómo estaba el mar? —Nils sabe que mi insomnio es terreno delicado así que cambia de tema.

—Perfecto. Buenas olas y poca gente —explico sin dar más detalles, y un calor se me instaura en el rostro. Confío en que el color dorado de mi piel camufle el rubor de mis mejillas.

—Qué lástima habérmelo perdido. ¿Has preparado la maleta?

—Voy ahora mismo, después de que me dé una ducha.

—Date prisa. Me gustaría salir de aquí al mediodía. Pararemos a comer por el camino y, con suerte, llegaremos a nuestro destino a la hora de cenar —añade mi madre.

Nos vamos a pasar unos días a Vigo, en donde mi hermano se gradúa la semana que viene.

Para ello, he tenido que gastar los días de vacaciones que siempre me sobran, y mi padrastro se ha visto obligado a dejar la escuela de surf en manos de su ayudante y reducir el número de clases.

Creo que también son las primeras vacaciones que se toma en muchos años.

Cuando conviertes tu pasión en trabajo, no suelen ser necesarias.

Todo lo que ha acontecido en estas últimas horas, desde que sus amigos arrastraron a Alain al puesto de socorro hasta el momento intenso que hemos compartido sobre las olas, me dejan una resaca emocional. Me va a venir bien alejarme unos días de aquí.

Ahora mismo me siento como un niño que acaba de pasar el mejor día de su vida en un parque de atracciones y, tal y como haría si lo fuese, en cuanto el coche arranca, caigo rendido y me duermo durante casi todo el trayecto.

Incluso parezco un zombi mientras nos desviamos de la carretera principal y paramos a comer en un bonito restaurante con unas espectaculares vistas del mar que soy incapaz de disfrutar por culpa de mi somnolencia.

De vuelta al coche, prosigo con mi siesta y no vuelvo a despertarme hasta que estamos a poco más de media hora de nuestro destino. Íbamos a turnarnos al volante entre mi madre, Nils y yo, sin embargo, deciden prescindir de mí y dejarme descansar.

El coche aparca junto al apartamento que hemos alquilado para estos días cerca de las nueve de la noche. Frente a la puerta, ya nos espera mi hermano Luken.

—Hola, Zape, te he echado de menos —me saluda, y usa el nombre del gemelo moreno del famoso cómic, un apelativo cariñoso que siempre nos ha dedicado nuestra madre. Me da un abrazo efusivo y me palmea la espalda—. Estás fuerte, eh, cabronazo.

—Mira quién fue a hablar —le digo de forma apreciativa. La camiseta que lleva se ajusta a su espalda y a cada uno de los músculos de sus brazos. Se nota que mete horas en el gimnasio.

—Me gusta cuidarme. Además, aquí en la uni la competencia es fuerte —me comenta y se ríe a carcajadas.

Mi hermano es un ligón de manual, no hay chica que se le resista—.

¿Qué tal ha ido el viaje? —se interesa mientras es el turno de mi hermana pequeña para recibir sus atenciones.

La coge en brazos y la estrecha fuerte contra él.

Todos lo hemos extrañado mucho. No nos vemos desde que vino a casa por Navidad. Estos últimos meses ha prescindido de venir a vernos ya que estaba centrado en los estudios para sacarse el curso con la mejor nota posible. Además de ser un guaperas rompecorazones, es un tipo muy listo.

—Bien, un poco largo, aunque aquí el bello durmiente se ha pasado todo el trayecto roncando —responde Nils mientras me señala con el dedo.

—Yo no ronco —me defiendo.

—Estupendo, así estarás descansado porque esta noche te vienes de fiesta conmigo. Tengo que enseñarte todo esto, hermanito.

Cenamos los cinco en un restaurante muy cerca del apartamento en el que nos sirven el mejor marisco que he probado nunca.

Después, el resto se retira a descansar mientras Luken me arrastra hacia el bar en donde ha quedado con sus amigos.

Aunque no me motiva mucho el plan, lo veo tan emocionado que lo sigo sin poner pegas.

Lo único que me apetece es pasar tiempo con mi hermano, a pesar de que el volumen de la música de los sitios a los que me lleva nos impiden conversar y ponernos al día.

Entre copa y copa, me presenta a un montón de chicas y llega un punto en el que me siento como si fuera una especie de trofeo.

Luken no sabe que soy gay —bueno, en realidad, nadie lo sabe— y que no me atraen las chicas.

Tampoco los chicos. Creo que el único que me ha gustado —o que me gusta— es Alain.

En cuanto su nombre se adueña de mis pensamientos, un calor se me instaura en el bajo vientre, uno que intento aplacar a base de chupitos.

—Mira, Uxía, este es mi hermano. Es casi tan guapo como yo. —Luken lo sigue intentando con otra chica, a la que pasa el brazo por encima de los hombros y la atrae hacia él, mientras me señala con la mano.

—Encantada —dice ella, y le devuelvo el saludo, cortés.

Nos mantenemos la mirada, tensos, sin saber muy bien qué decir a continuación. Menos mal que la música se encarga de llenar el silencio. Fuerzo una sonrisa y me bebo otro chupito de trago.

—¿Queréis algo más de beber? —pregunto para buscar una vía de huida a esta situación incómoda.

—No, gracias. —Uxía declina la oferta.

—Tráeme otro de estos —dice Luken y apura el vaso de un trago, sin soltar a la chica. Ella sonríe ante su gesto y, por la mirada que le lanza, creo que no soy el mellizo en el que está interesada, cosa que agradezco.

Me cuesta varios minutos conseguir que me atiendan en la barra.

Cuando regreso junto al lugar en el que se encuentran mi hermano y sus amigos, Luken y Uxía ya han dado un paso más y él le hace una exhaustiva inspección bucal con la lengua.

Resoplo, pensaba que, durante este tiempo, mi hermano podría haber sentado la cabeza y madurar, pero no, sigue como siempre.

Me apoyo en la pared, empiezo a mover un pie al ritmo de la música y sigo bebiendo.

En un momento indeterminado de la madrugada, entre ese instante y el amanecer, salimos del bar.

—Lo llevamos a casa y luego te acompaño a la tuya —le susurra Luken a su conquista de esta noche y creo que se refieren a mí.

Mi estado deja bastante que desear. Estoy borracho, muy borracho, aunque el aire frío de la noche gallega me ayuda a despejarme un poco. No suelo beber alcohol y esta noche parece que he acabado con la mitad de las reservas de los bares de Vigo. No sé ni cómo todavía me tengo en pie.

Ni siquiera sé cómo llego al apartamento en el que me alojo con el resto de la familia. Intento entrar sin hacer ruido y, sin ni siquiera quitarme la ropa, me dejo caer a plomo en el sofá cama que, por suerte, me han dejado preparado.

No he hecho nada más que cerrar los ojos cuando mi madre me zarandea. El movimiento, como si me encontrara en alta mar a merced de una gran tormenta, hace que se me revuelva el estómago.

—Venga, Markel, arriba, que hemos quedado con tu hermano para desayunar. Buff, apestas a alcohol. Anda, date una ducha y cámbiate de ropa.

Abro los ojos desubicado y me incorporo, despacio, hasta quedar sentado. Intento controlar el vaivén del barco en el que parece haberse transformado el sofá y no echar hasta la primera papilla por la borda.

Mi madre me mira enfadada, Nils se burla sin disimulo de mi deplorable estado y mi hermana está emocionada, es una de sus primeras vacaciones y grita, grita demasiado, tanto que creo que me va a explotar la cabeza.

Yo, en cambio, solo me quiero morir. Eso y beberme las reservas de agua de todos los pantanos de Galicia.

La resaca que tengo hoy es casi tan mala como la que me dejó el encuentro con Alain.

Cuando salgo de la ducha y parezco medio humano, mi hermano ya ha llegado al apartamento en el que nos alojamos, fresco como una lechuga.

Parece mentira que seamos mellizos. Mi energía está al mínimo y él tiene la batería a tope.

Creo que es la vez que más diferente me siento de él.

Me pongo las gafas de sol, aunque el día está nublado, y nos vamos de turismo por Vigo.