Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 4 La chispa del mar
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CAPÍTULO 4 La chispa del mar

Alain

N o sé cuántas vueltas he dado sobre el colchón de la furgo hasta que he conseguido conciliar el sueño.

Y, justo cuando lo he hecho, Arianne y Camille han llegado como un jodido huracán, bastante perjudicadas y con ganas de continuar la fiesta.

Entre risas, jadeos y recordatorios de que no debían de hacer ruido —cosa que no han conseguido—, se lo han montado a mi lado creyendo que estaba profundamente dormido.

A pesar de haberme puesto los auriculares con música para ahogar sus gemidos, me ha sido imposible descansar.

Además, de vez en cuando se me colaba cierto moreno con el pelo desordenado, una mirada intensa y unas manos cálidas que me rozaban la piel, daba igual que fuera para curarme una herida, el efecto causado en mí era bien diferente.

Ahora, las dos duermen a pierna suelta, muy relajadas, mientras que al colchón bajo mi espalda parece que le han salido pinchos, y no me queda más remedio que levantarme si no me quiero volver loco aquí dentro.

Abro la puerta de la furgo y la brisa fresca de la mañana me da los buenos días.

Justo empieza a amanecer y los tonos anaranjados que tiñen el cielo le dan un aspecto mágico.

De fondo, el sonido del oleaje arrastrándose hasta la orilla me acaricia los oídos.

El efecto en mí es casi inmediato y de pronto, me siento mucho más relajado y a tope de energía, como si en lugar de haber mal dormido un par de horas, hubiera descansado como un bebé.

Como si ese leve arrullo susurrara mi nombre o me llamara a gritos, atravieso el paseo marítimo y recorro descalzo los pocos metros que me separan de la playa.

La arena fría se me cuela entre los dedos con un suave masaje que me activa hasta la última terminación nerviosa.

Apenas hay gente a estas horas, a lo lejos veo a una o dos personas que pasean a sus mascotas, pero aquí, donde yo estoy, no hay nadie más.

Por un instante, me siento dueño de todo esto, el maldito rey del mundo.

La arena pasa a estar húmeda mientras avanzo otro paso más, hasta que el agua me lame los pies.

El mar se curva y se eleva para luego caer con elegancia ante mí, como una reverencia.

La cresta empieza a deshacerse en una espuma fina y ordenada que me burbujea en la piel.

Cuando la primera ola muere, le sigue otra, una réplica casi exacta, una nueva ola perfecta que no puedo dejar escapar.

Joder. El pecho se me encoge para luego expandirse hasta hacerme libre y me recuerda que estoy enamorado del océano.

Me paso por el forro la recomendación de Markel y del médico que me atendió de no mojarme la herida.

No puedo resistirme a esto. Vuelvo con prisas a la furgo , entro, me visto con el traje de neopreno y cojo la tabla.

Me muevo con sigilo en el interior del vehículo, aunque es probable que ni la bocina de un camión al lado de estas dos bellas durmientes fuera capaz de despertarlas.

Entro en el agua y atrapo la primera ola.

La ejecución es limpia, impecable. Sin embargo, todavía siento que me falta algo, un vacío dentro del pecho que no he conseguido llenar.

Un agujero negro que antes no estaba allí y que amenaza con tragarse todo lo que siempre he sido.

No sé en qué momento apareció, puede que llevara años germinando como la semilla de una planta venenosa, pero no fue hasta que tuve que hacer un parón en mi carrera que lo sentí con fuerza y, cada día que pasa, se hace más grande hasta el punto de plantearme colgar la tabla para siempre.

Ese es mi principal impedimento para volver a la competición.

Lo del hombro es una burda excusa, puede que todavía no esté al cien por cien, pero el escollo que no me deja disfrutar de este deporte como lo hacía antes es otro.

He perdido la chispa, esa energía que parecía fluir entre el mar y yo cada vez que surcaba las olas.

No sé dónde demonios se ha quedado y, lo que es peor, no sé cómo recuperarla.

La ola muere y yo lo hago un poquito también con ella.

Vuelvo a intentarlo con la próxima y con la siguiente, con el mismo resultado.

De pronto, me siento una especie de intruso, un fraude, como si esas olas se malgastaran con alguien que no es capaz de sentirlas como antes, con alguien que no merece la pena.

Una especie de amante que no está a la altura, que finge sus propios orgasmos y deja al mar insatisfecho.

Pocos minutos después, otra tabla se une a la mía, a la suficiente distancia para no molestarnos. Siento cierto alivio al ver que alguien más va a poder aprovecharse de este momento como se merece.

Giro el cuello para saludar a su dueño o dueña, un gesto de cordialidad bastante extendido en los adeptos a este deporte, que tenemos nuestro propio lenguaje dentro del agua, y me topo con los ojos castaños que revolotean en mi cabeza desde ayer por la tarde.

Markel llega como un soplo de brisa fresca, un poco de oxígeno cuando sentía que me ahogaba, como si acabara de abrir una ventana dentro de un cuarto con el ambiente enrarecido.

Me devuelve el gesto, sin palabras, solo una leve inclinación de su cabeza.

Se sitúa en paralelo, algo más retrasado, y empezamos a remar a la vez para enfilar la siguiente ola.

Usamos la misma extremidad para cada brazada, con la misma amplitud, como si pusiéramos en práctica una coreografía ensayada durante años, cuando, en realidad, es la primera vez que coincidimos dentro de la misma playa, aunque lleve mucho tiempo soñando con este momento.

Una energía fuerte, poderosa, una que no estaba aquí hace un rato, nos empuja desde atrás.

El agua se levanta bajo nuestras tablas, se agita ansiosa debajo de nosotros y, en un movimiento casi idéntico, ambos nos ponemos de pie.

Markel me mira, me pide permiso. Asiento y doy respuesta a la pregunta muda que no le ha hecho falta formular.

Me adelanta y se enfrenta a la ola en primer lugar.

Su técnica no solo es inmejorable, hay algo más.

Lo que a mí me falta, él lo tiene multiplicado por cien.

Nunca había visto una sintonía con las olas tan brutal, mucho más potente que la que ya tuve el placer de ver años atrás, que consigue que mi corazón haga un redoble de tambor, como si al verlo a él hubiera recordado cómo tiene que latir.

Sus quiebros dejan un rastro de espuma fina, como si dibujara una línea invisible para mí que no dudo en seguir.

Estoy detrás de él, a la distancia justa para no invadir su espacio, aunque lo bastante cerca como para sentir la vibración de su tabla cuando corta el agua.

Se aparta, sale de la trayectoria y se deja caer al agua para cederme su lugar.

Cojo la ola y, por fin, llega esa sensación que tanto añoraba, como si se hubiera quedado impregnada en la estela que ha dejado Markel y me hubiera golpeado con la fuerza de un tsunami.

El agua y la adrenalina mezcladas inundan a borbotones mi torrente sanguíneo y, después de mucho tiempo sin hacerlo, vuelvo a bailar con las olas.

—Ha merecido la pena la espera, aunque no tengamos jueces pendientes de nosotros —le digo cuando paso por su lado, en alusión a aquella frase que pronuncié en nuestro encuentro en las duchas, cuando mi boca lo dejó sin palabras y verbalicé el deseo de probarnos sobre las olas.

Después de que ayer el alcohol me abriera la puta bocaza y me arrancara la máscara, es tontería que siga fingiendo que no sé quién es, que no nos conocemos.

Para bien o para mal, tenemos una historia juntos, una corta, apenas un relato cuyas frases quedaron a medio escribir y que, con el paso del tiempo, parecen haberse borrado.

—No ha estado mal para alguien que arrastra una lesión —me suelta él, con media sonrisa, y me deja claro no solo que también se acuerda de mí, sino que, además, ha seguido mi carrera. Pese a que la tinta desapareció, algo de nosotros se quedó marcado en el papel.

«Puto Markel Aguirre», pienso y me tomo ese gesto como una provocación, un reto que no estoy dispuesto a dejar pasar. Es una oportunidad única y lo más probable es que no vuelva a repetirse.

—Solo estaba calentando —miento, y salgo en busca de la próxima serie, dispuesto a dar todo lo mejor de mí, a exprimirme hasta la última gota y dejarme la piel.

Markel no se queda atrás y me imita. La ola avanza perfecta, una pared lisa que promete velocidad.

El chute de adrenalina es inmediato y bestial.

Remamos hacia el pico y nos levantamos casi al mismo tiempo.

La ola nos sostiene con una suavidad firme mientras gotas de agua me salpican el rostro con una caricia que siento en cada poro.

Entre nosotros se instaura una armonía extraña, instintiva.

Cuando uno acelera, el otro encuentra el hueco exacto.

Uno sube hacia la cresta mientras el otro desciende, con una sincronía silenciosa, sin estorbarnos, como si supiéramos cuál va a ser nuestro siguiente movimiento.

No me hace falta mirarlo —por mucho que me guste hacerlo— para saber dónde se encuentra en cada momento, es casi como si pudiera sentirlo.

Una conexión que nos convierte en océano y que se queda latiendo entre nosotros mucho después de que la espuma se disuelva.

Continuamos con esta danza durante un buen rato en el que los minutos parecen avanzar de dos en dos, hasta que mi hombro me recuerda que lo estoy sometiendo a una sobrecarga importante que, más adelante, puede pasarme factura.

Me lanza un primer latigazo que me obliga a apretar los dientes.

Cuando llega el segundo y muy a mi pesar, me digo que ha sido suficiente por hoy y me obligo a detenerme.

He llevado la maquinaria al límite y no quiero que se vuelva a estropear ahora que, por fin, he vuelto a sentirme completo.

Me lo masajeo con una mueca de dolor, gesto que no pasa desapercibido para Markel que asiente con un cabeceo de despedida cuando ve que me retiro hacia la orilla. Él vuelve a nadar en busca de la próxima ola, parece que piensa quedarse en el agua un poco más.

Llego a la arena, clavo la tabla en el suelo, me desabrocho el neopreno hasta la cintura y me siento, con una gran sonrisa dibujada en los labios, casi eufórico, dispuesto a disfrutar del espectáculo que está a punto de brindarme Markel.

Me arden todos los músculos del cuerpo, el aire me abrasa los pulmones en cada bocanada y no podría importarme menos.

Hacía mucho tiempo, más del que me gustaría reconocer, que no disfrutaba tanto de este deporte, que no me sentía tan vivo y sé que gran parte de esa sensación se debe a la compañía, a esa batalla muda, a ese duelo o a esa danza compartida que hemos tenido sobre las olas.

Tengo un subidón tan brutal que, si pudiera respirar con normalidad, gritaría.

Jamás había experimentado una conexión tan intensa con nadie, y eso que he compartido olas con mucha gente.

Si estoy así solo por surfear con él, no quiero ni imaginar lo que sería follar juntos.

La que sí lo hace es mi polla, que da un respingo ante esa idea tan seductora.

En cuanto el pensamiento se forma en mi cabeza y el calor se concentra en mis pelotas, lo desecho.

Me reprendo mentalmente por extrapolarlo a ese terreno y me centro en Markel y el surf. Solo el surf.

Cuanto más lo miro, menos entiendo por qué no está compitiendo con los mejores, por qué no está entre el Top Ten.

Es muy bueno, joder, mucho más de lo que he sido yo a lo largo de mi carrera.

Me quedo embobado mirándolo, es un placer para los sentidos, incluso para esos que intento ignorar, casi como si latiera con el mar.

Unos minutos después, con la tabla bajo el brazo, Markel abandona el agua.

—¿Por qué lo dejaste, Markel? —le pregunto cuando pasa por mi lado, tal vez con la intención de que se detenga unos minutos junto a mí y podamos hablar.

Él aminora el paso, pero sigue su avance. Se encoge de hombros y me da un repaso de la cabeza a los pies, tan intenso que parece que me han prendido fuego con un lanzallamas.

—No es bueno que te mojes la herida —me reprende y esta vez sus ojos están fijos en mi abdomen.

—No pasa nada, ya me acercaré después a que me la cures —le rebato, con chulería.

—Lo siento, tengo el día libre —añade y continúa caminando en dirección a un edificio de madera que parece ser una escuela de surf.

Que me niegue esa posibilidad de volver a verlo, de sentir sus manos en mi piel, me jode más de lo que estoy dispuesto a admitir.