CAPÍTULO 3 Encuentros de madrugada
Markel
E l bar está casi tan lleno como en plena temporada alta, aunque contamos con la mitad de personal que en verano, cosa que me viene de lujo para no pensar en lo que ha sucedido esta tarde.
Aparte de mi trabajo como socorrista en la playa y en la piscina y colaborar de vez en cuando en la escuela de surf de Nils, también suelo echar una mano en el Rompeolas los fines de semana para sacarme un dinerillo extra.
Hasta el último céntimo es bienvenido. Aunque todavía vivo con mi familia, acabo de hipotecarme y espero poder independizarme antes de que acabe el verano.
—Markel, esto está hasta arriba. ¿Puedes quedarte un poco más? —me pregunta el encargado, un poco sobrepasado con tantos clientes, cuando mi turno está a punto de acabar.
Acepto sin pensar. Estoy cansado, ya que he enlazado dos turnos de trabajo seguidos. Sin embargo, sé que, en cuanto me meta a la cama, me va a ser imposible dormir y, esta vez, la culpa no va a ser de Richi, sino de Alain.
El encuentro de esta tarde ha despertado cosas en mí que creía olvidadas. He hecho como si no lo conociera porque, ¿qué otra cosa podía hacer?
«Soy Markel, ¿te acuerdas de mí? Soy el chaval al que besaste hace años en unas duchas de Hossegor y que se dio cuenta de que era gay a raíz de verte desnudo y de lo que le hizo sentir ese beso.
» No, no podía soltar eso y como no soy muy bueno con las relaciones sociales, no he sabido qué otra cosa podría decirle, así que me he limitado a hacer mi trabajo. Al menos eso sí que se me da bien.
Además, lo más probable es que, aunque él me cambió la vida para siempre, yo no fuera más que uno más para él, una broma, un juego y que ni siquiera se acuerde de lo que fue uno de los momentos más importantes de mi vida.
He intentado controlar mis ojos y que no enfocaran más allá de ese corte y mis manos sobre él.
Y no ha sido fácil. Nada fácil. He tenido que atarlos en corto para que no se perdieran en sus abdominales, en su torso perfecto, en ese pelo rubio, tan corto como lo recordaba, o en esos labios suaves y mullidos que, recién salido del mar, todavía debían de conservar un sabor salado.
Iba bien, lo estaba consiguiendo, hasta que, casi cuando había terminado, se me han escapado y han ido a chocar directamente contra los suyos, de un tono tan azul como el océano. Y, como hago cada vez que veo esa masa acuática, me he lanzado de cabeza a su interior.
Por un instante, tan solo unos segundos, he vuelto a tener diecisiete años, he regresado a esas duchas y a sentir el deseo que despertaba como un oso perezoso con la llegada de la primavera.
Agito la cabeza para borrar de mi mente ese instante y regreso al trabajo. Después de recoger los vasos usados y poner el pequeño lavavajillas que tenemos bajo la barra, me vuelvo a poner a servir bebidas.
Un grupo de chicas de la zona que celebran el cumpleaños de una de ellas, me pide una nueva ronda de chupitos de tequila de fresa que acaba con la botella. Cuando voy a tirarla, me doy cuenta de que el contenedor de vidrio está hasta arriba.
—Voy a sacar la basura, ahora vuelvo —anuncio al compañero que tengo más cerca, para que sepa que tiene que cubrirme durante unos minutos.
Cojo el cubo que, por suerte, tiene ruedas y lo arrastro hacia los contenedores más cercanos, a la entrada de un parking en el que suelen estacionar autocaravanas, junto al paseo marítimo.
Me lleva un buen rato vaciarlo, aunque agradezco estos momentos de relativa tranquilidad después del jaleo que tenemos esta noche en el bar.
Ya de vuelta, veo un hombre a lo lejos que viene hacia aquí.
Es joven y camina no todo lo recto que debiera, por lo que deduzco que ha bebido.
Se me eriza hasta el último poro de la piel antes de que la escasa luz que proyectan las farolas me permitan distinguir sus rasgos.
No me hace falta, no tengo problemas para reconocerlo. Es Alain.
El tiempo parece ralentizarse justo en el momento en que nos cruzamos para seguir direcciones opuestas, como si se burlara de la inestabilidad que siento al tenerlo cerca.
Nuestras miradas vuelven a engancharse, como ha sucedido esta mañana, y aunque cada uno sigue caminando, se quedan trabadas durante un instante.
—Aún me acuerdo de nuestro beso —me dice, casi arrastrando las palabras, con una voz ronca que me muerde el vientre. Una caricia que me recorre la columna vertebral y me hace temblar.
Después, el tiempo vuelve a su velocidad normal, mientras yo sigo en pausa, impactado por las palabras que creo haber oído y que no solo me transportan otra vez al pasado, sino que vuelven mi mundo del revés.
Alain se pierde entre la oscuridad más densa del parking y sigo caminando por inercia, de vuelta al bar, porque era lo que hacía antes de ese encuentro ya que, en este momento, no soy dueño de mi cuerpo.
—Markel, ¿te encuentras bien? Tienes pinta de haber visto un fantasma —me pregunta Roy, apostado contra la barra.
Él es mi mejor amigo, el único que he sido capaz de hacer al margen de mi mellizo, y el dueño del bar en el que trabajo.
Bueno, en realidad, es el dueño de la mitad del pueblo.
Su familia es asquerosamente rica, motivo por el cual el resto de los habitantes mantiene las distancias, aunque Roy no es como su padre. No podrían ser más diferentes.
—Algo así —le respondo porque lo que ha dicho se acerca bastante a la verdad.
Roy no insiste, no me pide más explicaciones, sabe que no me gusta hablar de mis cosas.
Se limita a apretarme el hombro, de forma afable, para recordarme que está ahí.
Nuestra amistad se basa precisamente en eso, en una compañía silenciosa que no pretende escarbar en las heridas que ambos llevamos a cuestas.
—¿Vas a ir a Vigo a ver a tu hermano? —me pregunta, y cambia radicalmente de tema.
Mi mellizo y la hermana de Roy estudian juntos Ciencias del Mar en la Universidad de Vigo. Aunque Roy y yo somos amigos, nuestros hermanos no se soportan. Por suerte, en unos días se graduarán y dejarán de verse.
—Sí, ya que todavía no es temporada alta, me he cogido unos días de vacaciones y me voy mañana mismo para allí con mi madre, mi hermana y Nils.
—Pues allí nos veremos. Bueno, me marcho ya. Hasta otra —se despide Roy.
Una hora más tarde, el local empieza a vaciarse.
Entre los diez o quince clientes que quedan se encuentran todavía los cuatro amigos de Alain.
Reconozco a la chica que estuvo a su lado mientras le curaba la herida, con la que más he interactuado.
Es pensar en él y un calor pesado y asfixiante se me acumula en el vientre.
—Gracias por tu ayuda, chaval. Me has salvado la noche.
—Txema, mi jefe, saca unos cuantos billetes de la caja registradora y me los tiende.
En esa cantidad se incluye mi salario de la jornada de hoy y una generosa propina que me va a venir de lujo para invertirla en el piso—. Nos vemos la semana que viene, Markel.
Regreso a casa casi arrastrando los pies.
Ha sido colgar el mandil y el agotamiento físico y mental de todo lo vivido hoy ha caído sobre mis hombros como una pesada losa.
Cruzo la puerta de casa e intento moverme en silencio, casi sin encender la luz.
Es tarde —o pronto, según se mire—, el resto de mi familia duerme y no quiero despertarlos.
Después de beber un gran vaso de agua fría, que desciende por mi garganta como un bálsamo de quien lleva días perdido en el desierto, me encierro en mi habitación.
Me desnudo hasta quedarme en calzoncillos, abro la ventana para que el ruido del mar me arrulle y me entierro bajo la ropa de cama, para compensar el aire frío que se cuela a través de ella.
Hoy no sé por qué —o tal vez sí— el espacio cerrado de mi cuarto me resulta agobiante, como si no tuviera suficiente oxígeno.
Como ya me temía, en cuanto cierro los ojos, la imagen de Alain aparece en mi cabeza dispuesta a impedirme conciliar el sueño. La de ahora y la de hace cinco años.
Mientras su voz actual repite esas palabras que han azotado mis cimientos, ese «aún me acuerdo de nuestro beso», como si hubiera significado algo también para él, vuelvo a revivir ese momento.
A pesar del tiempo que ha pasado, lo recuerdo como si hubiera sido ayer, como si hubiera sucedido hace tan solo unos minutos, como si estuviera sucediendo ahora mismo y el efecto que provoca en mí es igual de intenso.
Mi polla da un salto dentro de los gayumbos y llevo la mano hasta allí con la única intención de recolocarla en una posición más cómoda.
Sin embargo, en cuanto mis dedos la rozan, siseo de placer mientras vuelvo a recordar la lengua de Alain saqueando mi boca con la maestría de quien tiene todo un mundo por mostrarme.
Pronto, me olvido de que es mi mano la que me toca y fantaseo con que pertenece a ese hombre de ojos azules.
Ahogo un gemido y tomo ritmo conforme mi imaginación vuela mucho más alto de lo que sucedió en realidad en aquellas duchas.
No es la primera vez que lo hago, aunque sí que han transcurrido varios años desde la última vez que me dejé llevar de este modo.
Doy una patada a las sábanas, me deshago de ellas justo antes de estallar, para evitar mancharlas, y me derramo sobre mi propia mano.
Con la respiración todavía agitada y los sentidos puestos en los sonidos que no llegan del otro lado de la puerta de mi habitación, limpio todo este desastre y me deshago de las pruebas.
Creo que he sido lo suficientemente sigiloso como para que el resto de habitantes de la casa no se haya enterado de lo que acaba de pasar aquí dentro.
Masturbarme pensando en él, lejos de proporcionarme el alivio que buscaba, la relajación post eyaculación que iba a llevarme directo a los brazos de Morfeo, hace que todavía le dé más vueltas a nuestro reencuentro.
Fue mi primer beso, el que me abrió los ojos y me mostró quién era yo realmente.
Sin embargo, soy un puto cobarde que todavía sigue dentro del armario.
Aunque me asomé a la puerta y me gustó lo que vi al otro lado, no me he atrevido a dar ese paso y salir.
Y no es porque tema que la gente de mi alrededor no lo acepte, al contrario, sé que obtendría el apoyo incondicional de mi madre, mi hermano y Nils. Es… otra cosa.
Nunca he sido de los que muestran sus sentimientos delante de otros. Desde niño, me lo guardo todo dentro, lo mastico y me lo trago. Aunque alguna vez se me hace bola. Reconocer esto en voz alta sería como arrancarme la ropa y mostrarme completamente en bolas delante de todo el mundo.
Además, tampoco he encontrado a nadie por quien mereciera la pena arriesgarse a hacerlo.
Nadie que despertara mis sentidos como lo hizo el maldito Alain que, cinco años después, casi arranca las bisagras de las puertas tras las que me oculto.
Por suerte, solo está de paso. Su estancia aquí tiene los días contados.
Me lo ha dicho esta noche una de sus amigas, mientras intentaba ligar conmigo, en una de las veces que se ha acercado a la barra a pedir.
Él seguirá su viaje y mi vida volverá a la calma.
Admiraba a Alain antes de ese encuentro en las duchas y he seguido haciéndolo después.
Estuve unos meses dándole vueltas a lo sucedido, después lo aparqué en un rincón de mi mente y me centré en el surf.
Tenía un objetivo claro, el mismo que propuso Alain, que nos volviéramos a encontrar sobre nuestras tablas, en el mar, e iba por buen camino hasta que sucedió lo de Richi.
Entonces, mi mundo se desmoronó y dejé de pensar en él.
No obstante, cada vez que, por casualidad, sonaba su nombre en las noticias, ya que nunca me he podido alejar del todo del deporte que amo, me daba un vuelco al corazón.
Especialmente, cuando tuvo el accidente estas pasadas Navidades y se vio obligado a renunciar al surf, al menos, temporalmente.
Suspiro y dejo la mente en blanco. Dejo que esos pensamientos se marchen con el aire exhalado, vuelvo a taparme con las mantas, ahora que me he quedado algo frío y cierro los ojos. Pese al desahogo, apenas consigo dormir un par de horas.
Cuando me despierto, sigo bastante alterado y solo se me ocurre una forma de que la calma regrese a mí.
Voy directo a la caseta de la escuela de surf de mi padrastro, me enfundo el traje de neopreno y cojo una de mis tablas. A pesar de que soy bastante madrugador, no soy el primero en llegar a la playa. Ni tampoco el primero en coger unas olas.