CAPÍTULO 2 Heridas que despiertan recuerdos #2
Cuando estoy a punto de abrir la boca para interesarme por el motivo que lo hizo desaparecer del mapa, él se me adelanta:
—Ya te darán las instrucciones en el centro de salud, pero tendrás que curarte la herida una vez al día, con un antiséptico, y evitar que la zona se moje.
En unos doce o quince días estará completamente cerrada —me explica con profesionalidad, aunque la voz le sale un tanto ronca.
Su tono me rasga la piel, como si me estuviera arañando, y un estremecimiento me recorre la columna vertebral.
Parece que quiere interpretar el papel de que somos dos desconocidos que se acaban de ver por primera vez y eso, de alguna forma, me pone furioso.
Yo soy incapaz de hacer eso, soy un tío casi transparente al que se le escapa lo que siente, aunque en este caso, la jugada no me sale del todo mal, ya que combato su indiferencia con rabia.
—Ok —respondo seco, borde, casi enfadado.
Salto de la camilla y abandono la caseta con prisas.
—Muchas gracias por atender a nuestro amigo —escucho a Sophie a mi espalda, mucho más educada de lo que he sido yo y, probablemente, extrañada por mi reacción. Normalmente, soy un tipo sociable y agradable, aunque ahora haya actuado como un gato arisco.
Theo, Arianne y Camille se ocupan de recoger nuestras cosas de la playa y guardarlas en la furgo mientras Sophie me acompaña al centro de salud.
No hay mucha gente, así que no tardan mucho en atenderme.
Siete puntos y varios conatos de mareo después, nos reunimos con el resto del grupo en un bar cercano para cenar.
—Oiga, ¿hay algún sitio por aquí cerca con buen ambiente en el que podamos tomar una copa? —pregunta Arianne al camarero cuando nos trae la cuenta.
Parece que las tres cervezas por cabeza que han caído durante la cena no les han resultado suficientes. Yo, en cambio, solo he bebido agua. Todavía estoy intentando recuperarme de mi pequeño percance.
—Tenéis la discoteca Gau Beltza, justo a la entrada del pueblo, aunque si buscáis solo un sitio para echar la última, os recomiendo el Rompeolas, un bar abierto junto al paseo marítimo, a pie de playa, que acaba de iniciar la temporada —nos comenta el lugareño.
Optamos por esta segunda opción, no nos va mucho el rollo discoteca cerrada, cosa que agradezco porque nos pilla de camino al parking en el que tenemos las furgonetas aparcadas.
Mi intención es tomarme algo rápido, hacer bomba de humo y retirarme a descansar.
Que sigan ellos la fiesta si quieren, para mí ha sido un día demasiado largo en el que se me ha removido buena parte de mi pasado.
El lugar en cuestión es muy acogedor, con un ambiente alegre y en un entorno inmejorable que le hace sumar puntos extra.
Consta de una estructura de varias columnas con cerramientos de cristal plegable que resguardan el local cuando el tiempo no acompaña, cosa que no sucede esta noche, ya que, a pesar de que aún estamos en mayo, la temperatura es agradable.
Hay unas cuantas mesas altas, con varias sillas alrededor, aunque la mayoría de los clientes estamos de pie.
Está bastante lleno, pero, al ser un sitio abierto, no hay sensación de agobio.
La gente baila, ríe y habla a gritos con sus amigos.
—¿Estás bien, Alain? —me pregunta Camille, mientras empieza a bailar de forma sensual frente a mí—. Estás más callado de lo habitual.
—Sí, solo estoy cansado —miento y, por inercia, poso las manos en su cintura para seguir sus movimientos.
En ese momento se nos une Arianne, quien me tiende una bebida que no he pedido y reclama que le hagamos un hueco en nuestro baile.
—Ya sabes que, si quieres, nosotras podemos animarte —me recuerda, melosa y busca la boca de Camille en un beso sucio y tórrido que no dejaría indiferente a mucha gente.
Me río, es la primera vez que lo hago con ganas desde esta tarde, mientras niego con la cabeza. He perdido la cuenta de las veces que han intentado convencerme para que me una a ellas en una noche loca y hagamos un trío, aunque saben que no me va ese rollo.
—¿Ese camarero de ahí no es el socorrista que te ha atendido, Alain? —me pregunta Sophie. Alza la copa que sostiene en la mano y señala a alguien al otro lado de la pista.
—No deben de pagarle muy bien si tiene que estar pluriempleado —bromea Theo y arranca las carcajadas de todo el grupo, a excepción de las mías.
Mi vista sigue la dirección que marca el vaso de Sophie y se me seca la garganta.
No estoy preparado para verlo así. Aunque supongo que la ropa que lleva será parte de su uniforme de trabajo, está condenadamente guapo.
Lleva unos vaqueros azules y una camiseta negra, con el logo del bar en la parte izquierda del pecho, y se pasea con soltura entre las mesas con una bandeja para recoger vasos.
Me bebo lo que queda del contenido del mío —que es prácticamente todo— en un par de tragos. El alcohol desciende quemándome la garganta, me revuelve el estómago y de ahí sube a mi cerebro como una lanzadera, todo en apenas un par de minutos.
—Chicos, yo me retiro ya —anuncio y me despido de mis amigos.
—Ok, Alain, descansa —responden ellos sin que parezcan extrañados de que abandone el barco en primer lugar.
Lo cierto es que, entre las horas al volante de nuestro viaje hasta aquí, la jornada de surf y playa, su accidentado final y el alcohol de esta última copa, que ya está haciendo de las suyas y juega con mis neuronas, me vendrá bien pillar el colchón de mi Renault Traffic, aunque antes necesito hacer una parada técnica en el lavabo.
Además, no quiero volver a cruzarme con Markel, ya he tenido suficiente con que me ignore una vez. Aunque no siempre lo que uno quiere es lo que obtiene.