Sobre las olas (Somos agua 1) CAPÍTULO 2 Heridas que despiertan recuerdos
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CAPÍTULO 2 Heridas que despiertan recuerdos

Alain

E l cristal rasga mi piel como si fuera mantequilla. Ninguno de los cinco nos hemos dado cuenta de que había una botella rota enterrada en la arena cuando Theo y yo hemos empezado esa especie de lucha grecorromana a la que suelen llevarnos nuestras discusiones.

Lo echaba de menos.

Durante los últimos meses me han tratado como si fuera un objeto frágil, desde que tuve un accidente de moto las pasadas Navidades y me jodí el hombro.

Nada grave, aunque lo suficientemente serio como para tener que pasar por quirófano y hacer que me pierda bastantes etapas del circuito de competición de la WSL, en el que participo desde los diecinueve años.

Ese hecho me ha dejado temporalmente fuera de la élite y me obliga a dar un paso atrás y regresar a las pruebas clasificatorias.

Por suerte, todavía puedo participar en los suficientes eventos para lograr obtener la puntuación necesaria y regresar al circuito el año que viene.

Siempre y cuando, consiga recuperarme del todo.

Ni mi forma física ni mi hombro están al cien por cien todavía, aunque ya no me molesta demasiado sobre la tabla.

Tampoco lo está mi cabeza. No obstante, en este caso, no sé si algún día volverá a estarlo.

No sé qué me pasa, pero hay algo dentro de mí que no funciona como antes. Creo que he perdido la ilusión.

Ese es el motivo de que les propusiera a mis amigos esta aventura, un mes de desconexión, recorriendo con las furgos las principales playas del Atlántico desde Hossegor hasta Portugal.

Un viaje en busca de las mejores olas, una prueba de fuego para valorar mi estado actual y para intentar reencontrarme conmigo mismo.

Una forma de medirme, un entrenamiento velado para comprobar mi nivel y saber si estoy a la altura para volver a competir, aunque mi mánager y entrenador ya me ha inscrito en varios eventos.

No sé qué ha sido lo que ha propiciado que ahora esté rebozándome en la arena con uno de mis amigos. Creo que ha sido un comentario mío en el que me burlaba de sus habilidades sobre la tabla, que no están nada mal, pero me encanta picarle.

En un giro en el que pierdo la posición con Theo, siento un dolor agudo en el costado, punzante, que me arranca un quejido.

—Alain, ¿estás bien? —me pregunta mi colega al escucharme, preocupado—. ¿Es el hombro?

—Tío, no seas bruto, no lo vuelvas a romper antes de que se recupere del todo —lo amonesta Sophie, su chica.

—Joder, lo siento —se disculpa, apurado. Me suelta y me ayuda a levantarme del suelo.

—Tranqui, estoy bien, me he raspado contra algo. —Le resto importancia al mismo tiempo que me llevo la mano al costado.

Mis dedos se topan con un líquido caliente y viscoso que no debería estar allí.

En cuanto veo el color rojo, todo a mi alrededor empieza a dar vueltas y la llegada de la noche se adelanta, volviéndolo todo negro.

No me llevo bien con la sangre, me mareo en cuanto veo una gota, especialmente si es mía.

—¡Alain! ¡Alain! —escucho mi nombre, amortiguado por este molesto zumbido que atormenta mis oídos, y mis pies dejan de sentir el contacto con la arena.

—Tumbadlo sobre la camilla. —Esa voz no es de ninguno de mis amigos, aunque no estoy como para intentar averiguar a quién pertenece.

Pocos segundos después de que lo hagan, mi pulso empieza a normalizarse, la sangre vuelve a irrigar mi cerebro y me siento algo mejor, aunque mi piel sigue empapada en un sudor frío. La vista se me enfoca y, en cuanto lo hace, viajo al pasado, a cinco años atrás.

Markel Aguirre. Mi viaje improvisado me ha llevado hasta él. La última vez que lo vi no era más que un chaval, uno al que le robé un beso, aunque pareció disfrutarlo tanto o más que yo.

Después de aquel encuentro, le seguí la pista.

Bueno, lo cierto es que ya lo hacía desde antes.

Estaba obteniendo buenas puntuaciones en las pruebas clasificatorias y no tenía la menor duda de que, muy pronto, nos volveríamos a ver, esta vez sobre las olas.

Era bueno, joder, era muy bueno. Más de lo que yo lo había sido a su edad y aún no había hecho más que despuntar.

Estaba predestinado a ser uno de los mejores y yo quería enfrentarme a él, quería vencerlo o caer derrotado ante quien aspiraba a ser el mejor. Pero, de repente, desapareció.

Fue como si la tierra o el mar se lo hubieran tragado.

Su nombre dejó de aparecer en las pruebas celebradas, ni siquiera en los últimos puestos y temí que le hubiera pasado algo.

Algo malo. Aunque tampoco había noticias de que se hubiera retirado o hubiera sufrido algún accidente, porque sí, durante meses busqué su nombre como un desquiciado.

Después y tal como hizo el resto del mundo, lo dejé atrás.

O lo escondí en un rinconcito de mi memoria, uno que acaba de despertar.

Markel actúa como si no me conociera, o como si no se acordara de mí. Ambas opciones me duelen.

—No es grave, pero necesita unos puntos,,, —informa y en cuanto oigo esa palabra, entro en pánico.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Vas a coserme? —El terror inunda mi voz y la pequeña habitación en la que me encuentro, posiblemente la caseta del socorrista, empieza a dar vueltas de nuevo y hace que me olvide de quién es él y casi hasta de quién soy yo.

—No, yo no. Voy a limpiarte bien la herida, a ponerte unos puntos de aproximación y aquí tenéis la dirección del centro de salud del pueblo, que cuenta con servicio de urgencias, para que te cosan la herida —nos informa, tendiéndole una tarjeta de visita a Sophie.

El dolor que me lleva acompañando desde que me clavé la botella desaparece en cuanto sus dedos se apoyan sobre mi cadera.

A pesar de que lleva guantes, siento el calor que irradian, muy cerca de una zona sensible a la que su presencia no le es indiferente y que es la culpable de que mi cabeza esté ahora en otro sitio.

Aprovecho que está concentrado en su tarea y que sus ojos no van más allá de mi abdomen para mirarlo a placer. Está guapo, jodidamente guapo, aunque ya lo era la primera vez que lo vi y no me refiero a nuestro encuentro en las duchas hace ya cinco años, sino a mucho antes.

Yo tenía diecinueve años y él solo catorce, y en su cuerpo empezaban a despertar los primeros músculos fruto de un duro entrenamiento.

Mientras esperaba para disputar una prueba clasificatoria para la WSL, mi hermana pequeña, de trece años, me pidió que la acompañara a ver el campeonato de categorías inferiores.

Accedí con una mueca de hastío, esos críos no eran como nosotros, no tenían ni idea de surf, seguro que apenas se sabían mantener de pie sobre una tabla.

Markel me calló la boca y me la dejó abierta, en el buen sentido.

Su estilo no era perfecto, cometía errores, como todos —yo incluido—, pero había algo más allá de su técnica que me atrapó sin remedio.

A pesar de sus limitaciones, que superó con el tiempo, había una conjunción especial entre la tabla, el mar y él, como si fueran uno solo.

Era magia pura sobre las olas. No ganó, quedó subcampeón de Europa, aunque, para mí, se convirtió en el único protagonista de la competición.

Ni siquiera recuerdo quién quedó en primera posición, solo que mi hermana estaba entusiasmada, así que supongo que era por quien ella apostaba.

Sufrí un flechazo en toda regla. Un flechazo que, obviamente no superé cuando lo besé hace cinco años y que, por lo visto, tampoco he superado ahora, ya que me encantaría volver a probar esos labios carnosos, más maduros, y beberme sus gemidos.

Ahora ya no es un niño, ya me puedo desprender de la culpa de sentirme atraído por un menor.

Si no me fallan las cuentas, tendrá unos veintidós años y su cuerpo ha madurado como un buen vino francés, uno cuyo primer sorbo es suave y se extiende por la lengua con una textura sedosa, densa y cálida.

Un sabor afrutado que, una vez que lo pruebas, solo quieres dar otro sorbo y otro más, hasta terminar la copa y la botella entera.

Puede que ya no compita, que, incluso, no haga surf, pero a la vista está que no ha dejado de entrenar.

La camiseta de manga corta que lleva se le ajusta al torso e insinúa unos pectorales marcados y un vientre plano, además de unos bíceps trabajados.

Su tez muestra el tono dorado de alguien que pasa muchas horas bajo el sol, puede que por culpa de este trabajo, pero sin descuidar su piel.

Lleva el mismo peinado que entonces, con sus cabellos negros lo suficientemente largos como para que la brisa del mar se divierta desordenándolos y para que yo me muera de ganas por enterrar mis dedos en ellos mientras me vuelvo a estrellar contra su boca.

«No, joder, Alain, no vayas por ahí», me reprendo.

—Bueno, esto ya está. Levántate con cuidado para no volver a marearte —me dice e intenta ocultar una media sonrisa que chisporrotea en su mirada oscura.

Me incorporo hasta quedar sentado sobre la camilla, frente a él.

Nuestras miradas se quedan enganchadas durante un eterno segundo de silencio y me zambullo de cabeza en esos ojos castaños que encierran mucho más de lo que dicen.

Claro que sabe quién soy y me juego el cuello a que ahora su mente está en el mismo lugar que la mía, en unas duchas de una playa de Hossegor, en donde la admiración, las dudas y la confusión fueron nubladas por el deseo.

Revivir aquel recuerdo me causa el mismo efecto que provocó entonces el sabor de sus labios y, sin poder evitarlo, me empalmo.

Por suerte, en la postura en la que estoy, con los brazos apoyados sobre los muslos y las manos entrelazadas, pasa bastante desapercibido.

Markel es el primero que desvía la mirada, como si temiera que pudiera leer algo en ella que no quiere que vea, lo que, irremediablemente me genera curiosidad.

La pregunta de «¿Qué escondes, Markel?» se suma a las que ya se han ido formando en mi cabeza, a esas tantas que no he logrado dar respuesta todavía.