CAPÍTULO 1 Olas del pasado #2
Tendimos a Richi sobre la arena. No respiraba.
Sin saber muy bien lo que hacíamos y basándonos en lo que habíamos visto en películas y series como «Los vigilantes de la playa», intentamos reanimarlo.
Le insuflábamos aire por la boca, tratando de llenar sus pulmones, y apretábamos su tórax con manos temblorosas, sin saber el punto exacto, sin una cadencia ordenada y con una técnica que dejaba mucho que desear.
Enseguida apareció Unax con los refuerzos. Nils, mi padrastro, había sido socorrista y se hizo cargo de la situación con una entereza envidiable hasta que llegaron los servicios médicos. Sin embargo, no pudieron hacer nada por él.
—Vamos, hijo, que se nos hace tarde —anuncia Nils al cabo de unos minutos de silencio, en los que me he vuelto a perder una vez más en el pasado. Por el tono de voz que emplea conmigo, creo que sabe perfectamente dónde se encontraba mi cabeza.
Me da un toque afectuoso en el brazo para que regrese del lugar en el que estaba y nos ponemos en marcha, de vuelta a la orilla.
—Ya me ocupo yo de las tablas, cámbiate y vete a trabajar —se ofrece, así que le dejo mi tabla y voy directo hacia la parte de atrás de la escuela de surf.
Me doy una ducha y me pongo mi uniforme de trabajo: un bañador rojo, una camiseta blanca y una sudadera gris serigrafiada con la palabra «SOCORRISTA» en la espalda.
Siempre me he preguntado si hice todo lo que pude con Richi.
Esa es mi espinita clavada. Tal vez si, en ese momento, hubiera tenido los conocimientos de Nils, hubiera podido salvarlo.
O tal vez no. El caso es que, a raíz de aquel suceso, cambié mi vida.
Renuncié al surf profesional y me formé en primeros auxilios y salvamento acuático.
Hice todos los cursos que había y lo convertí en mi forma de ganarme la vida.
En verano, trabajo como socorrista en la playa y, durante el resto del año, lo hago en la piscina del centro deportivo.
También imparto clases básicas de primeros auxilios a niños y adultos, para que, en caso de que vuelva a haber otro «Richi» puedan saber actuar.
La jornada resulta tranquila, casi aburrida.
A pesar de que las temperaturas son agradables, las aguas del Cantábrico no invitan al baño y salvo un par de nadadores habituales a los que apenas tengo que prestar atención, ya que se defienden mucho mejor que yo, el resto solo se atreve a mojarse los pies.
Hay mucha gente paseando y niños que juegan en la arena, pero poco trabajo.
Mi madre se pasa justo después de recoger a mi hermana del colegio y me trae el táper de comida que me he dejado olvidado esta mañana.
Nahia juega con mi compañero de turno y Nils se desvía desde la escuela de surf hasta aquí para ir con ellas a casa a comer.
Se quedan un rato haciéndome compañía mientras como.
Mi padrastro cuenta anécdotas de sus clientes, mi madre nos habla sobre cómo van las ventas de su último libro y mi hermana relata con todo lujo de detalles su día en el colegio.
Yo, en cambio, me limito a escucharlos y a sonreír de vez en cuando.
Lo cierto es que no suelo hablar mucho, soy muy reservado y me guardo casi todo para mí.
Tampoco me exigen que lo haga, han aprendido a respetar mis silencios.
Ya casi al atardecer, cuando la playa comienza a vaciarse, llega un grupo de unos cinco surfistas a los que no conozco, tres mujeres y dos hombres.
Suele ser algo habitual en esta zona. Gente que busca las mejores olas y las mejores playas para este deporte hacen una escala de uno o dos días en mi pueblo.
No se les da nada mal, he visto campeonatos con menos nivel que el que tienen ellos. Sus giros sobre las olas, especialmente los de uno de los hombres, me atrapan la mirada más veces de lo que debieran y me distraen de mi trabajo. Por suerte, no hay mucha más gente a la que vigilar.
Cuando por fin salen del agua, vuelvo a conectar con el resto del mundo que me rodea.
Ellos se dedican a hacer lo que la mayoría de gente hace después de coger unas olas, se montan una pequeña e improvisada fiesta en la playa.
Tienen una nevera con bebida, un altavoz con música y un par de linternas para cuando el sol se apague.
Miro el reloj y me doy cuenta de que hace un rato que lo que pase en esta playa ya no es responsabilidad mía. Mi turno ha terminado y todavía tengo que recoger todo antes de cerrar el chiringuito. Retiro la bandera y guardo el tubo de rescate.
Mientras reviso el material sanitario dentro de la caseta y me dispongo a completar los registros, oigo una voz a mi espalda.
—Eh, perdona, ¿le puedes echar un vistazo a mi amigo? —me pregunta una voz de mujer en castellano con un claro acento francés—. Se ha hecho daño.
—Sí, claro —respondo sin mirar.
Me giro y veo a una chica joven, más o menos de mi edad, con rastas y un traje de neopreno por la cintura.
Debajo lleva un bikini de color azul eléctrico.
Claramente, pertenece al grupo de surfistas en el que me he fijado antes.
Detrás de ella, está uno de los dos chicos que parece servir de apoyo a alguien, aunque, con su compañera delante, no puedo ver de quién se trata.
—Se ha cortado con una botella y es muy aprensivo —me explica ella y se hace a un lado para que pueda atender a su amigo, pálido, sudoroso y a punto de desmayarse.
Cuando veo de quién se trata, todo rastro de color abandona mi rostro y, pese a mi tez morena, tostada por el sol, me quedo todavía más blanco que él.