CAPÍTULO 1 Olas del pasado
Markel
M e ahogo. El agua que me rodea se vuelve espesa, casi sólida, y tira de mí hacia el fondo cuando yo lucho por ir en la otra dirección. Es como querer atravesar un océano de arenas movedizas en el que cada esfuerzo de mi cuerpo agotado se vuelve en mi contra. Y cada vez me queda menos aire.
Me despierto con el cuerpo bañado en sudor, el pulso acelerado y la respiración agitada.
Inhalo con fuerza, como si acabara de salir a la superficie después de estar demasiado tiempo sumergido y mi pesadilla hubiera sido real.
El aire entra de una forma tan violenta y abrasadora en mis pulmones que casi duele.
Poco a poco, cuando recuerdo que no fui yo quien se ahogó, sino Richi, empiezo a calmarme.
Me levanto y me acerco a la ventana. La abro y me asomo para que el aire de la madrugada se lleve los restos de ese mal sueño.
Entre la quietud y el silencio de la noche de un pueblo que permanece dormido, enseguida se cuela el sonido del oleaje del mar y, automáticamente, me siento mejor.
El océano no tuvo la culpa de lo que pasó.
Tampoco fue mía. Fue Richi quien tomó una mala decisión y, por tanto, el único responsable de lo que sucedió —o eso dice mi terapeuta—.
Aun así, cuatro años después, todavía me afecta.
El cielo empieza a clarear por el este, lo que me indica que está a punto de amanecer. Me doy una ducha para que el agua arrastre esa sensación de malestar que se me pega a la piel como si fuera una capa más y me dispongo a empezar un nuevo día.
Cuando bajo a la cocina, me topo con una escena tan familiar que sosiega el malestar residual de ese mal sueño.
Mi madre discute con mi hermana, a la que le saco quince años, para que no se eternice con el desayuno y no llegue tarde al colegio.
Nils, mi padrastro, disimula una sonrisa, la misma que ha heredado la niña, y se sirve una taza de café.
—Buenos días —saludo mientras lo imito—. Enana —añado, refiriéndome con cariño a Nahia.
—Buenos días, cariño, ¿has dormido bien? —se interesa mi madre dándole un poco de tregua a mi hermana.
Asiento y ocupo mi lugar en la mesa. No quiero preocuparla con lo de mis pesadillas, es algo habitual con lo que sé que tendré que convivir. Por lo menos, cada vez parece que son menos frecuentes y cuento con las herramientas proporcionadas por mi psicóloga para afrontarlas.
—¿Te apetece pillar unas olas con este carcamal? —me propone Nils.
Mi madre lo mira mal y le golpea el hombro.
Su marido tiene treinta y seis años, solo catorce más que yo.
Se lleva menos con mi hermano y conmigo que con ella, que, a pesar de sus cincuenta y tres años, sigue siendo una mujer espectacular en todos los sentidos, físico incluido.
Hace mucho tiempo que saltaron la barrera de la diferencia de edad y estoy acostumbrado a estos piques entre ellos.
Yo creo que, lejos de separarlos, los unen todavía más.
—Por supuesto —admito sin ninguna duda.
Pese a que después de lo de Richi abandoné la competición, nunca he dejado de surfear. El mar, las olas y la tabla son parte de mí.
Estamos a finales de mayo y, aunque siempre hay turistas que visitan nuestro pueblo, hasta dentro de un mes no empezará la temporada alta.
Tenemos que aprovechar que nuestros respectivos trabajos todavía nos permiten una mayor flexibilidad de horario para estos momentos.
Hasta las doce de la mañana no tengo que subirme a la torre de socorrista, ya que hasta mediados de junio el horario es más reducido, y, al parecer, Nils tampoco tiene ninguna clase concertada para las primeras horas del día.
En menos de treinta minutos nos encontramos frente a la escuela de surf que regenta y en la que, a menudo, hemos tenido que echar una mano mi hermano y yo.
Cogemos nuestras tablas, las preparamos, les aplicamos un poco de parafina y corremos hacia el mar con la emoción de quien hace mucho tiempo que espera este encuentro cuando, realmente, si el tiempo y nuestras obligaciones lo permiten, se da casi a diario, aunque no siempre lo podemos hacer juntos.
Nos tumbamos sobre la tabla, remamos con los brazos para enfilar la trayectoria de la ola y cuando esta nos empuja, nos ponemos en pie.
Mi cuerpo entero vibra con la tabla, con el mar, y me deslizo sobre él como si fuéramos uno solo.
Con el cuerpo en tensión para mantener el equilibrio, me inclino, giro y acelero con la sangre volviéndose adrenalina pura dentro de mis venas.
Cuando la ola pierde fuerza, me dejo caer al agua y, con el corazón acelerado y sal en la boca, me vuelvo espuma.
El mar está bastante bueno, aunque no hay olas espectaculares, de esas dignas de competición, pero no importa, no se trata de eso.
Me olvido de todo lo que no seamos el mar y yo.
Cojo unas cuantas olas más, otras tantas se me escapan y algunas me lanzan al agua.
Nils me ha acompañado durante las primeras series, sin embargo, hace ya varios minutos que ha buscado un sitio más tranquilo y se limita a observarme, sentado sobre la tabla, con los pies colgados a cada lado.
—Eres tan bueno como siempre, hijo. No has perdido tu chispa —me alaba.
Fue precisamente él quien me enseñó los primeros pasos de este deporte y, gracias a eso, llegué a amarlo y a convertirlo en una parte importante de mi vida.
El surf, junto a mi familia, es lo único que ocupa mi corazón—.
¿Lo echas de menos? —añade mientras imito su posición para descansar un poco. Creo que ya es suficiente por hoy.
—¿El qué? —pregunto, porque no sé exactamente a qué se refiere, si al surf profesional o a Richi.
—Competir —me aclara.
No tengo que meditarlo durante demasiado tiempo, ya que tengo la respuesta bastante clara.
—No, me gusta la vida que llevo. Me gusta ayudar a la gente. Quizá si hubiera tenido los conocimientos que tengo ahora, Richi… —Dejo mi frase en el aire cuando me doy cuenta de que estoy hablando en voz alta. «No hubiera muerto» son las tres palabras que me faltan para concluirla.
—Hiciste todo lo que pudiste. Te jugaste la vida por intentar salvarlo —me recuerda Nils y detecto un punto de enfado en su voz, que no sé si se debe a que, cuatro años después, siga machacándome con el mismo tema o a que me arriesgara tanto.
—Ahora, tal vez, hubiera podido hacer más —replico.
—No, Markel, nada habría cambiado.
Richi era uno de esos chavales que venía cada año a veranear al pueblo.
No es que fuéramos amigos, pero, al ser más o menos de nuestra edad, se juntaba con mi grupo.
Aquel día, el mar estaba revuelto y la bandera roja ondeaba en la playa, por lo que cambiamos de plan y nos fuimos a las rocas.
Alguien trajo cervezas, otro trajo maría y decidimos pasar el día emborrachándonos y colocándonos.
Bueno, en mi caso, me limité a ver cómo se ponían ciegos.
Me encontraba a mitad de temporada y, a excepción de una cerveza ocasional, pasaba de beber.
Estaba obteniendo unos resultados muy buenos y cada vez estaba más cerca de mi objetivo, ese que se convirtió en reto en unas duchas prefabricadas. No me la iba a jugar.
Cuando las botellas vacías se empezaban a acumular a nuestros pies, Richi se calentó, posiblemente incitado por el comentario de algún otro o porque, simplemente, se le cruzaron los cables, y saltó.
Lo habíamos hecho mil veces, desde ese mismo lugar, pero no con esas olas ni con el mar tan furioso.
Desde allí arriba, no parecía peligroso.
Sin embargo, yo había aprendido a leerlo y quise advertirle. No me dio tiempo.
El agua lo atrapó, tiró de él hacia el fondo y cuando ya pensábamos que se lo había tragado, lo escupió contra las rocas como si no lo quisiera, aunque luego pareció cambiar de opinión.
Richi ya no reía, ya no se creía invencible.
Trató de agarrarse a la superficie irregular de las piedras, se arañó las manos, clavó las uñas, desesperado, y cuando estaba a punto de conseguirlo, el mar lo arrastró de nuevo hacia el fondo.
Jugó con él, como si fuera un muñeco de trapo, y con su esperanza de salir de esa.
Cada vez que conseguía asomarse a la superficie y dar una bocanada desesperada de aire, una nueva ola se lo volvía a llevar.
Fue una batalla desigual entre el océano y el ser humano.
Yo no tenía ninguna duda de quién era el más fuerte de los dos —aunque a veces se nos olvidara—, de quién iba a ganar.
Tras un par de minutos angustiosos en los que comprendimos que nuestro compañero se ahogaba y no iba a poder salir de ahí por sí solo, me lancé tras él sin pensar que también estaba poniendo en riesgo mi propia vida.
Eso no supe verlo hasta más tarde. Conocía ese mar, conocía esas olas y me convertí en la única posibilidad que tenía Richi de salir adelante.
Mientras, mi hermano Luken y el resto fueron a pedir ayuda.
Cuando conseguí llegar hasta él, ya estaba inconsciente, con varios golpes y arañazos de los que brotaba sangre que se diluía con el agua.
Con su cuerpo agarrado de cualquier manera, era imposible llegar hasta las rocas.
Él no había podido. Así que opté por intentar alejarme de ellas y nadar hasta la orilla, con la confianza de que la ayuda llegaría antes de que mis fuerzas se agotaran.
Por suerte, gozaba de una buena forma física y mucha resistencia.
Aunque todavía no hacía pie, la playa ya se encontraba cerca. Iba a conseguirlo. Luken y Oihan, entraron desde la orilla, vinieron a mi encuentro y nos sacaron de ese infierno cuando empezaba a flaquear. El susto había borrado todo el rastro de alcohol y drogas de sus cuerpos.