Sobre las olas (Somos agua 1) PRÓLOGO Tres décimas
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Sobre las olas (Somos agua 1)

Sobre las olas (Somos agua 1)

Por Akara Wind

© inepub.com

PRÓLOGO Tres décimas

Markel

—¡E y, mirad a esa tía! —exclama mi hermano para reclamar la atención de todos los presentes—. Menudas tetas tiene —añade, por si ese detalle se nos había pasado por alto.

—Buah, sí, está buenísima —lo secunda Oihan, nuestro amigo y compañero en la escuela de surf que regenta Nils, que nos acompaña en lo que para ellos son unas vacaciones—. ¿Verdad, Markel?

Asiento, distraído, para no parecer un bicho raro, cuando mi cabeza está en otro lado.

Me he quedado a tres míseras décimas de clasificarme para la final del Quicksilver Open Pro, celebrado en Hossegor, y, aunque puedo estar orgulloso de haber llegado hasta aquí con diecisiete años cumplidos hace tan solo unos días, el haber rozado con los dedos la posibilidad de meterme en mi primera final, con los grandes de este deporte, escuece.

Lo que más me jode es que ha sido por arriesgarme demasiado con una ola que no era buena.

Se me acababa el tiempo y el oleaje no acompañaba, así que me la he jugado y no me ha salido bien. O no todo lo bien que hubiera deseado.

La verdad es que ni siquiera me he fijado en la chica de la que hablan y que tantas pasiones parece levantar.

Para mí ha sido solo una imagen borrosa, un estorbo que se interpone en lo que de verdad me tiene secuestrada la mirada.

Mis ojos miran más allá, hacia el mar. Las únicas curvas que me llaman la atención son los elegantes giros que hace con su tabla sobre las olas Alain Bidarte, uno de los surfistas del circuito de competición de la World Surf League, la WSL, la élite del surf.

Vive muy cerca de estas playas y ese hecho, junto con su renombre en este deporte, han sido los motivos de que le invitaran a participar en esta prueba que va a ganar de calle.

Y yo he estado a tres putas décimas de poder competir a su lado, al lado de uno de los deportistas que más admiro. Tres. Putas. Décimas.

Sus movimientos perfectos me tenían hipnotizado hasta que la susodicha se ha cruzado por delante de nosotros, interrumpiendo mi visión.

Para cuando se quita de en medio, Alain da por finalizado su entrenamiento, convertido en una espontánea exhibición para unos pocos afortunados, y se dirige hacia la orilla.

—Tíos, yo me voy —anuncio y me pongo en pie. Me sacudo la arena del neopreno y agarro mi tabla.

—¿Tan pronto? —pregunta nuestro amigo. Todavía quedan varios de los botellines de cerveza que nos hemos agenciado, a pesar de ser menores de edad.

—Déjalo, necesita su espacio —le dice mi mellizo, que me conoce mejor que nadie. No ha sido un buen día y sabe que necesito estar a solas para digerir todo lo que ha ocurrido.

Me paso más tiempo del necesario encerando mi tabla, el movimiento rítmico de mis manos deslizándose sobre la superficie me relaja.

Al cabo de unos minutos y con ella todavía a cuestas, me dirijo hacia uno de los módulos prefabricados habilitados como vestuarios y duchas para el evento.

A estas horas, apenas está ocupado. Supongo que la mayoría de la gente estará disfrutando de los conciertos y DJ que complementan la competición al caer la tarde.

Incluso desde aquí, se escucha la música.

Me cruzo en la puerta con un chaval, más o menos de mi edad, con el que me enfrenté en la primera ronda y que no pasó de ahí, que me felicita por mi actuación.

Le respondo con un simple «gracias» que suena parecido al ladrido de un perro.

De fondo, escucho el agua de una de las duchas, que no son más que un corredor con cuatro o cinco grifos, sin separación física entre ellos, delimitado del resto del vestuario por una pared.

Dejo la tabla apoyada en uno de los soportes instalados para ello, bajo la cremallera del neopreno, saco los brazos y me lo dejo a la altura de la cintura, mientras me dirijo hacia las duchas para quitarme los restos de arena y sal antes de regresar a la casa en la que mi familia se aloja, a escasos metros de la playa de Les Estagnots, un poco más al norte de donde nos encontramos.

Entro en el cubículo, distraído, con mi mente en otro lado, y me quedo petrificado con la escena que se desarrolla ante mis ojos.

Un hombre, de espaldas a mí, de complexión atlética y algo mayor que yo, se enjabona el cuerpo mientras canturrea la canción que suena de fondo, desde la zona del festival.

No me hace falta verle el rostro para saber de quién se trata, llevo toda la tarde —y toda mi vida como surfista— observándolo.

A sus pies, descansa el traje de neopreno que llevaba. Está completamente desnudo.

Mis ojos resbalan por su cuerpo, como si se trataran de los restos de jabón que arrastra el agua.

Recorren su espalda ancha, de músculos definidos y caen sobre su culo, de una redondez perfecta, cuyo tono blanco contrasta con el resto de su piel, mucho más morena por la cantidad de horas acumuladas bajo el sol.

Siento un calor que me asciende por los pies y se me concentra en las pelotas. De pronto, mi traje de neopreno aprieta más en cierta parte de mi anatomía. Joder, me acabo de empalmar. Quizá no sean solo los quiebros que hace sobre las olas las únicas curvas que me gusten de él…

Esa reacción inesperada de mi cuerpo me sorprende y me deja totalmente descolocado.

Pensaba que mi falta de interés en el sexo, al contrario de lo que le sucede a mi hermano, cuyo objetivo parece ser coleccionar novias, se debía a que estaba demasiado ocupado con los entrenamientos y las competiciones para cederles protagonismo a mis hormonas.

Ahora me doy cuenta de que, tal vez, miraba hacia el lado equivocado.

Joder, qué imbécil he sido. Las señales siempre han estado ahí y no he sabido interpretarlas hasta ahora o puede que, inconscientemente, no haya querido dedicarles el tiempo suficiente para hacerlo, porque ahora me llegan altas y claras.

Las piezas de un puzle que se encajan solas.

Por eso pasaba de las chicas que hacían babear a los demás, por eso se me iban los ojos detrás de los cuerpos de mis compañeros en las duchas…

No era solo envidia de su forma física lo que admiraba en ellos, puede que siempre hubiera habido algo más, aunque mi cuerpo nunca había reaccionado así.

Alain Bidarte detecta mi presencia detrás de él y se da la vuelta, sin que me dé tiempo a reaccionar y apartar la mirada. Me regala unas bonitas vistas de sus abdominales y su polla, lo que hace que la mía se tense aún más.

—¿Te gusta lo que ves? —me pregunta con una sonrisa ladeada, en un castellano levemente afrancesado, típico de la zona en la que nos encontramos y que, a pesar de que estoy acostumbrado a escuchar, suena más sexy de sus labios.

No parece cohibido ante mi descaro, cosa que no me sucede a mí, que, de repente, me he quedado congelado, cuando lo que siento en mi interior es un fuego nuevo y desconocido que me prende en llamas.

Sus ojos se deslizan por mi cuerpo, él también me estudia sin disimulo, y se paran justo por debajo de la cintura, donde el neopreno pegado al cuerpo no puede ocultar del todo mi erección.

Podría decirle que sé quién es, que sigo su carrera, que lo admiro desde que tengo uso de razón, aunque a la vista está que mi fascinación por él abarca también otros aspectos.

Sin embargo, no me salen las palabras, así que ni siquiera contesto a su pregunta.

Dudo mucho que, en caso de poder ser capaz de hablar, pudiera decir algo que me sacara con dignidad de esta situación.

A Alain, en cambio, mi turbación parece divertirlo.

Avanza con decisión hacia mí, como un depredador al acecho.

A pesar de que siento que estoy a punto de convertirme en su presa, no huyo, no tengo miedo, solo curiosidad y una tremenda expectación por lo que pueda pasar a continuación.

Mi respiración se acelera con anhelo. El aire se vuelve denso, como si el vapor del agua caliente que todavía sale de la ducha se solidificase a nuestro alrededor.

La energía que fluye entre nosotros, que salta de uno a otro, como nubes dentro de una tormenta, me anuncia lo que está a punto de suceder.

Creo que va a besarme y, aunque jamás me había planteado esta posibilidad, lo deseo.

Invade mi espacio personal y, lejos de retroceder para volver a recuperarlo, permanezco completamente inmóvil hasta que la distancia se reduce al mínimo.

Incluso creo que me inclino hacia él, atraído por su fuerza magnética.

Apenas hay unos milímetros que separan nuestros cuerpos y, aunque todavía no nos tocamos, siento su proximidad vibrando sobre mi piel.

Sus dedos, algo ásperos, me rozan la cadera y me erizan hasta el último poro mientras mantenemos un duelo de miradas durante unas décimas de segundo. Sus ojos me preguntan si quiero esto y me humedezco los labios como única respuesta. El mensaje le llega alto y claro.

Alain da el último paso, afianza el agarre sobre mi cintura, enreda la otra mano entre mis cabellos y posa sus labios sobre los míos, de una forma suave, casi delicada.

Su sabor, vivo y electrizante, con un toque a sal que me transporta al océano, me empuja a entreabrir la boca.

Dejo que su lengua se cuele dentro y me saquea con maestría.

Gimo, jadeo o gruño, no lo tengo muy claro, y trato de imitar sus movimientos como el torpe inexperto que soy.

Mis manos acarician sus hombros con timidez, sin saber muy bien dónde ponerlas ni lo que hacer con ellas, mientras asimilo todas esas sensaciones nuevas que acaban de despertar en mí.

Al fin y al cabo, solo soy un chaval que acaba de descubrir quién es y al que le acaban de dar su primer beso.

Se separa de mí sin dejar de mirarme, mientras una sonrisa pícara se instala en esos labios que hace nada tenía sobre los míos.

A la sensación de frío y vacío que me deja su ausencia, se le suma la vergüenza.

No sé si he estado a la altura o he hecho el ridículo más estrepitoso.

A pesar de mi tez tostada por el sol, noto que mis mejillas se ruborizan.

Alain se agacha a recoger su neopreno del suelo y se dispone a abandonar las duchas.

Pasa por mi lado y tira de mis ojos que no pueden evitar acompañar su movimiento para contemplar de nuevo su desnudez.

Cuando está a punto de desaparecer de mi campo visual, se detiene y se gira, pillándome de nuevo in fraganti.

—Ha sido una putada lo de esa última ola.

Eres bueno, Markel Aguirre, y me hubiera encantado enfrentarme a ti mañana en la final.

Sin embargo, tendremos que aguardar a la próxima ocasión para batirnos sobre las olas.

Tal vez sea dentro de uno o dos años dentro del mismísimo circuito de competición de la WSL —me dice, con respeto, aunque no es precisamente ese tipo de duelo el que ahora ocupa mis pensamientos—. Te estaré esperando.

Me quedo solo en las duchas. Esas tres últimas palabras bailan sobre mi cabeza como una promesa.

Me dirijo a la que acaba de dejar libre, con los engranajes de mi cabeza funcionando a mil por hora.

Pulso el botón que acciona el grifo y el agua empieza a caer sobre mí, mientras me termino de desnudar.

Mis manos la ayudan a que barra los restos de arena de mi piel y, aunque es la misma de siempre, la siento extraña.

Yo, al completo, me siento extraño, diferente, más vivo, y trato de asimilar lo que acaba de suceder.

Alain Bidarte, a quien admiro casi desde que me subí por primera vez a una tabla de surf, no solo sabe mi nombre, sino que me ha besado.

Y me ha gustado. Joder si me ha gustado.