Sobre las olas (Somos agua 1) EPÍLOGO Completar el puzle
100%

EPÍLOGO Completar el puzle

Markel

M i particular forma de celebrar la primera victoria tuvo bastante más impacto del que me hubiera gustado.

Siempre tan receloso de mostrar mis sentimientos ante los demás y cuando me decido a hacerlo, lo hago a lo grande.

Teníamos público. Mucho. Demasiado. Y cámaras, tanto de aficionados como de la prensa especializada, que lo documentaron en directo.

Sin embargo, yo no vi nada de eso, solo vi esos ojos que encierran el océano en sus iris frente a mí, que me prometían que nuestros caminos no tenían que separarse y, como cada vez que veo una ola frente a mí, tuve que atraparla.

No me arrepiento de lo que hice, Alain llevaba mucho tiempo mereciéndose eso, que no nos escondiéramos y, aunque al principio, todo el impacto mediático que tuvo me abrumó, ya empiezo a acostumbrarme.

Destapar nuestra relación, así, a lo bestia, ha servido para dar visibilidad a la diversidad dentro de este deporte, un tema que, hasta ahora, no se mencionaba demasiado.

Hemos recibido críticas, por supuesto, siempre va a haber gente que no esté de acuerdo con cómo eres solo por el simple hecho de ser diferente a ella, pero, sobre todo, hemos recibido apoyo y otros surfistas también se han animado a salir del armario.

Las principales marcas de ropa y tablas de surf también se han aprovechado de ese impacto mediático y nos han convertido en la cara visible de sus productos.

Solo con ese dinero y el que obtuve por la victoria en Durban, les he echado una mano a mis padres con su cuenta bancaria y me he quitado la hipoteca del piso en el pueblo

Piso que, por otra parte, solo usamos cuando venimos de visita, ya que el resto del tiempo nos hemos establecido en la casa de Alain en Hossegor, en ese pequeño paraíso a pie de playa. Esta es una de esas ocasiones, ya que hemos venido a pasar las navidades con mi familia.

Todavía faltan varios meses para que empiece el campeonato mundial de la WSL, el Challenger Tour , cuyas primeras pruebas transcurrirán en Australia, en primavera.

Hasta entonces y salvo alguna que otra campaña publicitaria, no tenemos ningún otro compromiso, por lo que el grueso de nuestros entrenamientos tendrá lugar entre su mar y el mío, con algún que otro viaje para familiarizarnos con las olas a las que nos tendremos que enfrentar en competición.

—Ya hemos llegado —anuncia Alain, aparcando su Renault Traffic frente al portal en el que se encuentra mi modesto apartamento.

A pesar de que el trayecto de Hossegor hasta aquí es de solo un par de horas, me he quedado traspuesto.

—¿Quieres que nos instalemos o prefieres ir a saludar a tus padres? —me pregunta cuando subimos al piso.

Niego con la cabeza, mientras una sonrisa se me forma en el rostro.

—Ni lo uno ni lo otro. A mi familia ya la veremos para la cena —le digo y no me hace falta especificar más porque, una vez más, Alain me ha leído como un libro abierto. Me ha bastado una única mirada al mar para saber que está en su punto.

—Venga, vamos —me secunda Alain que ya está buscando su traje de neopreno dentro del equipaje.

Volvemos a subirnos a su furgo para un trayecto corto, hasta el parking junto al paseo marítimo.

Nos cambiamos de ropa, cogemos las tablas y echamos una carrera hacia el mar.

El viento sopla de tierra, retrasando la rotura de la cresta, con un intervalo regular entre series.

Dibuja una ola, una pared verde, lisa y continua que empieza a romper con paciencia, dejando espacio para bajar, acelerar y enlazar maniobras.

Es uno de esos días en los que el océano parece querer dejarse surfear y nosotros aceptamos su invitación de buen grado.

Después, regresamos a casa, nos damos una ducha, picamos algo y tras remolonear media tarde sobre la cama y necesitar después otra ducha, nos presentamos en el restaurante en el que tenemos reserva para cenar con mi familia. Llegamos casi todos al mismo tiempo.

El saludo a mi familia es interrumpido cuando escucho una voz que hacía mucho que no oía en persona: Luken. Por fin, mi mellizo se ha dignado a volver al pueblo, aunque solo sea para las vacaciones de Navidad. No nos veíamos desde su graduación, hace más de seis meses.

Lo abrazo con fuerza y me aferro a él como si quisiera recuperar una parte importante de mí que me faltaba, ese trocito que se queda en el otro después de haber compartido útero.

Él responde de la misma forma y, durante unos segundos, permanecemos así, en silencio, en brazos del otro, hasta que nos sentimos de nuevo completos.

—Así que este es el famoso Alain Bidarte —dice Luken, separándose de mí al reparar en el rubio que tengo al lado.

—Bueno, creo que ahora mismo es tu hermano quien goza de mayor fama —bromea Alain, en alusión a la forma de celebrar mi victoria—. Encantado de conocerte, Luken, tenía muchas ganas de hacerlo —le dice mi chico y ellos también se funden en un abrazo, como si fueran viejos amigos.

Mi hermano también está acompañado, aunque esa es otra historia.

—¿Pasamos? —nos interrumpe mi madre, quien ve que los reencuentros y las presentaciones se nos van de las manos.

Nos han ubicado en un pequeño salón en el que solo estamos nosotros y un par de parejas más a las que no les va a hacer ni pizca de gracia compartir comedor con un grupo tan escandaloso como mi familia.

Vamos ocupando cada uno un asiento y quedan dos libres.

—¿Falta alguien? —pregunta Alain, desconcertado por esos dos sitios que sobran.

Justo en ese momento, me vibra el móvil con un mensaje y demoro mi contestación para atender el teléfono.

—Esta vez soy yo el de las sorpresas, espero no haber metido la pata —le digo, poniéndome en pie.

Señalo la puerta por la que acaban de entrar dos personas, Sébastien y una mujer joven, rubia, con el pelo largo recogido en una trenza de espiga cuyos rasgos son una copia bastante cercana a los de Alain.

—Chloe… —El nombre de su hermana se le escapa en un suspiro.

Sé que desde que sus padres fallecieron, Alain y su hermana siguieron caminos diferentes, que cada uno se centró en su carrera, y apenas tienen relación. También sé que eso le duele.

—Ella perdió a sus padres el mismo día que tú. No hagas que también pierda a su hermano —le susurro con una caricia suave sobre el dorso de su mano.

Alain me mira, incapaz de contener el mar dentro de sus ojos, se incorpora con tanto ímpetu que a punto está de tirar la silla y sale al encuentro de su hermana.

La abraza del mismo modo en que lo he hecho yo hace un rato con Luken.

Intercambian varias frases en francés, en tono suave, casi íntimo, solo para ellos dos, en las que acierto a entender un «lo siento», un «yo también» y un «te quiero».

Sé que tienen mucho de lo que hablar, que años de separación no se solucionan solo con esto, pero es un comienzo. Un buen comienzo.

Él desvía la atención de su hermana para buscarme con la mirada. Está visiblemente emocionado, sin embargo, a diferencia de lo que me sucedía a mí, nunca le ha importado mostrarse ante los demás y no se avergüenza de sus ojos húmedos.

—Gracias —me susurra.

—Te la debía —le digo, con una sonrisa y por fin siento que todas las piezas encajan en su lugar.