14. Fabes #2
—En Barcelona. O en algún sitio. Nino nos ha dado el nombre del comprador. Lo llevan ya los compañeros de allí. La señora Arrieta dice que si aparece, Mayrit lo subasta gratis para el faro. —Fano miró a Nieves—. Si usted quiere, claro. Es suyo.
Nieves se quedó mirando su plato de fabada, que apenas había tocado.
—No lo quiero —dijo—. No quiero nada de eso.
Ni el sello ni los álbumes. —Levantó la cabeza—.
Mi tío quería un museo en el faro. Pues que lo haya.
Que se queden los álbumes en el pueblo, en una vitrina, con la Santa Olaya al lado si Cova quiere darla.
Y lo que salga del Candil, si sale, para arreglar el faro y el muro de Benigno, que ya está bien de que se le caiga encima el jardín.
—Benigno se va a morir del disgusto —dijo Celsa—. Ya no va a tener de qué quejarse.
—Le daremos otra cosa —dijo la abuela—. En este pueblo nunca faltan.
—¿Y lo de Oviedo? —preguntó Olvido—. Lo del alquiler.
Nieves sonrió por primera vez.
—Me quedo la casa. Villa Esperanza. Me vengo a vivir aquí, de momento.
Tengo trabajo en remoto y una deuda de cuatro meses, y aquí no se paga alquiler.
—Miró por la ventana, hacia la colina—. Y Pilar sigue viniendo los lunes, miércoles y viernes.
Ya hemos hablado. Le pagaré lo mismo que mi tío. Y lo del cenicero no ha pasado nunca.
La abuela asintió con la aprobación seria de quien ve que alguien ha hecho lo que tenía que hacer.
Al final, cuando ya habían pasado el arroz con leche y el café y el orujo de hierbas que la abuela sacaba solo en las ocasiones, Fano se levantó para irse. Se puso la gorra en la puerta de la cocina. Dudó.
—Olvido. Una pregunta. Para el atestado.
—Diga.
—Lo del nombre en el margen. Lo que dijo ayer en el magüestu. ¿Cómo sabía que Nino se lo iba a creer?
Olvido lo pensó un momento.
—Por la estilográfica —dijo—. Estaba en el suelo, sin la capucha, al lado de la mano.
Don Laureano estaba escribiendo algo, o iba a escribir algo, cuando subió Nino.
Nino lo vio con la pluma en la mano. Y un hombre culpable siempre cree que hay algo escrito sobre él.
Los correctores lo sabemos. El autor siempre cree que la errata está en su nombre.
Fano la miró un rato largo. Después asintió, se tocó la visera de la gorra y se fue calle abajo, hacia el cuartel.
—Ese chico —dijo la abuela, recogiendo los platos— tiene un problema.
—¿Cuál?
—Que es de Zamora. —La abuela le pasó un trapo—. Pero se le quita. A tu abuelo le quedaba un primo en Zamora y era casi normal.
En la silla de la cabecera, la Tila se había quedado dormida, enroscada sobre el cojín, con la cola sobre la nariz y una pata delante de los ojos, como quien no quiere que la molesten durante un tiempo.
Olvido abrió la libreta de tapas negras por la última página y escribió, debajo de la errata número veintitrés:
Fe de erratas cerrada. Donde dice «accidente», léase «Nino».
Y luego, después de pensarlo mucho, lo tachó y escribió debajo, más pequeño:
Donde dice «accidente», léase «un amigo».
Epílogo. Correspondencia
El martes, a las ocho y media de la mañana, había un papel nuevo clavado con chinchetas en el corcho de la cartería, entre el calendario de turnos y una circular de la jefatura sobre el uso correcto de la PDA.
Lo había escrito Maribel a mano, con rotulador negro y letra de pancarta:
PERSONAL DE LA OFICINA DE CABO CANDIL Jefa: M. Suárez Reparto rural (sustitución hasta el 31 de marzo, prorrogable): O. Barcia Ayudante de reparto, sin sueldo: TILA Titular de baja: G. (que se cuide)
Olvido se quedó un rato delante del corcho con el café en la mano.
—¿Hasta marzo?
—Hasta marzo. Prorrogable. —Maribel no levantó la vista del ordenador—.
Me han dicho en Oviedo que Genaro tiene para largo, que la rodilla es más complicada de lo que parecía.
Y que si quieres la plaza fija, en primavera hay oposiciones.
—Hizo una pausa—. Yo que tú me presentaba.
Ya sabes de lo que va el temario. Lo has corregido.
—No he corregido el temario.
—Has corregido el pueblo entero. Es más difícil.
La Tila, sentada encima del mostrador al lado de la báscula, bostezó con una indiferencia absoluta hacia su nuevo cargo.
Fue una semana tranquila. La primera desde que había llegado.
Cabo Candil había gastado toda su capacidad de asombro en siete días y ahora se dedicaba a digerirlo, que en un pueblo de la costa es una actividad que puede durar décadas.
En el Candilín, Celsa había colgado detrás de la barra un recorte del periódico regional —Detenido un vecino de Cabo Candil por la muerte de un coleccionista de sellos— con una chincheta roja, entre la foto del equipo de fútbol del pueblo de 1982 y un calendario de una ferretería de Navia.
Paquita contaba a quien quisiera oírla que ella lo había sospechado desde el principio, aunque nadie recordaba que hubiera dicho otra cosa que «chantaje».
Fidel, en el hogar, había prohibido hablar del asunto durante las partidas.
Nadie le hacía caso, pero como estaba sordo no se enteraba.
Benigno se quedó sin muro del que quejarse.
Nieves llamó a un albañil de Luarca el miércoles, y el jueves había dos hombres con una hormigonera en el camino de Villa Esperanza.
Olvido pasó por allí a la una, con el reparto, y se encontró a Benigno de pie junto a la obra, con los brazos cruzados, explicándoles a los albañiles cómo había que hacerlo.
—Así no —decía—. Así se os cae otra vez en diez años. Eso hay que atarlo con piedra de la playa.
—Le está ayudando —le dijo Nieves a Olvido en la verja, con una sonrisa cansada—. A su manera.
—¿Y tú? ¿Qué tal?
Nieves miró la casa. Las ventanas estaban abiertas para ventilar. En el porche había cajas de cartón con libros, y la galería, por primera vez en muchos años, tenía cortinas nuevas.
—Mal —dijo—. Pero mejor. Por las noches enciendo el mirador. Igual que él. Me parece que si lo dejo apagado, alguien va a pensar que ha pasado algo.