14. Fabes #3
El miércoles, Cova bajó al faro con una caja de cartón y se la entregó al farero, que era también el conserje del ayuntamiento y el encargado de la depuradora, y que no sabía muy bien qué hacer con ella.
Dentro, envuelta en papel de seda, iba una botella de anís con un barco dentro: una lancha de pesca de madera oscura, con dos palos y las velas recogidas, y en la proa, en letras diminutas pintadas a mano, Santa Olaya.
Los palos estaban levantados. Cova había tirado del hilo despacio, como le habían dicho, y no se había roto.
Olvido no lo vio. Se lo contó la abuela, que se lo contó Celsa, que se lo había contado el farero. Pero se lo imaginó tan bien que, años después, habría jurado que había estado allí.
El viernes llegó una carta para Remedios Cuervo.
Olvido la reconoció en el clasificador antes de leer el nombre: la letra pulcra, inclinada, de estilográfica. El remite estaba escrito en el dorso, como se hacía antes, y la dirección del remite era la de un centro penitenciario del centro de Asturias, con un número de módulo.
Se la llevó a la abuela en mano, con el resto del correo, y la abuela la leyó de pie en la cocina, con las gafas en la punta de la nariz, sin decir nada. Después la dobló y la guardó en el bolsillo del delantal.
—¿Qué dice?
—Que está bien. Que le dan de comer. Que hay una biblioteca y un taller de carpintería, y que le van a dejar hacer barcos. —La abuela se quitó las gafas—. Y que siente mucho lo de la verja.
—¿Solo eso?
—Y que te diga que tenías razón. Que fue va sin tilde desde 1959. —La abuela casi sonrió—. Y que él la va a seguir poniendo hasta que se muera, que a su edad ya no está para aprender ortografía nueva.
Olvido no dijo nada. Pero esa noche, en la galería, antes de dormirse, pensó en Nino en una celda, en el centro de Asturias, tirando de un hilo dentro de una botella con unas pinzas largas, para levantar los palos de un barco que nunca iba a navegar.
Y no supo si lo que sentía era pena o rabia, y llegó a la conclusión de que eran las dos cosas, y de que no pasaba nada por sentirlas a la vez.
El lunes dieciséis de noviembre, a las once y diez de la mañana, mientras clasificaba el correo de la ruta en los casilleros de madera, Olvido encontró un sobre a su nombre.
No a su dirección. A su nombre. Escrito en el centro del sobre, con tinta azul, con una letra antigua, picuda, que nunca había visto:
Srta. Olvido Barcia, nieta de Baldomero Cartería de Cabo Candil Asturias
No tenía remite. Ni delante, ni detrás. El sello era un sello de Navidad de 1979, sin usar hasta entonces, con una Virgen con el Niño en tonos dorados, y el matasellos era de Luarca, del sábado anterior.
La Tila, que estaba en el mostrador, se levantó y se acercó a olerlo. Lo olió por las cuatro esquinas, con una atención que Olvido no le había visto desde el cojín. Después se sentó delante del sobre y la miró.
Olvido lo abrió con el abrecartas de la oficina.
Dentro había una fotografía en blanco y negro, de bordes dentados, como se revelaban antes.
Un hombre joven, de treinta y pocos años, con gorra de plato y una cartera de cuero cruzada sobre el pecho, de pie delante de la puerta de la vieja conservera del puerto.
Tenía una saca de lona al hombro. Sonreía a la cámara con la boca torcida, medio en broma, medio en serio, con una sonrisa que Olvido conocía perfectamente porque era la suya, y la de su padre, y la que veía cada mañana en el espejo.
Su abuelo. Baldomero Barcia. En diciembre de 1979, según la fecha escrita a lápiz en el margen blanco de la foto.
Le dio la vuelta.
En el dorso, con la misma tinta azul y la misma letra picuda del sobre, había cuatro palabras. Solo cuatro.
No fue él. Pregunta.
Olvido se quedó mucho rato con la foto en la mano, de pie junto a los casilleros, mientras en la radio de la oficina sonaba un villancico prematuro, el primero del año, y Maribel protestaba en voz alta porque todavía era noviembre.
No fue él.
Su abuelo había muerto en 2009 sin decirle nunca nada.
Pero en la familia había un silencio, uno de esos silencios que se heredan como se hereda una vajilla: la Navidad de 1979.
La saca. Nadie hablaba de ella. La abuela, si le preguntabas, cambiaba de tema o se ponía a fregar.
Olvido, de niña, había entendido que era una de esas cosas que no se preguntan, y no la había preguntado nunca.
Miró a la Tila.
La Tila la miró a ella.
—No —dijo Olvido—. Ni hablar. Tengo reparto.
La Tila parpadeó despacio, una sola vez.
Olvido se guardó la foto en el bolsillo interior del chaquetón, al lado del corazón, junto a la postal de Gijón y la nota con el teléfono de Genaro.
Cogió la saca. Salió a la calle. La moto amarilla estaba en la acera, y la Tila ya estaba en el baúl, sobre su cojín, esperando con las orejas hacia delante, como un mascarón de proa.
Arrancó. Empezó a llover, claro.
Y mientras subía la cuesta hacia el barrio de arriba, con la primera carta del día en la mano y la foto de su abuelo pegada al pecho, Olvido Barcia, cartera sustituta, correctora en paro, nieta de Baldomero, pensó que había cosas que llegaban sin remite y que, aun así, había que entregar.
FIN