14. Fabes
La abuela decidió que el lunes había fabada.
No era día de fabada. En casa de Remedios Cuervo las fabes se ponían los jueves, con el resto de la comida de la semana, y la fabada de verdad, la de la olla grande y el compango entero, era cosa de cumpleaños o de entierro.
Aquel lunes no era ninguna de las dos cosas.
Pero a las siete de la mañana, cuando Olvido bajó a la cocina después de dormir tres horas, se encontró a la abuela con las fabes en remojo desde la noche anterior —«las puse a las once, antes del magüestu, por si acaso»—, el compango sobre la tabla de cortar y la olla grande, la de las ocasiones,
ya en el fuego.
—¿Por si acaso qué?
—Por si acaso había que dar de comer a mucha gente que tuviera muchas preguntas. —La abuela le puso un café delante—. Y tú te vas a trabajar, que es lunes. Hay reparto.
—Abuela, he dormido tres horas.
—Tu abuelo repartió el día que naciste tu padre. Después de pasarse la noche en el hospital de Luarca. —La abuela le dio la vuelta a la morcilla—. A la una y media aquí. Y trae a la gata, que esta es su comida.
Fue un reparto extraño. Cabo Candil se había despertado ya sabiéndolo todo, porque Iglesias había aparcado el coche patrulla delante de la casa de Nino a las tres de la madrugada y en Cabo Candil un coche patrulla a las tres de la madrugada era un pregón.
En cada buzón había alguien esperando. En cada puerta, una pregunta.
Olvido contestó lo mismo en todas partes: que no sabía nada, que tendría que preguntarle al sargento, que perdone, que tengo prisa.
Era casi verdad. Llevaba catorce cartas certificadas y un paquete de semillas para el jardín de un concejal jubilado.
La Tila iba en el baúl, sobre su cojín. Se había pasado la mañana revisando el interior con la pata, una y otra vez, para comprobar que no faltaba nada.
En la cartería, Maribel la esperaba con los brazos cruzados.
—Me han llamado de Oviedo —dijo—. De la jefatura. Tres veces. Que si mi cartera sustituta está bien. Que si se ha metido en una investigación criminal en horario de reparto. Que si hay que abrirle un expediente.
—Maribel…
—Les he dicho que no. Que mi cartera hizo el reparto completo los cinco días, a su hora, sin una sola queja. Y que lo que haga una persona en su tiempo libre es cosa suya. —Maribel descruzó los brazos—. Y que como me la quiten, me voy yo detrás.
Olvido no supo qué decir. Maribel le dio un sobre.
—Toma. Esto ha llegado esta mañana para ti. A la cartería. Sin remite.
Era una postal. Una vista antigua del puerto de Gijón, en blanco y negro. Por detrás, con una letra inclinada, de pluma, de hombre mayor: Señorita Barcia: el sargento me ha llamado. Gracias por creer en el papel antes que en la gente. Si algún día necesita un perito, ya sabe dónde estoy. R. A.
Olvido la guardó en el bolsillo del chaquetón, junto a la nota de Nino con el teléfono de Genaro.
A la una y media, la cocina de la abuela estaba llena.
Fano llegó de uniforme, con una carpeta bajo el brazo y cara de no haber dormido nada.
Genaro llegó en muletas, en el coche de su cuñado, y se instaló en la silla de mimbre de la galería con la pierna escayolada en un taburete, como un pachá.
Celsa cerró el Candilín «por causas de fuerza mayor», con un cartel en la puerta.
Nieves llegó la última, desde Oviedo, en el autobús de las doce y media, con una botella de vino blanco y los ojos hinchados.
Y en la silla de la cabecera, que nadie se atrevió a ocupar, la Tila, sentada sobre un cojín, mirando la olla.
La abuela sirvió la fabada en platos hondos, de la vajilla buena, la de los bordes dorados, y nadie dijo nada durante los primeros cinco minutos, porque la fabada de Remedios Cuervo no era un plato sobre el que se pudiera hablar mientras se comía.
Las fabes estaban enteras, mantecosas, sin una sola piel suelta.
El caldo, espeso, de color naranja. El chorizo, la morcilla y el lacón, en una fuente aparte, porque así se hacía en esta casa.
A la Tila le pusieron un platito con un trozo de lacón desmigado. Se lo comió con una lentitud ceremoniosa.
—Bueno —dijo Celsa al fin, dejando la cuchara—. Yo ya no aguanto más. ¿Cómo lo supiste?
Todos miraron a Olvido.
—No lo supe —dijo Olvido—. Lo fui corrigiendo.
Sacó del bolsillo la libreta de tapas negras, la de la fe de erratas, y la abrió sobre el hule.
—Una errata —dijo— es algo que no debería estar donde está. Una letra cambiada, una fecha que no cuadra, un nombre que en la página doce se escribe con b y en la ochenta con v. Uno solo no significa nada. Pero cuando empiezas a apuntarlos, a veces ves que todos tiran hacia el mismo lado.
»La primera errata fue la luz. Don Laureano dejaba el mirador encendido todas las noches, de toda la vida.
Lo sabía todo el pueblo. Y el lunes, a las ocho y catorce, se apagó.
Yo lo vi desde esta galería. El martes por la mañana encontré a la Tila encerrada en el mirador, detrás de una puerta que solo se abre desde fuera, y el interruptor de porcelana bajado.
La Tila puede hacer muchas cosas, pero no bajar un interruptor de palanca y cerrar una puerta detrás de ella.
Así que a las ocho y catorce había alguien en el mirador.
Alguien vivo, con la mano en el interruptor, y don Laureano, según la autopsia, muerto o a punto de morir al pie de la escalera.
—Y la luz la apagó el que estaba allí —dijo Genaro.
—Y la apagó porque estaba en una torre de cristal iluminada que se ve desde todo el pueblo. No quería que le vieran. —Olvido pasó una página—. Así que la pregunta era muy sencilla: ¿quién no estaba donde decía a las ocho y catorce del lunes?
»Nieves llegó en el autobús de las ocho cuarenta y llamó al timbre a las nueve menos diez; ya estaba todo a oscuras.
Ramón Ablanedo salió del pueblo a las seis menos diez, lo grabó la cámara de la gasolinera.
Pilar estaba en la residencia de Luarca con su madre desde las siete menos cuarto; lo dice el libro de visitas.
Benigno estaba en la mar en el Rosa del Cabo desde las seis hasta pasadas las once; lo dice el registro de la cofradía.
—Miró a la abuela—. Y en el hogar, en la partida de tute, había un hombre que se levantó a las ocho menos cuarto a por unas pastillas que estaban a cinco minutos, y que volvió a las ocho y media con la mano envuelta en un pañuelo.
La abuela bajó los ojos hacia su plato.
—La segunda errata —siguió Olvido— fueron los arañazos.
Nino los tenía el martes y no los tenía el lunes por la mañana, cuando lo vi en el Candilín con el crucigrama.
A mi abuela le dijo que eran de la verja oxidada de la farmacia.
A Celsa, de las zarzas de la huerta. La verja es nueva y está recién pintada.
Las zarzas las arrancó en primavera; me lo dijo Cova.
Y la Tila, que el lunes por la mañana le pedía jamón, desde el martes le bufa cada vez que lo ve.
—Le arañó ella —dijo Celsa, con un escalofrío.
—Le arañó ella. Defendiendo un papel. —Olvido miró a la Tila, que se estaba lavando la cara con una pata después del lacón—.
Que es la tercera errata. La Tila salió del mirador el martes con algo blanco en la boca.
Era una esquina del informe de Madrid, el que faltaba.
Con el membrete, con una frase que decía que el Candil había sido sustituido después de 2009, y con una mancha de sangre.
El informe estaba en el mirador. Alguien lo rompió allí y se llevó el resto.
Y no podía ser el que ya estaba muerto al pie de la escalera.
»La cuarta fue la carta anónima. Quien la escribió sabía que Ablanedo había ido a Villa Esperanza el lunes a las cinco.
Muy poca gente podía saberlo: el propio Ablanedo, que no se iba a denunciar a sí mismo; Pilar, que se lo calló hasta el viernes por miedo; y don Laureano, que estaba muerto.
Así que el que escribió la carta lo había sabido por don Laureano.
Y don Laureano, a las siete menos veinte, hizo una sola llamada de tres minutos, al número que salía en su botón de rellamada.
—La casa de Nino y Gloria —murmuró Nieves.
—Y además la carta estaba franqueada con sellos conmemorativos de 2004 y 2005, sin un solo error en la tarifa, que es lo que haría un coleccionista que tiene cientos sin usar.
Y estaba escrita sin una sola falta, en mayúsculas cuidadosas, pero con dos tildes que se quitaron en 1959: fué y dió.
—Olvido sacó la nota de Nino con el teléfono de Genaro y la puso sobre la mesa, junto al plato de la Tila—.
Le dió por subirse a la escalera. El martes por la noche, en el Candilín. Con la misma tilde.
Genaro silbó entre dientes.
—Y lo del Candil falso —dijo Fano, abriendo por fin su carpeta— lo confirma esto.
Ha llegado esta mañana de Madrid, por mensajería.
La copia del informe de Mayrit, firmada por la señora Arrieta.
—Sacó una hoja y leyó en voz alta—: «…concluimos que el ejemplar examinado no se corresponde con el certificado en 2009 por el perito Sr. Ablanedo, cuyas fotografías y mediciones constan en nuestro archivo;
consideramos probable que la pieza ha sido sustituida con posterioridad a esa fecha por una reproducción de alta calidad, probablemente realizada por persona con sólidos conocimientos de impresión y de las técnicas tipográficas de la época».
—Cerró la carpeta—. Y la única persona en Cabo Candil que tuvo los álbumes en sus manos después de 2009, y que aprendió el oficio en la misma imprenta donde se hicieron las viñetas, se lo contó a Olvido en su galería ayer por la tarde.
—Te lo contó él —dijo Celsa, impresionada.
—Me lo contó él —dijo Olvido—. Sin querer. Como se cuentan las cosas de verdad.
Hubo un silencio largo. Fuera, en el patio, una gaviota se posó en el asiento de la moto, miró a su alrededor y se fue. La Tila no se movió de su silla.
—¿Y qué va a pasar con él? —preguntó Nieves al fin, en voz muy baja.
Fano tardó en contestar.
—Lo decidirá un juez. Ha confesado. Ha colaborado.
Tiene setenta y cinco años y ningún antecedente, y lo que pasó en la escalera, si un forense lo sostiene, se parece más a un homicidio imprudente que a otra cosa.
Luego está la estafa, la falsificación, la carta.
—Se frotó los ojos—. No va a salir bien.
Pero tampoco va a salir tan mal como podría.
—¿Y el sello de verdad? —preguntó Genaro.