13. Lo que dijo Nino
Lo contó en la cocina, sentado a la mesa de hule, con una taza de tila delante que la abuela le preparó sin que nadie se lo pidiera y que no tocó.
Fano le leyó sus derechos con una voz baja y cuidadosa, y le preguntó si quería un abogado, y Nino dijo que no, que ya había tenido bastante con mentir una semana, que no tenía fuerzas para seguir haciéndolo con ayuda profesional.
Fano dijo que lo pensara. Nino dijo que ya lo había pensado. Y empezó.
Olvido no se fue. Nadie le pidió que se fuera. Se sentó en el escalón de la despensa, con la Tila en el regazo, que por una vez se dejó, y escuchó.
—En 2012 mi hijo debía mucho dinero —dijo Nino—.
No a un banco. A gente. A gente de Gijón que no manda cartas.
Javier tenía un bar, le fue mal, pidió prestado a quien no debía, y una noche de marzo me llamó llorando desde un teléfono que no era el suyo.
Me dijo una cifra. —Nino la dijo. Era una cifra que hizo que la abuela cerrara los ojos—.
Yo no la tenía. Gloria y yo teníamos la botica, la casa, los ahorros de una vida de boticario de pueblo. No llegaba ni a la mitad.
»Y en abril operaron a Laureano. Y Laureano me trajo los once álbumes a la farmacia, en dos cajas de vino, y me dijo: “Nino, guárdamelos tú, que eres el único hombre honrado que conozco”. —Se le torció la boca—. Eso me dijo. El único hombre honrado.
»Los tuve dos meses en la caja fuerte. La primera semana no los abrí.
La segunda los abrí para ver que estaban bien.
La tercera abrí el álbum nueve, el del Candil, y me quedé una hora mirándolo con la lupa del mostrador.
Y la cuarta semana llamé a un hombre de Barcelona que había conocido en una feria de filatelia en los años ochenta, cuando yo todavía coleccionaba sellos, antes de pasarme a los barcos.
Un hombre que compraba cosas sin preguntar de dónde venían.
—¿Cuánto le pagó? —preguntó Fano.
—Lo que debía Javier. Ni un euro más. No quise ni un euro más. —Nino se miró la mano vendada—. Me parecía que así era menos robo.
»Y luego hice el otro. El falso. —Lo dijo con algo que, en otro hombre y en otra noche, habría sido orgullo—.
Yo sé imprimir. Aprendí de chaval, en la imprenta de Pedregal, en Luarca, la misma donde se tiraron las viñetas en el treinta y uno.
Todavía tenía amigos allí, y papel viejo, y tintas, y paciencia.
Sobre todo paciencia. Estuve tres semanas, por las noches, en la rebotica.
Lo envejecí con té y con la luz de la ventana.
Le hice el dentado a mano con un punzón de relojero.
Cuando terminé, lo puse al lado de las fotos del certificado de Ablanedo y no era capaz de distinguirlos. Yo, que lo había hecho.
»Lo puse en su marco dorado. Le devolví los álbumes a Laureano cuando salió del hospital, y él me abrazó, y me dio las gracias, y me invitó a cenar al Candilín. —Nino cerró los ojos—. Pagó él.
La abuela se levantó, fue hasta la ventana y se quedó allí, de espaldas, mirando el patio.
—Catorce años —dijo Nino—. Catorce años sin que pasara nada. Laureano miraba el Candil todos los domingos, con la lupa, y nunca vio nada. Yo dejé de pensar en ello. No del todo; uno nunca deja del todo. Pero lo guardé en un sitio. Como la gata guarda sus papeles.
»Y en septiembre me dijo que lo iba a vender.
Para arreglar el faro. Que iba a mandar la colección buena a Madrid para que la tasaran.
—Abrió los ojos—. Esa noche no dormí. En agosto ya habíamos discutido, por una tontería, por el museo, porque yo le dije que el Candil estaba mejor en su casa que en una vitrina, que no lo llevara a ningún sitio.
Me miró raro. No entendía por qué me importaba tanto.
Dejé de ir a su casa. Pensé que si no me veía, no pensaría en mí. Qué tontería. Qué tontería más grande.
»El lunes, a las siete menos veinte, me llamó a casa.
Yo estaba preparándome para ir al tute. Me dijo: “Ven esta noche. Sé lo del Candil. Hasta Ablanedo ha venido hoy, a las cinco, a llamarme tonto en mi propia casa, y tiene razón. Ven y explícamelo tú, que yo no lo entiendo”.
Y colgó. Tres minutos hablamos, dice el sargento. A mí me parecieron tres segundos.
»Fui al tute. No sé por qué. Supongo que porque era lunes y los lunes voy al tute. Jugué tres manos sin ver las cartas. A las ocho menos cuarto me levanté y dije lo de las pastillas.
—Subió a Villa Esperanza —dijo Fano.
—Por el camino de atrás, el de la huerta de los Cueto, que no pasa por delante de ninguna casa.
Entré por la puerta de la cocina. Laureano nunca la cerraba con llave.
Decía que para qué, si la gata ya entraba por la gatera y los ladrones no subían cuestas.
—Nino miró a la Tila, que estaba en el regazo de Olvido con los ojos entrecerrados, y la Tila le sostuvo la mirada—.
Estaba arriba. En el mirador. Le gustaba leer allí, con el mar alrededor.
Tenía el informe de Madrid en las rodillas y la pluma en la mano, y la gata dormía a sus pies, en la alfombrilla.
Le había dejado el bonito en la cocina y ella había preferido subir con él. Siempre lo prefería.
»No le expliqué nada. No había nada que explicar.
Le dije la verdad. Lo de Javier, lo de Barcelona, lo de la imprenta.
Él me escuchó sin decir una palabra. Y cuando terminé, se levantó, dejó el informe en el sillón y me dijo: “Voy a llamar a la Guardia Civil. Y vas a esperar aquí conmigo a que vengan, Nino, porque es lo único decente que te queda”.
Y fue hacia la escalera. Para bajar al teléfono.
Hubo un silencio. El reloj de pared sonó, tic, tac, en la oscuridad del pasillo.
—Le cogí del brazo —dijo Nino—. Del izquierdo.
Para que no bajara. Para pedirle cinco minutos.
Solo cinco minutos, para pensar. Le cogí fuerte.
Más fuerte de lo que quería. Y él se soltó de un tirón, como se soltaba de todo, que era un terco…
y el primer escalón de esa escalera es más estrecho que los otros.
Siempre lo ha sido. Desde que la hizo su padre.
Nino se tapó la cara con la mano izquierda.
—No gritó. Eso es lo que no me deja dormir. No gritó. Hizo un ruido como de saco. Y luego nada.
»Bajé. Le busqué el pulso. Fui boticario cuarenta años; sé buscar un pulso.
No había. Las gafas se le habían caído en el tercer peldaño y la pluma le había rodado de la mano.
Me quedé allí sentado no sé cuánto. Dos minutos.
Diez. Y luego pensé en Cova. En la botica.
En Javier, que ahora tiene dos niños y un trabajo decente en Avilés y que no sabe nada, que nunca ha sabido de dónde salió aquel dinero.
Pensé en todo eso y subí otra vez al mirador.
—A por el informe —dijo Olvido, en voz muy baja.
—A por el informe. Lo rompí allí mismo, en dos, en cuatro.
Tenía mi nombre… no, no tenía mi nombre.
Pero tenía lo de la imprenta. «Persona con conocimientos de impresión».
En este pueblo, eso es mi nombre. —Nino respiró—.
Y entonces la gata se despertó y me saltó a las manos y me arrancó un trozo.
Se lo quise quitar y me hizo esto. —Levantó la mano vendada—.
Unos arañazos finos, como de cuchilla. Y se escondió debajo del sillón con el papel en la boca, bufándome. No había manera de sacarla.
»Y entonces me vi. Me vi en los cristales del mirador.
Con la luz encendida, yo dentro, en esa torre de cristal que se ve desde todo el pueblo, como un muñeco en un escaparate.
Cualquiera que mirara hacia arriba me podía ver.
Y apagué la luz. —Se le escapó una especie de risa, horrible—.
Apagué la luz porque tenía miedo de que me vieran.
Y lo que hice fue que me vieras tú. Porque Laureano no la apagaba nunca.
—A las ocho y catorce —dijo Olvido.
—No miré la hora. Me fui. Cerré la puerta del mirador con la gata dentro, porque no quería que bajara detrás de mí con el papel y lo dejara en cualquier parte.
Bajé por la cocina y la dejé encajada, como estaba, y volví por el camino de la huerta, y a las ocho y media estaba en el tute otra vez, con la mano envuelta en el pañuelo, diciéndole a tu abuela que me había arañado con la verja de la farmacia.
—Miró hacia la ventana, hacia la espalda de la abuela—. Perdóname, Reme.
La abuela no se volvió.
—¿Y la carta? —preguntó Fano.
—El martes por la noche, en el Candilín, esta chica dijo lo de la luz.
Y lo del informe que faltaba. Y yo pensé que iban a empezar a buscar a alguien que supiera de sellos, y en este pueblo los que saben de sellos se cuentan con los dedos de una mano.
Así que les di a otro. Ablanedo había venido a las cinco.
Me lo había dicho Laureano por teléfono.
Era verdad, además; no tuve que inventarme nada.
Solo tuve que contarlo yo, sin que se supiera que era yo.
»La escribí esa misma noche en una hoja de cuaderno de mi nieto, de cuadros, que se lo había dejado en casa en verano.
En mayúsculas, para que no se viera la letra.
Y le puse sellos de los míos, de cuando coleccionaba, de los que tengo a cientos sin usar.
No se me ocurrió que eso también era una firma.
—Ni las tildes —dijo Olvido.
Nino la miró un momento sin entender. Luego sí entendió.
—«Fué» —dijo—. «Dió».
—Las quitaron en 1959. Usted las sigue poniendo. Me escribió el teléfono de Genaro con una.
Nino se quedó mirándola. Por primera vez en toda la noche, pareció casi divertido.
—Mi maestro de escuela nos pegaba con la regla si no las poníamos —dijo—. Don Celestino. En 1958. Me lo enseñó tan bien que no se me olvidó nunca. —Movió la cabeza—. Me ha delatado un maestro que lleva cincuenta años muerto.
—Y una gata —dijo Fano.
—Y una gata. —Nino miró a la Tila—. Y una correctora.
El resto del informe lo había quemado el martes por la mañana en la chimenea de la galería.
Las zarzas se las había inventado el martes por la tarde, en el Candilín, porque la verja ya se la había dicho a Reme y se le había olvidado, y porque llevaba sin dormir desde el lunes.
Las zarzas las había arrancado en primavera, y también se le había olvidado eso.
La cabeza, dijo, ya no le daba para tantas mentiras; era una cabeza de setenta y cinco años, acostumbrada a la verdad.
A las tres de la madrugada, Iglesias llegó con el coche patrulla. No pusieron la sirena. Nino se levantó de la mesa, se abrochó el abrigo con una sola mano y se colocó la bufanda.
En la puerta de la cocina se detuvo.
—Reme —dijo.
La abuela se volvió por fin. Tenía la cara mojada y no hizo nada por disimularlo.
—Dile a Cova que la Santa Olaya está casi terminada —dijo Nino—. Que solo le falta levantar los palos. Que tire del hilo despacio, que no se rompa.
—Se lo diré.
Nino asintió. Miró una última vez a la Tila, que se había bajado del regazo de Olvido y estaba sentada en el centro de la cocina, muy erguida, con la cola enroscada sobre las patas.
La gata no le bufó. Solo lo miró, sin parpadear, hasta que se fue.