Sin remite (Misterios de Cabo Candil 1) 12. Magüestu
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12. Magüestu

El campo de la iglesia era una explanada de hierba rala detrás de la parroquia, con dos castaños centenarios, un hórreo sin dueño conocido y una vista sobre el puerto que en cualquier otro país habría tenido un mirador de pago.

A las siete de la tarde ya estaba lleno.

Alguien había apilado leña de eucalipto y ramas de castaño en el centro, una montaña de dos metros, y los chavales del pueblo daban vueltas alrededor con la impaciencia de quien espera un incendio autorizado.

Olvido llegó con la abuela del brazo y la Tila detrás.

La abuela llevaba su abrigo de los domingos, el pañuelo de seda de las bodas y la barbilla muy alta: había ganado la final de tute a las seis, contra Paquita y un sustituto improvisado del barrio de arriba, y ahora caminaba entre la gente como una reina en procesión,

recibiendo felicitaciones con un leve movimiento de cabeza.

—No sonrías tanto, abuela.

—No estoy sonriendo. Es la cara que tengo.

Encendieron la hoguera a las siete y media. Lo hizo Benigno, el pescador, que resultó ser también el gaitero del pueblo, y que antes de prender la mecha se quedó un momento callado, con la boina en la mano, mirando hacia el faro.

—Por los de la Santa Olaya —dijo, en voz alta, sin dirigirse a nadie—. Y por Laureano, que era un pesado y un terco y un señorito de La Habana, y que nos iba a arreglar el faro. —Se puso la boina—. Que en paz descanse, el condenado.

Y la gente, que había callado, dijo «amén» casi a la vez, y la hoguera prendió con un rugido, y la noche se llenó de chispas.

El magüestu, le había explicado la abuela por el camino, era lo más antiguo que había en Asturias después de las piedras.

Se asaban castañas, se bebía sidra dulce, la del año, que todavía no había fermentado del todo y que sabía a manzana y a algo que no era del todo inocente, y se tiznaba la cara de los demás con el hollín de las cáscaras.

Después se cantaba. Después se volvía a casa con la ropa oliendo a humo durante tres días.

Las castañas se asaban en un tambor de chapa agujereado, un cilindro con manivela que giraba Tino, uno de los gemelos derrotados, mientras el otro gemelo, Manolo, servía la sidra desde el otro lado de la hoguera para no tener que mirarse.

Celsa repartía cucuruchos de papel de periódico.

Paquita contaba a quien quisiera oírla que la final había estado amañada.

Olvido comió castañas hasta que le dolieron los dedos.

Estaban ardiendo, crujientes por fuera, dulces y harinosas por dentro, y había que pelarlas pasándolas de una mano a otra y soplando, y nadie, nunca, conseguía hacerlo sin quemarse.

A las ocho, uno de los nietos de Paquita le pintó una raya negra en cada mejilla y se fue corriendo.

A las ocho y cuarto, la Tila robó una castaña de un cucurucho abandonado, descubrió que estaba demasiado caliente, la dejó caer, la miró con odio y se la llevó de todas maneras, al trote, para enterrarla en algún sitio.

Fano estaba al otro lado de la hoguera, de paisano, con un vaso de sidra en la mano que no se bebía.

Hablaba con Genaro, que había venido en muletas, con la pierna escayolada hasta la rodilla, y que en cuanto vio a Olvido levantó una muleta en el aire a modo de saludo y estuvo a punto de caerse sobre el tambor de las castañas.

—¡La sustituta! —gritó—. ¡Por fin te pongo cara!

—Genaro.

—Me han contado que mi gata te ha resuelto un crimen. —La abrazó con un brazo, manteniendo el equilibrio con el otro—. Ya te dije que esa gata era más lista que yo.

—No ha resuelto nada.

—Todavía —dijo Genaro, y le guiñó un ojo.

Nino llegó a las nueve.

Olvido lo vio aparecer por el camino de la iglesia, a paso corto, con el abrigo abrochado hasta arriba y una bufanda de cuadros, y la mano derecha vendada metida en el bolsillo.

Cova iba a su lado, del brazo, y lo llevó hasta un banco de piedra junto al hórreo, un poco apartado de la hoguera, desde donde se veía todo sin estar en el centro.

La gente se le acercaba a saludarle, le daban palmadas en el hombro, le decían cosas en voz baja.

Era el mejor amigo del muerto. Era el que más lo sentía.

Olvido sintió una náusea leve, que no tenía nada que ver con las castañas.

La abuela le apretó el brazo.

—Ahora —dijo.

—Abuela, no sé si…

—Ahora, hija. Que luego se va.

Lo habían ensayado en la cocina, después de comer, con Fano sentado en la mesa con cara de no estar oyendo nada.

La abuela había insistido en que tenía que ser natural.

Que nadie en Cabo Candil se creería una noticia que se anunciaba; que las noticias de verdad, las que corrían, eran las que se oían sin querer.

—Por eso hay que decirlo delante de Celsa —había dicho—. Celsa es la radio. Lo que oye Celsa a las nueve lo sabe el pueblo a las nueve y cinco.

Así que Olvido se acercó a la mesa de las bebidas, donde Celsa estaba sirviendo sidra dulce a dos señoras del coro, a tres metros escasos del banco de piedra donde estaba sentado Nino, y le pidió un vaso. La abuela llegó detrás, de casualidad, que es como llegaba a todas partes cuando quería.

—¿Ya se lo has dicho al sargento? —preguntó la abuela, en ese tono de voz que usaba para hablar por teléfono con las primas de Avilés: el tono de quien cree que habla bajo y no habla bajo en absoluto.

—Mañana a primera hora —contestó Olvido—. Ahora no quiero estropearle la fiesta.

—¿Qué es lo que tienes que decirle? —preguntó Celsa, con el vaso suspendido a medio llenar.

Olvido dudó lo justo. Había corregido diálogos durante catorce años; sabía cuánto debía durar una duda para ser creíble.

—Nada. Una tontería de la gata. Que tiene un escondite en el cojín del baúl de la moto, y esta mañana al limpiarla he encontrado papeles.

—Bajó la voz, pero no mucho—. Papeles de esos de Madrid, de los de don Laureano.

Con el membrete y todo. Unos cuantos, doblados.

Y uno tiene algo escrito a mano en el margen, con pluma.

Un nombre, me parece. No lo he querido mirar mucho, por si las huellas.

Celsa abrió mucho los ojos.

—¿Un nombre?

—No sé. Igual no es nada. Los he vuelto a meter en el cojín, que no sabía dónde dejarlos, y la moto está en el patio de casa. Mañana a las nueve viene el sargento a por ellos. —Olvido cogió su vaso—. No lo cuentes, Celsa, que todavía no sé lo que es.

—¡Yo! —dijo Celsa, ofendidísima—. ¿Contar yo?

Olvido no miró hacia el banco de piedra. No hacía falta. Lo notó: un silencio pequeño, al lado, como el que se hace cuando alguien deja de respirar un segundo.

Cuando por fin se volvió, con el vaso en la mano, Nino estaba mirando la hoguera. Cova le estaba diciendo algo al oído. Él asentía, sin oírla. La mano vendada seguía en el bolsillo.

A las diez menos cuarto, Celsa se lo había contado a once personas.

Benigno tocó la gaita a las diez. Tocó una muñeira, y luego un pasodoble, y luego la canción que en Asturias se canta al final de todas las fiestas, la que todo el mundo se sabe y nadie canta bien, y el campo de la iglesia entero se puso a cantar alrededor de la hoguera, abrazados, desafinando,

con las caras tiznadas y los vasos en alto.

La abuela cantó. Genaro cantó, colgado de sus muletas.

Fano no cantó, porque era de Zamora y no se la sabía, pero se quedó al lado de Olvido moviendo los labios sin sonido, y en un momento dado ella notó que le rozaba el hombro, sin querer o queriendo.

Nino no cantó. Se fue a las diez y diez, del brazo de Cova, antes de que terminara la canción.

Al pasar junto a Olvido le dijo «buenas noches, hija», con una voz completamente normal.

Ella le contestó «buenas noches, Nino». Y se quedó mirándolo mientras se alejaba por el camino de la iglesia, despacio, encogido, un viejo con bufanda de cuadros que se volvía a casa después de una fiesta.

—¿Seguro? —le preguntó Fano en voz muy baja.

—No —dijo Olvido—. No estoy segura de nada.

La cocina de la abuela, a oscuras, a la una de la madrugada, era un sitio distinto.

El reloj de pared sonaba más fuerte. El frigorífico tenía un zumbido que Olvido no había notado nunca.

Por la ventana que daba al patio entraba la luz de la luna, fría, y cada doce segundos, muy débil, el resplandor del faro, que pasaba por las paredes como un dedo.

Fano estaba sentado en una silla junto a la puerta del patio, con la espalda contra la pared y una linterna apagada en las rodillas.

Olvido estaba enfrente, junto a la cocina de leña, todavía tibia.

La abuela se había negado en redondo a irse a dormir a casa de Celsa y estaba en su habitación, con la puerta entornada, sentada en la cama y vestida, con el rosario en una mano y el atizador de la chimenea en la otra.

—Si no viene esta noche —había dicho Fano a las doce—, no viene nunca.

—Vendrá.

—¿Por qué está tan segura?

—Porque se cree que hay un nombre escrito en el margen. Y porque don Laureano tenía la estilográfica destapada en la mano cuando se cayó.

Fano no había contestado a eso.

La moto estaba en el centro del patio, a la luz de la luna, con el baúl cerrado. La Tila no estaba en la cocina. La habían buscado a las doce para meterla en casa, y no había manera. Olvido sabía dónde estaba, y no le gustaba.

A la una y veinte, la puerta del patio chirrió.

Fue un ruido pequeño, una nota oxidada de las bisagras, la puerta de madera que daba al callejón de atrás, la que nunca se cerraba con llave porque en Cabo Candil nadie cerraba nada con llave.

Olvido dejó de respirar. Al otro lado de la cocina, en la oscuridad, notó que Fano se inclinaba hacia delante.

Una linterna se encendió en el patio. Una luz débil, amarillenta, de pilas gastadas, que se movía a ras de suelo. Se detuvo en la rueda delantera de la moto. Subió. Se detuvo en el baúl.

Por la ventana, Olvido vio la silueta: un hombre no muy alto, con abrigo, con una bufanda. Dejó la linterna sobre el asiento de la moto, de pie, apuntando al cielo, y con la mano izquierda —la derecha la llevaba torpe, rígida— levantó la tapa del baúl.

Del baúl salió un bufido que Olvido no había oído nunca. No era el bufido del Candilín ni el de la galería: era un sonido largo, rasgado, como una tela que se rompe, y detrás del sonido salió la Tila, disparada, con todos los pelos de punta, directa a la mano que se había metido en su tesoro.

El hombre gritó. Retrocedió un paso, tropezó con el cubo de fregar la moto, que se había quedado allí desde la mañana, y cayó de espaldas sobre el empedrado del patio.

Fano encendió la luz del patio.

Saturnino Llamedo estaba sentado en el suelo, con el abrigo abierto, la bufanda torcida y el cojín del faro de la Tila abrazado contra el pecho con la mano izquierda.

En la derecha, la vendada, apretaba un mechero de cocina.

Tenía un arañazo nuevo en la mejilla, tres líneas finas y paralelas, y lloraba.

No hacía ruido al llorar. Solo le caían las lágrimas, una detrás de otra, como si alguien hubiera abierto un grifo que llevaba mucho tiempo cerrado.

La Tila estaba sobre el baúl, con el lomo arqueado, mirándolo.

—Buenas noches, don Saturnino —dijo Fano, desde la puerta de la cocina, muy tranquilo—. Deje el mechero en el suelo, por favor.

Nino lo dejó. Miró a Fano. Luego miró a Olvido, que había salido detrás del sargento y se había quedado en el umbral, en camisón y chaquetón, descalza sobre la piedra fría.

—No hay ningún nombre, ¿verdad? —dijo Nino.

—No —contestó Olvido—. No hay ningún nombre.

Nino asintió. Dejó el cojín en el suelo, a su lado, con cuidado, como quien deja algo frágil.

—Laureano nunca escribía en los márgenes —dijo—. Le parecía una falta de respeto al papel. Tenía que haberlo sabido. —Se pasó la mano izquierda por la cara—. Tenía que haberlo sabido, Olvido. Pero ya no sé nada. Desde el lunes ya no sé nada.

En la puerta de su habitación, en camisón, con el rosario en una mano y el atizador en la otra, la abuela se santiguó.