11. La huerta de Nino
A las cuatro de la tarde, la abuela le puso en las manos una fiambrera envuelta en un paño de cocina.
—Arroz con leche —dijo—. Para Nino. Que no ha venido a las semifinales y estará solo. Y le dices que esta noche le esperamos en el magüestu, que sin él no hay quien cante.
—¿De verdad quieres que vaya?
—Quiero que vayas con los ojos abiertos. —La abuela le ajustó el cuello del chaquetón, como cuando la mandaba al colegio—. Y quiero que vuelvas. Llévate a la gata.
—La gata va donde quiere.
—Pues que quiera ir contigo.
La Tila, que lo había oído todo, ya estaba esperando en la puerta.
Nino vivía en la calle de la Farmacia, en una casa estrecha de dos plantas pegada a la botica, con una galería blanca en el primer piso y una huerta detrás que bajaba en terrazas hacia el regato.
La farmacia estaba cerrada, con la persiana metálica bajada hasta el suelo y un cartel con las farmacias de guardia del concejo.
La verja de hierro que protegía el escaparate era nueva.
Negra, lisa, recién pintada. Ni una mancha de óxido.
Olvido se quedó mirándola un momento más de la cuenta.
Le abrió la puerta Cova, la hija de Nino, una mujer de unos cuarenta y cinco años con el pelo corto y las gafas sujetas con un cordón, que la reconoció y le sonrió con un cansancio enorme.
—Pasa, pasa. Está arriba, en la galería, con sus barcos. Lleva dos días sin bajar. —Bajó la voz—. Le ha afectado mucho. Lo de Laureano. Eran como hermanos, aunque se pasaran la vida peleando por tonterías.
—Le traigo un arroz con leche de mi abuela.
—Ay, qué buena es Reme. —Cova cogió la fiambrera—. Sube, anda, que le vendrá bien hablar con alguien que no sea yo.
Antes de subir, Olvido miró por la ventana de la cocina hacia la huerta.
Esperaba ver lo que había visto siempre en las huertas de Asturias: berzas, una higuera, un manzano viejo, un muro de piedra comido por las zarzas.
Había un manzano, sí, y una higuera. Pero el resto eran terrazas de grava blanca, limpias como un patio japonés, con hileras de hortensias azules ya secas, de las que se dejan en invierno para que protejan los brotes.
—Qué huerta tan bonita —dijo.
—¿Verdad? —Cova se asomó con ella—. Era una selva.
Mi madre la tenía llena de berzas y de zarzas que nadie podaba nunca.
Las zarzas las arrancó mi padre en primavera, todas.
Contrató a un chaval de Luarca con una máquina.
Ahora dice que ya no está para agacharse.
—Se rio—. Lo único que hace en la huerta es mirarla desde la galería.
Olvido asintió y no dijo nada. Subió la escalera. La Tila iba delante.
La galería de Nino era un pasillo acristalado lleno de luz, orientado al oeste, donde el sol de la tarde entraba en horizontal y lo volvía todo dorado.
A lo largo de la pared había estanterías de pino llenas de botellas.
Botellas de todos los tamaños —de licor, de sidra, de perfume, de farmacia, frascos de jarabe— y dentro de cada una, un barco.
Goletas, bergantines, traineras, vapores con chimeneas diminutas, un transatlántico con todas sus ventanillas pintadas una a una.
En la etiqueta de cada botella, con una letra pequeña y pulcra, el nombre del barco y el año.
Nino estaba sentado junto a la ventana, ante una mesa camilla cubierta con un paño verde, con una lupa de pie y unas pinzas largas en la mano.
Dentro de una botella de anís, tumbado, un casco de madera sin palos esperaba a que le levantaran los mástiles tirando de un hilo.
Tenía la mano derecha vendada, una venda limpia, blanca, que le cubría desde los nudillos hasta la muñeca.
—Olvido. —Levantó la vista y sonrió. La sonrisa le llegó a los ojos, pero tarde—. Qué sorpresa.
—Le traigo un arroz con leche de mi abuela. Se lo ha dejado a Cova abajo. Y dice que esta noche le esperan en el magüestu, que sin usted no hay quien cante.
—Tu abuela es una exagerada. —Nino dejó las pinzas—. Siéntate, siéntate. ¿Quieres algo? ¿Un café?
—No, gracias.
La Tila había entrado detrás de ella y se había quedado en el umbral de la galería, sin cruzarlo. Tenía el lomo un poco arqueado y la cola gruesa, el doble de lo normal, como un plumero. No bufó. Solo miraba a Nino con los ojos muy abiertos, muy fijos, sin parpadear.
Nino la miró también.
—Esa gata me tiene manía —dijo, con una risa floja—. Desde el martes. Antes venía a pedirme jamón. Ahora parece que le debo algo.
—Es que huele usted a farmacia.
—Sí. Eso será. —Nino volvió a coger las pinzas, pero no las usó—. Siempre he olido a farmacia. Gloria decía que me casé con ella oliendo a éter y que me iba a enterrar oliendo a éter.
Olvido se sentó en una silla de enea frente a la mesa. Señaló la botella con el casco tumbado.
—¿Qué barco es?
—La Santa Olaya. La lancha que se perdió en el treinta y uno.
—Nino giró la botella con cuidado para que la viera—.
Me la encargó Laureano en verano. Para el museo del faro, si algún día lo hacían.
Quería ponerla en una vitrina al lado del Candil.
Las viñetas aquellas las imprimieron en la imprenta de Pedregal, en Luarca.
Yo estuve allí de aprendiz dos veranos, de chaval, antes de estudiar Farmacia.
Todavía me acuerdo del olor de la tinta.
—Se le quebró la voz—. La estaba terminando para dársela en su cumpleaños. En diciembre.
Hubo un silencio largo. En la chimenea del fondo de la galería, una chimenea pequeña de hierro colado, quedaba un rescoldo de leña, y había un olor leve a papel quemado que se mezclaba con el del barniz.
—Usted le guardó los álbumes en 2012 —dijo Olvido—. Cuando le operaron.
Nino no levantó la vista de la botella.
—Dos meses. En la caja fuerte de la botica. —Hizo una pausa—. ¿Quién te lo ha contado? ¿Tu abuela?
—Sí.
—Tu abuela lo sabe todo. —Nino giró la botella un poco más—. Fue una época mala. Laureano casi se muere, Gloria ya estaba enferma, aunque todavía no lo sabíamos. Y mi hijo… —Se calló de golpe—. Bueno. Mi hijo tenía sus problemas. Lo que uno hace por los hijos, Olvido. Lo que uno hace por los hijos.
No terminó la frase. Olvido tampoco se la terminó.
—Ablanedo dice que alguien cambió el Candil después de 2009 —dijo—. Que el que hay ahora en Madrid es una falsificación.
Las pinzas resbalaron de los dedos de Nino y cayeron sobre el paño verde sin hacer ruido.
—Ablanedo dice muchas cosas —respondió, al cabo de un momento, con una voz perfectamente tranquila—. Es un hombre que ha vivido de decir cosas. —Recogió las pinzas—. Si el sello es falso, seguramente lo era ya en 2009 y él no supo verlo. No sería la primera vez.
—Puede ser.
—Claro que puede ser. —Nino sonrió—. ¿Seguro que no quieres un café?
—Seguro. —Olvido se levantó—. Mi abuela me espera. Hay que preparar las castañas.
—Dile a Reme que muchas gracias por el arroz. Y que esta noche igual me acerco. Un rato.
—Se lo diré.
En la puerta de la galería, la Tila seguía sin moverse. Cuando Olvido pasó a su lado, la gata le dio la espalda a Nino con toda la intención y la siguió escalera abajo con la cola todavía erizada.
Al salir a la calle, Olvido volvió a mirar la verja de la farmacia. Negra, lisa. Recién pintada.
—Ni zarzas ni óxido —le dijo a la Tila, en voz baja.
La Tila no dijo nada. Pero se le subió de un salto al hombro, cosa que no había hecho nunca, y bajó así con ella toda la cuesta hasta casa, como un loro de pirata, con las uñas clavadas en el chaquetón y la mirada fija hacia atrás, hacia la galería blanca donde el sol se estaba poniendo.
En casa, mientras la abuela ponía las castañas a remojo para hacerles el corte, Olvido se sentó en la galería con la libreta de tapas negras y siguió la lista donde la había dejado el jueves. Escribió con la letra pequeña de cuando corregía pruebas de imprenta.
17. Nieves llamó al timbre a las 20:50. Todo a oscuras, también el mirador.
18. Rellamada: «casa de Nino y Gloria». Lunes, 18:40, tres minutos.
19. Tute: Nino fuera de 19:45 a 20:30. «Las pastillas de la tensión.»
Cinco minutos de camino. 20. A Reme, la verja oxidada.
A Celsa, las zarzas. La verja es nueva. Las zarzas no existen desde la primavera.
21. 2012: los once álbumes, dos meses en la caja fuerte de la botica.
22. El alijo de la Tila: «sustituida con posterioridad a esa fecha».
Una mancha parda. El papel estaba en el mirador.
23. Imprenta de Pedregal, Luarca. Dos veranos de aprendiz.
«Persona con conocimientos de impresión.»
Lo leyó entero, de la primera a la última línea. Luego cogió el lápiz, buscó en la página del miércoles el nombre que había escrito y borrado, y volvió a escribirlo, esta vez sin borrar.
Cerró la libreta. La Tila, en la silla de mimbre, la miraba con los ojos entrecerrados.
—No me mires así —le dijo Olvido—. Tú lo sabías desde el martes.
Reto al lector
Querida lectora, querido lector:
Llegados a este punto, tienes en tus manos todas las pistas que tiene Olvido. Ni una más, ni una menos. Nadie se va a sacar de la manga un primo de Cuba ni una carta que no hayas visto.
La pregunta no es solo quién empujó a don Laureano por la escalera de caracol. La pregunta es otra, más pequeña, y la contiene:
¿Quién apagó la luz del mirador a las 20:14 del lunes, y cómo lo sabe Olvido?
Si quieres jugar limpio con tu propia cabeza, antes de pasar la página repasa estas cinco cosas:
Lo que la Tila llevaba en la boca el martes por la mañana, y dónde había pasado la noche.
Las dos versiones de unos arañazos, y lo que Olvido vio en una verja y en una huerta.
Una tilde que las normas quitaron en 1959 y que alguien sigue poniendo.
Una llamada de tres minutos y una voz grabada que ya no existe.
Qué sabía el autor de la carta anónima, y cuándo pudo saberlo.
Apunta tu respuesta. Luego, sigue leyendo.
Y si te ha gustado jugar, en la última página encontrarás un reto más.
— P. O.