10. El alijo
El domingo, en casa de Remedios Cuervo, era el día de las cosas que no se hacían el resto de la semana: se oía misa por la radio, se hacía arroz con leche, se planchaban las sábanas y se limpiaba la moto.
Lo de la moto era nuevo. Lo había decretado la abuela el domingo anterior, el primero de Olvido en el pueblo, con el argumento de que una cartera con la moto sucia daba mala imagen al servicio público y, de rebote, a la familia.
—Tu abuelo la lavaba todos los domingos —dijo—. Con jabón de lagarto y un cepillo de raíces. La suya era una bicicleta, pero el principio es el mismo.
Así que a las once de la mañana, con el sol dando de lleno en el patio y la radio de la cocina retransmitiendo un sermón sobre la parábola de los talentos, Olvido llenó un cubo de agua templada, se puso unos guantes de goma amarillos y se acercó a la moto.
La Tila estaba dentro del baúl. Dormía enroscada sobre el cojín del faro, el que Genaro había metido allí hacía años para que la gata viajara cómoda. Al ver a Olvido con el cubo, abrió un ojo verde, calibró la situación y lo volvió a cerrar.
—Fuera —dijo Olvido—. Que hay que limpiar eso.
La Tila no se movió.
—Tila. Fuera.
Nada. Olvido metió las manos enguantadas por debajo de la gata, la levantó en vilo —pesaba como un saco de harina pequeño y protestó con un maullido ofendido— y la dejó en el suelo del patio.
La Tila se sentó a un metro de distancia, muy erguida, con la cola enroscada sobre las patas delanteras, y se quedó mirando fijamente el baúl.
Olvido sacó el cojín.
Era un cojín viejo, de mercadillo, de tela azul con faritos blancos estampados, con el relleno aplastado por el uso y un ribete de cordón medio deshilachado.
Olía a gata, a gasolina, a sal. Olvido lo sacudió en el aire, y del interior, por algún sitio, cayó algo al suelo del patio con un tintineo diminuto.
Una chapa. Una chapa de botella de sidra, oxidada, con el escudo de un llagar de Villaviciosa medio borrado.
La Tila se levantó como un resorte.
Olvido se agachó, cogió la chapa y luego dio la vuelta al cojín.
En la costura de abajo, en una esquina, el forro estaba abierto: no descosido, sino rasgado, como si alguien hubiera ido tirando del hilo con los dientes, con paciencia, hasta abrir un agujero del tamaño de una mano pequeña. O de una pata.
Metió dos dedos.
Papel.
Lo fue sacando poco a poco y lo extendió sobre la mesa del patio, encima de un trapo limpio, igual que había visto hacer a don Laureano con sus sellos aquella primera mañana, hacía una semana que parecía un año.
La Tila saltó a la mesa y se sentó al lado, vigilando el inventario de su propio tesoro con una dignidad herida.
Había de todo.
Un trozo del sobre de la factura de la luz que la Tila le había robado del bolsillo a don Laureano el lunes, delante de ella; reconoció la ventanilla de plástico.
La esquina de un folleto de la ferretería de Luarca.
Cuatro esquinas de sobre, de distintos tamaños y colores, todas con restos de sello y de matasellos: una de ellas con un sello de la Virgen de Covadonga que Olvido había visto en la cartería.
Un envoltorio de caramelo de menta. Un cordón de zapato.
Un trozo de etiqueta de lata de bonito, que explicaba muchas cosas.
Y un triángulo de papel blanco, grueso, de buena calidad, más o menos del tamaño de la palma de la mano, con un borde recto y limpio de guillotina y los otros dos rasgados, irregulares, con las fibras del papel asomando como pelillos.
En la esquina superior del borde recto había un membrete impreso en azul marino, en letras capitales muy finas: MAYRIT · SUBASTAS FILATÉLICAS · MADRID. Debajo, unas líneas mecanografiadas, cortadas a la mitad por el desgarro:
…ras el análisis comparativo con luz ultravioleta y medición …
ado, concluimos que el ejemplar examinado no se corresponde …
ertificado en 2009 por el perito Sr. Ablanedo, cuyas fotograf …
ra que la pieza ha sido sustituida con posterioridad a esa fe …
ción de alta calidad, probablemente realizada por persona …
os conocimientos de impresión y de las técnicas
Y ahí se acababa.
Olvido se sentó en la silla de hierro del patio sin quitarse los guantes.
En la radio de la cocina, el cura estaba llegando a la parte del siervo que entierra el talento en el suelo por miedo a perderlo.
En una esquina del triángulo, junto al borde rasgado, había una mancha. Pequeña, parda, del tamaño de una lenteja, con un borde más oscuro, como una gota que se hubiera secado sobre el papel. Olvido no la tocó. Ni siquiera se acercó a respirarle encima.
Después se quitó un guante y llamó a Fano.
El sargento llegó en veinte minutos, con el jersey azul marino del día anterior y el pelo mojado de la ducha. Se quedó de pie junto a la mesa del patio mirando el triángulo de papel sin decir nada, con las manos a la espalda, como un visitante en un museo que no quiere que lo echen por tocar.
La abuela salió de la cocina con el delantal puesto y una cuchara de palo en la mano, y se quedó en la puerta.
—Explíquemelo otra vez —dijo Fano—. Despacio.
—La Tila tiene un escondite —dijo Olvido—.
Genaro me lo dijo el miércoles. Que roba papeles y los esconde en algún sitio que él nunca encontró.
Es aquí. Dentro del cojín del baúl. Lo ha ido abriendo con los dientes.
—Señaló cada cosa—. El sobre de la luz que le quitó a don Laureano del bolsillo el lunes; yo lo vi.
Esquinas de sobres de la cartería. Una etiqueta de bonito de casa de Celsa.
Todo lo que ha ido cogiendo en las casas a las que va a comer.
—Y esto.
—Y esto.
Fano se agachó para ver el triángulo a la altura de los ojos.
—«Sustituida con posterioridad a esa fecha» —leyó, en voz baja—. Ablanedo no mentía. —Se enderezó—. Pero esto ¿cómo llegó aquí?
—El martes por la mañana, cuando abrí la puerta del mirador, la Tila salió corriendo con algo blanco en la boca. Se lo dije. Y desapareció toda la mañana. —Olvido tragó saliva—. Esto es lo que llevaba en la boca. Lo cogió en el mirador. Estaba encerrada allí desde la noche anterior.
—Entonces el informe estaba en el mirador.
—El informe estaba en el mirador, y alguien lo rompió. Y se llevó el resto. Y la Tila, que es una ladrona, se quedó con una esquina. —Olvido señaló la mancha parda—. Y creo que eso es sangre.
Fano miró la mancha. Luego miró a la Tila, que se estaba lamiendo una pata delantera con mucha concentración, separando bien los dedos, como quien se arregla las uñas antes de una cena.
—De quien le hizo los arañazos —dijo Fano, en voz baja.
—No. De a quien se los hizo ella.
Nadie dijo nada durante un rato. La radio de la cocina había pasado del sermón a un programa de música tradicional, y una gaita sonaba bajito, con una alegría que no pegaba nada.
Fano sacó del bolsillo del chaquetón un par de bolsas de plástico transparentes con cierre y unas pinzas, y metió el triángulo en una de las bolsas sin rozar la mancha. Lo hizo con una delicadeza que a Olvido le recordó a don Laureano y sus pinzas de filatélico.
—Esto se va a Oviedo hoy mismo —dijo—. Al laboratorio. Pero no nos engañemos: un análisis de sangre, en domingo, con lo que hay, son tres semanas como poco. Y aunque sea suya, un buen abogado dirá que el gato le arañó otro día, que el papel lo cogió el gato en otro sitio, que…
—La Tila estuvo encerrada en el mirador desde el lunes por la noche hasta el martes por la mañana —dijo Olvido—. Yo la saqué. No pudo coger ese papel en otro sitio.
—Usted lo sabe. Yo lo sé. Un juez sabrá que es una gata. —Fano cerró la bolsa—. Hace falta algo más. Algo que no dependa de un gato.
La abuela, que no había abierto la boca, se acercó a la mesa con la cuchara de palo todavía en la mano.
—Sargento —dijo—, ¿usted ha estado alguna vez en un magüestu?
Fano la miró, desconcertado.
—No, señora.
—Pues esta tarde va a ir. A las siete, en el campo de la iglesia.
Castañas, sidra dulce y gaita. Va todo el pueblo.
—La abuela miró a Olvido, y Olvido, que la conocía, supo que acababa de tener una idea y que la idea no le iba a gustar a nadie—.
Todo el pueblo, ¿me entiende? Y en el magüestu la gente habla. Y oye.
—Abuela…
—Tú calla, que la idea es tuya, aunque todavía no lo sepas. —La abuela le dio con la cuchara en el hombro, muy suave—. Lo que hace falta es que quien se llevó el resto de ese papel se entere de que aquí hay más. Y que venga a buscarlo.
Fano miró a la abuela. Miró a Olvido. Miró a la Tila, que había terminado con la pata y ahora se dedicaba a la cola.
—Eso no se lo he oído decir —dijo al fin—.
Pero si alguien, en un magüestu, comentara en voz alta que hay más papeles de Madrid escondidos en el cojín de la moto de la cartera, y que la moto pasa la noche en este patio…
—Miró hacia la ventana de la cocina—. Yo estaría en esta cocina. A oscuras. Por si acaso.
—Le haré un café —dijo la abuela—. Para que no se duerma.
—Prefiero tila —dijo Fano.
Lo dijo tan serio que Olvido tardó un segundo en darse cuenta de que era la primera broma que le oía. Y la abuela, que no se reía con casi nada, se rio tanto que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
Antes de comer, Olvido metió de nuevo en el cojín todo lo que no se había llevado Fano —la chapa, el cordón, las esquinas de sobre, la etiqueta de bonito—, lo devolvió al baúl y cerró la tapa.
La Tila la observó con atención mientras lo hacía.
Cuando terminó, saltó encima del baúl, se tumbó sobre la tapa y se quedó allí, al sol, con los ojos entrecerrados.
—Ya lo sé —le dijo Olvido—. Es tuyo. No te lo voy a quitar.
La Tila parpadeó despacio, una sola vez.
En el lenguaje de los gatos, le había explicado Genaro por teléfono, eso quería decir algo parecido a te perdono. O a ya veremos.