9. Tute
El campeonato de tute del magüestu se jugaba en el hogar del jubilado desde 1987, y en 1987, según la abuela, ya se jugaba igual que ahora: con las mismas mesas de formica, las mismas sillas de tijera, las mismas barajas grasientas y los mismos rencores.
Las semifinales eran el sábado por la noche.
La final, el domingo por la tarde, antes de que se encendiera la hoguera de las castañas.
—Tú no juegas —le dijo la abuela a Olvido en la puerta—. Tú miras, aprendes y no hablas. Y si alguien te pregunta por Laureano, dices que no sabes nada.
—No sé nada.
—Mejor todavía. Así no tienes que mentir.
El hogar ocupaba la planta baja de lo que había sido la antigua escuela, una casona de piedra con ventanas altas y un patio con dos castaños.
Dentro olía a café de máquina, a colonia de varón y a estufa.
Había seis mesas y en cada una cuatro jugadores, y alrededor un público de pie que comentaba cada baza con la intensidad de una final de Copa.
Encima de la barra, un cartel escrito a mano: Prohibido discutir con el árbitro. El árbitro es Fidel.
Fidel era un hombre de noventa años, menudo y sordo como una tapia, que estaba sentado en una silla alta junto a la barra con un silbato colgado del cuello que no usaba nunca.
La abuela jugaba de pareja con Celsa, que había cerrado el Candilín por primera vez en un sábado desde la pandemia.
Contra ellas, dos hermanos del barrio de arriba, Tino y Manolo, gemelos de setenta y ocho años que llevaban la misma gorra y que no se dirigían la palabra desde 1994 salvo para pedirse triunfo.
Olvido se sentó en una silla detrás de su abuela. La Tila no había entrado: Fidel tenía prohibidos los gatos desde un incidente con un bocadillo de chorizo que nadie quería recordar.
—¿Y Nino? —preguntó alguien en la mesa de al lado—. ¿No viene Nino?
—No está para cartas —contestó Paquita, que jugaba allí—. Pobre hombre. Se ha retirado. Me ha dejado colgada, a mí, que llevábamos tres años de pareja.
—El lunes ya te dejó colgada —dijo su compañero de enfrente, con una risita.
—El lunes es distinto. El lunes volvió.
Olvido se volvió hacia la mesa de Paquita sin poder evitarlo. La abuela le dio una patada discreta en el tobillo por debajo de la mesa, sin dejar de mirar sus cartas.
Jugaron la primera partida. Olvido apenas entendía nada: cantes, las cuarenta, los diez de últimas, triunfo, arrastrar.
La abuela jugaba con una seriedad absoluta y un desprecio infinito hacia los gemelos, y ganó la primera mano con un cante de cuarenta en oros que hizo que Manolo se quitara la gorra y se la volviera a poner tres veces.
En el descanso entre partidas, mientras Celsa iba a la barra a por cafés, la abuela se volvió hacia Olvido.
—Pregúntame lo que quieras —dijo, bajito—. Pero rápido, que Celsa vuelve y lo cuenta.
Olvido la miró, sorprendida.
—¿Cómo sabes que quiero preguntarte algo?
—Porque llevas toda la noche mirando la silla vacía de Nino como si le debiera dinero. —La abuela se colocó las gafas—. Venga.
—El lunes. ¿Nino estuvo aquí el lunes?
—Estuvo. Llegó a las siete en punto, como siempre, que es más puntual que el faro.
Jugó con Paquita contra mí y Fidel. Fidel juega los lunes, que los lunes no arbitra.
—La abuela miró sus cartas sin verlas—. Y a las ocho menos cuarto se levantó y dijo que se había dejado las pastillas de la tensión en casa, que tenía que ir a por ellas. Que volvía enseguida.
—¿Y volvió?
—A las ocho y media. Lo sé porque Fidel se puso a protestar, que no se podía dejar una partida a medias tanto rato, y miró el reloj de la pared. Tres cuartos de hora, dijo. Y Paquita jugó sola, con el muerto, y perdimos nosotros, que tiene delito.
—Tres cuartos de hora para ir a por unas pastillas.
—Vive en la calle de la Farmacia, al lado de la de su hija.
Son cinco minutos andando. Diez, si te paras a hablar con alguien.
—La abuela dejó las cartas boca abajo—. Volvió con la mano envuelta en un pañuelo.
Le pregunté qué le había pasado y me dijo que se había arañado con la verja de la farmacia, al abrirla, que está toda oxidada.
Olvido sintió que algo le apretaba en el pecho.
—A Celsa le dijo que habían sido las zarzas de la huerta.
La abuela se quedó callada.
—¿Eso le dijo?
—El martes. En el Candilín. Tú estabas.
—Yo estaba —admitió la abuela—. Pero no lo oí. Estaba pendiente de ti. —Se quitó las gafas y las limpió con la punta de la rebeca, un gesto que Olvido le conocía desde siempre: el de quien necesita las manos ocupadas para pensar—. Las zarzas y la verja. Una de dos.
—O ninguna.
La abuela no contestó a eso.
—Abuela —dijo Olvido—. Otra cosa. Después de 2009. ¿Alguien tuvo los álbumes de don Laureano? ¿Alguien que no fuera él?
La abuela levantó la vista. En los ojos tenía algo que Olvido no le había visto nunca: miedo. No miedo por ella, sino miedo de lo que estaba a punto de decir.
—En 2012 —dijo, muy bajo—. Cuando le operaron del corazón.
Estuvo dos meses en Oviedo, en el hospital, y luego en casa de Nieves, que entonces era una chiquilla.
La casa se quedó cerrada. Y Laureano no se fiaba de dejar la colección sola en Villa Esperanza, con la casa vacía y tanto ladrón como hay. Así que se la dio a guardar a alguien.
—¿A quién?
—A Nino. —La abuela tragó saliva—. La tuvo en la caja fuerte de la farmacia dos meses. Laureano decía que no había en todo el concejo un sitio más seguro, ni una persona más honrada.
Celsa volvió en ese momento con cuatro cafés en una bandeja y la cara de quien sabe que se ha perdido algo.
—¿De qué habláis?
—De Fidel —dijo la abuela, sin parpadear, poniéndose las gafas—. Que está más sordo cada año. Venga, siéntate, que a estos dos los vamos a mandar a casa antes de las diez.
Y lo hicieron. Ganaron la semifinal por cuatro juegos a uno. Tino y Manolo se levantaron sin despedirse, cada uno por un lado, y la abuela recibió las felicitaciones de medio hogar con la modestia de un general romano.
Olvido no vio el último juego. Estaba mirando la silla vacía junto a Paquita.
Fano estaba esperándola en la puerta del hogar, apoyado en el tronco de uno de los castaños del patio, con las manos en los bolsillos del chaquetón. Seguía de paisano.
—¿Qué hace aquí? —preguntó Olvido.
—Vigilar el orden público en el tute. —No sonrió del todo—. Me he enterado de que había semifinales.
—Mi abuela ha ganado.
—Ya me lo han dicho. Cuatro personas, por la ventana. —Se separó del árbol—. ¿Vamos al puerto? No quiero hablar aquí.
La abuela salió detrás de ellas, con Celsa del brazo, y los miró a los dos con una expresión de inocencia tan exagerada que resultaba casi obscena.
—Yo me voy con Celsa —anunció—. No me esperes, hija. Que paséis buena noche.
—Abuela…
Pero la abuela ya se alejaba calle abajo, muy erguida, con el bolso colgado del codo como un trofeo.
Bajaron al puerto en silencio. La noche estaba fría y limpia, con una luna casi llena que dejaba sobre el agua un camino de plata. Las barcas, amarradas en fila, se balanceaban despacio y crujían. La rula estaba cerrada. En el banco de piedra no había nadie.
Se sentaron.
—Nino dejó la partida el lunes de ocho menos cuarto a ocho y media —dijo Olvido, sin preámbulos—.
Dijo que iba a por las pastillas de la tensión.
Volvió con la mano envuelta. A mi abuela le dijo que se había arañado con la verja de la farmacia.
A Celsa, el martes, que habían sido las zarzas de la huerta.
Y en 2012, cuando operaron a don Laureano, él le guardó la colección dos meses en la caja fuerte de la farmacia.
Fano no dijo nada durante un rato. Miraba el agua.
—Ya lo sabía —dijo al fin—. Lo de la partida. Me lo ha contado Fidel esta tarde. Gritando, porque está sordo, en medio del hogar. Lo de 2012 no.
—Y la carta anónima. Las tildes. «Fué», «dió». —Olvido sacó del bolsillo el papel de Nino, el del teléfono de Genaro, y se lo dio—. Me lo escribió el martes por la noche. Mire la tilde de «dió».
Fano lo desdobló y lo miró a la luz de la farola del muelle. Tardó en levantar la vista.
—¿Por qué no me lo dio antes?
—Porque no quería que fuera él.
Lo dijo de golpe y se arrepintió en el acto. Pero era la verdad, y la verdad, una vez dicha, ya no se podía corregir.
Fano dobló el papel con cuidado y se lo devolvió.
—Guárdelo. Es suyo. —Se pasó una mano por la nuca—.
Mire, Olvido. Le voy a decir lo que tengo, y luego le voy a decir lo que no tengo.
Tengo un hombre de setenta y cinco años que salió cuarenta y cinco minutos de una partida de cartas, que cuenta dos versiones de unos arañazos, que habló por teléfono con la víctima una hora antes de su muerte,
que escribe con tildes antiguas y que hace catorce años tuvo una colección de sellos guardada en una caja fuerte.
Y tengo un informe de Madrid que todavía no he leído.
—Se volvió hacia ella—. Y lo que no tengo es una sola prueba de que estuviera en esa casa el lunes por la noche.
Ni una. Ningún juez me va a dejar entrar en su casa con lo que tengo.
Y si voy a interrogarle y no tengo nada, lo único que conseguiré es que se ponga a llorar otra vez y que tire a la basura lo que tenga que tirar.
—Entonces no hay nada que hacer.
—Entonces hay que esperar al informe. Y encontrar algo que le ponga en esa casa. —Hizo una pausa—. Lo del arañazo es lo que más me molesta. Si no fueron zarzas ni la verja, ¿qué fue?
Olvido pensó en el bufido de la Tila en el Candilín. En el lomo arqueado, las pupilas como rayas. Ayer por la mañana no te bufó.
—Creo que sé lo que fue —dijo—. Pero no puedo demostrarlo.
—Nadie puede demostrar nada en este pueblo. —Fano suspiró—. Es la cosa más frustrante del mundo. Todo el mundo lo sabe todo y nadie ha visto nada.
Se quedaron un rato callados, mirando el mar. La luna se había metido detrás de una nube y el camino de plata se había apagado. El haz del faro pasaba sobre sus cabezas, muy alto, cada doce segundos, como un reloj de luz.
—¿Por qué pidió este destino? —preguntó Olvido—. Usted odia la lluvia.
Fano tardó en contestar.
—Porque en Zamora me conocía todo el mundo —dijo al fin—. Y pensé que en un pueblo pequeño, al lado del mar, no me conocería nadie. —Soltó una risa corta—. Ya ve lo listo que soy.
—Aquí le conoce todo el mundo en una semana.
—En tres días. Me lo dijo Celsa: «Ya sabemos todo de ti, sargento, no te esfuerces». —La miró de reojo—. ¿Y usted? ¿Por qué ha vuelto?
Olvido pensó en la caja de cartón en el ascensor. En el diccionario de dudas, la taza del punto y coma.
—Porque en Madrid ya no hacía falta. —Se encogió de hombros—. Y aquí, de momento, parece que sí.
Fano no dijo nada. Pero se quedó a su lado en el banco hasta que la nube terminó de pasar y la luna volvió a abrir el camino sobre el agua.
Después la acompañó hasta la puerta de casa, sin hablar, y cuando ella entró, se fue calle abajo con las manos en los bolsillos y los hombros, por primera vez, un poco menos encogidos.
En la galería, la Tila estaba esperando. Se frotó contra sus piernas una sola vez, con la intensidad de quien cumple un trámite, y se fue a dormir al baúl de la moto, que la abuela había mandado aparcar en el patio porque al día siguiente era domingo y no había reparto.